Por Xavier Villar
McGurk afirmó que “llevamos en guerra con Irán desde 1979, y la ideología iraní, que sigue estando muy vigente, consiste en expulsar a Estados Unidos de Oriente Medio (Asia Occidental) y eliminar a Israel”. La afirmación es notable no por su contenido (que es enteramente predecible) sino por su claridad. Enuncia directamente lo que ambos partidos han compartido desde 1979: que Irán constituye un obstáculo fundamental para el orden que Washington requiere mantener.
Irán permanece en el imaginario occidental como esa presencia espectral que se niega a desaparecer. Los intentos por neutralizarla han sido infructuosos. Tras cuarenta días de guerra, Irán no simplemente sobrevivió sino retornó con una fuerza que Occidente no es capaz de administrar. A pesar de décadas de gubernamentalidad destinadas a negar su autonomía política, Irán mantiene esa autonomía expresada en una gramática islámica que produce, precisamente por esa razón, intolerancia en Occidente. Porque lo que Irán representa mediante su persistencia teológico-política cuestiona las bases mismas de la modernidad occidental: la supuesta inevitabilidad de la secularización, la universalidad de ciertas formas de gobierno, la idea de que la historia se mueve inexorablemente hacia un destino liberal.
Siendo este análisis compartido por ambos partidos estadounidenses, la pregunta se vuelve ineludible: ¿cómo explicar la diferencia superficial entre una administración Barack Obama que en 2015 firmó el Acuerdo Nuclear Integral (JCPOA) y la actual administración Donald Trump, que desmanteló ese acuerdo y lanzó una guerra de cuarenta días? La respuesta requiere desplazarse desde el nivel óntico al nivel ontológico. En el nivel óntico —el de los hechos políticos específicos, las decisiones particulares, los enfoques concretos— existen diferencias claras. Obama empleó diplomacia multilateral, sanciones selectivas y negociación. Trump recurrió al abandono de acuerdos, la “presión máxima” y la guerra abierta. Pero estas diferencias permanecen circunscritas a la metodología, al énfasis, a la retórica. No afectan a la estructura profunda que organiza cómo ambas administraciones entienden a Irán.
En ambos casos persiste el mismo orden epistémico: Irán debe ser conocido, administrado, disciplinado. Irán es un objeto que requiere intervención. Irán representa un desajuste que debe corregirse. La discrepancia entre los dos enfoques no toca esta capa ontológica compartida. Obama creía poder integrar a Irán mediante acuerdos que demostraran los beneficios de la cooperación. Trump creía poder neutralizarlo mediante presión coercitiva hasta la capitulación. Pero ambos presuponen que existe una solución dentro de los términos que Washington establece. Ambos asumen que Irán puede ser conducido, persuadido o quebrado hacia un comportamiento aceptable. Ambos, en otras palabras, habitan un orden de inteligibilidad común: aquel en el cual Irán aparece como problema a resolver.
La Estructura Profunda: Parecidos de Familia en la Política Estadounidense
El filósofo Ludwig Wittgenstein desarrolló la noción de “parecidos de familia” para explicar cómo conceptos que compartimos operan sin necesidad de un rasgo común único. Los miembros de una familia se parecen sin que todos compartan los mismos ojos, la misma boca, el mismo perfil. Hay un entrelazamiento de similitudes que solo se percibe desde dentro de esa estructura. Aplicada a la política exterior estadounidense, esta lógica revela algo fundamental: lo que une a republicanos y demócratas no es una identidad compartida sino un conjunto de rasgos epistémicos que producen a Irán como problema.
Imaginemos una carpeta de fotos de familia. En unas los hombres llevan traje y corbata; en otras, vaqueros y camiseta. En algunas la pose es solemne; en otras, despreocupada. Las diferencias visuales son evidentes. Pero cualquier familiar reconoce algo que se repite bajo esas variaciones: cierta forma de sonreír, una manera particular de mirar, un gesto al sentarse a la mesa. En Washington, republicanos y demócratas difieren en retórica, método y énfasis. Los republicanos son más ruidosos, abiertamente hostiles, decididamente intervencionistas. Los demócratas emplean un lenguaje más diplomático, prefieren sanciones a bombardeos, invocan “asociaciones multilaterales”. Pero en todas las fotos de la política exterior estadounidense aparece la misma “mirada”: Irán como objeto que debe ser vigilado, controlado, mantenido dentro de límites aceptables.
