Por: Maryam Bashirpour *
Durante la última semana, el mundo fue testigo de escenas extraordinarias en Irán e Irak, donde decenas de millones de personas se congregaron para dar el último adiós a su amado Líder, pese a las amenazas belicistas lanzadas por sus enemigos.
No se trató de un mitin político ni de una protesta callejera, sino de una procesión fúnebre sin precedentes que, por derecho propio, estableció un hito en la historia contemporánea. Más de 43 millones de dolientes participaron en las ceremonias fúnebres del Imam Seyyed Ali Jameneí en cinco ciudades de Irán e Irak, comenzando por Teherán.
La temperatura en la capital iraní alcanzaba los 40 °C, pero las calles estaban tan colmadas de dolientes que el cortejo fúnebre que trasladaba el cuerpo del Líder mártir tardó horas en recorrer la avenida Azadi.
Las estimaciones indicaban que más de 30 millones de personas participaron en las procesiones fúnebres celebradas en tres ciudades. Sin embargo, lo que resulta aún más significativo para un observador externo no es únicamente la magnitud de la multitud, sino las implicaciones políticas y sociales de una presencia popular tan extraordinaria.
Los medios occidentales reconocieron que se trató del “mayor funeral de la historia contemporánea”, pero en gran medida pasaron por alto, deliberada o involuntariamente, su significado más profundo: la regeneración del capital social y lo que podría interpretarse como un referéndum silencioso sobre la legitimidad del sistema político de la República Islámica.
Las multitudinarias ceremonias fúnebres celebradas en Irán e Irak no constituyeron simplemente manifestaciones de duelo y pesar por el amado Líder de la Revolución Islámica. Representaron, más bien, una demostración de solidaridad transnacional y una contundente refutación de las narrativas promovidas por numerosos medios occidentales.
Para comprender la trascendencia de este acontecimiento, es necesario analizarlo desde la perspectiva de la sociología política. El sociólogo francés Pierre Bourdieu introdujo el concepto de capital simbólico. En términos sencillos, toda persona o institución que logra ganarse la confianza y el respeto generalizados de la sociedad acumula capital simbólico.
En momentos de crisis, ese capital simbólico puede transformarse en capital social y político, fortaleciendo así la cohesión de la sociedad.
El martirio del Líder de la Revolución Islámica marcó un punto de inflexión que lo elevó de la condición de dirigente político a la de símbolo colectivo capaz de trascender las divisiones sociales.
Más importante aún, ese capital simbólico se regeneró mediante acciones colectivas como las ceremonias fúnebres, transmitiéndose a las nuevas generaciones y proyectándose más allá de las fronteras nacionales hasta integrarse en el discurso más amplio de la Resistencia.
La presencia simultánea en Teherán, Qom y Mashad de diversos sectores de la sociedad iraní —entre ellos clérigos, comerciantes, estudiantes universitarios, trabajadores, simpatizantes de distintas corrientes políticas e incluso personas críticas de algunos aspectos del sistema político— demostró que el funeral fue mucho más que una emotiva despedida. Constituyó un referéndum silencioso sobre la legitimidad y la autoridad del sistema.
Cuando millones de personas permanecen durante horas bajo el sofocante calor del verano y participan voluntariamente en una procesión fúnebre, esa concurrencia puede interpretarse como un voto público de confianza en el orden político. En muchas democracias occidentales, una participación electoral del 50 o el 60 % se considera un gran éxito. En este caso, sin embargo, casi la mitad de la población iraní tomó parte de forma voluntaria en una ceremonia pública.
Ello sugiere que el capital social del Estado no solo no se había erosionado, sino que, en el momento más delicado de la sucesión política, alcanzó su punto más alto.
Lo que convirtió los acontecimientos de Teherán de un fenómeno nacional en uno de alcance civilizacional fue la continuación de las ceremonias fúnebres en Irak. Tras las exequias celebradas en Teherán y Qom, el cuerpo del Líder mártir fue trasladado a Nayaf y Karbala, donde multitudes estimadas en más de diez millones de personas acudieron para rendirle homenaje.
En ese momento, el capital simbólico del fallecido Líder trascendió las fronteras geográficas y se transformó en una forma transnacional e interconfesional de capital social.
Cabe destacar que la participación no se limitó a la población chií de Irak. Informes de campo indican que entre los dolientes también había musulmanes suníes, cristianos, mandeos e incluso izadíes. Ello sugiere que, a lo largo de sus años de liderazgo, el Líder había acumulado un capital simbólico que iba más allá de las identidades sectarias y nacionales.
Un dirigente suní iraquí afirmó en una entrevista: “No era únicamente el líder de los chiíes; era un líder de la resistencia contra la opresión”. Declaraciones como esta apenas recibieron atención en los medios occidentales, donde suelen predominar narrativas centradas en las divisiones sectarias de la región.
La unidad manifestada entre iraníes e iraquíes durante estas ceremonias reflejó un vínculo histórico y cultural arraigado en la tragedia de Ashura. Para muchos iraníes, la peregrinación a Karbala constituye un acto de devoción; para numerosos iraquíes, recibir a los peregrinos iraníes es motivo de orgullo.
Esta vez, sin embargo, ese vínculo se expresó a través del funeral de un líder contemporáneo, una figura que encarnó simultáneamente el liderazgo espiritual, el liderazgo político y la conducción del movimiento de resistencia más allá de las fronteras nacionales.
Las imágenes de iraníes e iraquíes llorando juntos junto al féretro mientras coreaban “¡Ya Husein!” representaron, para cualquier observador imparcial, la profundidad de un capital social transnacional que Occidente se ha mostrado reacio a reconocer.
