Publicada: jueves, 4 de junio de 2026 20:23

Toda campaña militar fallida y costosa llega a un momento en que el agresor se da cuenta de que el poder de fuego por sí solo no puede quebrar a un pueblo resiliente y valiente. Ese momento ha llegado.

Análisis del día - 4 de junio de 2026

Por el personal del sitio web de HispanTV

Tras sufrir una derrota militar clara y aplastante frente a Irán y el Eje de la Resistencia —en el campo de batalla, en las calles y en los cielos—, el enemigo ha cambiado de estrategia de manera discreta y desesperada. Los tanques y los ataques aéreos no han logrado obligar a la nación iraní a rendirse. Las devastadoras municiones no han quebrado la voluntad de la resistencia. Por ello, el enemigo ha intensificado su guerra psicológica para fabricar desesperanza.

El enemigo admite ahora, a través de sus propias acciones, que no puede ganar una guerra convencional. Lo que sigue es una guerra híbrida: una fusión de presión sobre el terreno, asfixia económica y engaño cognitivo, dirigida a dos objetivos específicos: la resiliencia del pueblo y los cálculos de toma de decisiones de los funcionarios del país.

Pero, como enfatizó el Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Moytaba Jamenei, en sus declaraciones del jueves, el siniestro plan del enemigo será neutralizado mediante la firmeza, la claridad, la unidad, la confianza mutua y la negativa a reproducir la narrativa del agresor.

Sus declaraciones subrayaron una verdad fundamental: el enemigo, tras descubrir que la capacidad de disuasión militar de Irán es real e irrompible, que el Frente de la Resistencia sigue operativo y que el pueblo no abandonó el campo de batalla ni las calles pese a una presión extraordinaria, ha entrado ahora en una nueva fase de guerra híbrida.

Dos pilares de la guerra híbrida del enemigo

La estrategia actual del enemigo se basa en dos objetivos interdependientes. Ninguno es nuevo en teoría, pero su aplicación coordinada contra Irán y el frente de la resistencia representa una evolución sofisticada de la guerra híbrida.

Objetivo 1: Quebrar la resiliencia del pueblo

El enemigo comprende que una sociedad que resiste es una sociedad que finalmente vence. La resiliencia pública no es algo abstracto: es la negativa diaria a entrar en pánico, a acaparar, a traicionar o a rendirse.

Es la madre que envía a su único hijo al frente. El panadero que vuelve a abrir su negocio después de un ataque. El vecindario que organiza su propia línea de defensa. El enemigo ha estudiado esta extraordinaria resiliencia durante décadas y ha llegado a la conclusión de que debe ser desmantelada sistemáticamente para alcanzar sus objetivos.

Para lograrlo, el enemigo emplea dos vías paralelas:

Operaciones sobre el terreno: Intensificación de la presión mediante la continuidad de la piratería y el bandolerismo marítimos, los bloqueos navales, el hostigamiento en el estrecho de Ormuz y los intentos de cortar las rutas alternativas de Irán para eludir las sanciones. Estas medidas están diseñadas para estrangular la economía, crear escasez real y luego convertir esa escasez en un arma psicológica.

Operaciones de engaño cognitivo: Difusión de rumores infundados y exageración de la escasez de bienes esenciales (alimentos, agua, electricidad y gas), provocación de grupos sociales específicos para que protesten y posterior escalada de esas protestas hasta convertirlas en disturbios, fabricación de informes falsos sobre divisiones entre funcionarios, amplificación de prioridades innecesarias y paralización del aparato de toma de decisiones para socavar los esfuerzos destinados a gestionar los medios de vida de la población.

El objetivo es simple: hacer que la gente crea que la resistencia es inútil e infructuosa, que el gobierno los ha abandonado y que la rendición es la única opción racional.

Objetivo 2: Crear un error de cálculo entre los funcionarios

El enemigo sabe que incluso la población más resiliente no puede sostenerse indefinidamente si su liderazgo interpreta erróneamente el campo de batalla.

Por lo tanto, el segundo objetivo es distorsionar los cálculos de costo-beneficio de los responsables de la toma de decisiones en Irán. El enemigo quiere que los funcionarios iraníes consideren concesiones importantes como algo trivial y magnifiquen los compromisos insignificantes del enemigo como avances decisivos en el proceso.

Las herramientas para ello son numerosas:

• Declaraciones de guerra psicológica de Trump, del secretario de Guerra, del secretario del Tesoro y de los comandantes del CENTCOM, cada una diseñada para amenazar, tentar, exagerar, minimizar, distorsionar o mentir.

• Asesoramiento deliberadamente sesgado o defectuoso presentado a los funcionarios como análisis objetivo.

• Información falsa y representaciones distorsionadas de las realidades sociales en los medios nacionales.

• Infiltración institucionalizada por parte de elementos vinculados o alineados con el enemigo.

Cuando los funcionarios comienzan a dudar de su propia información, cuando vacilan, cuando sobrestiman la fuerza del enemigo y subestiman la propia, el enemigo ha ganado sin disparar un solo tiro. Ese es el objetivo del enemigo.

