Publicada: viernes, 2 de enero de 2026 7:47

Netanyahu y Trump impulsan una nueva estrategia militar contra Irán, centrada en su arsenal misilístico, mientras EE.UU. reconsidera su compromiso en Asia Occidental.

Por: Xavier Villar

En Mar-a-Lago, un escenario donde la informalidad diplomática rara vez es accidental, el primer ministro Benjamín Netanyahu y el presidente Donald Trump mantuvieron esta semana una reunión cuyo contenido, filtrado con cuidado, fue más allá de los lugares comunes del expediente iraní. La atención no se centró en el programa nuclear de Teherán, eje discursivo de dos décadas de presión y advertencias, sino en un objetivo más inmediato y operativo: el arsenal iraní de misiles balísticos y de crucero. Según fuentes cercanas a ambos gobiernos, la petición israelí fue explícita. Estados Unidos debería lanzar, o al menos respaldar políticamente y apoyar desde el plano logístico, una nueva campaña de ataques orientada a degradar de manera significativa esas capacidades.

Sin embargo, más allá de la coyuntura inmediata, este renovado ímpetu bélico ilumina con crudeza dos realidades estratégicas incómodas. En primer lugar, desnuda la narrativa, ampliamente difundida en ciertos círculos occidentales tras la llamada “Guerra de los 12 Días” de junio de 2025, de una victoria israelí-estadounidense decisiva y paralizante. En segundo lugar, actúa como un sintomático y desesperado intento de Tel Aviv por reconfigurar la arquitectura de seguridad regional ante el lento pero inexorable pivot estadounidense hacia Asia, formalizado en la reciente Doctrina de Seguridad Nacional de la Administración Trump, que señala el fin de la era de las grandes intervenciones militares en Oriente Medio.

El espejismo de la degradación: lo que junio no pudo destruir

La retórica oficial tras los intercambios de junio fue abiertamente triunfalista, en particular en Washington y Tel Aviv. Donald Trump afirmó haber “destruido por completo” el programa nuclear iraní. Benjamín Netanyahu habló de un “golpe estratégico histórico”. Medios alineados con esta narrativa describieron instalaciones como Fordow y Natanz reducidas a escombros humeantes y una capacidad de disuasión iraní severamente mutilada. Se instaló la imagen de un Irán doblegado, forzado a una tregua humillante tras una demostración abrumadora del poder tecnológico occidental e israelí.

La renovada insistencia de Netanyahu en la amenaza misilística perfora ese relato con precisión quirúrgica. Si la ofensiva conjunta hubiera sido tan concluyente, si la capacidad iraní de reconstrucción y represalia hubiera quedado realmente neutralizada, resultaría difícil explicar la urgencia por retomar la vía militar apenas seis meses después. La respuesta, sugerida por evaluaciones de inteligencia no publicitadas y por declaraciones más cautas del propio estamento de seguridad israelí, apunta a una conclusión menos complaciente: la campaña de junio fue, en el mejor de los casos, parcial y reversible.

Las imágenes por satélite de bases de la Guardia Revolucionaria y de instalaciones vinculadas a la producción de misiles mostraron daños considerables, pero no una destrucción sistémica. El entramado industrial iraní, caracterizado por su descentralización, su endurecimiento físico y una cadena de suministro ampliamente doméstica, exhibió una resiliencia que los ataques de precisión no lograron eliminar. Según estimaciones de centros europeos de estudios de defensa, Irán conservaría entre el 40 y el 60 por ciento de su capacidad de lanzamiento de misiles balísticos de medio y largo alcance. Más relevante aún, su doctrina de disuasión, basada en la saturación de defensas adversarias mediante oleadas de proyectiles relativamente baratos y no todos interceptables, permanece intacta.

El desplazamiento del discurso israelí desde la amenaza de un arma nuclear inminente hacia el peligro de un arsenal misilístico abrumador no constituye, por tanto, un simple ajuste táctico. Representa el reconocimiento implícito de un fracaso estratégico a la hora de degradar el núcleo de la defensa iraní. Lo que Netanyahu persigue ahora no es impedir un desarrollo futuro, sino neutralizar una capacidad existente que ya demostró su eficacia en junio, cuando decenas de proyectiles lograron penetrar el sistema defensivo israelí, provocando daños materiales y, sobre todo, un impacto psicológico significativo. La guerra de junio no quebró a Irán; confirmó la vigencia de su principal instrumento de disuasión.

El vacío que se avecina: la Doctrina Trump y la búsqueda israelí de un garante

Este renovado activismo militar israelí no puede entenderse, como ya se ha mencionado, al margen del nuevo marco estratégico emanado de Washington. La Doctrina de Seguridad Nacional presentada a finales de 2025, si bien mantiene un lenguaje firme sobre la competencia con China, traza una línea inequívoca en relación con Oriente Medio. La era de las intervenciones a gran escala y de la ingeniería regional liderada por Estados Unidos se da por concluida. En su lugar, se prioriza una estrategia de estabilización de bajo coste, la delegación de responsabilidades en aliados regionales y la contención de conflictos que puedan distraer recursos y atención de la rivalidad con Pekín.

Para Israel, este giro resulta profundamente inquietante. Durante décadas, su capacidad militar en la región ha descansado sobre un pilar central: el respaldo estratégico de Estados Unidos, no solo como proveedor de armamento avanzado, sino como actor dispuesto a intervenir directamente llegado el caso. El llamado pivote hacia Asia amenaza con replegar ese paraguas o, al menos, con dejarlo parcialmente abierto.

