Publicada: jueves, 30 de julio de 2026 13:44

Existe una teoría sobre los espectros que, acechando desde la invisibilidad, actúan políticamente para evitar su olvido y reclamar justicia.

Por: Xavier Villar

Los espectros son construcciones políticas. Todo fantasma mantiene la traza de su politicidad y, al mismo tiempo, se niega a aceptar el lugar y el tiempo definidos por sus asesinos o por los discursos que lo redujeron a espectro en primer lugar. Es por eso mismo por lo que continúan acechando y moviendo los objetos de la casa política occidental. Es también por lo que el amo de la casa intenta gobernar a los fantasmas mediante dispositivos diseñados para impedir que esas presencias liminales se constituyan en formas de vida propias y autónomas, ajenas a la gubernamentalidad que las define como irracionales, excedentes o presencias vengativas que desarticulan la que considera vida normal. 

Reza Pahlavi es un sujeto acechado por espectros en este sentido. Y es precisamente por esto por lo que la teoría de la espectralidad, lo que Derrida llamó hauntología, resulta tan útil para explicarlo. 

En marzo, Reza Pahlavi subió al escenario de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en Texas. Mientras él daba el discurso, Irán llevaba casi un mes sometido a bombardeos y ataques diarios por parte de Estados Unidos e Israel. Lejos de centrarse en objetivos militares, los ataques habían destruido hospitales, apartamentos, universidades, parques, estadios de fútbol, cafés, librerías. El presidente Trump hablaría, unos días después, de eliminar a toda la civilización iraní. Además de todo esto, Estados Unidos había atacado una escuela infantil en Minab, asesinando a 168 niños y niñas. 

Desde el escenario, Reza Pahlavi no mencionó lo ocurrido ni hizo comentario alguno sobre las víctimas civiles de los ataques. Se limitó a “agradecer en nombre de millones de iraníes” la “determinación” del presidente Trump y el “valor de las tropas estadounidenses”. Aquí es donde entran los espectros. A pesar del intento por ocultar la injusticia contra los muertos, estos se niegan a aceptar su lugar en el discurso, a ser significantes obedientes. Su rebeldía consiste, precisamente, en su propia función de acechar, de demandar justicia y de apuntar a aquellas personas responsables de su muerte. 

Este no es un artículo sobre Reza Pahlavi. Su figura, desde el punto de vista político, es plana, sin matices, carente de la relevancia necesaria como para presentarse como una alternativa. Se ha escrito hasta la saciedad sobre eso. Por ejemplo, cuando Pahlavi promovió lo que describía como su plan de transición de cien días para Irán en el Jerusalem Post, un periódico cuyo consejo editorial publicó simultáneamente un llamamiento a la partición de Irán en un mosaico de pequeños Estados étnicos. Pahlavi es el ejemplo del heredero fracasado. Nunca ha tenido un empleo, nunca ha dirigido una organización de relevancia y jamás ha logrado construir un apoyo político significativo entre los iraníes dentro del país. 

Esta es una historia sobre sus espectros, que son mucho más importantes que él. Es una historia que trata de explicar cómo el discurso sobre el que pivota toda la visión de Reza Pahlavi, el westernesse, es responsable de crear esos espectros; esos muertos que interrumpen el presente para demandar justicia, para impedir su olvido y su borrado. Los protagonistas de este relato son, precisamente, esas presencias liminales que Pahlavi intentó borrar cuando dio el discurso en Texas. 

Pero los espectros de la guerra de los 40 días no son los únicos que acechan a Reza Pahlavi. En abril de 2023, Pahlavi visitó Israel. Fue recibido por la ministra de inteligencia, Gila Gamliel, del partido Likud, quien más tarde ese mismo año generaría una enorme polémica al pedir públicamente la expulsión forzosa de los palestinos de Gaza. Pahlavi recorrió el país proclamando su admiración por los “valores compartidos” entre israelíes e iraníes. No era la primera vez que Pahlavi trataba de ganarse el respaldo político de Israel. Sus vínculos con Israel y con sus aliados en Washington se remontan a principios de la década de 1980, cuando presentó al entonces ministro de asuntos militares israelí, Ariel Sharon, un plan para derrocar a la República Islámica. 

Es decir, Pahlavi, con su discurso, también es responsable de dar apoyo al genocidio en Gaza. Por lo tanto, los muertos allí, las presencias que no terminan de desaparecer y que acechan a los promotores de la injusticia, también le acechan a él. 

