Publicada: sábado, 12 de septiembre de 2026 8:24

El complejo militar-industrial de Estados Unidos engendró sistemáticamente el terrorismo después de los atentados del 11 de septiembre 2001.

Por: Syed Zafar Mehdi

Hace veinticinco años, Estados Unidos lanzó su invasión militar de Afganistán con un despliegue devastador de poderío aéreo: bombarderos pesados B-52 y aeronaves artilladas que arrasaban mediante bombardeos indiscriminados un país sin salida al mar que jamás había atacado a Estados Unidos.

Aquella respuesta, desastrosamente errónea y absolutamente desproporcionada a los acontecimientos del 11-S, se plasmó en la llamada “guerra global contra el terrorismo”: una guerra no provocada, injustificada e ilegal que desde entonces ha cobrado millones de vidas, desde Afganistán hasta Irak y más allá.

La repugnante, brutal e interminable “guerra contra el terrorismo” ha conseguido exactamente lo contrario de lo que prometía: ha generado más terrorismo, mientras las sucesivas administraciones estadounidenses y sus aliados occidentales han intentado, de manera sistemática y perversa, ocultar esta incómoda verdad.

Veinticinco años después de los acontecimientos del 11-S, la región y el mundo en su conjunto siguen encontrándose en una encrucijada debido a las aventuras militares de Estados Unidos. En Afganistán, los combatientes harapientos que la maquinaria bélica estadounidense prometió aniquilar hace 25 años han vuelto al poder. Al-Qaeda sigue viva y en expansión. Y el grupo terrorista Daesh ha logrado, de manera silenciosa y sorprendente, trasladarse desde Irak y Siria hasta Afganistán.

Así es como la ominosa presencia estadounidense fomenta el terrorismo en lugar de erradicarlo.

Promesas hechas, promesas incumplidas

Inmediatamente después de los atentados del 11-S, los estadounidenses prometieron aplastar a todos los grupos terroristas con alcance global, incluida Al-Qaeda. El entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, declaró célebremente el 20 de septiembre de 2001 que la llamada guerra estadounidense contra el terrorismo “comienza con Al-Qaeda, pero no termina allí”. No sabía lo que estaba diciendo.

La brutal invasión de Afganistán —lanzada menos de un mes después de que cuatro aviones estadounidenses secuestrados se estrellaran contra edificios emblemáticos de Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001, causando la muerte de 2977 personas— fue temeraria, estuvo mal planificada y se ejecutó de manera deficiente.

Mientras Estados Unidos enviaba bombarderos estratégicos B-52 Stratofortress de largo alcance, aeronaves artilladas AC-130 Spectre y drones MQ-9 Reaper para arrasar el complejo de cuevas de Tora Bora, en el este de Afganistán —donde, según informes, se ocultaba Osama bin Laden—, Barbara Lee se quedó sola.

Fue la única congresista estadounidense que entonces votó en contra de autorizar lo que acabaría convirtiéndose en la guerra más larga y desastrosa de la historia de Estados Unidos.

Barbara fue calificada de traidora por quienes defendían la temeraria invasión militar, una invasión que tuvo un costo astronómico y cuyo mayor peso recayó sobre los civiles afganos inocentes. La guerra insensata contó con el respaldo tanto de republicanos como de demócratas, que cerraron filas detrás de Bush y de su secretario de Defensa de línea dura, Donald Rumsfeld, para ejecutar su “venganza”.

Los verdaderos objetivos de la invasión

La campaña de bombardeos sin cuartel comenzó el 7 de octubre de 2001, bajo el pretexto de aniquilar a los talibanes y Al-Qaeda y capturar al cerebro de los atentados del 11-S, Osama bin Laden —antiguo aliado de la CIA y fundador de Al-Qaeda—, quien aparentemente había sido acogido por los talibanes.

El objetivo central de la campaña de bombardeos de tres semanas, bautizada como “Operación Libertad Duradera”, se alcanzó en menos de tres meses. Pero los estadounidenses decidieron no retirarse.

