Publicada: sábado, 15 de agosto de 2026 16:02

La escena resulta sorprendentemente familiar: Trump comparece ante el atril de la Casa Blanca y anuncia que Irán debe dinero a Estados Unidos.

Por: Maryam Bashirpour *

“Estamos buscando dinero por los daños que han causado durante un período de 50 años”, declaró el presidente estadounidense, Donald Trump, a los periodistas el 10 de agosto de 2026.

Posteriormente, recurrió a su plataforma Truth Social para insistir en su inverosímil afirmación: “También estoy pidiendo una compensación a Irán por todas las personas que han matado o herido gravemente con bombas colocadas al borde de las carreteras y en los numerosos conflictos por los que son conocidos”.

A primera vista, podría parecer una audaz maniobra diplomática. Sin embargo, un análisis más profundo revela una maniobra reactiva y desesperada que pone de manifiesto la bancarrota estratégica de Washington.

Irán presentó recientemente una lista de condiciones para reabrir el estrecho de Ormuz, entre ellas una compensación de 300 000 millones de dólares por los daños de guerra. La respuesta de Trump no consistió en rechazar completamente la demanda, sino en copiarla. Transformó la exigencia de Teherán en una contrademanda de Washington y afirmó que Irán debía compensaciones por hechos que, irónicamente, nunca ocurrieron.

Para comprender por qué la contrademanda de Trump resulta tan ridícula, primero hay que entender su contexto.

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una guerra de agresión coordinada contra Irán. Esta guerra ilegal y no provocada, que ya ha entrado en su sexto mes, no ha logrado ninguno de los objetivos militares o estratégicos declarados por Trump.

El Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, fue martirizado el primer día de la guerra, al igual que varios altos mandos militares, pero la estructura de liderazgo permaneció intacta y todos los puestos importantes fueron debidamente cubiertos para evitar cualquier interrupción en plena guerra.

Para disgusto de los agoreros, la República Islámica de Irán no colapsó ni se desintegró. Tampoco se rindió ni retrocedió. Por el contrario, resistió y respondió a la agresión.

El arma más eficaz de Irán no fueron sus misiles, sino su control estratégico y legítimo sobre el estrecho de Ormuz. Antes de la guerra, aproximadamente una quinta parte del petróleo crudo y del gas natural licuado del mundo transitaba por esta estrecha vía marítima situada entre Irán y Omán.

Tras el inicio de la guerra, Irán procedió a cerrar efectivamente la vía marítima a los buques hostiles y redujo casi a cero el tráfico comercial. Ahora solo unos pocos petroleros atraviesan el estrecho cada día, frente a los cientos de embarcaciones que lo hacían antes de la guerra.

El 8 de agosto de 2026, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, a través de su entonces secretario, Mohamad Baqer Zolqadr, presentó seis condiciones para reabrir el estrecho:

  1. El fin de las amenazas y los insultos estadounidenses contra Irán y contra sus valores nacionales y religiosos.
  2. El cese permanente de la guerra y la agresión contra Irán y sus aliados en Líbano, Palestina, Yemen e Irak.
  3. El levantamiento del bloqueo naval estadounidense y la retirada de las fuerzas navales y aéreas de EE.UU. de los alrededores de Irán.
  4. Una compensación íntegra por los daños derivados de la guerra, estimados por distintos informes en 300 000 millones de dólares.
  5. El levantamiento completo de todas las sanciones.
  6. La liberación de los activos iraníes congelados, cuyo valor se estima en hasta 100 000 millones de dólares.

 

Los funcionarios iraníes subrayaron que estas demandas eran innegociables. Declararon que el estrecho de Ormuz no volverá a abrirse hasta que Estados Unidos cumpla dichas condiciones.

El Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán también reforzó el mensaje: “El enemigo está obligado a aceptar las condiciones de Irán para la reapertura del estrecho”.

Trump respondió rápidamente con una teatral contrademanda y escribió el 10 de agosto en Truth Social:

“Veo que representantes de la República Islámica de Irán están exigiendo una compensación por los daños de la guerra de cinco meses (que comenzó porque no querían tener armas nucleares), aunque esto nunca se planteó en ninguna de nuestras negociaciones o reuniones. Pero es una idea interesante, porque yo también estoy pidiendo una compensación a Irán”.

A continuación, presentó una lista de agravios de Trump que abarcaba 50 años:

  • Compensación para las familias de los 17 marineros estadounidenses que se encontraban a bordo del USS Cole en 2000, pese a que el FBI atribuyó el ataque a Al-Qaeda, no a Irán.
  • Compensación por los “cientos de miles de manifestantes inocentes” que, según afirmó, Irán habría matado durante los últimos 50 años.
  • Compensación por las “52 000 personas que han muerto en los últimos cinco meses”.
  • Compensación por los muertos y por los daños infligidos a “los pueblos de Líbano, Siria, Yemen y Gaza”.

Trump también hizo referencia al general Qasem Soleimani, el alto comandante de la lucha antiterrorista que fue asesinado por orden directa suya en un ataque con drones en 2020.

“He dado instrucciones a mis representantes para que incluyan firmemente esta cuestión en todas las futuras negociaciones”, afirmó, adoptando un tono aún más teatral.

Desde una perspectiva de análisis estratégico, la contrademanda de Trump revela la debilidad estratégica de Washington después de sufrir derrotas militares y diplomáticas.