La relación entre Pahlavi y el sionismo es una relación de familia. Los estrechos vínculos entre la dinastía Pahlavi y la entidad sionista no son ni nuevos ni sorprendentes. Cabe recordar que la dinastía Pahlavi reconoció oficialmente a Israel en 1950, apenas dos años después de la fundación del Estado colonial, pese a la fuerte oposición de una parte mayoritaria de la población iraní. En 1951, el entonces primer ministro Mohamad Mosadeq revocó dicho reconocimiento. Sin embargo, tras el derrocamiento de su gobierno mediante un golpe orquestado por la CIA en 1953 y el regreso del shah, las relaciones entre Irán e Israel fueron restablecidas.

Reza Pahlavi y sus seguidores continúan reproduciendo esta misma narrativa al analizar la situación actual en Gaza. A pesar de la brutalidad genocida de Israel, este sector considera a los grupos identificados como parte de la Resistencia palestina como “tentáculos de la República Islámica”. En una entrevista concedida poco después de la operación “Tormenta de Al-Aqsa” de HAMAS, Pahlavi afirmó: “Una cosa es intentar combatir los síntomas (en referencia a HAMAS), pero la solución es curar la enfermedad, y la enfermedad que está detrás del terrorismo en Palestina es la República Islámica”.

Los espectros de Pahlavi también son múltiples, distintos en su origen, pero similares en su configuración política: son los muertos del westernesse, los muertos de Occidente que en muchos casos ya han vivido en condiciones peores que la propia muerte y a los que se les ha negado, mediante diferentes estrategias, la entrada en la categoría de humano. Por eso la categoría del espectro-mártir (a estas alturas del artículo se puede ya empezar a utilizar este nombre) es vital: su presencia constante, su manera de estar sin ser visto, de acechar el presente construido según las bases del westernesse, impide que la historia se cierre sobre sí misma y la mantiene abierta a otras posibilidades, a otros pasados y, por lo tanto, a otros futuros. La expropiación de los pasados alternativos es otra de las características principales de este discurso. La actitud de Reza Pahlavi al evitar mencionar a los muertos en la conferencia de Texas ilustra perfectamente ese intento de expropiación. 

Otra curiosa ironía espectral. Al alinearse con los mismos países que hoy atacan Irán, Reza Pahlavi y sus seguidores en el exilio parecen estar repitiendo el camino de uno de sus adversarios políticos históricos: el grupo terrorista Muyahidín Jalq (MKO). Nacido como un movimiento que combinaba elementos del marxismo-leninismo y la lucha armada, el MEO terminó transformándose en un culto a la personalidad y en una estructura de carácter mercenario, reubicada convenientemente en Albania tras la invasión estadounidense de Irak. Durante la devastadora guerra entre Irán e Irak, iniciada en 1980 por Sadam Husein, el MKO tomó la decisión de combatir junto a Irak contra sus propios compatriotas.

Ambos carecen de una base social coherente y dependen de un ecosistema mediático y de un ejército de bots en internet que parecen estar financiados por potencias extranjeras con sus propias agendas. Su legitimidad se sostiene casi exclusivamente sobre una nostalgia regresiva por un pasado que nunca existió y sobre fantasías orientalistas ancladas en la imagen idealizada de un Irán “antes de los mulás”. Reza Pahlavi es, ante todo, la personificación de este cúmulo de fracasos. 

El último acto de la espectralidad que acecha a Reza Pahlavi fue el obituario que publicó homenajeando al recientemente fallecido senador estadounidense Lindsey Graham. En el obituario se le dan las gracias a “Amoo Graham” (usando la forma familiar para llamar a alguien mayor con respeto en farsi) en nombre, una vez más, de “la población iraní”. Graham, hay que recordarlo, pasará a la historia por sus repetidas llamadas a destruir Irán, todo ello envuelto en un lenguaje abiertamente racista para el que el otro musulmán sólo entiende el lenguaje de la violencia y la destrucción. 

Como apunté en un post en X: Alguien que ha pasado años celebrando la destrucción y el exterminio de otros no puede esperar, en términos políticos, ser redimido por la muerte.

No me detendré en lo que Reza Pahlavi dice en su última entrevista. Eso no es lo que me interesa. La atención debería dirigirse, como he apuntado, hacia los espectros que lo acechan. Su discurso ha contribuido a producir esos espectros: los muertos, los mutilados, quienes fueron asesinados durante la guerra y que continúan reclamando justicia, mientras al mismo tiempo lo persiguen de manera incesante.

Lo atormentan porque esos espectros interrumpen y desestabilizan la lógica temporal mediante la cual la occidentalidad busca constituirse como un orden hegemónico. Se niegan a aceptar un cierre definitivo, resisten al borrado y regresan una y otra vez para perturbar la gramática política que su discurso intenta normalizar.