Los demócratas ganaron el Senado y la Cámara de Representantes, haciéndose con el control del Congreso durante el resto de la presidencia de Donald Trump, quien sale debilitado en lo que claramente ha sido un referéndum sobre su presidencia, por mucho que él insista en negar esa conexión.
La cuestión principal en estas elecciones era saber si los votantes exigirán responsabilidades a los republicanos en todo el país por la agenda de política exterior del presidente, incluidos los aranceles y la guerra contra Irán, dos factores que han encarecido tanto la cesta de la compra como el combustible.
Es evidente que lo han hecho.
En 1992, el equipo de campaña de Bill Clinton acuñó la frase «es la economía, estúpido» como lema de campaña. Los expertos en campañas electorales señalan que los votantes no suelen situar la política exterior entre sus principales preocupaciones; pero en estas elecciones, economía y política exterior, en concreto, la desastrosa guerra contra Irán, se han vuelto la misma cosa.
En este sentido, la fecha clave del segundo mandato de Trump fueron los ataques de febrero de 2026 contra Irán, que pusieron de manifiesto los errores que han penalizado a su partido y, en general, a los ciudadanos estadounidenses.
Trump prometió bajar los precios de la energía. Sin embargo, la guerra contra Irán produjo el resultado contrario y de manera continuada en el tiempo. El barril de petróleo se mantiene por encima de los 100 dólares desde junio, y esto se ha trasladado al conjunto de los precios. Por ejemplo, un precio del diésel de 6,39 dólares por galón supone un coste enorme: según algunas estimaciones, 3.500 dólares al año para un hogar medio.
Este coste económico ya lo recogieron las encuestas a pie de urna: el 62 % de los votantes consideró que la decisión de emprender una acción militar contra Irán fue equivocada. Según varios medios occidentales, como NBC, entre quienes votaron a candidatos demócratas, el 95 % afirmó que fue una decisión equivocada, frente al 22 % de los votantes republicanos; los restantes, en similar proporción (77 %), la respaldaron.
En términos generales, el 74 % de los votantes señaló que la guerra fue una cuestión «crucial» o un «factor importante» a la hora de decidir su voto.
El propio Trump, en una entrevista con Fox News la misma noche de las elecciones, reconoció que la guerra contra Irán y sus consecuencias económicas, entre ellas el aumento del precio de la gasolina, influyeron en la derrota de los republicanos.
La guerra contra Irán se convirtió en un boomerang político que terminó golpeando a quienes habían estado alentándola desde el principio. La relación entre el cierre del estrecho de Ormuz, el aumento de los precios mundiales del petróleo y el encarecimiento de la gasolina para los consumidores estadounidenses es difícil de ignorar. Lo que comenzó como un enfrentamiento militar a miles de kilómetros de las costas estadounidenses se ha convertido en un problema económico y político interno. Los estadounidenses pagan más cada vez que repostan y la Administración está pagando un precio político por ello.
Esto es algo que Irán quería conseguir: demostrar a la Administración Trump que la ilusión colonial de librar una guerra sin consecuencias económicas y políticas no era posible. Los resultados electorales le han dado la razón.
Ahora bien: en cualquier escenario racional, todo lo anterior supondría el fin del aventurismo estadounidense en Irán y en la región. Trump y su Administración comprenderían que la guerra ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad estadounidense ante las interrupciones del suministro energético en el Golfo Pérsico, y lo más sensato, desde Washington, sería abandonar definitivamente la región y no volver más.
Pero el problema es que los Estados Unidos no son una articulación política racional. Todo apunta a que el «pato cojo», el dirigente que conserva el cargo pero pierde influencia al acercarse el final, no será tal. Sin futuro político por delante, Trump podría optar por una escalada militar total contra Irán en un intento de revertir la derrota.
Pero ¿qué conseguiría con ello, más allá de provocar más sufrimiento, turbulencias económicas y, potencialmente, una rebelión abierta dentro de su propio partido?
La ausencia de racionalidad en la política estadounidense no es patrimonio exclusivo de la Administración Trump. Lo mismo sucedió con Biden y su apoyo inquebrantable a Israel en el genocidio en Palestina.
Los votantes estadounidenses han emitido un veredicto inequívoco: la guerra contra Irán ha sido un desastre económico, político e incluso reputacional. La pregunta es si los políticos serán capaces de entender este mensaje.
Por Xavier Villar
