Publicada: sábado, 18 de julio de 2026 10:46

Nunca imaginé que mi vínculo con Irán se profundizaría de una manera tan solemne.

* Por Wang Hao

Por invitación de la Organización de Cultura y Relaciones Islámicas de Irán, viajé a Teherán a principios de este mes para asistir al funeral de Estado del Líder mártir de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Ali Jamenei.

Como historiador, poeta y artista chino, llegué con una admiración de larga data por esta antigua tierra y partí, más de diez días después, con recuerdos imborrables, marcados por escenas, sonidos y reflexiones. Ahora, al tomar la pluma, muchos de esos momentos siguen vivos en mi memoria.

La despedida en la Mosalá: el corazón de una nación al descubierto

El momento más sagrado de mi viaje tuvo lugar el 3 de julio, cuando me uní a líderes religiosos y dignatarios de todo el mundo en la Mosalá del Imam Jomeini, en Teherán. Allí nos reunimos para rendir el último homenaje al ayatolá Jamenei y a los miembros de su familia.

El recinto estaba envuelto en un profundo y solemne silencio. Una música solemne llenaba el inmenso espacio; no era la música de un espectáculo, sino la del dolor colectivo, la de una nación despidiendo a su padre.

Mientras permanecía de pie entre el mar de dolientes, observando el incesante desfile de iraníes —jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, ricos y pobres— que se acercaban a los féretros con lágrimas corriendo por sus rostros, comprendí algo esencial: el ayatolá Seyed Ali Jamenei no era simplemente un líder político para esas personas. Era un padre espiritual, un guía, un poeta cuyas palabras habían moldeado sus pensamientos más profundos y un erudito cuyas enseñanzas habían iluminado su camino.

En aquel espacio sagrado reflexioné profundamente sobre la naturaleza de su liderazgo y su legado. El ayatolá Jamenei era, según todo lo que había podido conocer, un hombre dotado de cualidades excepcionales: un estadista con una profunda visión estratégica, un erudito religioso de extraordinario rigor y un poeta cuyos versos hablaban directamente al alma persa.

El dolor que presencié no era fabricado; era tan auténtico y profundo como las antiguas raíces de esta tierra. Era el dolor de un pueblo que había perdido no solo a un líder, sino a la encarnación viva de su dignidad y de su resistencia frente a décadas de presión y aislamiento.

Como chino, no pude evitar pensar en nuestra propia tradición de venerar a las grandes figuras que han guiado a la nación en tiempos de oscuridad.

La emoción que se respiraba en aquella mezquita era testimonio de algo que trasciende la política: un vínculo entre un líder y su pueblo, forjado en la lucha y la fe compartidas. Abandoné la Mosalá aquel día con una comprensión mucho más profunda de lo que el ayatolá Jamenei significaba para Irán y de lo que Irán significa para sí mismo.

Primeras impresiones de Teherán: el profundo afecto y la dignidad de una nación

Durante aquellos primeros días en Teherán, toda la ciudad estaba envuelta en una atmósfera de solemnidad. Banderas negras colgaban a lo largo de las calles y enormes retratos observaban a las multitudes que acudían a despedirse. De pie entre ellas, vi a iraníes de todas las edades y condiciones —Seyeds con turbantes negros, comerciantes del bazar vestidos con modestia, jóvenes madres que llevaban de la mano a sus hijos— converger desde todos los rincones para dar el último adiós a su líder espiritual.

En ese momento sentí con profunda intensidad que no se trataba de una ceremonia organizada, sino de una emoción que brotaba de la propia tierra.

Como chino, esa sensación no me resultó ajena. Nuestra nación también profesa un profundo respeto por aquellos sabios y figuras que encarnan el espíritu de nuestro pueblo. En las calles de Teherán percibí una resonancia emocional que trasciende las fronteras de las civilizaciones.

