Publicada: martes, 21 de abril de 2026 15:48

El 5 de abril, el presidente Donald Trump emitió un ultimátum: que Teherán reabriera el estrecho de Ormuz o se enfrentaría a ataques contra su infraestructura civil.

Por Xavier Villar

La declaración se presentó como ejercicio de claridad estratégica: una advertencia final diseñada para forzar la capitulación iraní mediante la amenaza creíble de fuerza abrumadora. Sin embargo, las semanas subsiguientes demostraron algo muy distinto. En lugar de prepararse para ceder, el Parlamento iraní avanzó legislación para formalizar un régimen de peajes para buques que transitan el estrecho. Funcionarios iraníes y omaníes se involucraron en conversaciones sobre futuros acuerdos de gestión, enfatizando su condición de estados ribereños del paso marítimo. Estas no eran las acciones de un gobierno disponiéndose para la sumisión. Indicaban, por el contrario, un esfuerzo por consolidar e institucionalizar lo que se había conseguido bajo presión. 

Esta divergencia entre expectativa estadounidense y respuesta iraní revela un patrón que ha estructurado las relaciones entre Washington y Teherán durante décadas. Estados Unidos opera bajo el supuesto de que presión suficiente —ya sea económica, diplomática o militar— eventualmente producirá conformidad iraní. Cada confrontación se aborda como si pudiera ser aquella que finalmente quiebre la determinación de Teherán. Sin embargo, el registro histórico sugiere lo contrario. Las sanciones no han forzado retirada estratégica. Los asesinatos de comandantes de alto nivel no han producido parálisis. Las amenazas de acción militar no han generado capitulación anticipada. La cuestión ya no es si este enfoque funcionará, sino por qué la formulación de políticas estadounidense continúa asumiendo que podría hacerlo. 

Leer esto únicamente como error de cálculo estratégico deja fuera un problema más profundo. Lo que está en juego incluye un fallo de carácter epistemológico. Washington no comprende mal a Irán por falta de información o por análisis deficientes. Las categorías a través de las cuales intenta conocer la República Islámica resultan inadecuadas para captar cómo opera su poder político. 

La República Islámica no puede entenderse plenamente mediante las categorías analíticas que Occidente heredó de su propia experiencia histórica: Estado-nación westfaliano, separación entre religión y política, soberanía popular secular, racionalidad instrumental. Irán opera según una lógica política distinta, arraigada en tradiciones intelectuales, teológicas y revolucionarias que configuran no sólo qué objetivos persigue el Estado sino cómo concibe el poder, la legitimidad, el tiempo histórico y la relación entre autoridad y comunidad. 

El problema en la formulación estratégica estadounidense surge ya en el nivel conceptual, donde los marcos empleados distorsionan el objeto que pretenden comprender. No se trata de simpatía o antipatía hacia la República Islámica, sino de rigor analítico. Si las categorías con las que se piensa no se ajustan al fenómeno estudiado, las conclusiones tienden a ser erróneas independientemente de la cantidad de información disponible. 

La persistencia de este desfase ayuda a explicar por qué décadas de experiencia no han producido aprendizaje efectivo. Cada nueva administración estadounidense redescubre que Irán no responde como se esperaba. Esa recurrencia revela el problema: las expectativas se generan mediante modelos que no corresponden a la realidad que pretenden anticipar. Como ha argumentado Salman Sayyid en relación con la agencia política musulmana, existe una tendencia a tratar desviaciones respecto a patrones occidentales no como formas políticas con lógicas propias, sino como anomalías o disfunciones destinadas a converger. Esta suposición resulta no sólo eurocéntrica, sino limitante para la comprensión. 

La fantasía persistente de la fuerza decisiva

La creencia de que una intervención dramática singular podría alterar fundamentalmente el comportamiento iraní refleja una lectura problemática de cómo opera el poder dentro de la República Islámica. Esta lectura no se reduce a un fallo de inteligencia o error analítico puntual. Apunta a una incompatibilidad más profunda entre dos formas de configuración política.

La estrategia estadounidense tiende a concebir el poder como recurso cuantificable que puede acumularse, demostrarse y desplegarse para producir resultados previsibles. La superioridad militar se traduce en ventaja estratégica. La presión económica genera concesiones políticas. La aplicación de fuerza —o su amenaza— obliga a adversarios a recalcular. Esta es la gramática de la coacción tal como la han practicado las potencias hegemónicas: capacidad abrumadora desplegada para estrechar las opciones del oponente hasta que la conformidad se convierte en la elección racional. 

