Por Mohammad Reza Gilani
Hay momentos en los que la diplomacia no necesita un largo comunicado. A veces basta una imagen.
El pasado 15 de septiembre, mientras millones de mexicanos levantaban sus banderas y gritaban “¡Viva México!” para celebrar el 216.º aniversario del inicio de la Independencia, a miles de kilómetros de distancia, uno de los símbolos más reconocibles de Teherán se iluminó con los colores de México… Verde, blanco, rojo; en el centro el escudo sagrado azteca; el águila real y la víbora de cascabel cola negra.
La Torre Azadi, literalmente la Torre de la Libertad, apareció aquella noche vestida con el tricolor mexicano y el escudo que representa la leyenda fundacional de México-Tenochtitlan. La imagen era difícil de ignorar. Y quizá también difícil de explicar mejor con palabras. Porque ocurrió algo curioso.
Mientras en Estados Unidos se había abierto una controversia internacional después de que la administración de Donald Trump ordenara utilizar el nombre “Golfo de América” para la porción correspondiente a la plataforma continental estadounidense del Golfo de México, en Teherán se tomó una decisión completamente diferente: no cambiar el nombre de nada mexicano, sino iluminar un símbolo iraní con los colores de México para celebrar su identidad nacional.
No son acontecimientos equivalentes. No ocurrieron en el mismo contexto ni responden a las mismas decisiones políticas. Pero puestos uno junto al otro, plantean una pregunta que merece algo más que una discusión diplomática:
¿Cómo se demuestra respeto por la identidad de otro pueblo?
Una posibilidad es intentar imponer una nueva denominación. Otra es hacer visible, aunque sea durante unas horas, la identidad del otro en el corazón de la propia ciudad.
Un nombre y una bandera
El debate sobre el llamado “Golfo de América” tocó una fibra particularmente sensible en México.
La presidenta Claudia Sheinbaum, a su vez, ha sostenido que la orden ejecutiva estadounidense se refiere a la plataforma continental de Estados Unidos y que no puede utilizarse para cambiar unilateralmente el nombre de las zonas bajo jurisdicción mexicana o cubana. El Gobierno mexicano ha sido más serio, argumentando que “Golfo de México” es una denominación histórica y reconocida internacionalmente.
Más allá de las discusiones jurídicas y cartográficas, existe una dimensión simbólica evidente. Los nombres importan. Los mapas importan. Los símbolos importan. Porque detrás de ellos existen historia, memoria e identidad.
Precisamente por eso resulta tan llamativa la escena ocurrida en Teherán. Irán no necesitó cambiar un nombre mexicano para expresar su cercanía con México.
Le dio espacio a México dentro de uno de sus propios símbolos nacionales.
Una iniciativa nacida en México
La historia tiene, además, un detalle que merece atención. La iluminación de la Torre Azadi no surgió simplemente como una iniciativa espontánea de la ciudad de Teherán.
La propuesta fue impulsada por la embajada de la República Islámica de Irán en México y posteriormente coordinada con las autoridades de la Alcaldía de Teherán para hacerla realidad.
La idea era sencilla: con motivo de la fiesta nacional mexicana, uno de los monumentos más emblemáticos de la capital iraní debía enviar un mensaje visible de respeto y amistad al pueblo mexicano, para responder al grito resonado durante el Mundial de Fútbol: “Irán, hermano, ya eres mexicano”.
Y funcionó. La imagen cruzó fronteras en cuestión de horas.
La agencia mexicana la Jornada informó que la Torre Azadi se había iluminado con los colores de México y destacó las declaraciones del embajador mexicano en Irán, el Excelentísimo Guillermo Puente Ordorica, quien calificó el acto como “un gran gesto de amistad”.
Otros medios mexicanos también llevaron la imagen a sus plataformas.
Pero hubo algo más importante que la cantidad de publicaciones: la imagen fue entendida. No hacía falta explicar demasiado. México estaba en Teherán.
Una torre llamada Libertad
Quizá el detalle más hermoso de toda esta historia sea precisamente el nombre del monumento.
Azadi significa “libertad”. La Torre Azadi es uno de los símbolos arquitectónicos de Teherán y una de las imágenes más reconocibles de Irán.
Y fue precisamente ese monumento, cuyo nombre significa libertad, el que apareció iluminado con los colores de una nación que aquella noche celebraba su propia independencia.
Hay imágenes que parecen haber sido hechas para contar una historia. Esta es una de ellas: México celebrando su libertad. La Torre de la Libertad de Teherán celebrando a México.
De Tijuana a Teherán
La imagen tampoco apareció aislada de los acontecimientos de los últimos meses. Durante el Mundial de 2026, México ofreció a la selección iraní una recepción particularmente significativa en Tijuana.
Ahora, meses después, la respuesta apareció en una forma inesperada: una de las principales imágenes de Teherán se vistió con los colores de México.
El propio embajador mexicano en Irán estuvo presente durante la iluminación y expresó públicamente su agradecimiento.
En entrevista con HispanTV, calificó el acto como “un gran gesto de amistad” y señaló que los mexicanos lo apreciarían como un momento memorable. La entrevista fue posteriormente retomada por medios mexicanos.
Así se construyen también las relaciones entre los pueblos. No solamente mediante tratados. No solamente mediante reuniones de cancilleres. También mediante gestos.
La diplomacia que no necesita traducción
Durante demasiado tiempo hemos imaginado la diplomacia como algo que sucede detrás de puertas cerradas: ministros, embajadores, documentos, comunicados y fotografías oficiales.
Todo eso es necesario, pero existe otra diplomacia. Una diplomacia que ocurre en las calles. Una diplomacia que puede ser vista por millones de personas sin necesidad de traducción.
Una bandera proyectada sobre una torre. Una plaza iluminada. Una ciudad que decide celebrar la fiesta nacional de otro país.
Y todo ello tiene un valor particular en una época en la que las relaciones internacionales están cada vez más cargadas de discursos sobre fronteras, poder, sanciones, presiones y soberanía.
Frente a todo ello, una imagen puede decir algo mucho más sencillo: “Te vemos. Respetamos quién eres. Y celebramos contigo.”
México no estuvo solamente en México
Quizá por eso la frase utilizada por la embajada de Irán en México terminó capturando tan bien el significado de aquella noche: “México en el corazón de Teherán.”
No era solamente un eslogan. Durante unas horas, era literalmente una imagen. El tricolor mexicano estaba en uno de los monumentos más emblemáticos de la capital iraní.
Y quizá allí se encuentra la verdadera diferencia entre cambiar un nombre y homenajear una identidad.
Un nombre puede imponerse en un documento, en un decreto o en una plataforma digital. Pero el respeto no se impone.
El respeto se demuestra. Y aquella noche, Irán decidió demostrar justo ese respeto con luz en su corazón palpitante, Teherán.
