Por Xavier Villar
Hay muertes que merecen retrato, biografía y elaboración del duelo. Otras, en cambio, ingresan en los registros como cifras anónimas, agregados estadísticos que ocupan el espacio que debería corresponder a nombres propios, trayectorias vitales y redes de afecto. Desde Gaza hasta Irán, desde el Líbano hasta Yemen, las poblaciones situadas en el punto de mira de los regímenes de sanciones o de la violencia militar directa aparecen ante las audiencias metropolitanas como residuo cuantitativo: se las cuenta, pero no se las reconoce; se las documenta, pero no se las presencia.
Esta asimetría no es fortuita ni corregible mediante códigos deontológicos superficiales. Responde a una arquitectura estructural que organiza la inteligibilidad del sufrimiento según coordenadas geopolíticas y raciales. El aparato mediático occidental instaura una jerarquía de duelo posible donde aquellas vidas que exhiben proximidad cultural o alineamiento político con los centros de poder imperial acceden a la elaboración conmemorativa, mientras que aquellas situadas como antagónicas quedan reducidas a dato. Lo que emerge es un régimen de valor diferencial de la existencia humana, donde la posibilidad misma de ser llorado sigue los trazados de la dominación global.
A este nivel, el problema no es simplemente de representación, sino de producción ontológica. El periodismo no refleja pasivamente una realidad previa, sino que participa en la fabricación de los marcos dentro de los cuales ciertas vidas aparecen como vidas y otras como mero soporte biológico de eventos. La contabilidad del sufrimiento no es una operación secundaria: es un mecanismo de clasificación moral del mundo.
El número como operador de violencia racial
La práctica de la enumeración cumple una función administrativa precisa: suspende el reconocimiento relacional. Cuando un atentado sacude París, Bruselas o Berlín, las primeras ediciones digitales se llenan de rostros, de instantáneas domésticas, de relatos biográficos que reconstruyen trayectorias educativas, vínculos afectivos y pequeñas historias de vida cotidiana. El público metropolitano puede así experimentar una forma de duelo vicario que, aunque efímera, restituye al fallecido su condición de sujeto.
Ese proceso no es espontáneo. Implica una infraestructura completa de selección de qué vidas son narrables, qué familias son contactadas, qué fotografías circulan y qué biografías son reconstruidas. La individualización del muerto no es una propiedad natural de la noticia, sino un privilegio distribuido de forma desigual. Es un mecanismo de humanización diferencial que depende de la posición geopolítica de la víctima.
Cuando una violencia comparable —o cuantitativamente superior— se despliega sobre Gaza, Bagdad o el sur del Líbano, la cobertura adopta una forma radicalmente distinta. Los titulares ofrecen agregados: “cincuenta muertos en un bombardeo”, “cientos de desplazados”, “miles sin acceso a agua potable”. La abstracción numérica funciona como mecanismo de distanciamiento afectivo que interrumpe los circuitos de transmisión emocional entre el testigo remoto y la víctima. La aritmética convierte singularidades irreductibles en masa indiferenciada.
Este cambio de registro no es un simple efecto de velocidad informativa o de falta de acceso. Es una tecnología de percepción. La forma en que se escribe la muerte determina la forma en que esa muerte puede ser sentida, procesada o ignorada. El número no solo cuantifica: despersonaliza, deshistoria y despolitiza simultáneamente.
La raza opera aquí como tecnología de gestión poblacional, no como categoría ontológica fija. Es un dispositivo móvil que distribuye qué vidas deben ser preservadas y cuáles pueden ser expuestas a la muerte prematura, reconstituyendo de forma continua la arquitectura global de la supremacía blanca. En este sentido, la cuantificación es una operación política antes que epistemológica: convierte poblaciones enteras en unidades intercambiables de daño aceptable.
El periodismo, al privilegiar el dato agregado sobre la narración encarnada, participa de una economía necropolítica donde el sufrimiento no blanco aparece como desgaste administrable. Esta lógica no requiere intención explícita: opera a través de rutinas profesionales, formatos heredados y convenciones editoriales que han sedimentado históricamente la jerarquía global de qué vidas importan.
Incluso la noción de “cobertura equilibrada” se vuelve problemática en este contexto. La simetría informativa puede coexistir con una profunda asimetría ontológica, donde todas las muertes son contabilizadas, pero no todas son igualmente humanizadas.
Economías visuales y producción de lo ingobernable
La producción iconográfica del sufrimiento no solo refleja esta jerarquía, sino que la consolida de manera aún más profunda. Las catástrofes que afectan a poblaciones consideradas plenamente humanas —occidentales, blancas o políticamente alineadas— privilegian la intimidad: la fotografía doméstica, el instante cotidiano interrumpido, el rostro individualizado que activa una respuesta afectiva inmediata. La cámara busca singularidad, historia, continuidad biográfica.
En cambio, la violencia contra poblaciones racializadas —palestinas, libanesas, iraníes, afganas— aparece a través de registros genéricos: arquitecturas colapsadas, multitudes sin nombre, cuerpos reducidos a siluetas entre ruinas. La imagen deja de ser un espacio de identificación para convertirse en superficie de constatación.
Esta gramática visual prolonga la lógica colonial del siglo XIX: el sufrimiento del otro racializado aparece como confirmación de su desorden civilizatorio y como justificación implícita de la intervención externa que lo administra. La imagen no solo muestra destrucción: produce legibilidad política de esa destrucción como algo casi natural, inevitable o culturalmente determinado.
El sufrimiento producido por la violencia imperial aparece, así como catástrofe atmosférica más que como resultado de decisiones políticas identificables. Las imágenes no muestran responsables; muestran efectos. Y al hacerlo, convierten la muerte en espectáculo de una barbarie sin sujeto, no en exigencia de justicia.
La blancura como norma ontológica permanece invisible mientras organiza todo el campo de la visibilidad. Es el punto de vista no marcado desde el cual se evalúa, se interpreta y se distribuye la humanidad de los otros. El otro racializado es simultáneamente hipervisibilizado como masa y desindividualizado como sujeto. Se lo ve más, pero se lo reconoce menos.
Esta estructura visual no es secundaria respecto al conflicto político: es una de sus condiciones de posibilidad. La guerra contemporánea no solo se libra con armas, sino con regímenes de visibilidad que determinan qué tipo de muerte puede circular como noticia y cuál queda absorbida como ruido estadístico.
Ensamblajes raciales y sanciones como guerra silenciosa
Bajo esta asimetría opera la raza como tecnología histórica de gestión poblacional. No como esencia biológica ni como diferencia cultural fija, sino como dispositivo de producción de jerarquías surgido del sistema mundo capitalista-colonial. Este aparato reorganiza continuamente las fronteras entre vidas protegibles y vidas sacrificables, ajustando sus criterios según las necesidades del orden global, pero manteniendo siempre el mismo efecto estructural.
Los intelectuales iraníes que resisten la extracción neoliberal, las comunidades palestinas que enfrentan la colonización de asentamientos o las poblaciones afganas tras décadas de ocupación son procesadas por el aparato mediático bajo categorías de amenaza naturalizada. El conflicto se reescribe como propiedad del sujeto, no como resultado de una estructura de dominación.
La raza opera aquí convirtiendo el antagonismo político en ontología. No se resiste a la ocupación porque se es palestino; se es peligroso porque se resiste, y ese peligro se adhiere a la identidad como si fuera una propiedad natural. Esta inversión es una de las operaciones centrales de la violencia contemporánea: transformar relaciones de poder en atributos esenciales.
La sintaxis periodística refuerza esta operación mediante estructuras pasivas y nominales que disuelven la agencia. “Un hospital resulta alcanzado”. “Las sanciones se endurecen”. Estas formas no son neutras: eliminan el sujeto de la violencia y lo sustituyen por procesos sin responsable.
El caso de Irán es paradigmático en este sentido. Las sanciones funcionan como una forma de asedio civil prolongado: interrupción de cadenas farmacéuticas, restricciones a tratamientos médicos, deterioro de infraestructuras sanitarias y educativas, bloqueo financiero sistemático. Sin embargo, estos efectos rara vez aparecen como violencia estructural deliberada. Se presentan como dificultades económicas o como presión diplomática.
La comparación con el tratamiento de sanciones en contextos europeos revela la asimetría estructural. Cuando poblaciones blancas experimentan consecuencias económicas derivadas de sanciones, estas se narran como crisis sociales inmediatas, con rostros, testimonios y dramatización cotidiana. Cuando las poblaciones racializadas las sufren, se convierten en abstracciones geopolíticas sin sujeto.
Desmontar este aparato no consiste en ajustar el lenguaje de forma cosmética, sino en transformar la infraestructura de producción de la noticia. Restituir el nombre propio donde hoy domina el número, y restituir la agencia donde hoy domina la pasividad, no es un gesto estilístico sino una reconfiguración epistemológica del campo informativo.
Cada decisión gramatical participa en la distribución de lo visible y lo invisible, de lo llorable y lo no llorable. La producción de no-duelo opera mediante la repetición de formas aparentemente neutrales: titulares sin nombres, imágenes sin cuerpos, conflictos sin agentes. Interrumpir esta lógica implica romper con las convenciones que convierten poblaciones enteras en excedente demográfico.
Hasta que esa transformación no ocurra, el periodismo seguirá funcionando como una de las tecnologías centrales de legitimación del orden imperial que pretende describir.
