Por Xavier Villar
El pasado 16 de junio el presidente de los Estados Unidos firmó un memorándum de entendimiento con la República Islámica de Irán. Con un tono triunfalista que intentaba ocultar la magnitud de la derrota, Donald Trump instó a los navíos del mundo a encender sus motores y permitir que el petróleo fluyera de nuevo.
Este epílogo, marcado por la reapertura del estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo naval, representa la constatación empírica del agotamiento estructural de la política exterior estadounidense en la región, desmintiendo cualquier lectura que lo presente como un triunfo de la diplomacia.
Al celebrar un acuerdo con el mismo país que juró erradicar apenas seis meses antes, Washington ha renunciado en silencio a su exigencia inicial de cambio de régimen, revelando la quiebra de un paradigma imperial que creyó poder someter la geografía y la historia mediante la pura coerción militar y la ingeniería social.
Para comprender la magnitud de este fracaso, resulta imperativo diseccionar las bases materiales sobre las que se ha construido la presencia estadounidense en el Golfo Pérsico. Durante décadas, la comprensión occidental de esta masa de agua se ha articulado en torno a una lógica estrictamente extractivista y logística.
El Golfo Pérsico ha sido concebido fundamentalmente como un corredor de tránsito, una autopista marítima diseñada para garantizar el flujo ininterrumpido de hidrocarburos hacia los nodos de consumo del capitalismo global. Por este estrecho circula diariamente cerca del 20% del petróleo global, lo que revela la vulnerabilidad sistémica de una economía dependiente de un único nudo logístico.
Esta visión reduccionista transformó la geografía de la región en un vasto proyecto de ingeniería espacial. En la costa árabe, este imperativo económico se materializó a través de un urbanismo petrolero y logístico sin precedentes. Ciudades enteras, puertos de aguas profundas, islas artificiales y zonas francas fueron erigidas para servir de interfaz eficiente entre la renta del subsuelo y los mercados financieros internacionales, comprimiendo el tiempo y el espacio en favor de la acumulación de capital.
Este dispositivo espacial requirió, a su vez, una arquitectura de seguridad paralela, un urbanismo marcial que se superpuso al paisaje local. Las bases militares estadounidenses, los sistemas de defensa antimisiles y los puertos de aguas profundas para los portaaviones funcionaron como nodos de una red de control destinada a proteger los flujos mercantiles.
La primacía estadounidense en el Golfo Pérsico debía, en teoría, hacer de la región un espacio seguro para la economía mundial. En la práctica, produjo exactamente lo contrario: una arquitectura de seguridad que ha convertido a la región en un objetivo permanente. Las bases militares, las ventas de armas, los regímenes de sanciones, la cooperación en inteligencia y la libertad de acción israelí fueron los pilares centrales de una Pax Americana en Oriente Medio. Sin embargo, en esta guerra, esos mismos pilares transmitieron la violencia a través de toda la región.
Los estados del Golfo Pérsico que inicialmente se opusieron al conflicto, algunos por cálculo propio y conscientes de que una guerra prolongada amenazaría sus propios modelos económicos, fueron golpeados precisamente porque albergaban fuerzas estadounidenses. Un sistema diseñado ostensiblemente para asegurar el Golfo Pérsico ha terminado por convertirlo en un campo de batalla.
Frente a esta concepción mercantil del espacio, la República Islámica ha mantenido una comprensión radicalmente distinta de su entorno. Para Teherán, el litoral norte del Golfo Pérsico trasciende la condición de simple punto de estrangulamiento comercial; se trata de un territorio imbricado con una continuidad civilizacional y una integración socioeconómica profunda.
Esta divergencia ontológica explica la ceguera estratégica de Washington. La ilusión de que el aparato estatal colapsaría ante la presión externa se materializó en la mañana del 28 de febrero. En un vídeo de ocho minutos, Trump anunció el lanzamiento de la Operación Furia Épica, una campaña militar conjunta con la Operación León Rugiente de Israel. Las fuerzas estadounidenses e israelíes golpearon las instalaciones nucleares, sitios de misiles, centros militares e infraestructuras críticas.
En uno de los ataques más devastadores, el líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, fue asesinado junto a otros altos mandos. Mientras caían las bombas, Trump se dirigió a los iraníes para decirles que, cuando terminaran, tomaran su gobierno. El mensaje era inequívoco: América e Israel buscaban el cambio de régimen.
La respuesta iraní fue rápida y devastadora. Misiles balísticos y drones impactaron las bases militares estadounidenses en todo el Golfo Pérsico, mientras Teherán anunciaba el cierre del estrecho de Ormuz. Al instrumentalizar el estrecho, Irán interrumpió el corazón mismo de la logística capitalista global, demostrando que las rutas de suministro pueden ser seccionadas por quienes habitan sus orillas.
El cierre de este nudo energético tensó las cadenas de suministro globales y evidenció que la arquitectura de seguridad estadounidense era vulnerable.
Además, el Líbano fue arrastrado al conflicto con la entrada de Hezbolá, y casi todas las naciones del Golfo Pérsico sintieron el impacto, desestabilizando el frágil urbanismo de seguridad de la costa árabe y revelando los límites físicos de la proyección de poder imperial. Lejos de producir la desintegración institucional que Washington anticipaba, la República Islámica de Irán demostró una resiliencia notable.
Esta reconfiguración fue el resultado material de décadas de inversión en una infraestructura militar y social autónoma. Mientras las potencias lejanas dependen de bases extraterritoriales vulnerables y cadenas de suministro logísticamente frágiles, Irán ha construido un aparato de defensa profundamente enraizado en su propio tejido topográfico y humano.
Bunkers subterráneos, redes de comunicación encriptadas y una doctrina de guerra asimétrica transformaron la geografía montañosa y urbana del país en un dispositivo de contención eficaz. La estructura de mando se redistribuyó a través de una institucionalidad forjada en cuarenta años de resistencia a la coerción imperial. Esta profundidad estratégica demuestra que la soberanía nacional, cuando se materializa en infraestructuras tangibles y redes de solidaridad transnacional, posee una densidad que las potencias hegemónicas, confinadas en sus abstracciones tecnológicas, son incapaces de comprender o destruir.
Durante semanas, la retórica de Washington osciló entre la escalada verbal y la parálisis coercitiva. Tras exigir la rendición incondicional el 6 de marzo, Trump emitió el 22 de marzo su ultimátum más severo sobre las centrales eléctricas. Irán no cedió y, antes de que expirara el plazo, Washington cambió el tono anunciando conversaciones productivas. Este patrón de confrontación seguida de retroceso se repitió durante abril: pausas en los bombardeos, afirmaciones sobre peticiones de alto el fuego iraníes, y mensajes en redes sociales que contrastaban con la realidad de un conflicto que desbordaba su capacidad de gestión operativa. El 7 de abril, cuando Trump anunció que toda una civilización moriría esa noche y decretó el cambio de régimen completo y total, la desconexión entre la retórica maximalista y las posibilidades militares reales alcanzó su límite de coherencia estratégica. Horas después, el anuncio de un alto el fuego bilateral confirmó que Washington había agotado sus opciones coercitivas.
La presión militar continuó de forma intermitente, con nuevas amenazas el 11 de abril, la admisión del fracaso nuclear el 12, y la imposición de un bloqueo naval tras el fracaso de Islamabad, pero la realidad material del conflicto había subordinado ya la retórica a las limitaciones operativas. A lo largo de abril y mayo, las negociaciones se aceleraron. A principios de junio, Trump canceló otro bombardeo planeado. Las negociaciones se habían expandido más allá de la crisis inmediata, centrándose en el acceso marítimo, el futuro nuclear, el alivio de sanciones, la seguridad energética y las garantías a largo plazo sobre Ormuz.
A mediados de junio, se alcanzó el memorándum de entendimiento. El acuerdo buscaba asegurar la libertad de navegación, establecer un marco para el programa nuclear y crear una vía para el alivio de sanciones a cambio de compromisos iraníes. El 16 de junio, Trump celebró la finalización del trato, autorizando la apertura libre de peajes del estrecho y la eliminación inmediata del bloqueo naval. “Barcos del mundo, arranquen motores. ¡Que corra el petróleo!” , ordenó en sus redes sociales. Mientras Trump proclamaba que el acuerdo traería paz y seguridad, un tema había desaparecido silenciosamente de los mensajes públicos de Washington: el cambio de régimen. Comenzó esta crisis alentando el derrocamiento del gobierno, supervisó una campaña militar que asesinó al líder supremo, habló repetidamente de cambiar el régimen y advirtió que el infierno se desataría. Sin embargo, la terminó celebrando un acuerdo con la misma República Islámica que una vez pareció determinado a derrocar.
Este giro trasciende la mera contradicción táctica para manifestar un agotamiento histórico. La política estadounidense en el Golfo Pérsico, basada en la premisa de que la región puede ser gestionada como una gasolinera global y un patio trasero militar mediante la coerción militar, ha tocado su límite. El urbanismo logístico de la costa árabe y la presencia naval masiva ya no pueden garantizar la hegemonía absoluta. Irán, al resistir y forzar una negociación en sus propios términos, ha demostrado que el control de los estrechos y la capacidad de interrumpir los flujos logísticos otorgan una ventaja estratégica decisiva frente a las potencias lejanas.
La relación especial con Israel, que impulsó la Operación León Rugiente y la escalada inicial, se reveló no como un activo estratégico para Washington, sino como una cadena que arrastró a Estados Unidos hacia un conflicto que no podía ganar. La visión colonial que subyacía en la amenaza de borrar una civilización chocó contra la realidad de un estado con una profunda cohesión histórica y capacidad de resistencia.
El petróleo vuelve a fluir, pero el mapa geopolítico ha sido redibujado. Washington se ve obligada a navegar en un Golfo Pérsico que, en su complejidad histórica y espacial, ya no le pertenece. En última instancia, el Golfo Pérsico emerge de este conflicto como un territorio postcolonial en resistencia, desmintiendo la ficción de un espacio pacificado por el imperio, un escenario donde la materialidad de la geografía ha terminado por imponerse sobre las abstracciones del poder militar. La asfixia logística intentada por el imperio se ha convertido en la evidencia de su propia obsolescencia.
