Por HispanTV
Cuando el ejército israelí anunció jactanciosamente el jueves que había conseguido “control operativo” sobre las alturas de Ali al-Taher, en el sur del Líbano, la afirmación fue recibida, comprensiblemente, con escepticismo, lo que dice mucho sobre la credibilidad de dicha afirmación.
Durante meses, esta cresta estratégica que domina Nabatieh y el corredor del Litani ha sido objeto de una intensa agresión militar israelí. Sin embargo, la narrativa de triunfo cuidadosamente elaborada por el régimen revela más vacíos que sustancia, y plantea preguntas fundamentales sobre qué se logró exactamente y, más importante aún, por qué el anuncio se produjo precisamente en ese momento.
La primera y más reveladora debilidad de la narrativa israelí reside en su propia terminología.
“Control operativo” es una expresión deliberadamente elástica, que sugiere presencia sin permanencia y actividad sin posesión. La distinción es importante porque la propia declaración militar israelí socava la grandilocuente narrativa que pretendía proyectar.
Hablar de “control operativo” no significa necesariamente un control completo, integral y permanente de la colina de Ali al-Taher. El propio término exige un análisis preciso.
Cuando un ejército afirma tener “control operativo”, normalmente quiere decir que puede desplazar fuerzas por una zona, establecer superioridad de fuego y llevar a cabo operaciones, pero no significa necesariamente que los túneles hayan sido despejados, las instalaciones aseguradas o los combatientes presentes allí eliminados.
La propia formulación del ejército israelí dejó un amplio margen para la interpretación, lo que sugiere que lo que se estaba describiendo no era necesariamente lo que se pretendía hacer creer y que hay más de lo que parece a simple vista.
El ejército del régimen reconoció que sus ofensivas para neutralizar las instalaciones subterráneas estaban en curso y que, una vez finalizadas, volvería a desplegarse en función de la evaluación de la situación.
Este lenguaje sugiere una incursión táctica —quizá dañando parte de la infraestructura y retirándose— en lugar de la captura decisiva que se estaba anunciando. Si el control significa operaciones en curso seguidas de un redespliegue y una retirada, ¿qué se ha conseguido exactamente de forma permanente? La pregunta se responde por sí sola.
Esta interpretación se ve reforzada por las propias declaraciones del ejército israelí: “Dependiendo de las circunstancias, volveremos a desplegarnos en las alturas de Ali al-Taher”.
Esta declaración deja abierta la cuestión de la naturaleza de la presencia ilegal de Israel en esta zona y de hasta qué punto puede permanecer allí, especialmente porque las referencias al redespliegue se produjeron después de la declaración de “control operativo”.
Si Israel hubiera conseguido un control real y duradero, ¿por qué el redespliegue dependería de las circunstancias? ¿Por qué el ejército de ocupación tendría que condicionar su presencia mediante un lenguaje tan sujeto a condiciones? Estas preguntas siguen sin respuesta.
El silencio estratégico de la Resistencia
Quizá el elemento más revelador de este episodio sea precisamente lo que no se ha dicho. Durante los últimos tres meses de esta confrontación, la Resistencia libanesa ha adoptado una política de “ambigüedad constructiva” y no ha emitido ninguna declaración sobre los enfrentamientos con el ejército israelí, pese a que el régimen ha informado continuamente de sus propias bajas y ataques, utilizándolos como pretexto para ampliar sus ofensivas en distintas zonas del sur.
Todo indica que la Resistencia continúa insistiendo en este enfoque.
Israel ha interpretado este silencio como una confirmación de su narrativa. Pero el silencio no es consentimiento, es estrategia. La negativa de la Resistencia a participar en una batalla propagandística no valida la versión israelí de los acontecimientos. Refleja una lógica diferente, que entiende que las realidades sobre el terreno están determinadas, en última instancia, por lo que sucede allí, y no por los comunicados de prensa. La ausencia de una narrativa emitida por la Resistencia no significa que esta acepte la narrativa israelí.
Este silencio estratégico cumple múltiples propósitos. Niega al enemigo la satisfacción de una victoria propagandística. Preserva la seguridad operativa al no confirmar ni desmentir las afirmaciones israelíes. Y mantiene la iniciativa al obligar al régimen a operar en un vacío informativo en el que sus propias afirmaciones no pueden ser verificadas de forma independiente.
