Publicada: viernes, 23 de octubre de 2026 16:32

El tablero geopolítico europeo atraviesa una de sus paradojas más convulsas y dolorosas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo que en febrero de 2022 comenzó como un estallido unánime de solidaridad continental de una Ucrania considerada víctima de Rusia, se ha transformado hoy en un desgaste transatlántico estructural.

Las esquirlas de una guerra ya no se limitan al frente oriental; se han instalado de forma permanente en la economía doméstica de la Unión Europea. Las recientes y masivas movilizaciones ciudadanas en Albania, Francia, Italia, España, Bélgica, Grecia, entre otros, revelan un diagnóstico urgente: las calles europeas exigen un cambio de rumbo radical. Mientras que las grandes corporaciones mediáticas se centran, como siempre, en los disturbios y el orden público, los medios que no son parte de la cadena hegemónica aportan una lectura más veraz: la demanda de un cambio radical frente al encarecimiento de la vida, la precarización juvenil y el colapso de los servicios esenciales (1).

La indignación popular apunta directamente a una contradicción insostenible: mientras los gobiernos multiplican los presupuestos de sus ministerios de guerra, servicios de inteligencia y contratos multimillonarios de cada uno de sus complejos militar-industrial, y envían miles de millones de euros en asistencia militar, política y financiera a Kiev, los pilares del Estado de bienestar europeo, léase: sanidad pública, educación, pensiones y el acceso a la cultura sufren recortes drásticos y una precarización galopante.

La anatomía del descontento, no sólo hay que entenderla en función de las políticas económicas ordenadas por el liderazgo de la Unión Europea destinadas a satisfacer los apetitos de sus transnacionales y su aporte a la política hegemónica de un occidente que se encuentra sumido en la disputa entre la unipolaridad mandatada por su Estados unidos o un mundo donde la multilateralidad comienza a ganar terreno.

El descontento tiene su raíz también en la convicción que aquello de lo cual se priva a sus sociedades se entrega al motor de la guerra en Ucrania. Igualmente, el apoyo a entidades como el régimen sionista israelí, el mantener un PIB que ha pasado del 2 % al 5 % como obligación y que implica recortes en el gasto social y que la población percibe, acertadamente, como una imposición imperial de Estados Unidos.

Efectivamente la ecuación económica detrás del conflicto ucraniano es uno de los detonantes de fondo del malestar social. Los Estados miembros de la Unión Europea han tenido que asumir enormes costes derivados, no solo de la inflación energética – derivada de los propios errores estratégicos de su liderazgo político y militar con relación a Rusia- junto al encarecimiento de la vida, sino de la inyección directa de fondos públicos hacia la maquinaria bélica y los millonarios paquetes de ayuda macrofinanciera y militar a Ucrania.

Esta dinámica no surge de la nada ni arranca en 2022. Hunde sus raíces geopolíticas en la decisión de incumplir las garantías de seguridad exigidas por la Rusia Post Soviética, el año 199, como también en la crisis de 2014, año marcado por el golpe de Estado contra Víktor Yanukóvich en el contexto del Euromaidán. Aquella ruptura institucional fracturó de forma definitiva la seguridad regional y abrió la puerta a una escalada de confrontación tutelada por los intereses de la OTAN en las fronteras rusas. Recordemos el papel cumplido por Victoria Nuland y el embajador de Estados Unidos en Ucrania en aquel Golpe de Estado (2).

U.S. Assistant Secretary for European and Eurasian Affairs Victoria Nuland offered food to pro-European Union activists as she and U.S. Ambassador to Ukraine Geoffrey Pyatt, right, walked through Independence Square in Kiev, Ukraine, on Wednesday. She also offered food to some of the police nearby.
La subsecretaria de Estado de EE.UU. para Asuntos Políticos, Victoria Nuland, distribuyendo pan y galletas en la plaza del Maidán, Kiev (Ucrania), junto al embajador de EE.UU. en Ucrania, Geoffrey Pyatt, diciembre de 2013. (Foto: Andrew Kravchenko / AP)

 

