Por: Mohammad Raghib Ali *
El mar Caspio ha sido durante mucho tiempo una frontera silenciosa: una vasta masa de agua interior donde la República Islámica de Irán, Rusia y los países de Asia Central han mantenido durante décadas un delicado equilibrio de poder e intereses.
Esa tranquilidad se quebró a comienzos de esta semana, cuando las fuerzas ucranianas, en una aventura militar temeraria y no provocada, atacaron un buque mercante iraní, causando la muerte de un joven marinero iraní.
Se trató del primer incidente de este tipo entre Kiev y Teherán en medio de la actual guerra de agresión estadounidense contra Irán, que continúa sin cesar pese al acuerdo de alto el fuego.
Conviene dejar claro lo ocurrido en el mar Caspio. El Anna, un buque mercante iraní fondeado a unos cinco kilómetros de la desembocadura del río Volga, fue alcanzado en un ataque de precisión de largo alcance. Un joven marinero iraní, que cumplía su primera misión, perdió la vida.
La embarcación no era un buque de guerra ni transportaba armamento. Era un carguero que realizaba sus operaciones en aguas internacionales cuando fue alcanzado por misiles ucranianos.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, siempre dispuesto a realizar grandes declaraciones, anunció el sábado que las fuerzas ucranianas habían obtenido “muy buenos resultados” en ataques de largo alcance en el mar Caspio.
Cabe preguntarse qué tiene de “muy bueno” matar a un joven marinero a bordo de un buque civil en un ataque perpetrado sin provocación alguna. Cabe preguntarse qué tiene de “muy bueno” ampliar la guerra de agresión estadounidense-israelí contra Irán sin una justificación estratégica clara.
En una entrevista concedida a Sky News, Zelenski afirmó que Teherán planeaba enviar misiles balísticos a Rusia para su utilización en la guerra contra Ucrania. No presentó prueba alguna que respaldara esa afirmación, como ha ocurrido en innumerables ocasiones durante los últimos años. Sus acusaciones siempre han sido desmentidas.
El patrón resulta llamativamente familiar: acusar, insinuar y seguir adelante antes de que alguien exija pruebas. Irán ha rechazado reiteradamente las acusaciones ucranianas, pero Zelenski y su grupo de partidarios de la guerra se niegan a dar marcha atrás.
El momento más revelador no provino de la bravuconería de Zelenski, sino de su propio ministro de Asuntos Exteriores. El martes, el jefe de la diplomacia ucraniana, Andrii Sybiha, llamó a su homólogo iraní, Abás Araqchi, para insistir en que el ataque “no fue intencionado”.
Las Fuerzas Armadas de Ucrania atacaron una embarcación concreta en un punto específico del mar Caspio, a cientos de kilómetros de la posición ucraniana más cercana, y, aun así, sostienen que todo fue un accidente.
La contradicción resulta asombrosa. Mientras el presidente presume de haber obtenido “muy buenos resultados”, el ministro de Asuntos Exteriores se apresura a matizar sus palabras. Es el comportamiento de un gobierno que, quizá demasiado tarde, ha comprendido que ha ido demasiado lejos y ha cruzado una clara línea roja.
El ataque ucraniano contra Irán no debe entenderse como un acto aislado de agresión, sino como parte de un alineamiento más amplio que se ha venido gestando en los últimos años. Las acusaciones de Ucrania contra Irán tienen su origen en la creciente alianza de Kiev con el régimen israelí y Estados Unidos.
A pesar de que el presidente de EE.UU., Donald Trump, redujo de forma considerable la asistencia estadounidense a Ucrania, en un notable giro respecto al compromiso abierto e indefinido de la Administración Joe Biden, Kiev parece decidida a demostrar su utilidad ante Washington y Tel Aviv actuando como un actor interpuesto contra Irán.
Se trata de un error de cálculo estratégico de la mayor magnitud. Ucrania parece creer que, atacando embarcaciones iraníes, podrá ganarse el favor de sus patrocinadores estadounidenses e israelíes, que desde hace tiempo, aunque sin éxito, buscan debilitar a la República Islámica.
Lo que Ucrania no comprende es que es un actor menor en un juego de dimensiones mucho mayores. Estados Unidos, pese a su tan publicitada superioridad militar, se vio obligado a buscar un alto el fuego con Irán tras dos guerras de agresión fallidas. El régimen israelí, pese a su superioridad tecnológica y sus capacidades de inteligencia, también tuvo que aceptar su derrota militar.
¿Qué hace pensar a Ucrania que un actor interpuesto puede lograr lo que sus propios patrocinadores no consiguieron?