La Resistencia ha comprendido que cuanto más tiempo hable Israel de sus logros sin poder demostrarlos de manera concluyente, más se erosiona la credibilidad de esas afirmaciones.
Las consecuencias de este enfoque son ahora evidentes. Sin una verificación independiente, que sigue siendo imposible debido al cordón militar impuesto alrededor de las colinas, ni el ejército libanés ni ninguna otra parte puede confirmar qué ha ocurrido realmente. Este vacío informativo ha sido ocupado por completo por las grandilocuentes afirmaciones israelíes, precisamente como se pretendía.
Sin embargo, la Resistencia ha calculado que esta ventaja temporal para Israel queda compensada por el daño a largo plazo que sufrirá la credibilidad israelí cuando finalmente emerja el panorama completo.
El contexto olvidado de tres años de bombardeos
Es importante recordar que la colina de Ali al-Taher ha sido objeto de bombardeos y ataques intensos y continuos durante tres años por parte del régimen de apartheid israelí. Este es un aspecto que no debe pasarse por alto.
La colina ha soportado miles de toneladas de explosivos durante este periodo, mientras Israel intentaba sistemáticamente degradar cualquier infraestructura que creyera que existía bajo la superficie.
Esta campaña sostenida de bombardeos plantea importantes preguntas sobre qué consiguió exactamente Israel con su ofensiva militar más reciente. Si la colina ya había sido sometida a tres años de ataques continuos, ¿qué nueva capacidad estaba demostrando Israel al anunciar ahora “control operativo”?
El momento del anuncio, producido después de un periodo tan prolongado de ataques, sugiere que Israel no había podido alcanzar sus objetivos únicamente mediante los bombardeos y que ahora intentaba proclamar la victoria a través de la narrativa, en lugar de hacerlo mediante la realidad del campo de batalla.
La cronología de tres años también aporta un contexto importante para comprender la paciencia estratégica de la Resistencia. Tras soportar años de bombardeos, la Resistencia ha demostrado una notable resiliencia. Es poco probable que una infraestructura que ha sobrevivido a tres años de ataques continuos pueda ser eliminada mediante una sola operación, por intensa que sea.
El propio hecho de que Israel se haya visto obligado a anunciar “control operativo” después de tres años de bombardeos sugiere que sus anteriores intentos no habían logrado los resultados deseados.
La cuestión fundamental sobre el control israelí
La propia redacción de la declaración del ejército israelí plantea una cuestión fundamental sobre la naturaleza de lo que Israel denomina “control operativo”.
Si el ejército de ocupación va a continuar sus operaciones agresivas para neutralizar y destruir las instalaciones y, posteriormente, volver a desplegarse en una posición defensiva, esto significa que la declaración de control probablemente esté relacionada con una operación militar específica, que puede implicar la destrucción de partes de las instalaciones para después retirarse o redesplegarse, y no necesariamente significa una presencia permanente sobre el terreno ni la capacidad de mantener un control indefinido de la colina.
Esta es la contradicción central de la narrativa israelí. Por un lado, presenta la operación como un logro significativo, un avance decisivo que demuestra su superioridad militar. Por otro, sus propias declaraciones describen una operación limitada seguida de una retirada.
Ambas representaciones no pueden ser plenamente ciertas al mismo tiempo. O Israel consiguió un control duradero, o llevó a cabo una incursión y se marchó. El lenguaje de “control operativo” intenta salvar esta contradicción, pero lo hace mediante la ambigüedad y no mediante la claridad.
Si el ejército va a continuar sus ofensivas y después redesplegarse en una postura defensiva, el anuncio de “control” parece, en el mejor de los casos, prematuro y, en el peor, engañoso. El control sobre un territorio no se establece mediante la realización de operaciones para después abandonarlo. Se establece manteniendo una presencia y ejerciendo autoridad.
La caracterización que sirve a Israel
Es el propio régimen israelí el que ha otorgado tanta importancia a la colina de Ali al-Taher y la ha descrito como una instalación grande, importante y estratégica, mientras que la Resistencia no ha ofrecido ninguna narrativa sobre estas instalaciones, su naturaleza o sus características.