La poesía: un lenguaje compartido entre dos civilizaciones milenarias

De todos los momentos que viví durante mi breve estancia en Irán, el que más me conmovió fue una velada dedicada a la poesía persa.

Un funcionario de la Organización de Cultura y Relaciones Islámicas me invitó, junto con algunos amigos extranjeros, a tomar té en su habitación. El suelo estaba cubierto de alfombras persas; nos quitamos los zapatos, entramos y nos sentamos en el suelo. Mientras el aroma del té impregnaba el ambiente, comenzó a recitar pasajes del Shahnameh de Ferdosi y, acto seguido, citó con naturalidad versos de Saadi y Hafez.

En ese instante comprendí que estaba respirando de forma natural en un idioma que corre por sus venas.

Le comenté que en China recitamos la poesía de las dinastías Tang y Song exactamente de la misma manera. Li Bai, Du Fu y Su Shi representan para los chinos lo que Ferdosi, Saadi y Hafez significan para los iraníes. Nos sonreímos mutuamente y, en ese instante, dos civilizaciones milenarias encontraron su forma más sencilla y, al mismo tiempo, más profunda de entendimiento.

Es la Organización de Cultura y Relaciones Islámicas, bajo la dirección de su presidente, Mohamad Mahdi Imanipur, la que promueve este tipo de diálogo entre civilizaciones. Desde hace años, esta institución se dedica a dar a conocer la cultura y la fe de Irán al mundo, mediante el establecimiento de centros culturales y el envío de agregados culturales a distintos países.

Comprendí que esta labor no consiste únicamente en difundir la cultura, sino también en el esfuerzo de una civilización antigua por encontrar una voz propia, más allá del discurso dominante de Occidente. China está inmersa en un empeño paralelo.

Del bazar al parque tecnológico: una nación que avanza bajo presión

En Teherán también recorrí bazares tradicionales y modernos centros comerciales. Experimenté de primera mano la reconocida calidez y astucia de los comerciantes persas. En el cordial ir y venir del regateo compré regalos para mi familia y pude apreciar el sutil arte del ‘honor’ en las relaciones comerciales. Esa sabiduría para equilibrar la cortesía con la defensa de los propios intereses constituye uno de los aspectos más fascinantes de la cultura iraní.

También visité un parque tecnológico en las afueras de Teherán, donde se concentran varios cientos de empresas y jóvenes ingenieros trabajan por innovar en medio de las sanciones y el aislamiento.

Comprendí profundamente que esa resiliencia —la determinación de preservar la independencia científica bajo presiones políticas y económicas externas— representa un microcosmos del espíritu indomable de Irán. Como visitante procedente de un país que también ha soportado bloqueos tecnológicos, siento un respeto sincero por ello.

Los lazos de la fe: la revelación de Nayaf y Karbalá

Durante mi viaje supe que el féretro del Líder mártir de Irán fue trasladado a las ciudades santas islámicas de Nayaf y Karbalá, en Irak, los centros espirituales del mundo chií. Las escenas de ciudadanos iraquíes alineados a lo largo de las calles para recibirlo fueron profundamente conmovedoras.

Conozco la guerra de ocho años y las heridas que dejó entre Irán e Irak. Sin embargo, las imágenes de las calles de Nayaf hoy nos muestran que un vínculo basado en la fe compartida y en una misma búsqueda espiritual puede trascender los agravios históricos y superar las diferencias de etnia y lengua.

Aquello no fue simplemente la despedida de un líder religioso; fue la reafirmación del núcleo espiritual de una comunidad. Me llevó a reflexionar que, en un mundo moderno organizado en Estados nacionales, estos vínculos espirituales que trascienden las fronteras pueden ser una de las claves para comprender la lógica profunda de la política de Asia Occidental.

La residencia del Imam Jomeini y la convivencia religiosa

Nuestro itinerario también incluyó la antigua residencia del Imam Jomeini, situada en el norte de Teherán. De pie en aquella modesta habitación, traté de imaginar cómo, desde un lugar tan sencillo, había comenzado hacía más de cuatro décadas la revolución que transformó Irán y Asia Occidental.