La guerra de Ucrania contra Rusia nunca debería interpretarse exclusivamente a través del prisma de la cooperación defensiva entre Irán y Rusia. Esa cooperación constituye una práctica habitual en las relaciones internacionales. Los Estados tienen derecho a establecer mecanismos de defensa mutua, especialmente en un momento en que está tomando forma un nuevo orden mundial que rechaza cada vez más la hegemonía unipolar que ha caracterizado los asuntos internacionales durante las últimas décadas.
Si Estados Unidos puede armar al régimen sionista, si la OTAN puede suministrar a Ucrania sistemas de armamento avanzados y si los países europeos pueden desarrollar una amplia cooperación militar sin ser objeto de condena, ¿por qué habría de negarse ese mismo derecho a Irán y Rusia?
El doble rasero resulta evidente. Occidente ha dedicado décadas a armar a sus aliados y socios en todo el mundo; sin embargo, cuando Irán y Rusia buscan reforzar su cooperación en materia de defensa, ello se presenta como una amenaza para el orden internacional.
El ataque de Ucrania contra el buque mercante iraní constituyó un acto de agresión contra un país que no ha amenazado a Ucrania, no ha atacado territorio ucraniano y no tiene una participación directa en la guerra más allá de su legítima cooperación defensiva con Rusia. Al atacar una embarcación iraní, Ucrania ha abierto un nuevo frente que no está preparada para sostener.
Irán se reserva el derecho de responder a cualquier acto de agresión perpetrado por cualquier actor, incluida Ucrania. Toda nación posee el derecho inherente de defender a sus ciudadanos y sus intereses. El joven marinero que perdió la vida en el mar Caspio no era un combatiente ni un soldado. Era un marinero inocente que desempeñaba su trabajo cuando los misiles ucranianos acabaron con su vida.
Ucrania se ha situado ahora, de manera oficial y abierta, como un adversario de Irán. Es una posición que no puede sostener y una carga que no puede soportar. Tanto Estados Unidos como el régimen israelí lanzaron guerras contra Irán contando con capacidades militares muy superiores y redes de inteligencia mucho más amplias.
Ambos se vieron obligados a aceptar una humillante derrota. Ambos comprobaron que la resiliencia de Irán, su capacidad militar y su profundidad estratégica eran muy superiores a lo que habían previsto.
Ucrania ya libra una guerra en su propio territorio, mientras lucha por mantener el número de efectivos, las líneas de suministro y el respaldo internacional. No está en condiciones de abrir otro frente contra un país que ha demostrado, una y otra vez, su capacidad para resistir y responder a cualquier acto de agresión. La idea de que Ucrania puede intimidar o disuadir a Irán es una ilusión.
La contradicción entre las jactanciosas declaraciones de Zelenski y la rectificación posterior de su ministro de Asuntos Exteriores sugiere que el liderazgo de Kiev se encuentra en un estado de absoluta confusión. Tal vez haya quienes en Ucrania comprendan que provocar a Irán constituye un suicidio estratégico. Tal vez haya quienes reconozcan que la respuesta iraní, cuando llegue, será precisa y devastadora.
La insistencia de Zelenski en vincular a Irán con el esfuerzo bélico ruso, sin aportar pruebas, no hace sino poner de manifiesto su propia desesperación. Cuando un dirigente necesita fabricar amenazas para justificar una agresión, deja de liderar y pasa a actuar de forma errática. Las acusaciones contra Irán están dirigidas a una audiencia occidental que ha demostrado estar demasiado dispuesta a creer, sin cuestionamientos, la peor versión sobre la República Islámica.
El ataque contra una embarcación iraní constituyó un error estratégico cuyas consecuencias podrían ir mucho más allá de lo que Kiev prevé. Irán ha demostrado una notable paciencia frente a las provocaciones, pero la paciencia no es infinita. Estados Unidos y el régimen israelí lo aprendieron por las malas.
El joven marinero iraní, que perdió la vida en el mar Caspio durante su primera misión, no es una simple estadística. Era un ser humano, un hijo y un compatriota. Su sangre será vengada y debe ser vengada.
Tanto Estados Unidos como Israel intentaron enfrentarse a Irán y se vieron obligados a retroceder con humillación. Ucrania, con unas fuerzas armadas desgastadas, un apoyo internacional cada vez más reducido y una economía en deterioro, no está en condiciones de lograr aquello en lo que fracasaron sus propios patrocinadores.
La cuestión no es si Irán responderá, sino cuándo lo hará, de qué manera y a qué coste para Ucrania.
* Mohammad Raghib Ali es investigador y analista radicado en Moscú.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