Por tanto, esta caracterización es, ante todo, una caracterización israelí.
Esta asimetría resulta reveladora. La caracterización israelí existe, ante todo, para servir a sus propias agendas y objetivos. Al exagerar la importancia del emplazamiento, la dirigencia del régimen israelí puede proclamar una victoria que justifique la ofensiva militar y le proporcione capital político.
La Resistencia, por el contrario, no tiene ningún interés en validar las afirmaciones israelíes confirmando o negando la naturaleza de las instalaciones. Su silencio sobre este asunto constituye, en sí mismo, una forma de resistencia, pues niega al enemigo la satisfacción de saber si sus evaluaciones de inteligencia son acertadas.
El hecho de que Israel haya descrito el emplazamiento como “uno de los activos estratégicos más importantes de Hezbolá” no significa que lo sea. Sin una verificación independiente o una confirmación por parte de la Resistencia, esta caracterización sigue formando parte de la narrativa israelí y no constituye un hecho establecido.
Esta distinción es crucial para comprender la naturaleza de la guerra informativa que se libra paralelamente a la incesante agresión militar.
Entradas de túneles e instalaciones: una distinción crucial
Del mismo modo, el hecho de que el ejército israelí afirme que “atacó las entradas de los túneles en las alturas de Ali al-Taher” no significa, por sí mismo, que tenga el control de las instalaciones. Atacar las entradas de los túneles es una cuestión, mientras que controlar las instalaciones o la zona es otra.
Un ejército puede atacar una entrada sin llegar a entrar jamás en la instalación que se encuentra detrás de ella. Puede destruir la entrada de un túnel y seguir sin saber qué hay debajo. Equiparar el ataque a las entradas de los túneles con el control de la infraestructura subterránea constituye un salto lógico que la narrativa israelí intenta dar sin justificación.
La Resistencia tiene todos los incentivos para convertir las entradas de los túneles en objetivos evidentes mientras mantiene las instalaciones reales ocultas y protegidas. Destruir una entrada puede tener importancia táctica, pero no es decisivo desde el punto de vista estratégico. Desde la perspectiva operativa, significa poco.
Incluso si se afirma que existen dos rutas de túneles, debe establecerse una distinción entre los túneles y las propias instalaciones. La existencia de un túnel o el ataque contra sus entradas, por sí solos, no demuestra el control de las instalaciones ni el control territorial de la colina.
Los túneles son simplemente puntos de acceso. Las instalaciones a las que conducen pueden permanecer completamente intactas y operativas incluso si algunas de sus entradas han sido destruidas. La equiparación de estos elementos distintos en la narrativa israelí constituye una debilidad fundamental que debe ser puesta de relieve.
La cuestión iraní: ¿qué sabía realmente Israel?
La afirmación de Israel de que “no hay iraníes en las instalaciones” plantea, por sí misma, una pregunta: ¿cómo sabía que no había ningún iraní allí? ¿Disponía de información precisa sobre las personas que se encontraban dentro de las instalaciones que le permitiera afirmar con certeza que no había ningún iraní presente?
Por tanto, esta declaración debe considerarse parte de la narrativa israelí, destinada a transmitir la impresión de que ha conseguido un logro significativo.
Si la afirmación refleja información de inteligencia, ello sugeriría que Israel disponía de información detallada sobre las personas que se encontraban dentro de las instalaciones, suficiente para afirmar con certeza que no había personal iraní presente. Si no es así, la declaración cumple otro propósito completamente distinto. Negar la presencia iraní tiene profundas implicaciones políticas.
Al insistir en que no se encontraron iraníes, Israel no está haciendo únicamente una declaración militar; está desactivando de antemano una de las justificaciones más poderosas de Teherán para una escalada. Matar a combatientes de la resistencia de Hezbolá mantiene la confrontación dentro del escenario libanés. Matar a oficiales militares iraníes la transformaría en algo completamente distinto.
Esto sugiere un intento calculado del régimen de Tel Aviv de gestionar la escalada mediante el control de la narrativa, lo que supone reconocer que la ofensiva militar es solo la mitad de la batalla.