Sin duda, había mucho más detrás de aquella fanfarronería de combatir el terrorismo.

Si eliminar a Al-Qaeda y a los talibanes o acabar con Osama bin Laden hubieran sido los objetivos primordiales de la invasión militar, las tropas aliadas encabezadas por Estados Unidos habrían puesto fin a la operación hace mucho tiempo. Pero el objetivo era ocupar Afganistán: convertir a este país, rico en minerales y estratégicamente situado entre Asia Central y Asia Meridional, en un Estado completamente subordinado a Occidente.

Esto quedó claro por la forma en que Bush y Rumsfeld rechazaron la oferta de tregua de los talibanes para evitar una confrontación. Antes de que comenzaran los bombardeos, el grupo ofreció entregar a Bin Laden a un tercer país para ser juzgado e incluso aceptó deponer las armas y reconocer al Gobierno respaldado por Estados Unidos en Kabul, encabezado por Hamid Karzai.

Las propuestas fueron rechazadas, dando paso a una aventura militar de 20 años que terminó en el peor desastre militar y estratégico de Estados Unidos y con el regreso triunfal de su adversario.

Un pueblo que se cansa

La población estadounidense, que inicialmente apoyó la idea de una acción militar contra los responsables de los atentados del 11-S, acabó convirtiéndose en una feroz opositora a medida que la guerra inútil se prolongaba y se transformaba en el peor desastre de la política exterior estadounidense.

Durante 20 años, la guerra en Afganistán siguió siendo un enigma para las sucesivas administraciones estadounidenses, desde Bush hasta Joe Biden. Ninguna de ellas tenía claridad sobre la guerra ni sobre sus objetivos.

Después de invadir el país y destruirlo hasta dejarlo irreconocible, Bush abandonó Afganistán y emprendió en 2003 otra costosa aventura militar en el vecino Irak. Ambos experimentos resultaron contraproducentes y absolutamente desastrosos para los pueblos de los dos países.

Su sucesor, Barack Obama, volvió a centrar su atención en Afganistán y mató a Bin Laden diez años después de los atentados del 11-S, no en las montañas afganas, sino en la ciudad pakistaní de Abbottabad, a poca distancia de una base militar pakistaní. Obama inició entonces la retirada gradual, pero no llegó a completar la retirada militar.

Años después, su sucesor, Donald Trump —un presidente megalómano—, firmó un acuerdo con los talibanes en el que se comprometió a retirar las fuerzas estadounidenses. Se trataba del mismo grupo militante que su correligionario republicano, el presidente Bush, había prometido aniquilar.

Trump fue relegado al basurero de la historia antes de poder ejecutar el plan. Fue Joe Biden, su rival político, quien finalmente puso fin a la guerra más larga de Estados Unidos.

 

Un final tan caótico como el comienzo

La desastrosa guerra terminó en agosto de 2021 de la misma manera en que había comenzado en octubre de 2001: de forma violenta, desordenada, caótica e imprudente. En medio de la caótica evacuación del Aeropuerto Internacional Hamid Karzai de Kabul, un atacante suicida de Daesh se hizo estallar y mató a más de 200 personas, incluidos 13 marines estadounidenses.

El espantoso incidente puso de relieve no solo la vulnerabilidad de los afganos comunes, sino también el fracaso de Estados Unidos a la hora de eliminar la amenaza permanente del terrorismo en Afganistán.

Más importante aún, dejó al descubierto el siniestro intervencionismo y las ambiciones hegemónicas del complejo militar-industrial estadounidense en tierras extranjeras, desde Somalia hasta Afganistán.

Según revelaron posteriormente varios informes, muchos de los fallecidos en el aeropuerto de Kabul no murieron por los atentados suicidas, sino a causa del fuego indiscriminado de las tropas estadounidenses. Horas después, más civiles morirían en ataques con drones estadounidenses, entre ellos mujeres y niños.

