Por Javier Villar
Su legado más perdurable reside en la formulación de un proyecto epistémico y ontológico: la "Civilización Islámica Moderna". Este concepto opera como un marco de inteligibilidad que reordena las relaciones entre fe, razón, poder y economía. Para comprender su magnitud, resulta imperativo situarlo en su contexto histórico. La civilización islámica, tras alcanzar su cenit y sufrir el declive provocado por las invasiones mongolas, la caída de Al-Ándalus y el posterior embate colonial del siglo XIX, enfrentó una crisis de conciencia que culminó en la Revolución de 1979. Jamenei sistematiza esta conciencia en un corpus teórico que desafía las categorías de la ciencia política liberal. Estas categorías asumen la separación entre religión y política como un axioma ineludible. Para el liderazgo iraní, esta bifurcación epistemológica, consolidada por la Ilustración europea, constituye una manifestación de politeísmo conceptual. La verdadera adhesión al Islam exige integrar la esfera pública y la espiritualidad en un único registro, donde la fe actúa como el anclaje trascendente de toda acción social.
En la arquitectura conceptual del anterior Wali, la racionalidad y el conocimiento ocupan un lugar central, sometidos a una redefinición radical. La modernidad occidental consolidó una racionalidad instrumental que divorcia la ética de la ciencia, subordinando el saber a la eficiencia técnica y al dominio de la naturaleza. Jamenei diagnostica esta separación como la raíz de la decadencia moral de la civilización contemporánea, rastreando sus orígenes hasta la distorsión de la sabiduría divina por parte del clero occidental en el periodo previo al Renacimiento. La referencia recurrente al bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki ilustra esta tesis: el avance tecnológico, al carecer de una brújula espiritual, engendra barbarie. La ciencia desprovista de espiritualidad se transforma en un instrumento de destrucción masiva, demostrando que el poder ilimitado sin dirección ética deriva en corrupción. Frente a este paradigma, el discurso supremo propone una epistemología donde el conocimiento y la fe convergen. La búsqueda del saber, elevada a la categoría de mandato divino, requiere la integración de la racionalidad moral, epistémica e instrumental. Esta formulación descoloca la pretensión occidental de poseer el monopolio de la racionalidad, legitimando la autonomía tecnológica y científica como un derecho soberano inalienable.
La percepción occidental de la teología política islámica suele incurrir en el error de representarla como un sistema rígido. El discurso de Jamenei desmantela esta caricatura mediante su énfasis en la dinámica de la tradición. Para garantizar la vitalidad del proyecto civilizatorio, reclama la producción constante de pensamiento y la práctica vigorosa del ijtihad, el esfuerzo jurisprudencial para deducir soluciones a los problemas emergentes. La tradición, en su marco conceptual, es un ecosistema vivo y razonante. Jamenei utiliza la metáfora del océano profundo para describir el pensamiento islámico: nadie que haya mojado sus pies en la orilla puede pretender conocer la inmensidad de sus aguas. Esta apuesta por la renovación intelectual exige la formación de una vanguardia de pensadores capaces de dialogar con la filosofía contemporánea. La emisión de dictámenes jurídicos adaptados a las necesidades del ser humano moderno demuestra la flexibilidad y la universalidad de la ley islámica, evitando la osificación y el dogmatismo que él identifica como los principales enemigos del desarrollo civilizatorio.
Esta renovación conceptual está indisolublemente ligada a la ética. Jamenei define la ética como un "clima delicado" en la sociedad humana; si existe, los humanos pueden tener una vida sana simplemente respirando. La ética opera como la ingeniería y gestión de la naturaleza humana, un ambiente delicado que permite a la comunidad desarrollar una vida sana. La civilización se erige bajo el amparo de este entorno moral saludable. La espiritualidad y la moralidad actúan como el factor que transforma una comunidad en una gran civilización, demostrando que los motivos puramente materiales resultan insuficientes para sostener el progreso humano a lo largo de los siglos.
El esfuerzo colectivo, o Mojahedat, constituye el motor material de esta edificación civilizatoria. En el pensamiento de Jamenei, el trabajo en su sentido más amplio —físico, intelectual, científico y de gestión— es el eje del progreso y la vida continua de la sociedad, equiparándolo al acto de la adoración. Esta concepción del esfuerzo se distingue del mero activismo productivo por su vínculo con la sinceridad y el agrado divino. La civilización islámica moderna exige un trabajo continuo y creativo, donde la innovación tecnológica y la producción de riqueza nacional se subordinan a la ética del bienestar común.
La economía constituye otro eje fundamental donde el discurso del anterior Wali despliega su potencia crítica. La arquitectura financiera global, estructurada en torno al capitalismo de mercado, es sometida a un escrutinio riguroso desde la jurisprudencia islámica. Jamenei identifica la usura (riba) y la multiplicación del capital sin respaldo productivo como los mecanismos mediante los cuales el capital global subyuga a las naciones. Su rechazo a la economía basada en la usura responde a una crítica materialista de las jerarquías económicas globales. El capital es entendido como un medio para la producción y el trabajo, y su acumulación como un tesoro improductivo inhibe el crecimiento económico y devora la riqueza de las sociedades. Frente a esta dinámica, el discurso supremo impulsa la búsqueda del bienestar general y la justicia social. La prosperidad macroeconómica pierde su validez si se sustenta sobre la exclusión y la brecha de clases. La obligación estatal de erradicar la privación y garantizar que los frutos del desarrollo alcancen a los sectores marginados opera como un mandato coránico de justicia distributiva, articulando los novecientos versículos del Corán que abordan las cuestiones económicas bajo el principio de la propiedad divina y la garantía del sustento para todos.
La conciencia de esta batalla epistémica cristaliza en los indicadores novedosos de la civilización islámica moderna. Jamenei, con una comprensión aguda de los requisitos de su tiempo, situó la atención a las nuevas cuestiones en la cima de su agenda. La esfera cultural y mediática ocupa un lugar preeminente. Si en los albores del Islam la mezquita funcionó como el primer medio de comunicación de masas para la expansión de la civilización, la modernidad occidental ha logrado un monopolio masivo en la industria de los medios, buscando institucionalizar sus estilos de vida y diseminar lo que el discurso iraní califica como "fealdad" entre las sociedades no occidentales. El concepto de "guerra blanda" describe los mecanismos de hegemonía cultural y psicológica del poder global. Los políticos occidentales utilizan el arte, las artes escénicas y el cine para promover sus modos de vida, apoyándose en sociólogos y psicólogos para identificar las vulnerabilidades culturales de las naciones islámicas. La defensa frente a esta invasión cultural requiere el despliegue de una potencia mediática y artística propia. El cine y los medios modernos asumen una responsabilidad civilizatoria, actuando como escudos para proteger la identidad moral de la comunidad y proyectar los valores de la revolución.
La proyección internacional de este discurso se fundamenta en el intelectualismo islámico y la solidaridad con los oprimidos. La política exterior de la República Islámica rechaza la lógica de las alianzas interestadas propia del realismo político clásico. La causa de Palestina y la defensa de los movimientos de resistencia en Asia occidental constituyen la materialización de un imperativo ético que trasciende las fronteras del Estado-nación. La forma de transmitir el mensaje de esta escuela política difiere radicalmente de la imposición hegemónica mediante la fuerza militar o los artefactos nucleares. El mensaje se propaga iluminando el espacio intelectual del ser humano, explicando la mente humana y ofreciendo un paradigma de dignidad e independencia.
Esta visión se articula con una concepción específica de gobierno popular. En la escuela política de Jamenei, la identidad humana es valiosa y digna, lo que exige que la opinión de la gente juegue un papel crucial en la gestión del destino de la comunidad. La democracia que emana de esta visión se arraiga en el texto religioso y en la consulta mutua, operando como una fidelidad consciente donde la voluntad ciudadana legitima la autoridad, en contraste con los modelos electorales liberales que el discurso iraní califica de meros ejercicios de seducción.
El discurso del ayatolá Ali Jamenei proporcionó el andamiaje conceptual que permitió a la República Islámica atravesar las coyunturas críticas de las últimas décadas. Su capacidad para articular una visión donde la fe y la razón, la tradición y la innovación, la ética y la tecnología, coexisten en un equilibrio dinámico, ofreció a la sociedad iraní un marco de coherencia y propósito. La formulación de la Civilización Islámica Moderna constituye una intervención epistémica mayor en el pensamiento político contemporáneo. La verdadera magnitud de este legado se mide en su capacidad para interrumpir la teleología de la modernidad occidental. El proyecto de Jamenei demostró que la historia no culmina en el universalismo liberal, abriendo un espacio de coexistencia para racionalidades alternativas. Al articular una civilización donde el progreso material está estrictamente subordinado a la ética trascendente y a la justicia social, su discurso desactiva la premisa colonial de que las sociedades no occidentales deben atravesar una fase de secularización para alcanzar la modernidad. La "Civilización Islámica Moderna" perdura como una categoría de pensamiento que exige al mundo reconocer la pluralidad irreductible de las experiencias humanas, desafiando a las ciencias sociales occidentales a abandonar sus paradigmas decimonónicos y enfrentar la realidad de un mundo donde la trascendencia y la razón comparten la misma arquitectura del sentido.