En primer lugar, se trata de una reacción, no de una iniciativa. Irán presentó primero sus condiciones. El propio Trump reconoció que consideraba la demanda de Teherán una “idea interesante” y posteriormente la imitó.

Esto demuestra que una potencia está tratando desesperadamente de aparentar capacidad de respuesta. Como señaló Tian Wenlin, experto chino en relaciones internacionales, la iniciativa estadounidense “parece más una representación retórica que una estrategia real”, un intento de “crear la apariencia de iniciativa y firmeza en la mesa de negociaciones”.

En segundo lugar, las acusaciones carecen de fundamento. Trump exigió una compensación por el ataque contra el USS Cole, pese a que el FBI lo atribuyó al grupo terrorista Al-Qaeda. También exigió compensaciones por los disturbios armados en Irán, una cuestión sobre la que un dirigente extranjero no tiene derecho a pronunciarse.

Amplió además el período de referencia a los últimos 50 años, un marco temporal tan amplio que roza lo absurdo. Como señaló Zhou Yongbiao, investigador de la Universidad de Lanzhou, la medida “parece diseñada para desviar la atención de sus propios fracasos en el conflicto de este año con Teherán, al tiempo que se presenta como víctima de la guerra”.

En tercer lugar, la demanda vuelve a poner de manifiesto la derrota militar estadounidense en las dos recientes guerras impuestas. Después de cinco meses de agresión, que comenzaron con el asesinato del Líder de Irán, Estados Unidos no ha logrado quebrar la voluntad de Irán ni su control sobre el estrecho de Ormuz.

 

Trump oscila entre las amenazas de una escalada y las afirmaciones de que está cerca de alcanzar un acuerdo de paz. Por un lado, afirmó en un mitin en Las Vegas: “Preferiría llegar a un acuerdo”; por otro, sostiene que la Armada estadounidense tiene “el 100 % del control” sobre el estrecho de Ormuz. La contradicción resulta reveladora. Si Estados Unidos realmente controla el estrecho, ¿por qué está negociando?

En cuarto lugar, Irán mantiene la ventaja estratégica. Los negociadores iraníes han dejado claro que están manteniendo conversaciones con Omán sobre la gestión futura del estrecho y que Estados Unidos no tiene ningún papel en ellas.

Los mercados reaccionaron de inmediato. El lunes 10 de agosto, los precios del petróleo se dispararon alrededor de un 5 %. El crudo Brent cerró a 87,72 dólares por barril, mientras que el West Texas Intermediate estadounidense alcanzó los 82,13 dólares. Para el martes, el Brent había llegado a los 90 dólares por barril por primera vez en más de una semana.

Sujin Kim, analista de investigación de MUFG Bank, afirmó: “Con el endurecimiento de las posiciones diplomáticas, la disminución de las reservas mundiales de petróleo y los riesgos de seguridad en las rutas alternativas de exportación, una interrupción prolongada en Ormuz probablemente mantendrá una prima geopolítica significativa en los precios del petróleo”.

Antes de la guerra, alrededor de 130 embarcaciones atravesaban diariamente el estrecho. Ahora solo pasan unos pocos buques y muchos de ellos ocultan su identidad para evitar ser detectados. El precio medio de la gasolina en Estados Unidos ha aumentado un 38 % desde el comienzo de la guerra, hasta alcanzar los 4,11 dólares por galón. Para los votantes estadounidenses de cara a las elecciones legislativas de noviembre, esto supone un problema político que Trump no puede permitirse.

En el ámbito diplomático, las perspectivas de alcanzar un acuerdo se han ensombrecido considerablemente. Reuters señaló que la demanda de compensación de Trump “no había sido planteada anteriormente”. Ahora se ha añadido a las seis condiciones de Irán y representa un obstáculo más.

En esencia, la contrademanda de Trump por 300 000 millones de dólares constituye una admisión contundente: una admisión de que Estados Unidos ha perdido, de que no tiene cartas que jugar y de que está desesperado por imitar lo que Irán exige legítimamente.

Admite que, después de cinco meses de guerra total, Estados Unidos ha fracasado en todos los frentes. Admite que el control iraní sobre el estrecho de Ormuz permanece intacto y no ha sido desafiado con éxito.

Admite que la única opción que le queda a Washington es reproducir las demandas de Teherán y esperar que produzcan algún resultado. Cuando una supuesta “superpotencia” se ve obligada a copiar la exigencia de compensación de la otra parte, cuando debe remontarse 50 años para encontrar un agravio porque no puede ganar la guerra que ella misma inició, ello revela frustración y desesperación.

Irán, por el contrario, ha demostrado que puede maniobrar estratégicamente por delante de la llamada “superpotencia” y de todos sus aliados. Al vincular la reapertura del estrecho a un conjunto integral de condiciones políticas y económicas, Teherán ha transformado una confrontación militar en una negociación diplomática bajo sus propios términos.

Como subrayó el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmail Baqai: “Es Estados Unidos quien debe poner fin a sus acciones ilegales y destructivas y reparar los daños”.

El estrecho de Ormuz permanece efectivamente cerrado. Los precios del petróleo continúan elevados. Y Trump, quien en su día prometió “destruir la civilización iraní”, se encuentra ahora en la posición de pedir dinero a Teherán.

Trump y su equipo deberían aceptar cuanto antes la realidad de que la era del unilateralismo ha llegado a su fin y que la República Islámica, con dignidad y poder, es el principal actor en este escenario.

* Maryam Bashirpour es investigadora universitaria y escritora radicada en Teherán.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV