Carlos Mora, un estudiante de escuela secundaria en Florida, apenas puede contener las lágrimas y emociones. Después de todo, está vivo, y esto a pesar de que las balas de una ametralladora volaron por encima de su cabeza.
En el tiroteo registrado en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas de Parkland, en el estado estadounidense de Florida (sureste), el atacante, Nicolas Cruz, de 19 años asesinó a 17 personas. Hasta hoy en custodia policial. Se conoce que tenía inclinaciones fascistas y problemas psicológicos. También, Cruz, dejó a otras 15 personas en estado crítico.
Y si se trata de falta de palabras, precisamente de lo que no se habla -ni en la prensa estadounidense, ni en la hipocresía de los discursos políticos- es el problema de fondo: en lo que va del año 2018, las armas de fuego han acabado con la vida de casi 1900 personas, no obstante, la venta de armas persiste, como pan caliente.
A mis espaldas el cordón policial en el ingreso de esta escuela secundaria, escenario de una masacre ‘innecesaria’, y es que a pesar de la violencia y las víctimas, las armas -millones de ellas- siguen en las calles. Mientras tanto, alguien genera billones de dólares con la producción y venta de estos artilugios de muerte.
Artilugios que producen ganancias equivalentes a mil quinientos millones de dólares, sólo en ventas del mercado interno estadounidense. Cada muerto es gran negocio para los mercaderes de la muerte y sus socios en la política de turno.
Marcelo Sánchez, Parkland (Florida).
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