Publicada: jueves, 16 de abril de 2026 14:54

Lo que cuenta como una vida iraní inteligible dentro del discurso político occidental no es una cuestión neutral de información o de empatía, sino un problema estructural de traducción.

Por: Xavier Villar

Los sujetos iraníes aparecen, pero únicamente bajo condiciones específicas de legibilidad. Estas condiciones no dependen tanto de Irán como realidad empírica, sino de los requisitos epistémicos de un orden liberal secular que determina de antemano qué puede ser reconocido como sufrimiento, agencia o significado político.

Una imagen recurrente ha llegado a dominar este campo de percepción. La mujer iraní visible a través de actos de rechazo simbólico, a menudo representados como ruptura con la normatividad religiosa, se ha convertido en una figura central de circulación mediática. Estas imágenes se desplazan con rapidez desde las redes sociales hacia editoriales, columnas de opinión y declaraciones políticas, donde adquieren una función interpretativa estable. No son simplemente descripciones de eventos, sino condensaciones argumentativas sobre libertad, modernidad y diferencia civilizatoria. Lo que rara vez se problematiza es el grado en que estas imágenes ya están estructuradas por las expectativas del público al que se dirigen.

En este régimen de visibilidad, la vida iraní se vuelve legible en la medida en que puede ser traducida a una gramática de emancipación secular. La complejidad de la subjetividad política se reduce a una oposición binaria entre opresión y liberación, donde la segunda categoría se codifica implícitamente como proximidad a las normas occidentales de inteligibilidad social. No se trata únicamente de una cuestión de distorsión representacional. Se trata de un filtro epistémico que determina de antemano qué aspectos de la vida social y política iraní pueden aparecer como significativos.

El problema, por tanto, no es que Irán sea invisible, sino que es visto de manera excesivamente selectiva. Su visibilidad se organiza en torno a momentos que confirman un marco interpretativo preexistente. Aquello que queda fuera de ese marco, formas de razonamiento político, vocabularios éticos con una gramática islámica, configuraciones no liberales de la vida colectiva, no es necesariamente negado, pero sí relegado a un plano estructuralmente secundario, como ruido de fondo frente a la narrativa más legible de la emancipación individual.

Esta estructura se vuelve más evidente cuando la atención se desplaza desde los actos simbólicos de visibilidad hacia las condiciones de existencia política sostenida, especialmente en contextos de presión militar o escalada geopolítica. En esos momentos, la economía previa de reconocimiento comienza a fracturarse, revelando su dependencia de la estabilidad narrativa más que de la continuidad de la experiencia vivida.

Atención selectiva y arquitectura del reconocimiento

La distribución de la atención en el discurso occidental sobre Irán opera mediante un principio rara vez explicitado, pero sistemáticamente aplicado. El reconocimiento es condicional a la compatibilidad con un marco secularizado de inteligibilidad. Este marco no se limita a excluir voces iraníes, sino que las reorganiza. Determina qué formas de expresión pueden ser escuchadas como discurso político, qué formas de sufrimiento pueden elevarse a urgencia moral y qué configuraciones de vida colectiva pueden traducirse en categorías universales.

El trabajo de Talal Asad es especialmente relevante para entender este punto. El secularismo no debe comprenderse como una retirada neutral de la religión del espacio público, sino como una formación histórica que produce activamente las distinciones entre lo religioso y lo político, lo racional y lo irracional, lo moderno y lo no moderno. Dentro de esta formación, la vida iraní suele situarse como un espacio donde estas distinciones aparecen como inestables o incompletas. El resultado no es solo una asimetría descriptiva, sino una jerarquía normativa de inteligibilidad.

La crítica de Saba Mahmood a la formación liberal del sujeto secular resulta igualmente iluminadora. Su trabajo cuestiona la presuposición de que la agencia política sólo puede expresarse como resistencia frente a normas externas. Sin embargo, gran parte del discurso dominante sobre Irán continúa operando bajo esta presuposición. La agencia se reconoce principalmente cuando adopta la forma de disenso visible contra la autoridad religiosa o estatal. Lo que queda fuera de esta matriz son formas de vida ética y política que no se articulan como resistencia en términos liberales reconocibles.

La reflexión de Salman Sayyid sobre la identidad política poscolonial permite ampliar este análisis. La modernidad política no debe entenderse como un horizonte universal al que todas las sociedades convergen progresivamente, sino como un campo de disputa en el que los propios criterios de universalidad se producen y se contestan. Desde esta perspectiva, Irán no es simplemente un caso dentro de un orden global ya dado, sino un espacio donde se negocian las condiciones mismas de la legibilidad política.

Lo que emerge de estas perspectivas es una comprensión distinta de la visibilidad. No es una condición pasiva de ser visto, sino un proceso activo de formateo. Los sujetos iraníes no están ausentes del discurso occidental, sino ensamblados selectivamente en formas que pueden circular sin desestabilizar sus presupuestos fundamentales. Este ensamblaje selectivo se hace especialmente visible en momentos de alta intensidad emocional, cuando las imágenes de sufrimiento individual o de disenso simbólico pueden separarse de sus contextos históricos y geopolíticos.

Sin embargo, esta atención es inestable. Tiende a retraerse cuando las condiciones que permiten su legibilidad dejan de sostenerse. En periodos de escalada militar o incertidumbre estratégica, el foco discursivo se desplaza. La figura individualizada de claridad moral da paso a poblaciones agregadas, descritas en términos de riesgo, inestabilidad o preocupación humanitaria. Esta transición no es accidental, sino estructural. La atención se sostiene no por la persistencia del sufrimiento, sino por su compatibilidad con formas narrativas dominantes.

Guerra, visibilidad y límites de la preocupación liberal

En momentos de conflicto, la naturaleza condicional de la visibilidad se vuelve especialmente evidente. Las vidas iraníes dejan de representarse principalmente bajo el prisma de la resistencia cultural o la emancipación simbólica, y pasan a ser inscritas en categorías más difusas de vulnerabilidad. El daño civil es reconocido, pero frecuentemente absorbido en narrativas más amplias de inestabilidad regional, cálculo estratégico o riesgo geopolítico.

Este desplazamiento no implica necesariamente una reducción del discurso, sino una transformación de su textura. Lo que cambia no es la cantidad de lenguaje, sino su capacidad para sostener peso ético. El sufrimiento se generaliza, se distribuye entre poblaciones, en lugar de vincularse a sujetos reconocibles. Pierde el anclaje narrativo que antes le permitía funcionar como centro de atención moral sostenida.

Al mismo tiempo, la atención previa a actos individuales de visibilidad no desaparece del todo. Se recontextualiza. Figuras que antes eran leídas como encarnaciones de resistencia pueden pasar a ser elementos secundarios dentro de narrativas estratégicas más amplias, en las que Irán es reposicionado como actor dentro de dinámicas de poder regional, más que como sociedad compuesta por formas de vida heterogéneas.

Esta oscilación entre hipervisibilidad y borrado parcial revela los límites de un marco que depende de la compatibilidad narrativa. Sugiere que el reconocimiento no está gobernado por la intensidad empírica de los eventos, sino por su capacidad de ser estabilizados dentro de estructuras interpretativas preexistentes. Cuando esas estructuras se tensionan, la atención no se profundiza, sino que se dispersa.

Una comprensión más consistente de la vida iraní requeriría abandonar la suposición de que visibilidad equivale a comprensión. Implicaría reconocer que las formas de vida que no se ajustan a las expectativas liberales seculares no son por ello opacas o deficientes, sino que están estructuradas según genealogías distintas de razonamiento ético y político. No se trata de relativismo, sino de precisión analítica. La negativa a confundir diferencia con carencia.

Lo que está en juego no es únicamente teórico. Se trata de la distribución de la responsabilidad política dentro de campos desiguales de visibilidad. Cuando el sufrimiento iraní solo se vuelve legible bajo condiciones específicas, no solo se representa de manera parcial, sino que se ve privado de atención sostenida. El problema no es el silencio, sino la intermitencia. La manera en que la atención aparece y desaparece según exigencias de coherencia narrativa más que según la continuidad de las condiciones vividas.

Pensar más allá de esta estructura implica cuestionar la idea de que el reconocimiento debe ser ganado mediante la conformidad con normas representacionales específicas. Implica preguntarse qué significaría sostener atención hacia la vida iraní sin exigir su traducción a categorías familiares de emancipación secular o subjetividad liberal. Este desplazamiento no elimina la crítica, sino que la reorienta hacia las condiciones epistémicas que gobiernan lo que puede ser visto, dicho y comprendido.

La alternativa es una forma de percepción política dependiente de la visibilidad episódica. Momentos de atención intensa seguidos de dispersión rápida. En este ciclo, la vida iraní no está ni completamente ausente ni plenamente presente, sino intermitentemente legible bajo condiciones que no le pertenecen. Lo que se requiere, en cambio, es un modo de atención capaz de sostener la complejidad sin exigir su reducción.

Esto no resuelve la cuestión de la representación. La reabre. Sugiere que el problema no es simplemente cómo se representa Irán, sino la pregunta más profunda sobre qué tipos de vida pueden aparecer como políticamente significativos en primer lugar.