Por Xavier Villar
La declaración emitida el 10 de diciembre por el portavoz de Yeish Al-Adl, grupo considerado terrorista por Teherán, anunciando la formación del denominado “Frente de los Combatientes Populares”, fue recibida en los círculos de seguridad de la capital iraní no con sorpresa, sino como la confirmación de una táctica previsible inscrita en un manual de desestabilización regional cada vez más conocido. Este aparente giro, mediante el cual un grupo salafista y separatista, responsable de años de violencia en Sistán-Baluchistán, se presenta de forma repentina como defensor de la “unidad iraní” frente al establishment, no refleja una evolución ideológica genuina.
Constituye, más bien, la manifestación más reciente de una estrategia prolongada y sofisticada de ingeniería del conflicto, en la que identidades étnicas y religiosas periféricas son instrumentalizadas como vectores de presión geopolítica contra la República Islámica de Irán. Este nuevo envoltorio retórico, que omite deliberadamente cualquier referencia al independentismo baluchi para adoptar un discurso paniraní de “liberación”, busca dotar al movimiento de una apariencia de mayor legitimidad y funcionalidad como proxy al servicio de actores externos cuyo objetivo último es erosionar la soberanía y la estabilidad del Estado iraní.
La respuesta oficial iraní ha sido de un escepticismo marcadamente analítico. La iniciativa ha sido descrita como un simple intento de “mudar de piel” con el objetivo de atraer nuevos patrocinadores financieros. Este desdén, sin embargo, no implica una subestimación de la amenaza. Por el contrario, revela una comprensión clara de la naturaleza del desafío: la confrontación ya no se libra únicamente en las montañas de la frontera con Pakistán, sino también en el terreno de la narrativa y de la legitimidad internacional. Irán se enfrenta así a una campaña de seguridad híbrida en la que un grupo terrorista, cuyas tácticas incluyen el secuestro de soldados y ataques contra patrullas fronterizas, busca ahora presentarse como un movimiento de resistencia popular. Esta transformación performativa exige un desmontaje crítico de sus premisas, trazando con precisión los vínculos que conectan su violencia local con los diseños estratégicos de potencias extrarregionales.
El Contexto Histórico
Para comprender el significado del rebranding de Yeish Al-Adl, es necesario situarlo en la larga y compleja historia de Baluchistán como territorio con disputas y dinámicas externas. La región, dividida entre Irán, Pakistán y Afganistán tras los trazados fronterizos de la era colonial, ha sido durante años un espacio donde se entrelazan intereses locales y foráneos. El pueblo baluchi, una minoría suní dentro de la República Islámica, ha enfrentado desafíos reales en términos de desarrollo socioeconómico, un aspecto que el Estado iraní ha abordado mediante planes de inversión en infraestructura y servicios en Sistán-Baluchistán. Al mismo tiempo, estas desigualdades han sido aprovechadas por actores externos, que intentan transformar preocupaciones locales en herramientas de presión geopolítica.
La instrumentalización de la identidad baluchi tiene un historial prolongado. Durante la Guerra Fría, y especialmente tras la invasión soviética de Afganistán en 1979, la región se convirtió en un escenario de confrontaciones ideológicas. Como documenta una investigación de la Universidad de Teherán, fue en este período cuando el salafismo comenzó a introducirse de manera activa en Baluchistán. La creación de redes de madrazas y la difusión de narrativas sectarias anti-chiíes respondieron menos a procesos locales y más a una estrategia regional orientada a consolidar una barrera ideológica frente a influencias externas. Este patrón se reprodujo tras la invasión estadounidense de Afganistán en 2001.
La evolución de los grupos armados refleja esta dinámica de instrumentalización. Yeish Al-Adl emergió en 2012 como sucesor de Jundallah, organización cuyo líder, Abdolmalek Rigi, fue capturado y ejecutado por Irán en 2010. La detención de Rigi, tras forzar el aterrizaje de un avión comercial, subraya la capacidad de Teherán para responder a amenazas con presuntos vínculos externos. Aunque la muerte de Rigi desarticuló a Jundallah, su ideología y parte de su estructura fueron incorporadas en Yeish Al-Adl, que desde entonces ha llevado a cabo ataques de baja intensidad pero de notable repercusión, incluido un atentado con coche bomba contra un autobús del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria en 2019. Irán ha señalado consistentemente que el grupo opera desde santuarios en Pakistán, un foco de fricción bilateral que, en enero de 2024, derivó en un intercambio de misiles a lo largo de la frontera.
La Economía Política de la Insurgencia: Financiación, Armas y el Papel de los Actores Externos
La persistencia y la reciente “reinvención” de Yeish Al-Adl no pueden explicarse únicamente por el descontento local. Su sostenibilidad depende de una compleja economía de guerra que la República Islámica ha identificado y denunciado en varias ocasiones. Aunque el grupo recurre a fuentes de financiación criminales locales, como el contrabando de drogas y combustible a través de la frontera, análisis de inteligencia iraní destacan que la relevancia de flujos de capital externos, así como el uso creciente de criptomonedas para evadir el seguimiento financiero, constituyen pilares clave de su soporte logístico.
