Publicada: viernes, 28 de agosto de 2026 16:34

La “guerra económica” de EE.UU. es, en realidad, un intento desesperado de presionar a Irán que, al igual que ocurrió con la fase militar del conflicto, está abocado al fracaso.

Por Xavier Villar 

Una de las primeras reglas para ser un matón es que las amenazas se tienen que cumplir. Si no se cumplen, todo se reduce a mera palabrería y el estatus de matón se ve degradado al de fanfarrón, al del bocazas que levanta la voz, grita, gesticula y poco más. Es la famosa imagen del perro que ladra pero que no llega a morder nunca.

Algo similar se está viendo estos días con la supuesta “guerra económica” lanzada por Estados Unidos contra Irán.

El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, anunció la última herramienta para lograr lo que, según sus propias palabras, sería la “asfixia económica” de Irán. Las sanciones secundarias —penalizaciones contra países, individuos o entidades que hagan negocios con Irán— están listas para su aplicación.

Sin embargo, evitó deliberadamente mencionar a los principales países que ayudan a Teherán: China y Rusia. Cuando le preguntaron a Bessent por qué amenazar con aplicarlas en lugar de hacerlo directamente, especialmente después de que el presidente Trump advirtiera la semana pasada de una guerra económica “a una escala sin precedentes” si Irán no accede a las exigencias estadounidenses, el secretario del Tesoro respondió con otra pregunta: “¿Por qué iba a querer hacer saltar por los aires el sistema financiero mundial?”.

La situación, según Estados Unidos, es la siguiente: Irán ha sido totalmente derrotado y está desesperado por alcanzar un acuerdo; de hecho, Trump ha anunciado en al menos seis ocasiones distintas que el pacto es inminente. Por otro lado, Irán no ha sido derrotado y se muestra beligerante; por lo tanto, la administración Trump preparó un “día D económico”, un paquete de sanciones cuyo objetivo final es la rendición de la República Islámica. Es decir, estaríamos ante el Irán de Schrödinger: está derrotado y, al mismo tiempo, no sólo no lo está, sino que se muestra beligerante.

Lo único que está claro es que la campaña económica está destinada al fracaso, de la misma manera que lo estuvo la militar. Irán lleva años sometido a medidas coercitivas brutales que, a pesar de todo, no han conseguido el resultado buscado por Washington. Tales castigos tampoco han logrado aislar al país económicamente, pues ni Rusia ni China han respetado las restricciones impuestas por la Casa Blanca. La fanfarronería de Bessent, que aseguró que “nadie está fuera del alcance de las sanciones norteamericanas” cuando le preguntaron específicamente por China, es simplemente un ladrido sin mordisco.

Pekín ha advertido a Washington de que tomará represalias si sus empresas quedan incluidas en cualquier ampliación significativa de las nuevas sanciones secundarias de la Administración Trump. En este sentido, un intento estadounidense de extender agresivamente este régimen punitivo para salpicar al tejido empresarial chino entrañaría el riesgo de provocar contraataques por parte de Pekín, que el año pasado demostró que podía paralizar la industria manufacturera norteamericana gracias a su control de minerales críticos esenciales para la producción de alta tecnología.

Asimismo, es evidente que Pekín está obteniendo enormes beneficios geopolíticos del atolladero en Irán en el que Trump se ha metido por iniciativa propia. Bessent hizo afirmaciones grandilocuentes en el sentido de que se puede aislar a Teherán imponiendo castigos a los países y empresas que hacen negocios con la república. Pero la Administración Trump ya ha impuesto aranceles y otras restricciones a tantos países, con tantos supuestos objetivos, y ha dado marcha atrás tantas veces, que su credibilidad está agotada. A ello se suma que Irán puede obtener de China buena parte de lo que necesita.

La administración Trump sabe mucho más de retórica grandilocuente que de hacerla realidad. Esto no quiere decir que Estados Unidos no pueda infligir daño económico a la población iraní, pero creer que el mandatario conseguirá intimidar a la República Islámica, que ha sobrevivido al asesinato de varios de sus líderes más relevantes, ha soportado meses de intensos bombardeos y ha logrado responder militarmente contra Estados Unidos y sus aliados regionales, es otra quimera. Del mismo modo que es una ilusión pensar que Washington puede bloquear las rutas por las que las mercancías pueden entrar en Irán. Irán tiene 5.800 kilómetros de fronteras terrestres con siete naciones: Afganistán, Irak, Turquía, Pakistán, Turkmenistán, Azerbaiyán y una brevísima frontera de 35 kilómetros con Armenia. Si alguien cree que bloquear estas rutas es mínimamente posible, seguramente se le puedan vender un par de parcelas en la Luna por un módico precio.

El famoso Día D económico es, en realidad, un intento patético de presionar a Teherán que no sólo no funcionará —tal y como ya ha sucedido con la fase militar del conflicto—, sino que además desprende un olor a desesperación. Desde que comenzó la guerra, Estados Unidos demostró ser incapaz tanto de imponer su voluntad a la república como de abrir el estrecho de Ormuz o proteger a sus aliados regionales. El mundo ya no confía en Estados Unidos ni lo teme.

Las opciones, sean militares o económicas, se han agotado, y el único camino que le queda a Estados Unidos es reconocer su derrota y abandonar la región, o continuar insistiendo en su caída, haciéndola aún más dolorosa.

Al final, el famoso lema de campaña de Donald Trump, “Make America great again”, se ha convertido en una ironía tremenda: el papel preponderante de Estados Unidos en el orden mundial está desapareciendo a pasos acelerados.