Publicada: domingo, 7 de junio de 2026 7:19

La muerte de Marjane Satrapi en París marca el fallecimiento de una difusora de propaganda antiraní que pasó décadas construyendo una caricatura ficticia y grotesca de su patria para satisfacer los prejuicios occidentales y justificar ambiciones imperialistas.

Por Yousef Ramazani

Satrapi fue solo una figura más en una larga lista de supuestos “artistas” e “intelectuales” nacidos en Irán que descubrieron una fórmula simple, aunque muy rentable: Occidente está dispuesto a amplificar cualquier voz que contribuya a demonizar a Irán como país y como civilización.

Nacida en el seno de una familia acomodada, occidentalizada y con un legado político controvertido, Satrapi eligió el camino fácil de vender la humillación como arte y el desprecio por sí misma como valentía intelectual.

Su obra más conocida, el cómic y posterior película Persépolis, se presentó como una autobiografía inocente, pero fue en realidad, según el autor, un ejercicio calculado de distorsión neoorientalista.

Junto con otros llamados “informantes nativos”, retrató todo lo relacionado con Irán como oscuro, miserable, atrasado y vergonzoso, mientras presentaba a Occidente como el único espacio de libertad, ilustración y decencia humana.

Su muerte ha impulsado una reevaluación de su legado, que la muestra no como una artista empática, sino como una figura profundamente divisiva que trabajó al servicio del intervencionismo occidental, especialmente junto al conocido intelectual francés Bernard-Henri Lévy, descrito aquí como un destacado promotor del sionismo.

Familia de mercenarios y separatistas

Satrapi, cuyo nombre real era Marjane Ebrahimi, no surgió de un vacío político. Un examen de sus antecedentes familiares revela, según el texto, un patrón constante de actividades contrarias a Irán que se extiende por al menos tres generaciones.

Su tío abuelo paterno, Fereydoun Ebrahimi, era conocido como el “Carnicero de Azerbaiyán” y fue miembro del movimiento separatista prosoviético de Jafar Pishevari, que buscaba dividir Irán.

Fue condenado a muerte por sus acciones, un hecho que, según el autor, Satrapi optó por ocultar al adoptar el apellido artístico Satrapi y reescribir dramáticamente la historia de su familia en sus obras.

En lugar de presentar a él y a su hermano Anoushiravan como los mercenarios estalinistas y separatistas que, según el texto, realmente eran, transformó a este último en un héroe proiraní supuestamente “ejecutado por los mulás” únicamente por sus opiniones políticas.

Este patrón de distorsionar la realidad por conveniencia ideológica se convertiría en el sello distintivo de toda su carrera profesional. La influencia política sobre Satrapi provino de manera más directa de su padre y de la versión idealizada de su tío abuelo.

Analistas citados en obituarios han señalado que, pese a presentarse como una persona libre, independiente, rebelde y emancipada, Satrapi operaba en realidad desde una visión profundamente patriarcal en la que la autoridad paterna nunca era cuestionada.

Adoptó con firmeza la ideología de su padre sin someterla a examen crítico e idealizó abiertamente a su tío, descrito en el texto como un agente soviético, elevándolo a la categoría de figura heroica.

Gran parte de sus interpretaciones de acontecimientos históricos iraníes no serían testimonios personales, sino construcciones narrativas adaptadas a un marco propagandístico soviético heredado de su familia.

Sus declaraciones a lo largo de décadas de entrevistas, sostiene el autor, reflejan una incapacidad fundamental para comprender los procesos políticos y sociales, así como una falta de rigor intelectual para analizar los acontecimientos que afirmaba haber presenciado.

Tras el colapso mundial de la ideología familiar en la década de 1990 y el fracaso de su matrimonio, se trasladó a Francia y nunca regresó a Irán.

En sus obras afirma que se marchó por insistencia de sus padres, sugiriendo a los lectores que era demasiado moderna para un Irán “retrógrado”. Según el autor, la realidad fue que su familia la convenció de emigrar debido a su mala reputación y a la constatación de que el sueño de convertir a Irán en un Estado satélite soviético había fracasado.

Persépolis y la industria neoorientalista

Persépolis, publicada originalmente en francés en cuatro volúmenes entre 2000 y 2003, apareció en un momento especialmente oportuno para los intereses imperialistas occidentales.

En el turbulento período posterior al 11 de septiembre, existía una enorme demanda de obras que confirmaran los estereotipos occidentales sobre Irán y el mundo islámico en general.

Estas llamadas “informantes nativas” —siempre mujeres y siempre presentando supuestos testimonios personales— produjeron una avalancha de memorias que seguían el mismo esquema: una infancia miserable en una sociedad oriental represiva, una huida hacia la libertad de Occidente y una narrativa construida enteramente para confirmar viejos estereotipos sobre un Oriente atrasado, violento e irracional.

La obra de Satrapi encaja perfectamente en este género. Se presenta como una narradora de la verdad, pero, según el autor, análisis especializados han refutado de forma concluyente su “autobiografía”, describiéndola como una colección de falsedades, tergiversaciones e interpretaciones distorsionadas de las circunstancias políticas y sociales.

El mundo occidental acogió estas obras precisamente porque servían a un propósito estratégico: justificar el intervencionismo militar en distintas regiones del mundo al presentar a las sociedades orientales como lugares bárbaros de los que las personas ilustradas debían escapar.

Los medios de comunicación amplificaron estas voces mientras ignoraban a la gran mayoría de los iraníes que rechazan tales caricaturas. Según el autor, Satrapi no fue valiente, sino conveniente.

Más allá de Persépolis, Satrapi produjo otras obras, entre ellas Bordados (Embroideries) y Pollo con ciruelas (Chicken with Plums), además de la adaptación cinematográfica de su célebre novela gráfica.

Sin embargo, el mensaje subyacente se mantuvo constante: Irán es presentado como un lugar de represión, irracionalidad y miseria, mientras que Occidente aparece como la única tierra de libertad y dignidad. Esta oposición binaria constituye, según el autor, la esencia del neoorientalismo, una fórmula que Satrapi dominó por completo.

Interpretaciones distorsionadas de la historia iraní

Las tergiversaciones de Satrapi sobre la realidad histórica iraní abarcan múltiples ámbitos. Quizá el ejemplo más evidente, según el autor, sea su representación de la Defensa Sagrada, durante la cual millones de iraníes defendieron voluntariamente a su país durante ocho años frente a la agresión del exdictador iraquí Saddam Hussein, respaldada por potencias occidentales.

En Persépolis, presenta a los jóvenes soldados iraníes no como defensores patrióticos de su patria, sino como adolescentes ingenuos, pobres y fácilmente manipulables, supuestamente convencidos de ir al frente mediante la promesa de una llave dorada de plástico que les abriría las puertas de un paraíso lleno de mujeres y placeres materiales.

Según el autor, esta representación no solo es inexacta, sino también un insulto a la memoria de cientos de miles de mártires iraníes. La literatura iraní sobre la guerra ofrece una narrativa completamente distinta.

Las memorias recopiladas de mártires y veteranos, incluidas obras como Moon in the Fog (La Luna en la Niebla), Salute to Ebrahim (Saludo a Ebrahim) y A Room of the Size of a Hand and Four Fingers (Una habitación del tamaño de una mano y cuatro dedos), documentan la profunda fe, el patriotismo y el sacrificio consciente de jóvenes iraníes que comprendían plenamente lo que hacían al defender su país.

Se citan ejemplos como Iraj Rostami, padre de dos niñas pequeñas que abandonó a su familia para combatir pese a sufrir graves lesiones en una rodilla; Ebrahim Hadi, un joven soltero de origen humilde que rechazó honores y medallas; y Azim Haggi, quien soportó durísimas condiciones durante su cautiverio en Irak.

Estas figuras son consideradas héroes en Irán, pero Satrapi, sostiene el autor, redujo su sacrificio a una caricatura simplista de desesperación y vacío intelectual.

El texto también acusa a Satrapi de distorsionar la propia Revolución Islámica. Según esta visión, presentó el movimiento popular que derrocó a la monarquía Pahlaví respaldada por Estados Unidos como un fenómeno incomprensible, violento y fundamentalmente ilegítimo.

Asimismo, habría ignorado la voluntad popular expresada en el referéndum de 1979 e incluso cuestionado sus resultados, pese a que, según el autor, ningún historiador profesional los pone en duda.

En lugar de ello, retrató la Revolución Islámica como una imposición de fanáticos religiosos sobre una población moderna y occidentalizada, una perspectiva que, según el texto, reflejaría la experiencia de una pequeña élite urbana desconectada de la realidad de un país que había vivido décadas de dictadura y dominación extranjera.

Intentando presentarse a sí misma y a su familia como personas racionales e ilustradas, Satrapi presumió en sus cómics de preferir las noticias de la BBC frente a las de la radiodifusión nacional iraní, llegando a descartar las informaciones procedentes de Irán como inherentemente falsas.

El autor considera esto profundamente irónico, ya que la BBC —como medio estatal británico de un país históricamente enfrentado a Irán— ha sido vista por numerosos sectores iraníes como una de las herramientas mediáticas más manipuladoras y poco fiables.

La crítica llega hasta afirmar que, en el cómic, Satrapi responsabiliza al sistema político iraní por la muerte de una amiga durante los bombardeos sobre Teherán.

No responsabiliza a los agresores baasistas iraquíes que lanzaron los ataques, ni a los patrocinadores extranjeros de aquel régimen —incluida la Unión Soviética, a la que el texto vincula con su entorno familiar—. Según el autor, la responsabilidad recae exclusivamente sobre la República Islámica.

Caricaturas de la cultura iraní

A lo largo de sus obras, Satrapi menospreció sistemáticamente la cultura, la religión, las tradiciones y las costumbres iraníes. La práctica del velo, o hiyab islámico obligatorio, es presentada no como una práctica social y religiosa con múltiples significados profundos y sagrados, sino como una imposición simple y brutal que despoja a las mujeres de su individualidad y humanidad.

En el primer capítulo de Persépolis, retrata a niñas de diez años jugando con sus pañuelos como si fueran juguetes, monstruos o bridas para caballos. Presenta el hiyab como una carga incomprensible impuesta a niñas que no tienen ninguna comprensión de su significado.

Lo que omite por completo, según el autor, es el contexto histórico de que el hiyab obligatorio y las escuelas segregadas por sexo en la década de 1980 abrieron oportunidades educativas para niñas de familias tradicionales, permitiéndoles salir del ámbito doméstico e incorporarse por primera vez a la vida pública.

También ignora que la prohibición del velo llegó a Irán mediante una aplicación coercitiva en la década de 1930, acompañada de la represión de levantamientos que dejaron numerosas mujeres y manifestantes muertos, lo que generó una profunda hostilidad popular hacia los códigos de vestimenta occidentales.

Satrapi también ridiculiza prácticas y creencias religiosas iraníes. La namaz o oración diaria es trivializada; los líderes religiosos son descritos como estúpidos; los mártires son objeto de burla; y las calles que llevan nombres de mártires son presentadas como lugares tan inquietantes que, según ella, debía apresurarse a regresar a casa para evitarlas.

Asimismo, compara los murales dedicados a los mártires con anuncios de salchichas en Austria, una comparación que el autor considera tan grotesca que revela no a una observadora crítica, sino a una propagandista.

Incluso el simple hecho de nombrar calles en honor a los mártires se convierte, en su relato, en una prueba de la atmósfera sombría y casi funeraria de Irán. Según el autor, Satrapi es incapaz de comprender por qué una sociedad podría honrar a quienes dieron su vida defendiendo su país.

Esto, concluye el texto, no refleja sofisticación intelectual, sino una profunda superficialidad y una disposición a descartar cualquier expresión cultural que no se ajuste a sus sensibilidades occidentalizadas.

Manipulación del discurso sobre los derechos de las mujeres

Satrapi ha sido presentada en Occidente como una heroína de los derechos de las mujeres, pero, según el autor, esa reputación es completamente inmerecida. Su representación de las mujeres iraníes constituye una de las imágenes más irreales y ofensivas que ofrece a su público occidental.

En Persépolis, las mujeres iraníes aparecen retratadas como ciudadanas pasivas y despreocupadas o como personas dadas al chisme y a las intrigas. Su madre, pese a ser presentada como políticamente activa, acepta las víctimas de la guerra con una actitud resignada.

La única representación prolongada de mujeres interactuando en la obra las muestra insultando a refugiados de guerra procedentes de las provincias del sur en lugar de ayudarlos.

Lo que Satrapi omite por completo, sostiene el texto, es el papel fundamental desempeñado por las mujeres iraníes durante la Defensa Sagrada. Según el autor, las mujeres participaron en la guerra impuesta en múltiples funciones.

Portaron armas, realizaron misiones de vigilancia, atendieron a los heridos, protegieron depósitos de municiones, organizaron campañas de recolección de alimentos, donaron voluntariamente sus bienes materiales y, de forma especialmente significativa, alentaron a los hombres de sus familias a continuar luchando.

Las mujeres que trabajaban en la retaguardia y en zonas cercanas al frente colaboraron en cementerios preparando cuerpos para el entierro, adquirieron conocimientos médicos básicos para asistir a los heridos y enterraron con sus propias manos a padres y hermanos fallecidos.

Las memorias ‘Da’ (Madre, en kurdo), de Seyyedeh Zahra Hosseini, documentan precisamente este tipo de experiencias y sacrificios. Según el autor, Satrapi no presta atención a estas mujeres porque no encajan en su narrativa de las iraníes como víctimas indefensas.

La supuesta defensa de los derechos de las mujeres por parte de Satrapi, continúa el texto, quedó en entredicho durante la reciente agresión militar estadounidense-israelí contra Irán.

Pese a haber sido celebrada durante décadas por los medios occidentales como una defensora de los derechos de las mujeres, Satrapi guardó silencio durante el conflicto. Según el autor, no condenó los crímenes cometidos contra mujeres y niños iraníes, incluida la llamada masacre de Minab.

Ese silencio y esa indiferencia indicarían, según el texto, que esperaba el colapso del sistema político iraní, algo que habría servido para confirmar sus posiciones ideológicas y sus reiteradas predicciones sobre la desaparición de la República Islámica.

La conclusión del autor es que Satrapi nunca estuvo realmente interesada en el bienestar de las mujeres iraníes, sino que las utilizó como instrumento dentro de su campaña contra Irán.

Amateurismo político y alianzas sionistas

Las declaraciones políticas de Satrapi a lo largo de los años revelan, según el autor, un profundo amateurismo combinado con una alineación constante con posiciones sionistas e imperialistas estadounidenses.

En una entrevista, afirmó que Irán libra guerras en cinco países —Irak, Siria, Líbano, Gaza y Yemen— y que el conjunto de los recursos estatales iraníes se destina a esos conflictos.

Según analistas políticos citados en el texto, esta afirmación reproduce la narrativa del régimen israelí destinada a alejar a la opinión pública iraní del apoyo a los grupos de resistencia.

El autor sostiene que Satrapi ignoró que dichos grupos son financiados principalmente mediante donaciones a organizaciones benéficas, que Irán ha obtenido decenas de miles de millones de dólares en exportaciones a Irak y que, sin esos grupos aliados, Irak estaría bajo el control de Daesh, de figuras vinculadas al antiguo régimen de Saddam Hussein o de un gobierno subordinado a Estados Unidos, lo que dificultaría el comercio bilateral.

Asimismo, habría pasado por alto la profundidad estratégica que proporcionan esas relaciones, la cual, según el texto, resultó crucial durante las recientes guerras de agresión estadounidense-israelíes contra Irán.

En otra entrevista, criticó al político francés Jean-Luc Mélenchon, conocido por sus críticas a Israel y su apoyo a la causa palestina, describiéndolo como un “antisemita que ama a HAMAS y a los dictadores”.

En una entrevista posterior, en 2024, declaró que “un Irán democrático sería bueno para todo el mundo y asestaría un golpe mortal a Rusia y a HAMAS”.

El autor considera estas afirmaciones hipócritas, argumentando que Satrapi idealizó el totalitarismo soviético mientras cuestionaba la legitimidad de la voluntad popular expresada por los iraníes en 1979. Según esta interpretación, su idea de un “Irán democrático” sería un eufemismo para un gobierno alineado con Occidente en Teherán.

Satrapi fue vista con frecuencia junto a Bernard-Henri Lévy, descrito en el texto como un destacado ideólogo sionista que ha apoyado intervenciones militares estadounidenses, israelíes y francesas en Asia Occidental y otras regiones.

Sus apariciones junto a Lévy no fueron ocasionales, sino organizadas, incluyendo el respaldo conjunto a las protestas iraníes de 2009 y la participación en aniversarios de la revista literaria de Lévy, La Règle du jeu, eventos a los que asistieron numerosas figuras identificadas con el sionismo internacional.

El sitio web de Lévy elogia a Satrapi y su obra, algo que el autor presenta como prueba de una colaboración prolongada entre ambos en diversas campañas críticas hacia Irán.