A partir de febrero de 2022, con el inicio de la operación militar especial rusa, bajo los objetivos de A partir de febrero de 2022, con el inicio de la operación militar especial rusa, bajo los objetivos de desnazificación y desmilitarización de Ucrania, la hemorragia financiera europea se multiplicó exponencialmente. Las estadísticas del Instituto de Economía Mundial de Kiel y los registros comunitarios reflejan la magnitud colosal de este esfuerzo: la asistencia total movilizada por la Unión Europea y sus socios hacia el régimen de Volodímir Zelenski supera ya los 300 mil millones de euros. El caso alemán es sintomático, pues no sólo apoya en armas y dinero al régimen genocida israelí, sino que, en el caso de Ucrania, mantiene un ingente gasto en el mantenimiento de refugiados ucranianos en suelo alemán y compromisos militares diferidos a futuro (3).

Apoyo que abarca decenas de miles de millones en armamento pesado, municiones, ayudas macrofinancieras directas y paquetes plurianuales como el Mecanismo para Ucrania y los recientes préstamos masivos de rearme aprobados para el bienio 2026-2027. Este año 2026 se han entregado ya 70 mil millones de euros, que se unen a los 80 mil aprobados para el 2027. Todo ello destinado a lo que se suele denominar un saco roto que engulle y engulle fondos que podrían ser utilizados en desarrollo social europeo. A pesar de lo evidente que resulta anticipar que Ucrania, no sólo ha perdido estratégicamente la guerra, sino también parte importante de su soberanía.

Sin embargo, los recursos de las arcas públicas son finitos. Cuando los ministerios de hacienda europeos destinan partidas récord al rearme y a sostener el aparato administrativo y militar de un estado en guerra subsidiaria (porque la guerra es efectivamente entre Rusia contra la alianza entre Estados Unidos, la OTAN y como testaferro el estado ucraniano) el dinero debe recortarse de algún lado. Ese "lado" ha sido, de manera sistemática, el gasto social.

Hoy, en los países donde las protestas sociales se han intensificado encontramos a un sector salud y de educación bajo mínimos. Hospitales públicos saturados, listas de espera interminables y recortes crónicos en las universidades y escuelas públicas contrastan grotescamente con los titulares que celebran la aprobación de nuevos desembolsos multimillonarios en armamento pesado, misiles y drones para el frente de Europa oriental.

Igualmente, un derrotero de dificultades en el sistema de pensiones y el empleo. Con una inflación persistente y el costo de la vivienda disparado, las clases trabajadoras y las generaciones más jóvenes perciben que su futuro está siendo hipotecado. Sienten con toda razón que sus impuestos no sirven para protegerlos ante las crisis internas, sino para financiar aquello en lo cual no han tenido oportunidad alguna de decidir, más allá de observar como las elites gobernantes, llevan a cabo una guerra de largo aliento.

Las protestas masivas actuales reflejan el hartazgo de una ciudadanía que rechaza seguir costeando una intervención ejecutada en detrimento directo de sus derechos fundamentales. Y, este punto es importante porque en general, los medios hegemónicos tratan de presentar estas movilizaciones como estallidos de violencia irracional, de desbordes que concluyen con destrucción de bienes, pero poco se adentra en el análisis de la unión entre la población trabajadora, estudiantil, jubilados, sindicatos, movimientos sociales, grupos de apoyo al sur global. Y, claramente la presencia de las banderas palestinas es una evidencia que las reivindicaciones no olvidan a los pueblos que sufren las políticas hegemónicas que igualmente los afectan en su fortaleza europea.

VIDEOS. Ola de protestas en Europa: jóvenes se rebelan contra el costo de vida, los recortes y la crisis de vivienda

Ante la evidente erosión de su capital político interno, surge una pregunta ineludible: ¿por qué los líderes de la Unión Europea insisten en mantener y escalar este compromiso financiero y militar con el régimen de Zelenski? En el análisis sobre la arquitectura de la dominación atlantista, la respuesta no obedece a un genuino interés humanitario, sino a un profundo cálculo geopolítico e institucional basado en el miedo a un efecto dominó que vislumbra el fantasma de la seguridad continental y el dictado de la OTAN.

