• El presidente de EE.UU., Donald Trump, se despide de sus seguidores tras un mitin electoral en el Aeropuerto de Rochester, Minnesota, 30 de octubre de 2020. (Foto: AFP)
Publicada: sábado, 31 de octubre de 2020 7:06
Actualizada: sábado, 31 de octubre de 2020 8:24

Algunos sugieren que Trump, con lo que encarna, tal vez, sea una de esas figuras en la historia que emergen para encauzar el imparable declive de EE.UU.

A pesar de que algunos esperan que una eventual derrota del presidente de EE.UU., Donald Trump, en las ya inmediatas elecciones del 3 de noviembre, pudiera mermar su influencia en la política estadounidense y, en consecuencia, en el mundo, hay quienes creen que él puede ser una de esas figuras en la historia que ocasionalmente emergen para anunciar el fin de una era.

Son muchos los que aguardan con ansias la victoria electoral del candidato demócrata a la Presidencia de EE.UU., Joe Biden, con la esperanza de que este ponga fin a la política exterior de ‘América First’ (América primero) de Donald Trump, promovida en estos cuatro años de mandato.

De hecho, uno de los lemas de la campaña electoral de Biden, para atraer un mayor número de votos a favor de su candidatura, es su eslogan dirigido al “Renacimiento del liderazgo estadounidense”. El que fuera vicepresidente de EE.UU. durante el mandato de Barack Obama entre los años 2009 y 2017, apuesta por una sólida doctrina de política exterior coherente que guíe volviéndola a posesionar a Estados Unidos en la senda de la cúspide del poder mundial, bloqueando, de este modo, el imparable declive de la superpotencia del país de las barras y las estrellas en el mundo.

Ahora bien, considerando lo expuesto, a uno le surge la pregunta, ¿Qué ha acontecido en la era de Trump que su reparación se haya convertido en una de las principales promesas electorales de Biden?

Para empezar, se pude señalar que uno de los resultados más evidentes que se han registrado durante la Presidencia de Trump ha sido el fuerte declive de EE.UU. a los ojos del mundo, o en otras palabras, la decadencia de su “poder blando” como uno de los pilares de la hegemonía estadounidense.

Un sondeo realizado el pasado mes de septiembre por la consultora independiente Pew Research Center, entre los ciudadanos de 13 países más desarrollados del mundo, reveló que las precepciones de los encuestados respecto a EE.UU. se habían desplomado a niveles “inimaginables”. De tal modo que, tan solo 26 % de alemanes, 30 % de holandeses, 31 % de franceses, 33 % de australianos y 35 % de canadienses tenían una opinión favorable de Estados Unidos.

Este dato, por supuesto, no es el único indicador del declive del poder estadounidense bajo el mandato de Trump. El proteccionismo económico-militar derivado de la doctrina de ‘América First’ (América primero) que constituye el núcleo principal de las políticas promovidas por el líder republicano, ha minado los otros cimientos sobre los que se asienta el poder estadounidense y, en consecuencia, el orden internacional, liderado por Washington en los años posteriores a la Guerra Fría.

La referida doctrina de “América primero” de Trump, que se nutre de unas opciones nacionalistas y proteccionistas, se ha enfrentado a la concepción multilateral defendida por sus predecesores en la Casa Blanca, y afectando a las concreciones regionales e internacionales.

Como resultado de esta política, Trump ha retirado a EE.UU. de un sinfín de alianzas globales de carácter multilateral, y así como de su membresía de las organizaciones internacionales, además de librar una guerra comercial tanto contra sus aliados históricos, los europeos, y no tantos como los chinos, y se abstuvo de condenar los crímenes de los gobernantes autoritarios mientras estos sigan siendo socios comerciales de Estados Unidos.

A nivel nacional, el hecho de que el inquilino de la Casa Blanca haya recurrido a una diatriba constante contra los inmigrantes residentes en su país, y a políticas tales como apoyar la tortura y la represión y la brutalidad policial, incitar divisiones entre los grupos raciales e indultar a acusados ​​de crímenes de guerra, ha puesto en entre dicho la legitimidad de EE.UU. para defender los principios de derechos humanos, que tanto viene alardeando de ellos, y, así como, el sistema democrático que se rige en Estados Unidos.

