Por Mohammad Molaei
Estados Unidos presenta esta doctrina como una respuesta mesurada y calculada a las operaciones navales iraníes. En realidad, representa un error estratégico de gran magnitud, basado en una interpretación errónea de la dinámica asimétrica que rige el Golfo Pérsico y que expone una vulnerabilidad que Washington preferiría mantener oculta.
La política de “intercambio de buques petroleros” no ayudará a Estados Unidos a recuperar su maltrecha imagen. Lo que está en riesgo no es solo la estabilidad económica, sino el problema mismo que esta política pretende solucionar.
La principal contradicción de la estrategia marítima estadounidense contra Irán reside en que una superpotencia en decadencia con superioridad naval ha dudado en desplegar todo su poderío militar, una vacilación que delata un reconocimiento tácito de que la estrategia es contraproducente.
Este patrón ha sido visible desde los primeros días de la guerra impuesta a la República Islámica, en la que la administración Trump optó por la cautela y los ataques reactivos en lugar de un bloqueo naval total o una campaña integral de “buque petrolero por buque petrolero”.
Refleja una cruda realidad operativa: Irán controla más objetivos en las aguas del Golfo Pérsico de los que Estados Unidos puede amenazar o defender de forma creíble.
La moderación inicial de Washington y su reticencia a adoptar una postura totalmente agresiva desde el principio fueron un reconocimiento implícito de esta vulnerabilidad. Un bloqueo total, o una campaña a gran escala de “buque petrolero por buque petrolero”, corre el riesgo de convertir el Golfo Pérsico en un campo de batalla de alto riesgo que supondría un lastre para la maquinaria bélica estadounidense.
Estados Unidos y sus aliados, con vastos intereses económicos, extensas y expuestas rutas de suministro y una flota naval centralizada, tienen mucho más que perder que Irán, que lleva años preparándose precisamente para este tipo de confrontación asimétrica. La cautela inicial de Washington fue una admisión tácita de que el dominio marítimo ya pertenece a Irán.
Cualquier análisis de las opciones marítimas de Washington debe partir de las realidades geopolíticas y económicas que convierten una guerra a gran escala con Irán en una estrategia perdedora para Estados Unidos. Al ser el punto de estrangulamiento energético más crítico del mundo, el estrecho de Ormuz convierte a cada petrolero que lo transita en un punto de vulnerabilidad global.
Este estrecho canal entre Irán y Omán transporta aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo, además de importantes volúmenes de gas natural licuado. El cierre del estrecho desencadenaría una de las mayores interrupciones del suministro en la historia del mercado petrolero.
Esta presión económica demuestra que Irán, en parte debido a su geografía única, puede imponer costos elevados a Estados Unidos y sus socios que superan con creces cualquier ganancia militar que Washington pudiera obtener en cualquiera de sus ofensivas militares.
La política de “intercambio de buques petroleros” pasa por alto la asimetría que ha convertido al Golfo Pérsico, en palabras de algunos analistas, en un cementerio de suposiciones militares estadounidenses.
Irán ha construido una gran flota de pequeñas embarcaciones de ataque rápido, a menudo descritas como una “flota de mosquitos”, que desafían la supremacía naval estadounidense no por su tamaño, sino por su velocidad, su número y su capacidad para operar en las aguas poco profundas y salpicadas de islas del Golfo Pérsico, donde pueden lanzar ataques en enjambre contra buques estadounidenses de mayor tamaño.
Además de la flota de misiles antibuque, Irán cuenta con un extenso arsenal de misiles balísticos y de crucero antibuque, un amplio inventario de minas navales y una red dispersa de baterías de misiles costeras e instalaciones de radar. La infraestructura naval iraní se extiende a lo largo de su extensa costa y numerosas islas del Golfo Pérsico, lo que hace que su destrucción integral sea costosa y prolongada. Las fuerzas estadounidenses, en cambio, se concentran en un pequeño número de bases en Baréin, Catar, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, bases que se encuentran dentro del alcance de los drones y misiles iraníes.
Algunos funcionarios estadounidenses han descrito la estrategia del gobierno como una medida de precaución: ataques periódicos destinados a debilitar las capacidades militares de Irán y lograr aproximadamente un mes de relativa calma. Esta descripción es fundamentalmente errónea. Trata una capacidad estratégica profundamente arraigada como una molestia menor y recurrente, en lugar de lo que realmente es: un sistema resiliente que se regenera, se adapta y se reconstruye tras cada ataque estadounidense. Los ciclos repetidos de ataques no producen una solución duradera; generan un ciclo interminable de confrontación en el Golfo Pérsico.
Este planteamiento también oculta una realidad estratégica más amplia: Irán no solo reacciona a las provocaciones estadounidenses, sino que moldea las condiciones del conflicto. Teherán comprende que una guerra de desgaste prolongada perjudica la economía mundial debido a la escasez de energía, y que el tiempo juega a su favor. A medida que la guerra se prolonga, Irán busca agotar la paciencia de los aliados de Washington e imponer también a la población estadounidense los costos económicos de un enfrentamiento prolongado.
La política de “comparación de buques petroleros” también ha perjudicado la posición estratégica de Estados Unidos en la región, que ya ha sufrido un revés sin precedentes desde finales de febrero. Una consecuencia ha sido la erosión de la credibilidad estadounidense entre sus socios regionales, quienes soportan los costos económicos más inmediatos del aumento de las tensiones. En lugar de tranquilizar a los estados del Golfo Pérsico, la presencia militar estadounidense los hace sentir cada vez más vulnerables, una dinámica reforzada por la advertencia de Teherán de que cualquier país utilizado como plataforma de lanzamiento contra Irán sufrirá represalias.
La guerra ha tensado las relaciones de Washington con sus socios y ha acelerado un impulso más amplio hacia la diversificación estratégica en el Golfo Pérsico, lo que aumenta la posibilidad de una menor presencia estadounidense a largo plazo en la región.
La creciente controversia internacional sobre la legalidad y la conveniencia de la campaña ha aislado aún más a Washington diplomáticamente. La política de “intercambio de petroleros” no solo no ha perjudicado a Irán, sino que además ha exacerbado las vulnerabilidades que pretendía abordar.
Lo que pretendía ser una muestra de la determinación estadounidense en el ámbito marítimo ha puesto de manifiesto, en cambio, la fragilidad de dicha muestra, una fragilidad que los iraníes han demostrado poder explotar.