La insistencia de Netanyahu en Mar-a-Lago puede leerse, en este contexto, como un intento de reanclar a Washington a una lógica estratégica anterior mediante la creación de hechos consumados. Si consigue comprometer a Trump, aunque sea de forma implícita, en una nueva campaña contra las capacidades misilísticas iraníes, habrá alcanzado dos objetivos cruciales: infligir un daño tangible a su principal adversario y recrear una relación de dependencia operativa que obligue a Estados Unidos a mantener un grado de implicación militar en la región que su nueva doctrina aspira precisamente a reducir.

Se trata, sin embargo, de una apuesta elevada y cargada de riesgos. Trump, un presidente que presume de haber “traído la paz” y que es especialmente sensible al clima de opinión de su base electoral, cada vez más escéptica ante nuevas aventuras exteriores, podría percibir una escalada con Irán como una distracción costosa y un lastre político. Las advertencias de figuras influyentes como Tucker Carlson, que han denunciado una supuesta “relación parasitaria” con Israel, probablemente resuenen en un presidente que se encamina hacia unas elecciones de medio mandato particularmente complejas.

La resiliencia iraní

Desde Teherán, la lectura es sustancialmente distinta. Las declaraciones oficiales posteriores a la reunión de Mar-a-Lago han sido de una firmeza cuidadosamente calibrada. El presidente Masoud Pezeshkian advirtió de una respuesta “severa” ante cualquier nueva agresión. No se trata de una amenaza retórica. La doctrina militar iraní, puesta a prueba en junio, descansa en la lógica de la escalada controlada y en la capacidad de imponer costes inaceptables, no en la pretensión de imponerse en una guerra convencional directa.

En los círculos de seguridad iraníes predomina la percepción de que la contención mostrada en junio, al limitar los ataques a objetivos militares y evitar una escalada descontrolada pese a las bajas civiles sufridas, fue interpretada en Occidente como una señal de debilidad. Un segundo ataque, en particular si se dirigiera contra lo que Teherán considera el núcleo de su defensa soberana, su arsenal misilístico, provocaría una respuesta de distinta magnitud y velocidad. Entre las opciones evaluadas figuran ataques a gran escala contra infraestructuras críticas israelíes, o el cierre del estrecho de Ormuz con sus evidentes repercusiones sobre la economía mundial.

El riesgo, por tanto, no se limita a una nueva ronda de hostilidades. Apunta a una dinámica de escalada difícil de contener que podría arrastrar a Washington a un conflicto prolongado, precisamente el escenario que la nueva doctrina estadounidense busca evitar. 

Conclusión: El ancla estratégica: los esfuerzos israelíes y el precio de la dependencia

El encuentro en Mar-a-Lago no fue una mera reunión de aliados. Representó la culminación de una campaña metódica y persistente por parte de Israel para asegurar, consolidar y, sobre todo, expandir el compromiso de seguridad estadounidense en un momento de transición histórica. El éxito de estos esfuerzos es evidente: las declaraciones posteriores del presidente Trump, que equiparan el desarrollo misilístico iraní con su programa nuclear como justificación para posibles ataques, muestran que la diplomacia israelí ha logrado redefinir las "líneas rojas" según sus propios intereses.

Este logro, sin embargo, no es un fin en sí mismo, sino un eslabón más en una cadena de dependencia estratégica. Los esfuerzos israelíes no buscan simplemente un apoyo puntual; buscan anclar a Estados Unidos a una lógica de confrontación permanente con Irán, creando un mecanismo por el cual cualquier avance defensivo de Teherán pueda ser interpretado, con el beneplácito de Washington, como un casus belli. En el contexto del “pivot” asiático estadounidense, esta maniobra adquiere urgencia: es un intento de garantizar que la retirada relativa de EE.UU. de la región no afecte su papel como garante último de la supremacía militar israelí.

La insistencia en el programa misilístico, precisamente tras una guerra que no logró degradarlo, revela la profundidad de esta estrategia. Al elevar esta capacidad a la categoría de amenaza existencial equiparable a lo nuclear, Israel consigue dos objetivos: primero, mantiene a Irán en el centro de la agenda de seguridad de Washington; segundo, institucionaliza un estado de tensión que requiere vigilancia y predisposición a la acción continuas por parte de Estados Unidos. Pero lo que esta narrativa tiende a ocultar es la resiliencia iraní: el arsenal de misiles no es solo una amenaza; es la piedra angular de una estrategia defensiva cuidadosamente diseñada, capaz de regenerarse y de disuadir incluso a potencias tecnológicamente superiores.

No obstante, este éxito diplomático conlleva un riesgo estratégico mayúsculo, tanto para Tel Aviv como para Washington. Al aceptar este marco ampliado, Estados Unidos no solo se compromete potencialmente a una serie de conflictos abiertos para defender una “línea roja” elástica y dinámica, sino que también cede a Israel la llave para activar la maquinaria militar estadounidense según criterios propios, que pueden diferir de los intereses más amplios de Washington en un mundo donde la rivalidad con China es prioritaria.

Para Israel, el riesgo reside en la sobreextensión y en la generación de expectativas difíciles de cumplir. Al asegurar este nivel de compromiso estadounidense, se incrementa la presión para presentar la amenaza como inmediata y justificar la necesidad de acción, lo que puede derivar en escaladas prematuras o en interpretaciones agresivas de información ambigua. Al mismo tiempo, la narrativa de dependencia refuerza, entre ciertos sectores críticos en Estados Unidos, la percepción de que la relación con Tel Aviv no es una alianza entre iguales, sino un lastre que puede arrastrar a Washington hacia conflictos prolongados y sin resolución clara.