Para Bruselas y las principales cancillerías europeas, subordinadas a los designios estratégicos de Washington, la supervivencia del gobierno ucraniano se ha convertido en la línea de defensa de su propia hegemonía frente a Rusia. Los gobiernos otanistas suelen argumentan que ceder, equivaldría a admitir el fracaso de la expansión oriental de la Alianza Atlántica. Europa ha construido su seguridad de posguerra bajo el paraguas transatlántico. Desvincularse abruptamente del apoyo a Ucrania significaría una ruptura traumática con los compromisos de defensa occidental y una pérdida total de influencia geopolítica global frente a potencias rivales.

Por tanto, lo que se visualiza es fortalecer aún más el compromiso institucional europeo con los intereses de Washington que aparecen irreversible: Paquetes de ayuda plurianuales e instituciones comunitarias enteras han ligado su credibilidad al destino de Kiev. Los dirigentes europeos temen que un giro drástico de timón proyecte debilidad institucional y fracture de forma definitiva la cohesión interna de los Veintisiete.

La vinculación entre la guerra en Ucrania y las crisis sociales europeas es directa y bidireccional. Como denuncia el análisis más profundo de lo que acontece hoy en Europa, dicha dirección de observación permite visualizar que ese compromiso de las catas gobernantes de este continente en Ucrania actúa como un acelerador de la erosión interna: agota los recursos fiscales, desestabiliza los mercados energéticos y traslada el costo de la geopolítica al bolsillo del contribuyente de a pie.

A su vez, el descontento en las calles pone en jaque la sostenibilidad de esa misma política exterior. Ninguna democracia puede mantener indefinidamente un esfuerzo de guerra exterior de dimensiones históricas si su propia base social se desmorona y experimenta una pérdida drástica de calidad de vida.

Europa se encuentra atrapada en una encrucijada existencial. Si abandona a Ucrania, corre el riesgo de fracturar su seguridad y su arquitectura de defensa; pero si continúa por la senda actual sin amortiguar el impacto interno, el malestar en las calles promete dinamitar los cimientos políticos y sociales desde adentro.

Las protestas sociales son la prueba fehaciente de que Europa necesita un giro absoluto en su política exterior. Un replanteamiento que recupere una verdadera soberanía, pero centrada estrictamente en el bienestar y la dignidad de su población, y no en la rentabilidad del complejo militar-industrial estadounidense o en aventuras geopolíticas ajenas a los intereses de los europeos. El verdadero desafío para el Viejo Continente ya no se juega únicamente en las trincheras del este, sino en su capacidad para reconciliar su seguridad con la supervivencia de sus derechos sociales.

  1. Victoria Nuland viajó a Kiev semanas antes del golpe de Estado que acabó con la presidencia de Víktor Yanukóvich en 2014, mientras ocurrían las protestas. Fue precisamente en las calles de la capital ucraniana, donde la subsecretaria de Estado norteamericana repartió en diciembre de 2013 las famosas galletas y pan entre la multitud que exigía pactar con la Unión Europea, algo que el Gobierno de aquel entonces se había negado a hacer por razones económicas. Poco después, a comienzos de febrero de 2014, Nuland discutió por teléfono la composición del futuro gabinete de Ucrania con el embajador de Estados Unidos en Kiev, Geoffrey Pyatt. La posterior violenta toma del poder desencadenó una serie de eventos que propiciaron la reunificación de Crimea con Rusia, la quema de activistas ‘Antimaidán’ vivos en la Casa de los Sindicatos de Odessa y los enfrentamientos armados en Donbass. https://www.5septiembre.cu/eeuu-reconoce-llevar-meses-preparando-junto-a-kiev-la-contraofensiva/
  2. Esta revista de análisis estratégico y político destaca el trasfondo de la crisis del costo de la vida. Señalan que las movilizaciones no son hechos aislados, sino una respuesta directa a la inflación y a las subidas de los precios del combustible, sirviendo de catalizador para que colectivos históricos como los Chalecos Amarillos, sindicatos y asambleas estudiantiles converjan en una impugnación más amplia contra el rumbo macroeconómico de la Unión Europea. https://legrandcontinent.eu/es/2026/10/19/mas-alla-de-francia-la-crisis-del-coste-de-la-vida-sacude-europa/
  3. https://www.kielinstitut.de/media/news/ukraine-support-tracker-only-eur-417-billion-of-germanys-eur-100-billion-went-to-ukraine/

Pablo Jofré Leal

Periodista. Analista Internacional

Artículo para HispanTV