También tuvimos la oportunidad de visitar una sinagoga. En un país donde el islam es la religión oficial del Estado, la comunidad judía sigue conservando sus propios espacios de culto.

Esto me hizo pensar en la larga tradición histórica de Irán: desde Ciro el Grande, que liberó a los cautivos de Babilonia, hasta la convivencia de múltiples confesiones religiosas durante el período sasánida. La experiencia histórica de Irán en este ámbito merece una atención seria por parte del mundo.

China e Irán: un diálogo entre civilizaciones milenarias en la era contemporánea

Durante mi estancia fui invitado a impartir una conferencia en la sede de la Organización de Cultura y Relaciones Islámicas, titulada “China e Irán: paralelismos y entrelazamientos de dos civilizaciones”.

Hablé de los intercambios entre las civilizaciones persa y china a lo largo del extenso curso de la historia: desde las caravanas de la Ruta de la Seda hasta el enriquecimiento mutuo de la música y la poesía. También me referí a los destinos similares que han afrontado nuestras dos naciones en la era moderna, al responder a las presiones occidentales y en su búsqueda de independencia nacional y revitalización.

Al término de la conferencia, un académico iraní me dijo: “Los desafíos que enfrentamos no son los mismos, pero nos comprendemos mutuamente”. Esa frase resumió la enseñanza más profunda de mi viaje.

China e Irán, como dos grandes ‘Estados-civilización’, tienen mucho que comprender el uno del otro en el escenario internacional contemporáneo. Por supuesto, nuestros caminos de desarrollo no son idénticos: China ha optado por reformarse y desarrollarse dentro del sistema internacional existente, mientras que Irán ha seguido la senda de la resistencia. Sin embargo, es precisamente esta “armonía en la diversidad” la que hace que nuestro diálogo sea aún más significativo.

Al pueblo de Irán, mi respeto

En la madrugada de mi partida de Teherán, contemplé la ciudad por última vez a través de la ventanilla del automóvil. Pensé en aquel funcionario que recitaba poesía; en los ancianos que lloraban en silencio durante el funeral; en los decididos jóvenes ingenieros del parque tecnológico; y en el comerciante del bazar que hizo todo lo posible por explicarme el precio en persa y que, al final, cerró el trato con una sonrisa.

Pero, sobre todo, pensé en aquella solemne mañana en la Mosalá, de pie frente al féretro de un hombre que había marcado el destino de toda una nación. Pensé en la música que parecía cargar con el peso del dolor y el orgullo de toda una civilización. Y pensé en los rostros de la multitud, rostros que me transmitían que aquel no era el duelo de unos súbditos por su gobernante, sino el de unos hijos por su padre.

Irán es un país que alimenta su alma con la poesía, fortalece su comunidad mediante la fe y afronta las presiones con resiliencia. El pueblo iraní es un pueblo que nunca retrocede cuando se pone en cuestión su dignidad y que demuestra una hospitalidad y una cortesía sin límites hacia sus invitados.

En el amor que profesaban al ayatolá Jamenei vi el amor de un pueblo por sus ideales más elevados: por la justicia, la dignidad y el derecho a trazar su propio rumbo en el mundo.

Como visitante procedente de una antigua civilización oriental, como amante de la poesía y de la historia, expreso mi más sincero respeto al pueblo iraní. Creo que, mientras las civilizaciones continúen dialogando y la poesía siga siendo cantada, conservaremos la capacidad de encontrar, en medio de las complejidades de la situación internacional, un camino que conduzca al corazón de los demás.

* El profesor Wang Hao es historiador, poeta y artista chino. También es miembro del Consejo de la Asociación China para el Contacto Amistoso Internacional. Recientemente estuvo en Teherán para participar en las ceremonias fúnebres del Líder mártir de la Revolución Islámica