Las personas que padecen este desorden –llamado Oniomanía que viene del griego antiguo onios (lo que está en venta) y manía (locura) tienen unos rasgos como ansiedad, insatisfacción, falta de autocontrol y sentido de culpa.
Los síntomas de la también llamada “adicción a las compras” o “compras compulsivas” fueron descritos por primera vez por los psiquiatras Emil Kraepelin y Eugene Bleuler a finales de 1800. Pese a su temprano descubrimiento, el trastorno de compra compulsiva, no está catalogado como tal en los manuales de diagnóstico de desórdenes mentales. Hasta los años ochenta, lo mismo ocurría con la ludopatía.
Se describió como una adicción sin drogas, una adicción a un comportamiento como puede ser el sexo, el trabajo o Internet (…) que consiste en comprar de forma excesiva, hasta desembocar en problemas económicos o sociales”, ha admitido Jesús de la Gándara, jefe de Psiquiatría del Hospital Universitario de Burgos.
“Se describió como una adicción sin drogas, una adicción a un comportamiento como puede ser el sexo, el trabajo o Internet (…) que consiste en comprar de forma excesiva, hasta desembocar en problemas económicos o sociales”, ha admitido Jesús de la Gándara, jefe de Psiquiatría del Hospital Universitario de Burgos y uno de los pioneros del análisis de este fenómeno.
Las pesquisas, de igual manera, indican que los casos patológicos de dicho fenómeno van vinculados a problemas de ansiedad, trastornos de la personalidad y estrés, baja autoestima, ha señalado José Antonio Molina, un doctor en psicología.
Por su parte, Javier Garcés, psicólogo experto en comportamiento del consumidor y presidente de la Asociación de estudios psicológicos y sociales ha comparado este desorden con el alcoholismo, indicando que “adquirir cosas inútiles, que no empleamos, y luego arrepentirse de la compra son las primeras señales de alerta” y luego volver a caer en la trampa, cuando la culpa desaparece.
Asimismo un estudio promovido por la Unión Europea (UE) muestra que los jóvenes tienen un nivel mucho más alto de adicción a los estímulos de compra y hasta un 8% presenta comportamientos patológicos. A diferencia de los adultos, aceptan de mejor gana los valores consumistas y son más vulnerables frente a “los mensajes que relacionan el dinero con la felicidad, el éxito social y el prestigio personal”.
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