Publicada: miércoles, 16 de septiembre de 2026 18:13

La catástrofe ambiental de la Franja de Gaza, en medio de la guerra genocida, terminó afectando a las plantas desalinizadoras israelíes.

Por: Yousef Ramazani

En un notable caso de retroceso ambiental, una masiva proliferación de microalgas que obligó a cinco de las seis principales plantas desalinizadoras del régimen israelí a cerrar a principios de septiembre de 2026 ha sido vinculada por científicos al catastrófico colapso de la infraestructura de aguas residuales de Gaza, una crisis que ha puesto de manifiesto la profunda interdependencia ambiental entre los territorios ocupados y la potencia ocupante.

El mar Mediterráneo frente a las costas de la entidad sionista adquirió un inusual tono verdoso en los últimos días de agosto de 2026, cuando una proliferación de cianobacterias microscópicas se extendió a lo largo de la costa, desde el delta del Nilo hacia el norte, pasando por Gaza y adentrándose en las aguas costeras ocupadas por Israel.

En cuestión de días, cinco de las seis principales plantas desalinizadoras de agua de mar que abastecen la mayor parte del agua potable del régimen se vieron obligadas a cerrar o a operar a una capacidad muy reducida.

Las instalaciones de Ascalón, Ashdod, Palmachim, Sorek A y Sorek B —todas situadas a lo largo de unos 50 kilómetros de costa— se vieron afectadas simultáneamente por este fenómeno biológico sin precedentes.

Mientras las autoridades hídricas del régimen israelí se apresuraban a compensar la situación mediante una extracción excesiva de agua del mar de Galilea y de los acuíferos subterráneos, surgió una investigación más profunda sobre las causas de este “fenómeno extremadamente raro” y el papel que había desempeñado la destrucción de la infraestructura de aguas residuales de Gaza en la creación de las condiciones para semejante alteración ecológica.

Planta de tratamiento de aguas residuales de Gaza, incendiada por soldados israelíes

 

Tormenta perfecta: del delta del Nilo a la costa ocupada por Israel

El organismo responsable de la proliferación ha sido identificado como una cianobacteria del género Synechococcus, un microorganismo fotosintético tan diminuto —de aproximadamente dos micras— que puede atravesar los filtros de entrada convencionales y sobrecargar los sistemas de pretratamiento de las plantas desalinizadoras.

Los investigadores israelíes todavía trabajan para identificar la especie exacta, pero han afirmado que la proliferación se originó cerca del delta del Nilo, en Egipto, y fue transportada hacia el norte por las corrientes del Mediterráneo.

Las instalaciones desalinizadoras del norte del Sinaí sufrieron alteraciones similares desde el 30 de agosto, antes de que la crisis se desarrollara plenamente en las aguas ocupadas por Israel, lo que apunta con fuerza a que se trató de un fenómeno marino regional y no de uno originado exclusivamente frente a Gaza.

Las condiciones ecológicas eran propicias para una proliferación masiva de cianobacterias. Temperaturas récord del Mediterráneo, una intensa radiación solar a finales del verano y una tormenta reciente que aumentó la turbidez crearon lo que un investigador describió como una “tormenta perfecta”.

Synechococcus prospera en aguas cálidas y ricas en nutrientes, y el Mediterráneo oriental presentaba precisamente esas condiciones.

Sin embargo, la magnitud excepcional de la proliferación —descrita como la mayor observada en 20 o 30 años— ha llevado a los científicos a buscar una fuente adicional de nutrientes que pudiera haber transformado un fenómeno habitual de proliferación de algas en una crisis capaz de paralizar la mayor parte de la capacidad desalinizadora de Israel.

Planta desalinizadora de Sorek

 

La crisis de aguas residuales de Gaza: una bomba de nutrientes en el Mediterráneo

El estado catastrófico de la infraestructura de aguas residuales de Gaza se ha convertido en un elemento central para comprender la gravedad de la proliferación.

Evaluaciones internacionales han documentado que las seis plantas de tratamiento de aguas residuales de Gaza están fuera de servicio, que el tratamiento centralizado ha cesado y que aproximadamente el 70 % de las estaciones de bombeo de aguas residuales están inoperativas.

Según la Autoridad Palestina del Agua, se estima que entre 40 000 y 60 000 metros cúbicos de aguas residuales sin tratar son vertidos directamente al mar Mediterráneo cada día.

Estas aguas residuales contienen enormes concentraciones de nitrógeno y fósforo, precisamente los nutrientes que actúan como fertilizantes para las cianobacterias y otros microorganismos fotosintéticos.

Organizaciones medioambientales israelíes han señalado directamente esta conexión. El director ejecutivo del grupo de conservación marina Zalul afirmó que el vínculo científico está bien establecido y que las aguas residuales sin tratar vertidas al mar desde Gaza fueron uno de los factores que contribuyeron al incidente.

El director del Laboratorio de Cambio Climático de la Universidad Ben-Gurión describió las condiciones como una tormenta perfecta y señaló que el calentamiento global había convertido el Mediterráneo en una bañera durante agosto y que añadir contaminación de fósforo y nitrógeno a aguas tan cálidas provoca proliferaciones de algas letales.

Explicó que los vientos débiles y constantes contribuyeron a dispersar las aguas residuales ricas en nutrientes a lo largo de la costa israelí, creando las condiciones que permitieron que la proliferación se desarrollara.

Planta desalinizadora de Hadera

 

Debate científico y efecto boomerang

Aunque algunos investigadores israelíes han advertido contra la identificación de las aguas residuales de Gaza como la única causa de la proliferación, las pruebas sobre su contribución son considerables.

Un ecólogo marino del Instituto Israelí de Oceanografía ha sostenido que la probabilidad de que las aguas residuales de Gaza sean el principal factor desencadenante es relativamente baja y ha señalado las alteraciones simultáneas en el norte del Sinaí como evidencia de un fenómeno regional más amplio originado en el delta del Nilo.

Sin embargo, esta posición tampoco descarta la posibilidad de que las aguas residuales de Gaza actuaran como amplificador, intensificando la proliferación a medida que avanzaba hacia el norte a lo largo de la costa.

El principal investigador sobre recursos hídricos del Instituto Arava ofreció una evaluación más directa y afirmó que las altas temperaturas impulsaron la proliferación de algas hacia el norte y que estas también podrían haberse contaminado con aguas residuales procedentes de Gaza.

Subrayó que la crisis demostró que el régimen israelí no puede hacer la vista gorda ante lo que ocurre en Gaza, señalando que ninguna de las plantas de tratamiento de aguas residuales de Gaza funciona debido a la agresión genocida y que grandes cantidades de aguas residuales son vertidas al Mediterráneo.

La situación representa un caso clásico de efecto boomerang ambiental. La destrucción sistemática de la infraestructura civil de Gaza, incluidas sus instalaciones de tratamiento de aguas residuales, ha creado una fuente de contaminación que no respeta fronteras ni alto el fuego.

El mar Mediterráneo, que el régimen israelí ha tratado como un recurso inagotable para la desalación, ha demostrado que las consecuencias ambientales de las acciones militares pueden regresar a las costas de quien las provoca con efectos devastadores.

La crisis ha dejado al descubierto una vulnerabilidad fundamental: la seguridad hídrica de la entidad sionista depende de un entorno marino compartido que no puede dividirse ni controlarse mediante medios militares.

Proliferación de algas en el Mediterráneo palestino ocupado

 

Vulnerabilidad de la infraestructura e implicaciones a largo plazo

La crisis ha dejado al descubierto las debilidades estructurales de la estrategia hídrica del régimen israelí.

Al concentrar la capacidad desalinizadora en un reducido número de instalaciones costeras, el régimen creó un sistema altamente vulnerable a un único fenómeno ambiental que afectara a un tramo limitado del litoral.

Cuando cinco plantas se vieron afectadas simultáneamente, la supuesta redundancia del sistema demostró ser ilusoria.

El Gobierno se vio obligado a compensar la situación recurriendo intensivamente a fuentes alternativas: extrayendo en exceso agua del mar de Galilea, activando pozos de agua subterránea y utilizando las reservas nacionales de agua, prácticas que resultan insostenibles y agotan unos recursos naturales ya sometidos a una fuerte presión.

Los usuarios agrícolas fueron los primeros en experimentar restricciones, ya que el régimen suspendió el riego en el sur de Israel y dejó de regar los jardines públicos.

Aunque las autoridades aseguraron a la población que el suministro doméstico permanecía estable, la crisis demostró con qué rapidez la seguridad hídrica del régimen podía verse comprometida por factores ambientales fuera de su control.

El hecho de que Hadera, la planta situada más al norte, siguiera operativa únicamente porque la proliferación todavía no había llegado hasta allí fue un recordatorio de lo cerca que estuvo todo el sistema de quedar completamente paralizado.

La decisión de la Autoridad del Agua de Israel de dispersar sulfato de cobre a lo largo de un tramo de la costa en un intento por contener la proliferación ilustra aún más la gravedad de la situación.

Esta intervención química, llevada a cabo sin una amplia divulgación pública, también se ha convertido en motivo de controversia debido a sus posibles consecuencias ambientales a largo plazo.

El hecho de que las autoridades estuvieran dispuestas a introducir sustancias tóxicas en un ecosistema marino en lugar de abordar la causa de fondo de la proliferación —el vertido continuado de aguas residuales sin tratar desde Gaza— dice mucho sobre las prioridades del régimen.

Sequía en los territorios ocupados del norte

 

Una crisis provocada por el propio régimen

La proliferación de microalgas de septiembre de 2026 representa un punto de inflexión en la historia ambiental de los territorios ocupados. La crisis demostró que la destrucción de la infraestructura civil de Gaza no permanece confinada dentro de las fronteras de la Franja.

El mar Mediterráneo, del que el régimen israelí ha dependido para garantizar su seguridad hídrica, se ha convertido en un canal para unas consecuencias ambientales que no pueden contenerse mediante la fuerza militar ni la negación política.

El régimen israelí ha tratado durante mucho tiempo la infraestructura hídrica y sanitaria de Gaza como algo separado de sus propios intereses estratégicos, pero la crisis ha demostrado que se trata de una peligrosa ilusión.

Ya sea que las aguas residuales de Gaza hayan aportado el 10 % o el 30 % de los nutrientes que alimentaron la proliferación, su papel en la amplificación del fenómeno es claro.

El régimen sionista ha creado las condiciones para su propia crisis hídrica mediante sus acciones genocidas en Gaza, y el coste no se medirá únicamente en las interrupciones inmediatas, sino también en los daños a largo plazo a un ecosistema marino que no puede permitirse destruir.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV