Publicada: jueves, 23 de abril de 2026 13:16

Occidente interpreta sus propias tensiones como normales y las de Irán como crisis, reproduciendo una lógica epistémica de sesgo colonial.

Por: Xavier Villar

El reciente cese del secretario de la Marina estadounidense, en el contexto de la escalada del bloqueo naval contra Irán, atravesó la prensa occidental con la habitual blandura burocrática reservada a las remodelaciones de personal. Ninguna publicación relevante encuadró la decisión como síntoma de “fisuras internas” en el aparato de seguridad estadounidense, ni como evidencia de una “parálisis faccional” capaz de socavar una toma de decisiones coherente. La salida fue leída en clave procesal y técnica: una rotación dentro del funcionamiento ordinario del poder estatal.

Por contraste, cualquier titubeo político, recalibración táctica o debate institucional que emerja desde Teherán es codificado de manera rutinaria como disfunción, como el chirriar de engranajes incompatibles en el seno de un sistema fracturado. Esta asimetría revela una gramática estructurante a través de la cual se distribuye la inteligibilidad política misma: la coherencia se presume en Occidente y se niega a lo no occidental, incluso cuando el registro empírico sugiere lo contrario.

La afirmación de que Irán sufre de un faccionalismo debilitante, uno que paraliza la toma de decisiones y vuelve al Estado internamente incoherente, se ha convertido en un motivo recurrente en círculos políticos y medios de comunicación. Aparece menos como observación empírica que como dispositivo heurístico: una manera de volver legible a la República Islámica dentro de un marco analítico impuesto externamente, que presupone la fragmentación como condición natural de la gobernanza no-occidental. Lo que este encuadre elude es la posibilidad de que lo que aparece como faccionalismo desde fuera pueda constituir, desde dentro, la operación ordinaria de un sistema deliberativo bajo asedio. Al sujeto musulmán se le niega persistentemente el estatus de actor político racional. El discurso del faccionalismo iraní participa en esta negación. Convierte la deliberación en desorden, el pluralismo en parálisis, y posiciona a la República Islámica como objeto a gestionar en lugar de interlocutor soberano. 

Desde dentro de Irán, la premisa que subyace a las actuales propuestas diplomáticas occidentales, que las negociaciones pueden proceder significativamente mientras permanece en vigor un bloqueo naval, es ampliamente considerada como absurda en gran parte del espectro político. Esta no es una posición faccional; es una evaluación fundamentada en la realidad material. Sin embargo, la negativa a participar bajo condiciones de coerción es leída externamente no como coherencia estratégica sino como otra señal más de desorden interno. La fisura es proyectada antes de ser observada. Lo que está en juego no es simplemente una lectura errónea sino una arquitectura epistémica: una en la cual estabilidad, racionalidad y continuidad institucional están naturalizadas como atributos occidentales, mientras sus opuestos se presumen inherentes a la República Islámica. El faccionalismo, en este esquema, no es descubierto; es asignado. 

La Producción Discursiva de la Fisura

En los últimos días, la prensa occidental ha insistido en un mismo encuadre: la administración de Donald Trump expresa su preocupación ante la aparente imposibilidad de identificar en Irán un interlocutor con autoridad suficiente para asumir y formalizar un acuerdo de paz. El Líder de Irán apenas se comunica públicamente; los generales del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) y los negociadores civiles iraníes parecen discrepar abiertamente sobre la estrategia.

Más que descripciones neutrales, estos pasajes, recurrentes en medios estadounidenses, condensan un repertorio discursivo bien establecido, a través del cual se produce la legibilidad de Irán como un Estado inherentemente fracturado.

El lenguaje del faccionalismo se organiza, de manera predecible, en torno a binarios familiares: línea dura versus moderados, pragmáticos versus ideólogos, élites clericales versus tecnocráticas. Estas categorías funcionan ante todo como dispositivos de simplificación que comprimen un paisaje institucional denso y dinámico en una narrativa de fractura permanente. En ese gesto, operan una reducción de lo político: transforman la deliberación interna en patología y la pluralidad en signo de disfunción.

El efecto es situar a la República Islámica en un estado de inestabilidad casi ontológica: siempre al borde del colapso, con debates internos que amenazan con desarticularla y una toma de decisiones supuestamente bloqueada por fuerzas irreconciliables. 

Este estilo diagnóstico se inscribe en una tradición más amplia en la que la formación política islámica era figurada como inherentemente inestable, incapaz de sostener la forma de administración racional asociada a la estatalidad europea. La proyección de incoherencia sobre Oriente funcionaba así como justificación para la intervención, la vigilancia y la disciplina occidentales.

Lo que ha cambiado no es la lógica subyacente, sino el vocabulario. Allí donde el discurso colonial decimonónico hablaba de despotismo y fanatismo, el análisis contemporáneo recurre a nociones como bloqueo o luchas faccionales internas. La operación epistémica, sin embargo, permanece inalterada: el Estado de mayoría musulmana se vuelve ilegible en sus propios términos y es reencuadrado dentro de una gramática que naturaliza la racionalidad occidental como medida de todo orden político.

Estos encuadres no son meramente descriptivos sino productivos. Generan las condiciones bajo las cuales la intervención se vuelve pensable, incluso necesaria. Si Irán está perpetuamente dividido contra sí mismo, si sus instituciones están capturadas por facciones competidoras incapaces de estrategia coherente, entonces la presión externa, ya sea en forma de sanciones, bloqueos o aislamiento diplomático, puede justificarse como medio para explotar o ampliar esas divisiones. El faccionalismo, en este sentido, no es simplemente un diagnóstico; es un objetivo. El discurso no reporta neutralmente sobre dinámicas internas; participa en su aprehensión estratégica. 

Lo que este encuadre sistemáticamente oscurece es la posibilidad de que la arquitectura constitucional iraní funcione, precisamente, conforme a su diseño: como un sistema de contrapesos institucionales que distribuye la autoridad entre múltiples órganos, cada uno con su propia base de legitimidad y su propio mandato. La Asamblea de Expertos, el Consejo de Guardianes, el Consejo de Discernimiento, la presidencia electa y la figura del Wali al-Faqih no constituyen reductos faccionales, sino espacios institucionalizados de deliberación y negociación.

El hecho de que este sistema requiera consulta, coordinación y temporalidad procesal no es un indicio de disfunción, sino una expresión de su propia lógica constitucional. Sin embargo, desde una mirada externa habituada al modelo presidencialista estadounidense ,en el que la política exterior se concentra en un único centro ejecutivo, esta distribución del poder tiende a interpretarse como ausencia de autoridad, en lugar de como su dispersión deliberada y estructuralmente organizada.

Hegemonía y la Distribución Desigual de la Coherencia

El cese del secretario de la Marina estadounidense ofrece un contrapunto clarificador. Su salida, en medio de una operación militar de mayor envergadura y en el contexto de informaciones sobre tensiones entre el Pentágono y la Casa Blanca respecto al alcance y la duración del bloqueo, implicó precisamente el tipo de fricción institucional de alto nivel que, en un contexto iraní, sería inmediatamente interpretado como evidencia de crisis. 

El New York Times señaló que el secretario había expresado reservas sobre la viabilidad a largo plazo de la operación; el Washington Post citó fuentes del Departamento de Guerra que criticaban la “politización” de decisiones tácticas navales por parte de la Casa Blanca. Sin embargo, ninguno de estos análisis derivó de ello la conclusión de que Estados Unidos careciera de un interlocutor autorizado, que Donald Trump fuera incapaz de imponer coherencia estratégica, o que el aparato de seguridad nacional estadounidense se encontrara paralizado. 

El evento fue presentado como ajuste administrativo rutinario. Los comentaristas hablaron de “ajustes naturales en operaciones complejas”, de “diferencias profesionales sobre implementación táctica”, de “recalibración”. La indulgencia interpretativa extendida al poder occidental es categórica. No requiere justificación porque opera como configuración por defecto del discurso político internacional. Lo que en Teherán sería leído como “desacuerdo abierto” o “incapacidad para coordinar”, en Washington es simplemente el funcionamiento normal de un sistema político robusto. 

Esta desigualdad refleja una estructura hegemónica profunda: la universalización contingente de una forma política particular. La democracia liberal, con su pretensión de racionalidad procesal y estabilidad institucional, no es simplemente un modo de gobernanza entre otros; es la forma contra la cual todos los demás son medidos y encontrados deficientes. La República Islámica, al rechazar la plantilla liberal, es posicionada de antemano como deficiente, y sus instituciones sólo resultan legibles como desviaciones de una norma implícita.

Este universalismo hegemónico se sostiene mediante la asignación colonial de coherencia. Racionalidad, claridad estratégica e integridad institucional son distribuidas de manera desigual a través del campo político global, no en función de la observación empírica, sino de una jerarquía que se superpone estrechamente con historias de imperio y racialización. Los Estados occidentales reciben la presunción de coherencia; sus conflictos internos son leídos como funcionales, sus cambios de política como adaptativos. Los Estados no occidentales, particularmente aquellos que se articulan en lenguajes resistentes al secularismo liberal, son privados de esa presunción. Sus procesos institucionales se interpretan como síntomas de incoherencia estructural, y su arquitectura constitucional como producto de parálisis.

En este marco, el resultado es un doble vínculo interpretativo. Si Irán mantiene una posición consistente frente a las demandas occidentales, es rígido, ideológico, incapaz de ajuste pragmático. Si la República Islámica modifica su postura táctica en respuesta a condiciones cambiantes, como cualquier actor racional lo haría, entonces está fracturada, es incoherente, incapaz de sostener coherencia estratégica. En cualquier caso, el marco confirma el supuesto previo: que la República Islámica constituye una configuración política definida por sus contradicciones internas, siempre al borde de la disfunción. Esto no es análisis; es la reiteración recursiva de una episteme colonial.

La violencia epistémica en juego niega a la República Islámica la capacidad de cálculo estratégico racional, codificando sus decisiones como subproducto caótico de conflicto interno. Al mismo tiempo, posiciona a los interlocutores occidentales como únicos portadores de coherencia, como las únicas instancias capaces de evaluación clara y acción propositiva. De este modo, se recapitula la gramática colonial mediante la cual las sociedades de mayoría musulmana han sido históricamente aprehendidas: como espacios de desorden necesitados de ordenamiento externo, incapaces de autogobierno y, por tanto, requeridos de las intervenciones disciplinarias de un Occidente racional, secular y liberal.

Esta es la asignación hegemónica de racionalidad en el núcleo de la episteme colonial: la presunción de que Occidente es el sitio de la coherencia y lo no occidental el sitio de su ausencia. Se trata de una distribución que precede a la observación misma y que estructura de antemano qué puede ser visto y cómo puede ser narrado. El discurso de la división interna no malinterpreta la política iraní; produce activamente a Irán como objeto legible dentro de una mirada estratégica externa, como entidad que puede ser conocida, gestionada y sobre la cual se puede actuar. El faccionalismo no es descubierto, sino desplegado: un instrumento discursivo al servicio de una gramática colonial que sigue necesitando ser desmantelada.