Si los gobiernos occidentales desean comprender el futuro de la región, deben tomar en serio este referéndum silencioso. Contrariamente a los pronósticos de muchos agoreros, el capital social de Irán no se ha derrumbado ni ha entrado en un declive irreversible.
Durante los abrasadores días de julio, ese capital se regeneró en las calles de Irán e Irak mediante las lágrimas y los puños en alto de toda una generación, transmitiendo al mundo que, en la etapa más delicada de la sucesión política, la República Islámica sigue contando con una base de apoyo popular extraordinariamente amplia. Es posible que los medios occidentales nunca presenten esta interpretación de forma explícita a sus propias audiencias; sin embargo, las imágenes, las cifras y los símbolos suelen hablar con mayor fuerza que cualquier comentario político.
Tres símbolos merecen especial atención. En primer lugar, el lema “Debemos levantarnos” no era simplemente un llamamiento a la acción, sino una prolongación de la tradición de la resistencia desde Karbala hasta nuestros días, evocando el legado histórico del levantamiento del Imam Husein (la paz sea con él).
En segundo lugar, la imagen del puño cerrado del Líder se convirtió en un símbolo de firmeza y de la búsqueda de la justicia, inspirando a miles de dolientes a alzar también sus puños en señal de solidaridad.
En tercer lugar, las banderas rojas con la inscripción “Ya Latharat al-Husein” (“¡Oh, vengador de Husein!”) transformaron las ceremonias de duelo celebradas durante el mes de Muharram en una recreación viva de Ashura, situando al Líder fallecido, en el imaginario colectivo, junto a los mártires de Karbala.
Los medios occidentales ignoraron estos símbolos o los redujeron a descripciones simplistas como «consignas antioccidentales». En realidad, constituían un lenguaje común compartido por dos naciones vecinas, un lenguaje cuyo significado trasciende los pasaportes y las nacionalidades y resuena entre los musulmanes, tanto chiíes como suníes, de todo el mundo.
La reticencia de numerosos observadores occidentales a analizar seriamente estos símbolos refleja el desafío que representan para la narrativa de un Irán aislado. Por el contrario, sugieren que, en uno de los momentos más sensibles de la transición política, la República Islámica aún podía apoyarse en una comunidad transnacional capaz de reconfigurar las narrativas dominantes.
Los medios internacionales terminaron viéndose obligados a reconocer la extraordinaria magnitud de las multitudes. The Guardian estimó que entre 12 y 30 millones de personas participaron en las ceremonias celebradas en Teherán, calificándolas como “el mayor funeral de la historia contemporánea”. Por su parte, Financial Times observó que la masiva asistencia desafiaba las predicciones que auguraban un inminente vacío de poder. Deutsche Welle destacó con sorpresa que las temperaturas superiores a los 40 °C y la temporada estival de vacaciones no impidieron que millones de personas acudieran a las exequias. Incluso The Wall Street Journal reconoció que las imágenes cuestionaban las narrativas que presentaban al ayatolá Jameneí como una figura ampliamente impopular.
Sin embargo, esa no fue toda la historia. Aunque reconocieron la dimensión y la magnitud del acontecimiento, los medios occidentales evitaron en gran medida abordar su significado simbólico y político. No explicaron a sus audiencias que las consignas de “Labbayk Ya Seyed Moytaba” (“A tu servicio, Seyed Moytaba”) expresaban un juramento público de lealtad al nuevo Líder.
Tampoco prestaron mayor atención al significado simbólico del puño cerrado en alto como elemento de reconfiguración de la identidad política de las nuevas generaciones. Del mismo modo, apenas dedicaron cobertura a la participación de musulmanes suníes y cristianos iraquíes en las procesiones fúnebres.
Desde esta perspectiva, la razón es sencilla: la narrativa dominante sobre un Irán fragmentado y una identidad política chií excluyente sigue siendo un pilar de la política occidental hacia Asia Occidental. Reconocer que un líder chií logró suscitar respaldo simbólico entre sectores de la población suní de Irak supondría cuestionar de manera fundamental los supuestos que durante largo tiempo han sustentado la visión occidental sobre las divisiones sectarias en la región.
Las ceremonias fúnebres del Imam Seyyed Ali Jameneí fueron, por tanto, mucho más que un acto ceremonial o estrictamente religioso. Se convirtieron en un complejo escenario de diplomacia, proyección de poder y transmisión de mensajes políticos en un contexto de guerra.
Al suspender las negociaciones y aprovechar la presencia de numerosas delegaciones diplomáticas extranjeras, Teherán buscó reforzar su posición dentro de un orden regional en transformación. Al mismo tiempo, la coincidencia de las ceremonias con la reanudación de ataques militares puso de manifiesto hasta qué punto estos rituales se desarrollaron en medio de las duras realidades de la guerra y la geopolítica.
Así, las ceremonias no solo representaron la despedida de un líder popular y profundamente querido, sino que también transmitieron un mensaje inequívoco sobre la continuidad de la confrontación de Irán con sus adversarios y sobre la evolución del equilibrio de poder en la región.
Lo ocurrido en Teherán, Qom, Nayaf, Karbala y, finalmente, Mashhad no fue simplemente una ceremonia de duelo chií. Representó, más bien, una transferencia civilizacional de capital simbólico: del Líder mártir a su sucesor; de Irán al corazón del mundo islámico; de las comunidades chiíes a las suníes; y, en última instancia, al conjunto del Eje de la Resistencia.
* Maryam Bashirpour es investigadora universitaria y escritora residente en Teherán.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