La cultura estratégica iraní opera según premisas diferentes. El poder se entiende también en términos posicionales: la capacidad de resistir, de complicar los cálculos del adversario y de convertir aparente debilidad en ventaja asimétrica. Las capacidades materiales siguen siendo relevantes, pero se integran en un marco más amplio que privilegia la resiliencia, la adaptabilidad y la disposición a asumir costes elevados. 

Cuando se enfrenta a la elección entre capitular ante demandas externas o escalar una confrontación que considera sostenible, la dirección de la decisión de Teherán resulta consistente. No responde a irracionalidad ni a rigidez ideológica, sino a una orientación estratégica enraizada en la experiencia fundacional de la República Islámica: la supervivencia bajo condiciones que debían asegurar su colapso. 

La revolución de 1979 fue seguida por aislamiento internacional, una guerra de desgaste de ocho años con Irak y décadas de sanciones progresivamente intensificadas. En múltiples coyunturas, observadores externos predijeron desintegración inminente. Esas predicciones no se materializaron. Lo que emergió fue un aparato estatal diseñado para confrontación prolongada: descentralizado, redundante, capaz de absorber golpes que paralizarían sistemas más convencionales. Esta arquitectura responde a un diseño institucional orientado a evitar que puntos singulares de presión produzcan fallos sistémicos. 

La política estadounidense busca repetidamente intervenciones decisivas: el ataque que paraliza instalaciones nucleares, el paquete de sanciones que desencadena colapso económico, la eliminación que desarticula el liderazgo. Este enfoque parte del supuesto de que los sistemas tienen nodos críticos cuya eliminación produce fallos en cascada. El sistema iraní, sin embargo, distribuye sus vulnerabilidades de forma que puedan ser dañadas sin producir parálisis generalizada. 

Convertir presión en influencia: el estrecho de Ormuz como activo estratégico

El enfoque iraní hacia el estrecho de Ormuz ejemplifica esta capacidad de convertir presión defensiva en influencia. Al inicio de la confrontación actual, el análisis occidental enmarcó el control iraní sobre el paso marítimo principalmente como disuasorio: una capacidad activable para imponer costes si las hostilidades escalaban. El supuesto implícito era que esto representaba una medida temporal, disruptiva y difícil de sostener.

Lo que ha emergido es algo más consistente. Teherán no ha simplemente amenazado con el cierre; ha desarrollado una gestión selectiva. Ciertos buques transitan con interferencia mínima. Otros enfrentan interdicción, inspección o ataque dependiendo de variables políticas. El resultado no es una lógica binaria de abierto frente a cerrado, sino un sistema de acceso condicionado en el que el paso se vuelve contingente sobre cálculo político. 

Este enfoque también transforma cómo el estrecho funciona dentro del pensamiento estratégico iraní. El énfasis ya no recae únicamente en la capacidad de cerrarlo, sino en la capacidad de gestionarlo. El cierre responde a lógicas de crisis; la gestión introduce duración y la posibilidad de establecer prácticas que persisten más allá de la confrontación inmediata.

Desarrollos recientes refuerzan esta interpretación. Las discusiones parlamentarias en Teherán sobre formalizar una estructura de peajes para buques en tránsito indican un esfuerzo por institucionalizar lo que comenzó como medidas ad hoc. La coordinación con Omán señala un intento de fundamentar las reclamaciones iraníes en derecho internacional, especialmente en los derechos de estados litorales sobre aguas adyacentes. Las referencias a soberanía y jurisdicción territorial forman parte de un proceso de reencuadre del estrecho como espacio primariamente gobernado por autoridad regional.

Esta evolución refleja un patrón más amplio en la forma política iraní: la conversión de posiciones defensivas en activos duraderos. El programa nuclear siguió una trayectoria similar, pasando de instrumento defensivo a recurso estratégico flexible. El control sobre Ormuz ofrece ahora una forma de influencia visible, que se ejerce de manera continua y menos dependiente de ciclos de negociación prolongados.

Por ello, las amenazas estadounidenses de restaurar el paso mediante fuerza abrumadora interpretan de forma limitada la situación. El desafío no es únicamente militar. Se relaciona con la capacidad de Washington para inducir a Teherán a abandonar una fuente de influencia que opera en la intersección de geografía, comercio y dependencia energética global.

La evidencia observable sugiere límites claros. Las medidas coercitivas pueden imponer costes, pero no alteran la lógica que hace a Ormuz valioso para Teherán. Mientras esa lógica permanezca —mientras el control genere beneficios, reconocimiento político y capacidad de negociación— los incentivos para ceder siguen siendo reducidos.

Asimetrías de tiempo y concepción

La persistencia de estrategias coercitivas estadounidenses apunta a una asimetría más profunda: diferencias en la forma de concebir el tiempo, el éxito y el logro político.

La cultura política estadounidense privilegia horizontes temporales relativamente cortos. El éxito se mide en ciclos electorales, dinámicas económicas inmediatas y narrativas que demandan resolución visible. Los conflictos prolongados suelen interpretarse como problemas a resolver dentro de marcos temporales manejables.

La cultura política iraní opera en escalas más extensas, moldeadas por continuidades históricas y experiencia revolucionaria. La capacidad de sostener presión prolongada y de asumir costes elevados se convierte en un recurso que modifica el equilibrio de la confrontación.

Este contraste responde a evaluaciones estratégicas situadas. La República Islámica opera bajo condiciones de exclusión relativa, sujeta a sanciones y a amenazas recurrentes. En ese contexto, la capacidad de resistir y de imponer costes forma parte de una lógica de supervivencia.

El análisis de Adam Kotsko sobre teología política ofrece un marco útil para entender esta dinámica. Los sistemas contemporáneos de gobernanza tienden a vincular su legitimidad a la provisión de seguridad y prosperidad dentro de horizontes previsibles. Cuando esas promesas se tensionan, la legitimidad se resiente. En el caso iraní, la legitimidad se articula en torno a la resistencia. La presión externa no necesariamente desestabiliza; puede reforzar la narrativa fundacional del sistema.

Este marco altera el cálculo estratégico. Lo que desde fuera se interpreta como obstinación responde a una lógica coherente con la posición estructural de la República Islámica dentro del sistema internacional.

El desafío fundamental que Washington enfrenta es que no existe escenario en el cual una acción dramática singular produzca capitulación iraní. Ni bloqueo naval, ni ataques sobre infraestructura crítica, ni eliminación selectiva de funcionarios de alto nivel. La búsqueda persistente de tal solución —la "bala de plata" que promete una victoria rápida— refleja las limitaciones de los marcos desde los que se formula la estrategia.

Irán está preparado para confrontación prolongada. Sus instituciones están diseñadas para ello, su cultura política lo incorpora y su doctrina estratégica lo asume. Estados Unidos, por contraste, muestra dificultades ante conflictos sin resolución clara, con costes sostenidos y horizontes temporales extendidos.

La asimetría resultante se apoya en trayectorias históricas distintas, arquitecturas institucionales y formas divergentes de entender poder, legitimidad y éxito. En este contexto, la confrontación tiende a desarrollarse sin resolución definitiva, pero con ventajas diferenciales en términos de resistencia.

Washington puede imponer costes y escalar presión, pero encuentra límites a la hora de traducir esa presión en capitulación o de sostenerla indefinidamente sin afectar su propia posición en otros escenarios. Irán, mientras tanto, continúa demostrando que la exclusión del orden internacional no elimina su capacidad de perturbarlo. El estrecho de Ormuz se configura así como un espacio donde geografía, infraestructura y voluntad política convergen para producir influencia difícil de neutralizar mediante fuerza sola.

El impasse actual invita a reconsiderar supuestos más amplios sobre la naturaleza del poder en el siglo XXI. La superioridad material sigue siendo relevante, pero no organiza por sí sola los resultados. La capacidad de resistir, de introducir complejidad y de imponer costes que exceden la disposición del adversario a asumirlos adquiere un peso central. En este terreno, Irán ha operado con mayor eficacia de lo que los marcos analíticos estadounidenses tendían a reconocer. Mientras esos marcos no se amplíen —mientras no incorporen categorías capaces de captar formas de poder que no replican su propia experiencia histórica— la estrategia estadounidense continuará orientándose hacia resultados que permanecen fuera de su alcance.