El suministro de armamento añade otra dimensión crítica. El desorden en Afganistán tras la retirada estadounidense en 2021 ha incrementado la disponibilidad de armas ligeras y sofisticadas, facilitando el acceso de grupos como Yeish Al-Adl a material militar. Más relevante aún es el patrón histórico de apoyo externo a insurgentes baluchis como forma de presión sobre Irán. Incluso durante la guerra Irán-Irak en la década de 1980, el gobierno de Saddam Hussein proporcionó asistencia militar y económica a estos grupos. En años recientes, funcionarios iraníes han señalado, respaldados en ocasiones por inteligencia interceptada, posibles vínculos con servicios de inteligencia de rivales regionales, en particular Israel. La acusación de que el ataque de 2019 contra el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán contó con la “luz verde” de algunos estados del Golfo refleja la percepción de estas conexiones.
Esta externalización desvincula a la insurgencia de cualquier agenda local amplia y la convierte en un instrumento táctico. El objetivo deja de ser la autonomía baluchi y se centra en infligir costes de seguridad a Irán, desgastar recursos y proyectar una imagen de Estado con limitaciones en el control territorial. La retórica salafista del grupo, que ha atacado tanto a militares como a civiles chiíes, enmarca el conflicto en términos sectarios, alineándose con narrativas promovidas por ciertos actores regionales. En este contexto, el rebranding como “Frente de los Combatientes Populares” busca ampliar su atractivo más allá del separatismo baluchi y presentarse como un actor más aceptable ante patrocinadores internacionales interesados en contrarrestar la influencia iraní, pero cautelosos frente a proyectos separatistas suníes.
La Respuesta Iraní: Soberanía, Seguridad Integral y Diplomacia Regional
Frente a esta amenaza multifacética y evolutiva, la estrategia de la República Islámica se ha articulado en torno a principios consistentes: la defensa de la soberanía nacional, la aplicación de una seguridad integral y la búsqueda de estabilidad mediante la diplomacia regional. La respuesta militar ha sido proporcional y focalizada. Las Fuerzas Armadas y el CGRI han llevado a cabo operaciones continuas en Sistán-Baluchistán, desarticulando células y neutralizando a comandantes clave. La necesidad del grupo de reinventarse indica presión y debilidad, más que fortaleza.
La decisión de enero de 2024 de atacar con misiles presuntas bases de Yeish Al-Adl en territorio pakistaní marcó un punto de inflexión en la doctrina de seguridad fronteriza de Irán. Este acto, que provocó una respuesta similar por parte de Pakistán, envió un mensaje claro a nivel internacional: Irán no tolera santuarios seguros para grupos que atacan a su territorio y está dispuesto a ejercer su derecho a la legítima defensa reconocido por la ONU, incluso si implica riesgos diplomáticos. Más allá de su impacto táctico, la acción internacionalizó el problema y presionó a Islamabad para asumir mayores responsabilidades en la seguridad fronteriza.
Sin embargo, reducir la postura iraní a una mera respuesta militar sería un error analítico. Teherán entiende que la solución duradera requiere abordar causas subyacentes, por lo que acompaña su estrategia de seguridad con inversión en desarrollo regional. Proyectos de infraestructura, transporte, salud y generación de empleo en Sistán-Baluchistán buscan contrarrestar la narrativa de abandono y ofrecer oportunidades dentro del marco nacional.
Al mismo tiempo, Irán ha desarrollado una diplomacia regional pragmática. Teherán e Islamabad comparten el interés de evitar la fragmentación de Baluchistán, que sería desestabilizadora para ambos. Tras la escalada de enero de 2024, ambas partes trabajaron para reducir tensiones, reafirmando respeto mutuo a la soberanía y prometiendo mayor cooperación en seguridad fronteriza. Del mismo modo, el diálogo con actores como China, con importantes inversiones en Baluchistán pakistaní a través del Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), busca alinear intereses económicos con objetivos de seguridad compartidos.
Conclusión: La Reinvención como Síntoma de Debilidad y la Resiliencia de la Soberanía
El “nuevo” Frente de los Combatientes Populares no representa un fenómeno novedoso, sino la última iteración de una estrategia conocida. Su rechazo a la retórica separatista no constituye una concesión, sino un reconocimiento implícito de que el proyecto independentista baluchi carece de tracción y de apoyo externo suficiente para prosperar. En su lugar, el grupo adopta el lenguaje de la “oposición nacional”, un disfraz destinado a enmascarar su naturaleza sectaria y su dependencia de patrocinadores extranjeros, con el fin de integrarse de manera más creíble en el ecosistema de presión sobre Irán.
La capacidad de este frente para alcanzar relevancia política más allá de sus ataques es limitada. Su carácter salafista, su historial de violencia contra civiles y militares lo convierte en un actor aislado, útil principalmente como instrumento de desgaste para actores regionales e internacionales que buscan contener a la República Islámica.
La respuesta de Irán, que combina defensa militar, desarrollo interno y diplomacia regional, demuestra una comprensión sofisticada de este desafío de seguridad híbrido. La reinvención de Yeish Al-Adl refleja la presión efectiva ejercida por el Estado iraní, que ha obligado al grupo a buscar un nuevo disfraz para sobrevivir. En este sentido, se puede afirmar que las batallas por la soberanía y la estabilidad se libran no solo en los campos de combate, sino también en los ámbitos de narrativa, identidad y legitimidad. La capacidad persistente de Irán para neutralizar amenazas, defender sus fronteras y promover la estabilidad regional subraya la resiliencia de su proyecto estatal frente a una ingeniería de conflictos que, pese a su nuevo disfraz, mantiene los mismos objetivos desestabilizadores.