¿Por qué el enemigo fracasará en quebrar la resiliencia del pueblo?

La guerra psicológica del enemigo parte de la premisa de que los seres humanos son calculadores racionales del dolor y la recompensa. Pero las sociedades construidas y sostenidas sobre el concepto de resistencia no operan con esa lógica. Operan sobre la memoria, la dignidad y la justicia.

En primer lugar, el enemigo no tiene un nuevo guion de terror que ofrecer. Los iraníes han vivido bajo sanciones paralizantes e ilegales, campañas de asesinatos, guerra económica y agresión regional durante más de cuatro décadas. La amenaza de más presión, más escasez y más miedo no es una novedad. Es la realidad de base. El enemigo no puede introducir una conmoción que la población no haya absorbido ya y sobrevivido.

En segundo lugar, la credibilidad del enemigo es nula después de lo que ha hecho y enfrentado durante el último año. La misma armada que impone un bloqueo afirma respetar el derecho internacional. Los mismos funcionarios que hablan de “negociaciones” autorizan el asesinato de científicos y comandantes. Los mismos medios que advierten sobre la “agresión iraní” celebran el bombardeo de hospitales en Gaza y el Líbano.

Después de cierto umbral de mentiras, la población ya no distingue entre propaganda e información. Todas las declaraciones del enemigo son tratadas como lo que son: armas.

En tercer lugar, la resistencia ha aprendido operaciones de contra-guerra psicológica. Las redes comunitarias, que incluyen mezquitas, consejos vecinales, equipos de defensa civil e incluso cadenas informales en redes sociales, actúan como filtros. Verifican, refutan y replantean la información.

Cuando el enemigo difunde un rumor sobre escasez, el comité vecinal ya dispone de un plan de distribución. Cuando el enemigo fabrica una división entre los funcionarios, el público ve a esos mismos funcionarios juntos en un funeral o en una rueda de prensa. La narrativa del enemigo es constantemente anticipada y neutralizada.

En cuarto lugar, promover la desesperanza y el desaliento siempre resulta contraproducente. Cuando los funcionarios hablan de un callejón sin salida, cuando los medios amplifican las afirmaciones del enemigo sin refutarlas, cuando se sugiere que “no existe otro camino que el compromiso y la rendición”, el enemigo lo celebra.

Pero el pueblo iraní ha rechazado sistemáticamente ese planteamiento engañoso. Ha visto lo que produce el compromiso sin retirada: más sanciones, más asesinatos y más ocupación. La resistencia, incluso a un costo más elevado, sigue siendo menos costosa que la rendición.

La campaña psicológica del enemigo requiere un enorme consumo de recursos. Necesita mensajes constantes, ajustes permanentes y financiación continua. Y cuando la retroalimentación muestra que no aumenta el número de deserciones, que no se produce un colapso de la moral ni un levantamiento popular contra el gobierno, la campaña se convierte en una farsa.

El enemigo termina desmoralizando a su propio frente interno, que empieza a preguntarse por qué, si Irán está al borde del colapso, la guerra aún no ha sido ganada, o por qué las pérdidas son tan abrumadoras.

Prevenir los errores de cálculo: la responsabilidad de los funcionarios

La resiliencia popular por sí sola no es suficiente. Debe ir acompañada de una toma de decisiones lúcida y precisa en los más altos niveles. Las operaciones cognitivas del enemigo están diseñadas precisamente para provocar lo contrario: confusión, vacilación y errores fatales en el análisis de costos y beneficios.

Para evitarlo, los funcionarios deben adherirse a varias pautas claras.

En primer lugar, deben rechazar el falso marco interpretativo del enemigo. Cuando el enemigo describe una concesión como “pequeña” o un compromiso como “histórico”, los funcionarios deben realizar su propio análisis independiente.

La historia de las negociaciones con la parte estadounidense durante la última década está repleta de ejemplos en los que Irán cedió activos estratégicos significativos a cambio de promesas que nunca se cumplieron.

El acuerdo nuclear, de nombre oficial Plan Integral de Acción Conjunta (PIAC o JCPOA, por sus siglas en inglés), es el caso más claro: Irán redujo de manera verificable partes de su programa nuclear y, a cambio, no recibió alivio, sino más sanciones y asesinatos. Cualquier nueva negociación debe evaluarse a la luz de ese amargo precedente.

En segundo lugar, los funcionarios deben resistir la presión de una urgencia artificial. El enemigo creará crisis, reales o fabricadas, y exigirá decisiones inmediatas. “Firme ahora o la opción militar seguirá sobre la mesa”. “Acepte estas condiciones o el bloqueo se intensificará”.

Los funcionarios deben reconocer que la urgencia es, en sí misma, un arma psicológica. El tiempo está claramente del lado de la resistencia. Cada día que el enemigo fracasa en quebrar la resiliencia y la determinación popular es un día en que su propia posición política se debilita.

En tercer lugar, mantener la confianza mutua entre el pueblo y los funcionarios. Nada beneficia más al enemigo que la división. Cuando los funcionarios parecen pasivos, desesperanzados o descoordinados, el pueblo inevitablemente se sentirá aún más desalentado. Sentirá que ha sido abandonado. Ese sentimiento es el precursor del colapso. Por el contrario, cuando los funcionarios se comunican con claridad, actúan con decisión y comparten tanto las cargas como los sacrificios, la resiliencia pública se fortalece. La confianza no es un valor abstracto, sino un activo estratégico.

En cuarto lugar, corregir las percepciones mediante un análisis preciso. Las instituciones responsables de producir conocimiento, pensamiento y convicciones deben trabajar simultáneamente en dos direcciones: organizar medidas para superar los obstáculos impuestos por el enemigo y corregir las percepciones de los responsables de la toma de decisiones mediante análisis en tiempo real tanto de las condiciones del enemigo como de las realidades internas.

El campo de batalla es una función de estos dos pilares. Si se altera cualquiera de ellos —la resiliencia pública o una toma de decisiones acertada—, el enemigo logrará mediante la guerra híbrida lo que fracasó estrepitosamente en conseguir mediante la confrontación militar directa. Pero si ambos pilares permanecen firmes, la campaña psicológica del enemigo estará condenada a derrumbarse bajo su propio peso.

El Frente de la Resistencia avanza: la retirada como única salida

Mientras el enemigo libra una guerra psicológica, el Frente de la Resistencia no permanece inmóvil. Por el contrario, avanza con cada día que pasa.

La nueva fase comenzó tras la retirada clara y humillante del enemigo frente a la amenaza creíble de Irán de atacar los territorios ocupados en respuesta a cualquier agresión contra Beirut.

Esa amenaza fue demostrada operativamente mediante ataques con misiles y drones de las fuerzas armadas iraníes contra objetivos, embarcaciones y bases enemigas en cinco países de la región del Golfo Pérsico.

El mensaje fue claro y contundente: el poder disuasorio de Irán es real, está operativo y no se limita a un solo frente. Si se pone a prueba su paciencia y se cruzan sus líneas rojas, responderá en múltiples frentes.

Ahora se ha puesto en marcha la siguiente fase. El ejército yemení ha entrado en la ecuación, amenazando con ejercer soberanía armada sobre el estrecho de Bab al-Mandab. El general de brigada Esmail Qaani, comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán, ha advertido sobre la apertura de nuevos frentes.

El énfasis ahora está en obligar al enemigo sionista a retirarse a las líneas anteriores a la guerra que existían antes de la reciente guerra impuesta de 40 días. Se trata de una amenaza coordinada, probada en combate y creíble, respaldada por las Fuerzas Armadas iraníes por un lado, y por el ejército yemení y el movimiento de Resistencia libanés (Hezbolá) dentro del Líbano por el otro.

El enemigo comprende la geometría de este nuevo campo de batalla. No puede combatir en todos los frentes simultáneamente. Sus líneas de suministro, sus rutas navales y sus arterias económicas están expuestas al armamento del frente unificado de la resistencia.

El componente más crucial de este frente unificado es la propia República Islámica de Irán. Los informes indican que Irán se acerca a la finalización de un acuerdo para poner fin a la guerra con Estados Unidos. En este contexto, el cálculo cuidadoso de los costos y beneficios estratégicos es de máxima importancia.

La diplomacia iraní debe alcanzar simultáneamente dos objetivos: eliminar la sombra de la guerra sobre el país y, al mismo tiempo, garantizar la fortaleza y la seguridad del frente unificado de la resistencia como elemento permanente de disuasión frente a futuras amenazas enemigas.

La opción óptima para Irán es clara: calcular las ganancias estratégicas a largo plazo derivadas de la consolidación del poder iraní, al tiempo que sopesa las pérdidas materiales y morales que podrían resultar de errores de cálculo similares a los de experiencias negociadoras pasadas.

Irán debe anunciar de forma clara y decisiva su compromiso estratégico con la defensa de la Resistencia libanesa antes de que se alcance cualquier acuerdo para poner fin a la guerra. Y por “defensa”, el significado es explícito: obligar al enemigo a retirarse de su ocupación del sur del Líbano mediante una acción coordinada con todos los componentes del frente de la resistencia, especialmente Yemen.

Ningún acuerdo que deje a un solo soldado israelí en suelo libanés es aceptable. Ningún alto el fuego que permita la continuación de sobrevuelos, asesinatos o incursiones marítimas es sostenible.

El enemigo ha intentado todas las variantes de la fórmula de “calma por calma”, todas las zonas de amortiguamiento y todos los arreglos temporales. Todos han fracasado porque todos han dejado intacta la ocupación. El único final duradero y lógico para esta guerra híbrida es una retirada militar israelí completa, verificable y total del sur del Líbano, acompañada de un cese permanente de todos los actos de agresión.

Sobre esa base, la resistencia puede deponer las armas. Sobre cualquier otra base, la guerra continuará, no porque la resistencia busque la guerra, sino porque la ocupación, por su propia naturaleza, genera resistencia.