La familia política de Washington no debate sobre si Irán debe encajar en su orden de inteligibilidad. Debate sobre cómo hacerlo. Si mediante diálogo e incentivos o mediante coerción e aislamiento. Si mediante acuerdos negociados o presión máxima. Estas son diferencias tácticas, no diferencias sobre lo que Irán fundamentalmente es. Mientras esa estructura persista, cualquier debate entre demócratas y republicanos permanece interno a la misma familia, sin constituir un desafío real a su lógica constitutiva.
McGurk formula la continuidad con precisión involuntaria. La guerra “desde 1979” no es la guerra de Trump sino la guerra de Washington. Ha sido luchada mediante distintos medios por distintas administraciones pero persiste como categoría fundamental de la política estadounidense. Obama lo entendía así: incluso mientras negociaba el JCPOA, continuaba las sanciones, mantenía la presencia militar regional, financiaba a los aliados de Washington contra posiciones iraníes. El acuerdo no buscaba paz sino contención: mantener a Irán dentro de un marco de dependencia económica y aislamiento político.
Lo que distingue este análisis de críticas liberales más convencionales es que no apela a la “incompetencia” o el “extremismo” de una administración u otra. Esas críticas mantienen la ficción de que gobiernos distintos podrían producir políticas radicalmente diferentes respecto a Irán. Pero ambas administraciones operan desde la premisa de que Irán constituye un desafío al orden internacional, de que sus capacidades defensivas representan un peligro sistémico, de que su autonomía política requiere corrección.
Saidiya Hartman mostró en su análisis de la emancipación de esclavos en Estados Unidos cómo la abolición no produjo libertad sino reconfiguración del control. Tanto el Sur como el Norte, enemigos en la guerra civil, adoptaron medios similares de biopolitización para mantener a la población liberada bajo dominación. Algo análogo opera en la política estadounidense respecto a Irán. Una administración ofrece negociación dentro de límites aceptables; otra ofrece presión hasta la capitulación. Ambas presuponen que Irán debe aceptar los términos que Washington establece. La elección permanece circunscrita a un horizonte donde la autonomía verdadera de Irán nunca aparece como posibilidad.
La verdadera diferencia entre administraciones estadounidenses respecto a Irán sería aquella que abandonara el supuesto compartido: que dijera que Irán es un Estado soberano cuya política exterior, aunque desagradable para Washington, no constituye un problema que requiera “solución”. Que Irán tiene derecho a desarrollar capacidades defensivas. Que Irán tiene derecho a alianzas regionales que Washington rechaza. Que la autonomía iraní puede ser incómoda para el orden estadounidense sin necesidad de ser neutralizada. Tal administración no ha existido ni probablemente exista, porque ambos partidos comparten algo más profundo que cualquier diferencia electoral: una visión del mundo en la cual Occidente, particularmente Estados Unidos, posee el derecho a estructurar el orden internacional, y las entidades políticas que rechazan esa estructuración constituyen problemas a resolver.
Desde la perspectiva iraní, ambos partidos estadounidenses comparten la misma visión de Irán como entidad que debe encajar dentro de sus marcos de inteligibilidad. La verdadera ruptura solo ocurriría si alguien rompiera el álbum familiar de Washington: si permitiera que Irán, hablando desde su propia lógica política, dejara de ser objeto de intervención y se convirtiera en sujeto de su propia historia. Eso requeriría abandonar no solo políticas específicas sino el supuesto compartido que estructura la política exterior estadounidense. Requeriría admitir que Irán no es un problema a resolver sino un actor político cuya autonomía puede ser incómoda, amenazante incluso, pero que no requiere “solución”. Que continuará existiendo según su propia lógica, independientemente de qué partido controle la Casa Blanca.