En estos cuatro años de su mandato, es difícil distinguir una doctrina exterior coherente sobresaliendo antes los rasgos de la personalidad del presidente Trump y su particular estilo de liderazgo, los mismos que han provocado conflicto de intereses con su institucionalidad doméstica y con la internacional, lo que ha terminado por minar desde adentro la gobernanza global de un sistema cuestionado desde afuera por diversos movimientos sociales.

 

Sin embargo, independientemente del resultado de las elecciones del 3 de noviembre, que podrían apartar del poder a Trump en esta convocatoria o, definitivamente en las siguientes dentro de cuatro años, las señales inequívocas de la decadencia de EE.UU. no van a desaparecer con su marcha, puesto que la mayoría de sus medidas adoptadas no pueden considerarse muy distintas a las políticas de sus predecesores en las anteriores administraciones estadounidenses, a pesar de que las haya promulgado sin adornarlos y sin los habituales paquetes de narrativa política y discursivas.

Una apreciación que recorre entre los teóricos del declive de Estados Unidos es que Trump debería ser considerado el “signo” más obvio del declive de EE.UU., y no su “causa”.

El mensaje más importante que se puede tomar de los resultados de las elecciones de 2016 sigue siendo, a los ojos de los expertos, un “no” rotundo a las autoridades gubernamentales estadounidenses y una frustración por ver cómo no se resuelven las fallas estructurales y las injusticias institucionalizadas registradas en la economía política neoliberal de Estados Unidos.

“En muchos sentidos, Trump y sus seguidores vienen a escenificar una especie de movimiento de rechazo a las élites del poder establecido, que según la gente común, son quienes controlan la cultura popular. Esas personas que se sienten excluidas e ignoradas ahora se sienten héroes”, dijo David Novins, analista político tras la victoria electoral del líder republicano sobre la demócrata Hillary Clinton, siendo esta una de las figuras que mejor retrataba la fiel imagen de una candidata perteneciente a la casta de la más alta esfera de la política de Washington.

Antes de llegar a postularse a la Presidencia estadounidense en 2016, Hillary Diane Rodham Clinton, fungió como primera dama de EE.UU. (1993-2001), senadora por el estado de Nueva York (2001-2009) y secretaria de Estado (2009-2013).

Hace cuatro años, el propio Trump era consciente de que la sociedad estadounidense estaba sintiendo el declive del poder del país norteamericano en las relaciones globales y buscaba explotarlo electoralmente. De hecho, al elegir el lema “Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande”, estaba reconociendo que EE.UU. ya no era tan poderoso como solía ser en antaño.

Unos meses después de asumir el cargo, su Gabinete formalizó el declive del poder estadounidense con la aprobación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional en diciembre de 2017, un documento que recogía las principales directrices hegemónicas e imperiales de EE.UU. para volver a dominar el mundo. Tal es así, que en el día en que Trump presentaba su declaración de intenciones para los próximos tres años de mandato dejó claro que su Administración se enfocaría, principalmente, en tratar de frenar dicha tendencia.

Sin embargo y aunque la Administración de Donald Trump no es responsable del declive de Estados Unidos y del orden internacional que lo acompaña, no se puede ignorar su papel catalizador y acelerador en la configuración de los desarrollos que inevitablemente conducirán a este resultado. En sus primeros cuatro años de mandato en la Casa Blanca, el magnate inmobiliario dejó un récord difícil de superar por quienes le precederán, ya que no solo no logró evitar el declive de EE.UU. en el mundo, sino que además lo acentuó acelerando su proceso.

Trump y el asentamiento del declive de EE.UU.

Muchos de los efectos negativos de la política exterior de Trump perdurarán en el tiempo, contrariamente a las promesas hechas por Biden de querer revertirlas, y esto es algo que los aliados europeos de EE.UU. ahora están reconociendo. “Los europeos necesitan un Estados Unidos fuerte, pero la idea de que todo vuelva a la normalidad previa a la llegada de Trump al poder es ingenua”, señaló un diplomático de algún país occidental en una entrevista con el diario norteamericano Financial Times.

El diplomático apuntó al medio que lo único que marcaría la diferencia en el periodo de Biden, si este gana los comicios, sería “un tono más amigable, más sonrisas, más fotos y más viajes” entre ambos lados del Atlántico.

 

La crisis de credibilidad y la pérdida del liderazgo estadounidense

Rebecca Lissner, profesora asistente en el Departamento de Investigación Estratégica y Operacional del Colegio de Guerra Naval de EE.UU. (NWC, por sus siglas en inglés), cree que los efectos de la política exterior de Trump serán duraderos y no desaparecerán con su marcha, recoge en su informe Financial Times.

La decisión de Trump de sacar a Washington de todos estos acuerdos internacionales [firmados en su día por sus predecesores] suscitará para siempre la impresión de que los presidentes de EE.UU. ya no pueden obligar a los gobiernos venideros a acatar los pactos suscritos y vigentes durante sus mandatos, y esto es especialmente significativo dada la creciente polaridad de la política estadounidense”, apostilló Lissner.

“La era de los grandes acuerdos ha terminado. Es muy probable que nuestros socios ya no confíen en que Estados Unidos cumpla con sus compromisos. Incluso si Washington quiere recuperar su liderazgo tradicional, siempre seremos el país que eligió a Donald Trump”, agrega la docente del NWC.

Después de que Trump diera luz verde a Turquía para atacar a las fuerzas aliadas de Estados Unidos en Siria, Dennis Ross, un exfuncionario estadounidense, escribió en el diario The Washington Post, citando a un funcionario árabe: “Mucha gente en la región ahora pensará: si cuentas con la cobertura de EE.UU. es cómo estar sin municiones en pleno campo de batalla”.

El resultado directo del deterioro de la confianza respecto a EE.UU. es la pérdida de su liderazgo. En esta línea, la agencia de noticias británica Reuters citó recientemente a analistas internacionales diciendo que China estaba tratando de llenar el vacío de poder creado por Estados Unidos en el mundo.

De hecho, China preside actualmente cuatro de las 15 agencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y Pekín ha aumentado su asignación financiera a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a 2000 millones de dólares desde que Washington se retiró del ente en el mes de julio pasado.

La instrumentalización del dólar y el declive de Estados Unidos

El valor y la posición del dólar ha sido uno de los pilares del poderío estadounidense en los últimos años; el papel del dólar como una de las principales divisas de reserva mundial permite a Estados Unidos pagar tasas más bajas por tenencias de dólares que otras monedas. De igual importancia es el hecho de que el dólar permite al país norteamericano gestionar mayores déficits comerciales, reducir el riesgo de tipo de cambio y racionalizar los mercados financieros estadounidenses. Por último, los bancos estadounidenses también se ven beneficiados por un alto acceso a la liquidez en dólares.

Sin embargo, la interrupción inesperada de Donald Trump en la escena política de EE.UU. y sus medidas unilaterales en lo tocante a relaciones comerciales con muchos países, incluidas China y la Unión Europea (UE), junto con su incesante recurso a sanciones y amenazas de los países aliados de Washington, han propiciado una atmósfera proclive a todo tipo de acciones para mermar el fortalecimiento del liderazgo del dólar como divisa de reserva global.

Por supuesto, este tipo de iniciativas ya estaban en marcha antes de que Trump llegara a la Casa Blanca, y como ejemplo, se puede citar a Rusia, cuyas autoridades anunciaron después de la desenfrenada escalada de sanciones impuestas por los países occidentales en su contra, debido a la anexión de la península de Crimea en 2014, que se ha propuesto a reducir su dependencia el uso del dólar en transacciones financieras con otras naciones.

Sin embargo, con ciertas medidas de Trump en aras de “instrumentalizar el dólar” en su particular visión sobre la política exterior estadounidense y las amenazas desenfrenadas de varios países, incluidos los aliados de EE.UU., ha hecho que salte la alarma sobre la posición del dólar, cuando no menos la intensificación de muchas naciones de tomar medidas para distanciarse del dólar en sus transacciones financieras.

La agencia de noticias francesa AFP citó recientemente a expertos de la compañía de seguros de bandera alemana Hermes, anotando que después de los enfoques promovidos por Trump en lo concerniente a su proteccionismo económico, Rusia se encuentra a la puertas de unas condiciones favorables para iniciar el proceso de la desdolarización de los intercambios comerciales que, si la tendencia actual continúa, Moscú en los próximos uno a cinco años podrá minimizar la dependencia de su economía de la divisa estadounidense.

El pasado mes de septiembre, el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, acusó a EE.UU. de usar el dólar como una palanca de presión contra cualquier país que se muestre contrario a sus políticas hegemónicas e imperiales.

Durante décadas, todo el mundo esperaba que Washington pudiera actuar acorde a su posición como fuente de emisión de la principal divisa del mundo, pero ¿ahora qué ha pasado con el dólar?, ellos usan sus dólares para avanzar en sus metas”, subrayó el jefe de la Diplomacia rusa durante una entrevista concedida a una cadena de televisión local.

Considerando la apuesta de China y Rusia de hacer uso de sus divisas nacionales en los intercambios comerciales y en detrimento de la moneda estadounidense, durante una reunión reciente entre el presidente chino, Xi Jinping, y su homólogo ruso, Vladímir Putin, en Moscú, ambas partes expresaron su firme determinación de excluir el dólar de las transacciones bilaterales.

Para lograr este objetivo, ambos dignatarios firmaron un acuerdo que facilita el uso de monedas nacionales en el comercio entre las dos naciones. De acuerdo con el pacto suscrito entre Moscú y Pekín, “todos los pagos financieros para la exportación e importación de bienes, servicios e inversión directa entre las instituciones económicas rusas y chinas se realizarán de acuerdo con las medidas internacionales y las leyes estatales de las partes intervenientes utilizando el rublo y el yuan como monedas nacionales de Rusia y China”.

Ambos países, que desempeñan un papel primordial en la economía mundial, y que se encuentran en este momento en una fase de enfrentamiento político-comerciales con EE.UU., se han propuesto a proyectar un proceso gradual en aras de hacer sombra frente al dólar con el objetivo de poner fin a su liderazgo como divisa de reserva mundial y todo gracias a sus proyecciones de alto crecimiento económico.

Debilitamiento de las coaliciones de seguridad

La política de “América primero” de Trump hizo sonar la alarma entre los países de Europa y Asia Oriental, cuyas autoridades han venido definiendo su seguridad en forma de alianzas y tratados de seguridad, liderados por EE.UU.

 

Desde que Trump llegó a la Casa Blanca, ha sugerido en repetidas ocasiones que los aliados de EE.UU. deberían contribuir con una mayor aportación económica al presupuesto de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a fin de garantizar su propia seguridad. Es por eso que el presidente francés, Emmanuel Macron, urgió el año pasado la creación de un ejército europeo para reducir la dependencia de Estados Unidos en materia de seguridad.

Tenemos que trabajar en la idea de crear algún día un verdadero ejército europeo”, anotó la canciller alemana, Ángela Merkel, en un discurso ofrecido ante el Parlamento Europeo (PE).

Los medios de comunicación germanos en ese momento apuntaron que el motivo de las discusiones sobre el ejército europeo era por los problemas de seguridad derivados del cambio del orden mundial.

“La era en la que podíamos confiar en otros ha llegado a su fin. La confianza en Estados Unidos se ha desvanecido bajo el mandato del presidente Donald Trump”, subrayó Merkel en otro discurso ante el Parlamento alemán.

Mientras tanto, Rusia, que ve amenazada su integridad territorial por la presencia de las fuerzas de la OTAN en los países europeos con frontera en su flanco occidental, se ha propuesto a mejorar el desarrollo de su tecnología armamentística. Esta coyuntura, está obligando a los europeos a centrarse más en su seguridad y no esperar apoyo desde el otro lado del océano Atlántico.

Estas variables, y muchos otros factores, son evidencias de que es poco probable que el “trumpismo” desaparezca con la marcha de Trump de la Casa Blanca, y dejará su huella inconfundible en los acontecimientos mundiales durante décadas.

Creo que Trump puede ser una de esas figuras de la historia que de vez en cuando emerge para anunciar el fin de una era”, dijo en una ocasión Henry Kissinger, ex secretario de Estado estadounidense entre los años 1973 y 1977.

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