Según ha informado el Chicago Tribune, Whirl acusado equivocadamente de asesinar a un taxista, Billy Williams, de un disparo en la cabeza, fue ingresado en 1990 en la cárcel por un asesinato del que no era responsable.
Tras su detención, un policía lo torturó con un bastón y un manojo de llaves hasta que confesó. Es más, su pareja testificó que podía escuchar los gritos de dolor desde una habitación que estaba cerca de la sala de interrogatorios.
Durante el juicio, asesorado por sus abogados, el acusado admitió el crimen con el único objetivo de evitar una más que probable condena a muerte. En 1991 fue condenado a 60 años de cárcel, que cumplió en la ciudad de Galesburg.

Con el paso de los años, comenzaron a acumularse denuncias por tortura contra el policía James Pienta, quien interrogó a Whirl.
Tras buscar nuevos abogados en el Exoneration Project, una organización cuya misión es demostrar la inocencia de algunos presos, decidió recurrir su caso.
Después de estudiarlo, un tribunal de apelaciones concluyó que, teniendo en cuenta las condiciones del interrogatorio, Whirl confesó en falso por miedo y que, en consecuencia, no se le podía mantener en prisión por más tiempo.
El único indicio que había de que Whirl fuera el asesino eran sus huellas dactilares en el taxi. Él nunca negó su presencia en el vehículo del asesinado.
Sin embargo, la policía aseguró que Whirl había cometido el crimen por problemas económicos, algo absurdo ya que destacaba por desahogada situación.
Whirl podría pedir un certificado de inocencia, así como presentar una demanda por condena injusta y tortura.
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