Por ello, como sostienen algunos analistas, 20 años después del inicio de la funesta misión militar estadounidense en Afganistán, Osama bin Laden ganó la guerra póstumamente.

La presencia estadounidense en el país devastado por la guerra —a menudo descrito como el cementerio de los imperios— no solo fracasó en eliminar la amenaza terrorista, sino que avivó aún más sus llamas.

El verdadero rostro del terrorismo internacional

La realidad es que la ominosa amenaza del “terrorismo internacional” no procede de algún pequeño y despiadado grupo “yihadista”, como sostienen los analistas occidentales. Procede de las potencias nucleares occidentales que constituyen el núcleo de la alianza de la OTAN y que no dejan de lanzar amenazas viles contra países que no comulgan con su visión distorsionada del mundo.

El legado de Bush y Obama fue continuado por Biden y Trump. Extendieron el alcance de sus guerras desde Afganistán e Irak hasta Gaza, Líbano, Yemen e Irán. Solo en el último año, dos guerras fueron impuestas al pueblo iraní. Un genocidio continúa desarrollándose en la Franja de Gaza sitiada. Los yemeníes siguen sufriendo los bombardeos y el bloqueo. Líbano ha sido convertido en un páramo. Todo ello con el patrocinio directo o indirecto de Estados Unidos.

Quizá Trump y sus correligionarios necesiten lecciones de historia, para recordarles los horrendos crímenes que su país ha cometido en todo el mundo a lo largo de la historia. También necesita que le recuerden el destino que finalmente corrieron y la ignominia que llevaron a su país.

La historia del imperialismo estadounidense está repleta de episodios de ataques militares unilaterales y beligerantes, masacres sangrientas y agresión sociocultural. En la mayoría de los casos, las víctimas han sido quienes se negaron a someterse a la hegemonía estadounidense.

Este descarado chauvinismo y este siniestro deseo de infligir sufrimiento a otros se explican mejor con estas palabras del escritor estadounidense Andre Vltchek: “Occidente siempre se ha comportado como si tuviera un derecho heredado, aunque indefinido, a beneficiarse de la miseria del resto del mundo. En muchos casos, las naciones conquistadas tuvieron que renunciar a su propia cultura, sus religiones e incluso sus lenguas, y adoptar nuestro conjunto de creencias y valores, que nosotros definíamos como ‘civilizados’”.

 

Una larga lista de crímenes

Hagamos un breve repaso de algunos de los crímenes más horrendos en los que la maquinaria bélica estadounidense ha estado implicada directa o indirectamente a lo largo de los años, incluso antes de Afganistán e Irak.

La guerra civil de Guatemala, que se prolongó de 1960 a 1996, enfrentó encarnizadamente al Gobierno de Guatemala con diversos grupos rebeldes, en su mayoría mayas. El Gobierno cometió las peores violaciones de los derechos humanos y llevó a cabo un genocidio contra la población maya, que provocó la muerte y desaparición forzada de unas 200 000 personas —en su mayoría civiles— con el abierto apoyo de la CIA.

El apoyo directo o indirecto a los escuadrones de la muerte ha sido parte integral de las operaciones de la CIA. Las operaciones de estos escuadrones durante la guerra de Vietnam, que marcó 30 largos años de la historia de Vietnam desde la década de 1940 hasta la de 1970, provocaron la muerte de más de 35 000 personas.

Más de 20 000 vietnamitas murieron durante la Operación Phoenix, dirigida por la CIA y destinada a eliminar a los “agentes” comunistas de Vietnam del Sur.

El papel de Estados Unidos en el violento derrocamiento del Gobierno democráticamente elegido de Unidad Popular de Salvador, en la década de 1980, provocó 70 000 muertes y graves violaciones de los derechos humanos. Para aplastar a los rebeldes, Estados Unidos equipó y entrenó a un ejército que secuestró e hizo desaparecer a más de 30 000 personas y perpetró masacres a gran escala contra miles de ancianos, mujeres y niños.

En una reseña del libro Nixon, Kissinger y Allende: la participación de Estados Unidos en el golpe de Estado de 1973 en Chile, de Lubna Qureishi, Howard Doughty hace una observación pertinente: “Estados Unidos y sus aliados tienen un historial vergonzoso de hostilidad hacia la democracia en el extranjero que parece entrar en conflicto con sus principios políticos declarados y con el propósito que dicen perseguir al emprender acciones militares y diplomáticas en el exterior. No solo en América Latina, sino también en África, Asia y, ocasionalmente, Europa, han apoyado abierta y clandestinamente a dictaduras”.

La estrecha relación del Gobierno estadounidense con Israel no es ningún secreto. Ha respaldado abierta y encubiertamente a Tel Aviv en la ocupación de territorios palestinos, en flagrante violación del derecho internacional y de las resoluciones de la ONU, y es directamente responsable del genocidio que continúa en Gaza.

En Cuba, el historial de Estados Unidos vuelve a ser atroz. Ha estado implicado en intentos de asesinato de jefes de Estado, atentados, invasiones militares, sanciones paralizantes, entre otras acciones. Incluso después de más de medio siglo, el bloqueo económico sigue vigente. El país ha sido designado injustamente como “Estado terrorista” y figura de manera destacada en la lista del Departamento de Estado de “Estados patrocinadores del terrorismo”.

El apoyo de Washington a los terroristas de la Contra en Nicaragua entre 1981 y 1990 constituye uno de los secretos a voces más vergonzosos. Al reconocer el vínculo entre el Gobierno estadounidense y la Contra, las actividades terroristas en las que esta participó y el reconocimiento de estos hechos por parte de la Corte Internacional de Justicia, resulta claramente evidente que Estados Unidos practicó terrorismo de Estado en respuesta a la revolución nicaragüense.

Como escribe Noam Chomsky en Terrorismo de Estado occidental: “El principio rector, al parecer, es que Estados Unidos es un Estado terrorista sin ley y que esto es correcto y justo, independientemente de lo que piense el mundo o de lo que declaren las instituciones internacionales”.

El 8 de marzo de 1985, en un intento de asesinato contra el sheij Mohammed Fazlulá perpetrado por la CIA, un potente coche bomba explotó frente a una mezquita de Beirut, en Líbano, y dejó 81 civiles muertos. El célebre periodista de investigación Bob Woodward afirmó que el director de la CIA, William Casey, había reconocido su responsabilidad personal en el atentado mientras yacía en su lecho de muerte, y señaló que el ataque había sido financiado por Arabia Saudí.

Ahora, mientras continúa la guerra contra Líbano, Estados Unidos ha respaldado plenamente al régimen israelí.

En diciembre de 1989, casi 27 000 soldados estadounidenses invadieron el pequeño país centroamericano de Panamá para arrestar al general Manuel Noriega, antiguo colaborador de la CIA convertido en rebelde. Durante la “Operación Causa Justa”, las bombas llovieron sobre tres barrios: Colón, San Miguelito y El Chorrillo. El Chorrillo quedó reducido a cenizas y recibió un nuevo apodo: “Pequeña Hiroshima”. Según estimaciones conservadoras, entre 2000 y 6000 personas murieron en los acontecimientos que se sucedieron.

El Congo ha atravesado períodos de violencia desde su independencia. Muchos observadores y activistas remontan esta situación al asesinato de Patrice Lumumba, primer ministro del Congo independiente, cometido por orden del entonces presidente estadounidense Dwight Eisenhower.

En Haití, Estados Unidos respaldó durante 30 años la dictadura de la familia Duvalier, período en el que la CIA colaboró estrechamente con escuadrones de la muerte, verdugos y narcotraficantes. Las tres décadas durante las cuales padre e hijo estuvieron al frente del país estuvieron marcadas por una brutal represión de la disidencia, con la asistencia de la policía secreta y el ejército haitiano.

La invasión de Granada de 1983 fue el primer gran asalto militar estadounidense desde la guerra de Vietnam. La información fue bloqueada porque el Gobierno estadounidense no quería que el mundo presenciara cómo la gran superpotencia arremetía contra una pequeña nación insular y asesinaba a sus civiles.

¿Por qué invadió Estados Unidos Granada? “Muchos creen que Granada era vista como un mal ejemplo para otros Estados pobres del Caribe”, sostiene Stephen Zunes, autor de Tinderbox: US Middle East Policy and the Roots of Terrorism.

“Su política exterior no estaba subordinada al Gobierno estadounidense y tampoco estaba abierta a que su economía fuera dominada por los intereses empresariales de Estados Unidos”.

En Grecia, Estados Unidos apoyó un golpe de Estado contra un líder elegido, George Papandreou, al que siguieron años de asesinatos, torturas y miedo a finales de la década de 1960. La tiranía de una junta fascista-militar contó con el respaldo de Estados Unidos y la OTAN entre 1967 y 1974.

Según estimaciones aproximadas, unos 10 000 trabajadores, estudiantes, dirigentes políticos y activistas sociales fueron encarcelados y brutalmente torturados.

En Camboya, Estados Unidos recurrió a bombardeos indiscriminados para derrocar al príncipe y presidente Sihanouk, quien fue reemplazado por Pol Pot y los Jemeres Rojos, lo que provocó millones de víctimas civiles entre mediados de la década de 1950 y la década de 1970.

 

El caldo de cultivo del terrorismo

Por tanto, debería quedar bastante claro dónde se encuentra el caldo de cultivo del terrorismo. El Dr. Mahboob A. Khawaja, especialista en seguridad mundial, paz y resolución de conflictos, escribió en un artículo publicado por el sitio web Global Research: “La camarilla neoconservadora estadounidense ayudó a despojar a la humanidad de su patrimonio humano. La percepción del ‘islam radical’ fue inventada y reforzada mediante el ‘miedo’ al terrorismo, como si los árabes y los musulmanes hubieran nacido en el ojo de la tormenta y el terrorismo fuera un ámbito exclusivo de los preceptos religiosos islámicos”.

El mito del “enemigo externo” ha sido la piedra angular de la doctrina militar estadounidense, utilizada como pretexto para invadir Afganistán e Irak, escribe Michel Chossudovsky, autor de The Globalisation of Poverty. Y considérese el hecho de que, en nombre de la lucha contra sus enemigos, el Gobierno estadounidense había estado apoyando directamente a Al-Qaeda y a otros grupos terroristas durante la década anterior a los atentados del 11-S.

La mayoría de los expertos de alto rango en materia de seguridad coinciden en que librar guerras contra los países de Asia Occidental ha debilitado la seguridad nacional de Estados Unidos y aumentado la amenaza del terrorismo. Un alto cargo militar especializado en interrogatorios señaló que las torturas infligidas por el ejército estadounidense a iraquíes inocentes constituyeron una de las principales razones que llevaron a los iraquíes a alzarse contra la ocupación estadounidense.

Marjorie Cohn, reconocida profesora de derecho internacional, sostuvo en un artículo escrito en noviembre de 2001 que los bombardeos de Afganistán por parte de Estados Unidos y el Reino Unido eran ilegales. Afganistán no había atacado a Estados Unidos. De hecho, los 19 hombres acusados del crimen no eran afganos. Según informes, Estados Unidos había decidido invadir Afganistán dos meses antes del 11-S.

La participación de Estados Unidos en Yemen y Siria ha vuelto a suscitar numerosas críticas. En Yemen, Washington ha brindado pleno apoyo a los crímenes de guerra de Riad y, en Siria, Estados Unidos ha estado apoyando al antiguo líder de Daesh que derrocó al Gobierno de Bashar al-Asad.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV