Por Alberto García Watson
Sajonia-Anhalt acaba de darle a la AfD un resultado histórico en Alemania. Su líder es lesbiana, vive con una mujer nacida en Sri Lanka y cría con ella a dos hijos adoptados. Bienvenidos al manual de instrucciones de la nueva extrema derecha: predica lo que le conviene, vive lo que le da la gana.
Un 44% construido sobre el miedo
Este domingo la Alternativa para Alemania (AfD) arrasó en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt con un resultado en torno al 44%, duplicando su representación parlamentaria. Alice Weidel, copresidenta federal del partido, lo celebró como un mandato "histórico" y ya avisa de que quiere tumbar al canciller Friedrich Merz antes de Navidad. La fórmula que ha llevado a la AfD hasta ahí es exactamente la misma que ha llevado a Vox a sacar tajada política de cada barcaza que llega a Ceuta o Canarias: convertir la inmigración en el chivo expiatorio de la precariedad, el abandono rural y la falta de médicos en los pueblos del este alemán. El miedo, una vez más, como programa de gobierno.
Hasta aquí, guion conocido. Lo interesante, lo insoportablemente irónico, es quién firma ese guion.
La señora del "papá y mamá" que no tiene ni papá ni mamá en casa
El programa de la AfD defiende sin matices la "familia tradicional": un padre, una madre, hijos biológicos, la nación como comunidad étnica y cultural homogénea. Su portavoz estrella para ese ideario es una mujer que convive desde hace más de una década con Sarah Bossard, productora audiovisual nacida en Sri Lanka y adoptada de niña por una familia suiza. Juntas crían a dos hijos, concebidos mediante donación de esperma y no biológicos de ninguna de las dos, en Einsiedeln, Suiza.
Es decir: la principal defensora pública de que "los niños necesitan un padre y una madre" y de que la ideología de género es una amenaza para el país, ha construido su propia familia exactamente sobre lo que su partido quiere prohibirle al resto. Dos madres, sin vínculo biológico con sus hijos, en un hogar donde, según ha explicado la propia Weidel, es la pareja, practicante cristiana, quien lleva la educación religiosa de los niños. La excepción que se concede a sí misma la ultraderecha siempre es la misma: las normas son para el rebaño, no para la pastora.
Cierra la puerta a la inmigración... con su mujer dentro de casa
La AfD pide fronteras cerradas, "remigración" masiva de personas con antecedentes migratorios y un país donde la "cultura dominante" sea, sin discusión, la alemana. Weidel misma llegó a afirmar en su día que el hiyab "no pertenece a Alemania". Y sin embargo, su compañera de vida es una mujer racializada, nacida en un país del sur global, adoptada en la infancia, con una biografía que en el discurso de su propio partido sonaría a "inmigración descontrolada" si la protagonizara cualquier otra familia sin apellido político.
No hace falta ser muy sutil para verlo: la retórica de la "invasión migratoria" no se sostiene ni dentro de la propia casa de quien la pronuncia. Cuando la extrema derecha habla de "los otros", nunca se refiere a los otros que le convienen, le producen cine o le calientan la cama. Se refiere a los otros pobres, a los que llegan en patera o en autobús, a los que no tienen currículum de Goldman Sachs ni pasaporte suizo de reserva. La xenofobia de salón siempre tiene una excepción con nombre y apellido, y normalmente duerme en la misma cama que quien la ejerce.
La patriota que vive al otro lado de la frontera
Y hay una contradicción más, quizá la más reveladora de todas por lo prosaica que es: Weidel construye su discurso político sobre la soberanía nacional, la identidad alemana y el "nosotros primero", pero pasa la mayor parte del año con su familia en Einsiedeln, en el cantón suizo de Schwyz. Su domicilio oficial está registrado en Überlingen, un municipio alemán justo al otro lado de la frontera con Suiza, dentro de su propio distrito electoral, aunque según han recogido varios medios los vecinos del lugar aseguran no haberla visto jamás por allí, salvo en las papeletas. Cuando se le pregunta por el asunto, a la propia Weidel no parece hacerle ninguna gracia.
Resumiendo: la mujer que pide a los alemanes de a pie que antepongan la patria a todo lo demás organiza su vida, su domicilio y según ha trascendido, buena parte de su fiscalidad al otro lado de la raya, en un país que ni siquiera pertenece a la Unión Europea. El nacionalismo, una vez más, como discurso de exportación y no como forma de vida.
Neonazis con la bandera de Israel en la mano
Y llegamos a la contradicción que estas familias políticas europeas comparten en bloque, de Sajonia a Vox, pasando por Le Pen o Wilders: partidos con dirigentes que blanquean a las SS, como hizo el ex eurodiputado de la AfD Maximilian Krah al decir que no todo miembro de esa organización nazi fue un criminal de guerra, se presentan al mismo tiempo como los mejores aliados de Israel en el continente. Organizaciones judías alemanas han descrito a la AfD como un partido plagado de antisemitas; el propio servicio de inteligencia interior alemán vigila al partido por extremismo. Y aun así, buena parte de su cúpula se ha esforzado por vender una imagen filo israelí ante la comunidad internacional.
No es casualidad, es estrategia: enarbolar la causa de Israel les permite maquillar de "defensa de la civilización occidental frente al islam" lo que en realidad es islamofobia pura y dura, y de paso desviar la atención de su propio pasado antisemita. El mismo truco que usan Meloni, Le Pen o Abascal cuando se fotografían con Netanyahu mientras en sus filas conviven nostálgicos de estéticas totalitarias que jamás habrían tolerado a un judío en la Alemania que añoran.
El mismo guion, con acento español
Cambien Sajonia-Anhalt por Ceuta, cambien a Weidel por Abascal, y el manual es idéntico: se agita el miedo a que "nos invadan", se prometen fronteras infranqueables y deportaciones masivas, se recita el mantra de la familia, la patria y la tradición cristiana... y luego, en la vida real de quienes lideran ese discurso, aparecen matrimonios homosexuales, hijos adoptados de otro continente, empresas radicadas en paraísos fiscales, currículums construidos en la globalización que dicen combatir. La ultraderecha no es hipócrita por accidente: la hipocresía es el mecanismo que le permite venderle al electorado más golpeado por la desigualdad un enemigo falso, el migrante, el musulmán, el "otro" mientras protege intactos los privilegios reales de sus propias élites.
Alice Weidel puede seguir subiendo en las encuestas. Pero cada vez que suba a un escenario a hablar de "familia tradicional" con su mujer y sus hijos esperándola en casa en Suiza, valdría la pena recordarle a quien la vote que el cuento que cuenta no es el que vive. Y que, como toda la ultraderecha europea, necesita que millones de personas voten en contra de sus propios intereses para poder seguir viviendo exactamente como le da la gana.