Por tanto, la afirmación sobre los iraníes es menos una declaración factual que una declaración política, diseñada para limitar el potencial de represalia iraní, que el régimen sabe que será dolorosa. Que refleje con precisión la situación sobre el terreno es secundario frente a su función estratégica.
La cuestión de una sola instalación o de múltiples instalaciones
También debemos reflexionar sobre la descripción de Ali al-Taher como “una instalación”, porque existen indicios que señalan que en esa zona se encuentran varias instalaciones.
Israel ya había anunciado anteriormente que había atacado una de las instalaciones asociadas con Ali al-Taher. Esto plantea la cuestión de si Israel está repitiendo el mismo escenario anterior, especialmente ahora que habla de “control operativo” sin aportar hechos concluyentes y claros que permitan demostrarlo.
Si existen múltiples instalaciones en la zona, la afirmación de Israel de haber controlado “la instalación” resulta intrínsecamente ambigua. ¿Qué instalación? ¿Cuántas fueron atacadas? ¿Cuántas siguen operativas? La referencia en singular oculta más de lo que revela. Sugiere un deseo de presentar un logro unificado en lugar de una realidad más compleja y menos impresionante.
La ausencia de detalles sobre qué instalaciones fueron controladas y cuáles no lo fueron resulta reveladora. Si Israel hubiera conseguido un control integral de todas las instalaciones de la zona, probablemente lo diría de forma explícita. El uso del singular “instalación” sugiere un logro más limitado.
El régimen había anunciado anteriormente que había atacado una de las instalaciones asociadas con Ali al-Taher. Ahora habla de “control operativo” sin aportar pruebas. La repetición del escenario —primero atacar una instalación y después afirmar que se tiene el control— plantea dudas sobre si el último anuncio representa un progreso real o simplemente la reutilización de una afirmación anterior.
El momento político y el cálculo de Netanyahu
El momento político del anuncio israelí también merece consideración. Precisamente el día en que se anunció la liberación de los prisioneros, Israel hizo pública esta afirmación por la noche.
Esto plantea la cuestión de si el primer ministro del régimen israelí, Benjamí Netanyahu, está utilizando una serie de acciones y etiquetas para mejorar su posición política y electoral de cara a las elecciones. Desde esta perspectiva, puede entenderse por qué las instalaciones de Ali al-Taher han adquirido tanta importancia en el discurso político, mediático y militar israelí y por qué se las ha invocado en este contexto.
La coincidencia temporal resulta llamativa. Una importante liberación de prisioneros dominaría naturalmente el ciclo informativo. Al vincularla con un anuncio militar, Netanyahu garantiza que la narrativa de fuerza y logros de Israel se vea reforzada en múltiples frentes.
El momento y la forma de presentar el anuncio reflejan tanto cálculos políticos como militares. La importancia atribuida a las instalaciones de Ali al-Taher en el discurso israelí debe entenderse, en parte, como una función de las necesidades políticas internas de Netanyahu para atraer a los votantes y mantenerse en el poder. Al exagerar la importancia de la ofensiva y formular afirmaciones grandilocuentes, Netanyahu crea una narrativa de logros que puede utilizar para reforzar su posición política.
Dicho esto, la afirmación israelí sobre Ali al-Taher constituye una lección magistral de ambigüedad estratégica, pero la ambigüedad estratégica no equivale a una victoria estratégica. Cuando un logro militar requiere una cuidadosa formulación lingüística, un momento político calculado y una negación de la presencia iraní que se adelanta a una gran escalada, el propio “logro” debe ser cuestionado.
Cuando el enemigo impone un cordón militar que impide la verificación independiente, el anuncio sirve más para moldear las percepciones que para reflejar la realidad. Y cuando la Resistencia mantiene su silencio, se reserva el derecho de definir el resultado en sus propios términos.
Lo que Israel ha presentado como un logro definitivo demostrará ser otro capítulo de una confrontación más prolongada, en la que las afirmaciones de control son más fáciles de anunciar que de mantener. Mientras tanto, las lagunas y contradicciones de la narrativa israelí recuerdan que, en una guerra, la primera víctima no es la verdad, sino la credibilidad de quienes afirman poseerla.
