Publicada: lunes, 27 de julio de 2026 9:59

Han pasado doce años desde la tragedia del 25 de julio de 2014, cuando miembros del Movimiento Islámico de Nigeria y otras personas de conciencia se reunieron para conmemorar el Día Mundial de Al-Quds en solidaridad con el pueblo palestino oprimido.

* Por el profesor Abdullahi Danladi

Han transcurrido doce largos años; los gobiernos han cambiado, hombres poderosos han ascendido y caído, pero las heridas de aquel día siguen frescas, abiertas y sin cicatrizar.

¿Cómo puede el paso del tiempo borrar el recuerdo de 34 almas inocentes abatidas a plena luz del día? ¿Cómo olvidar la imagen de madres desconsoladas aferradas a las prendas ensangrentadas de sus hijos asesinados? ¿Cómo podrían los padres silenciar para siempre el eco de aquellas voces que un día llenaron sus hogares de risas? Hay crímenes tan monstruosos que no pueden quedar sepultados bajo las arenas del tiempo.

Entre los mártires de aquel viernes negro se encontraban tres hijos universitarios del jeque Ibrahim al-Zakzaky: Ahmad, Hamid y Mahmood. Su juventud, sus sueños y su futuro fueron truncados por una lluvia de balas. Su delito no fue el robo ni la violencia.

Se habían unido a millones de personas en todo el mundo para conmemorar el Día Internacional de Al-Quds, una jornada instituida por el Imam Jomeini (P) para que la humanidad nunca olvidara el sufrimiento del pueblo palestino, cuya tierra ha sido usurpada y cuyos niños siguen muriendo bajo la ocupación y el genocidio.

Año tras año, la procesión había recorrido pacíficamente las calles de Zaria. Durante más de tres décadas no se había registrado ninguna queja por parte de la población. Sin embargo, aquel fatídico día, la marcha pacífica fue recibida con disparos indiscriminados, y las voces alzadas en solidaridad quedaron ahogadas por el estruendo de las armas.

Aún hoy, el corazón se estremece al recordar a Julius Anyanwu, el ciudadano cristiano que se convirtió en uno de los símbolos más nobles de aquella tragedia. Incapaz de soportar lo que veía ante sus ojos, se enfrentó con valentía a los soldados. Les recordó que la procesión llevaba décadas pasando frente a su tienda y su taller sin que se hubiera producido incidente alguno.

Entonces formuló una pregunta tan sencilla como profunda, que sigue sin respuesta en Nigeria: “¿Por qué están disparando?”. Por atreverse a hablar en nombre de la conciencia, él también fue silenciado por las balas.

La sangre de Anyanwu dio testimonio de que la injusticia no conoce religión ni tribu. Demostró que, en los momentos de mayor prueba moral, la humanidad trasciende toda división artificial. Su sacrificio sigue siendo una lección perdurable de que la verdad suele exigir valentía, y que la valentía, en ocasiones, exige el precio más alto.

 

12 años después, muchas preguntas dolorosas siguen sin respuesta. ¿Qué fue de la comisión de investigación creada por el Gobierno tras la sangrienta masacre? ¿Qué ocurrió con las promesas de que se haría justicia? ¿Dónde están las conclusiones? ¿Dónde están los procesamientos? ¿Dónde está el cierre prometido a las familias de las víctimas?

La respuesta ha sido el silencio.

La comisión ha caído en el olvido y sus informes han sido engullidos por la maquinaria del poder. Quienes ordenaron y supervisaron las matanzas ya han abandonado la escena. El teniente coronel S. Okwu, el oficial que dirigió la operación, fue enterrado posteriormente en su pueblo. El presidente Goodluck Jonathan ya no ocupa el cargo. Los gobiernos han cambiado. Los eslóganes políticos han ido y venido.

Pero hay Uno ante quien ni el rango ni el poder servirán de nada. Alá, el Todopoderoso y el Justo, permanece y observa. Espera el Día en que la humanidad sea reunida, cuando el oprimido y el opresor comparezcan uno junto al otro, sin soldados que protejan a los poderosos, sin cargos que amparen a los influyentes y sin comisiones que oculten la verdad.

Ese Día, cada gota de sangre inocente dará testimonio. Cada clamor silenciado en la Tierra será escuchado en los cielos. Cada injusticia, por muy cuidadosamente que haya sido ocultada, saldrá a la luz.

Al conmemorar este doloroso aniversario, expresamos nuestras más sinceras condolencias a todos aquellos que perdieron a sus seres queridos en aquella tragedia. En particular, transmitimos nuestro pésame a nuestro venerado líder, el jeque Ibrahim al-Zakzaky, y a su noble esposa, Malama Zeenah, quienes soportaron el insoportable dolor de perder a tres hijos queridos en un solo día. Pocos padres son sometidos a una prueba semejante, y menos aún soportan su sufrimiento con tanta paciencia y firmeza.

También expresamos nuestras condolencias a las madres que enterraron a sus hijos, a los padres que perdieron a sus herederos, a los hermanos privados de sus compañeros y a las innumerables familias cuyas vidas quedaron marcadas para siempre por los acontecimientos de aquel día.

Puede que hayan transcurrido doce años, pero la memoria no se ha desvanecido. La sangre de los mártires sigue clamando. Las lágrimas de los familiares de las víctimas aún no se han secado. Las preguntas siguen sin respuesta.

La historia puede retrasar la justicia, los gobiernos pueden ignorarla y los hombres pueden intentar enterrarla, pero la justicia divina ni duerme ni olvida.

Sin duda llegará un día en que la verdad prevalecerá y cada alma sabrá lo que hizo.

* El profesor Abdullahi Danladi es miembro del Movimiento Islámico de Nigeria.