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Publicada: miércoles, 10 de diciembre de 2014 13:26
Actualizada: jueves, 10 de diciembre de 2015 9:20

Escrito por: Harry J. Bentham Teniendo en cuenta el apoyo que brinda Estados Unidos a señores de guerra en Ucrania, sus absurdas teorías de la “democratización” parecen completamente condenadas al fracaso. En todas las aulas de Relaciones Internacionales del mundo anglófono, se enseña la teoría de la paz democrática. La teoría sostiene que hay menos probabilidades de que los países democráticos se involucren en las guerras, y considera la instalación de los gobiernos democráticos como una vía hacia la paz y la seguridad en el mundo. Paradójicamente, la teoría se usa con mayor frecuencia para justificar las guerras que para poner fin a ellas. La teoría de la paz democrática, es uno de los pilares de la retórica subyacente detrás del compromiso de EE. UU. para la “democratización” de las zonas del mundo que están azotadas por el conflicto, especialmente en Oriente Medio y la ex Unión Soviética. En estas regiones, EE. UU. suministra armas a dictaduras que falsamente etiqueta como “abanderados de la democracia”, intentando de este modo derrocar los gobiernos que fueron elegidos de forma democrática por las naciones de estos países. Lanzando acusaciones infundadas de que los gobernantes verdaderamente electos de estos países están yendo hacia la autocracia, EE. UU. continúa su camino en una pendiente resbaladiza de su propia cosecha, nutriendo algunas de las dictaduras militares más sórdidos del mundo. Es sorprendente que alguien, fijándose en esta actitud, pueda ser realmente convencido por su razonamiento. En Ucrania, EE. UU. ha demostrado su hipocresía más claramente que en cualquier otra situación en la cual ha intervenido. La razón inicial para la participación en el conflicto de Ucrania era otra vez la “democratización”. Acusando al presidente democráticamente elegido del país, Víctor Yanukovich de caer en la autocracia, EE. UU. intervino a favor de las violentas protestas para derrocar a este gobierno en nombre de la democracia guiada por el país norteamericano. Sin embargo, teniendo todas estas teorías acerca de la democratización, tenemos que ver lo que EE. UU. ha hecho a Ucrania. Ahora, tenemos una buena parte del país en un estado de insurrección contra el gobierno central y una dictadura militar que usa tanques, fósforo blanco y bombas de racimo contra su propio pueblo. La “democratización” de Ucrania, programada por EE. UU., ha fallado. De hecho, sus logros han resultado ser todo lo contrario de los valores que el país norteamericano alegaba estar propagando. En lugar de las elecciones válidas, tenemos una absurda dictadura establecida en Kiev con la ayuda militar extranjera, que busca desesperadamente silenciar a los críticos, reprimir a cualquier oposición política, y prohibir todos los partidos de la oposición. Tales acciones construyen una verdadera pendiente resbaladiza hacia la autocracia, peor que cualquier cosa de la que Estados Unidos acusó al régimen anterior. En Ucrania, EE. UU. ha dado un giro de 180 grados en su postura; de apoyo a la democracia ha llegado a justificar la dictadura militar. Este cambio de postura, es la mejor muestra de que lo que preocupa a EE. UU. no es ni la democracia ni la libertad sino la instalación de los fuertes sistemas dictatoriales que garanticen su dominio militar en cada región. Si lo mejor que miles de millones de dólares asignados para el proceso de la “democratización” de Ucrania puede producir es una dictadura, es difícil ver cómo alguien podría aceptar teorías liberales de la política exterior que justifican esta dictadura. A pesar toda su palabrería sobre la democracia y la estabilidad, la alianza de la OTAN, liderada por EE. UU., optando por la protección de los gobernantes despóticos y la presencia de su Ejército, no está dispuesta a respetar ningún principio ni siquiera en Europa. Sólo miren con qué rapidez EE. UU. cambia su opinión acerca de los gobiernos democráticos y los dictadores. Si es el país norteamericano el que ha puesto la dictadura al poder, califica el sistema del país de una democracia. Sin embargo, si el pueblo de un país elige a los líderes que este desaprueba, lo llama una dictadura. Se utiliza siempre razonamientos arbitrarios, para sugerir que la dictadura apoyada por EE. UU. está en camino hacia la democracia, o el gobierno elegido por el pueblo está en una pendiente resbaladiza hacia la autocracia. En ciertos casos, EE. UU. insiste in que los gobernantes democráticamente elegidos dimitan o sean eliminados a causa de su supuesta autocracia. Mientras tanto el mismo, defiende a dictaduras mucho más explícitas en todo el mundo e insiste en que son necesarios. Un régimen que se aferra a su poderío militar y su capacidad de sancionar, amenazar y chantajear a otros Estados no tiene principios. El sistemático negativo del Gobierno de EE. UU. ante la necesidad de respetar los principios, su inclinación a romper sus promesas y eludir los valores y las garantías de la paz que dice defender, muestran la verdadera cara de un régimen que sólo puede sobrevivir teniendo a todo el mundo bajo su yugo. Incluso últimamente, como las protestas y los disturbios de los últimos días demuestran, el pueblo estadounidense está acusando al gobierno de ir hacia la autocracia y establecimiento de Estado policial. Y ahora, ¿el mundo debe ser sermoneado sobre las leyes, los principios y los derechos humanos por un régimen que carece incluso de los aspectos más básicos de la legitimidad democrática en su propio territorio? ¿Acaso esta banda de matones, asesinos y dictadores que se hacen llamar “la única superpotencia del mundo” es la que quiere darnos lecciones acerca de nuestra “seguridad”? La teoría de la paz democrática ha colapsado porque no tiene ningún mérito académico. La teoría no es democrática ni pacífica, hasta podemos decir que ni siquiera es una “teoría” válida en el campo de Relaciones Internacionales. Es un paquete de propaganda, diseñado para justificar, en las llamadas fuentes de noticias, las guerras y los golpes de estado liderados por EE. UU. en todo el mundo con los que el país norteamericano ha puesto al poder a una nueva ola de dictadores apoyados por los militares desde El Cairo hasta Kiev. En cada uno de estos casos, EE. UU. cantó una canción sin sentido sobre la democracia antes de cambiar de tono para hablar de la soberanía, el reconocimiento internacional y el apoyo militar de la dictadura. Hay innumerables críticas sobre la llamada teoría de la paz democrática, aunque ninguno de ellos puede competir con el evidente fracaso sufrido por los partidarios de esta en los últimos años. En todo el mundo, la paz democrática y los modelos liberales de desarrollo no son sino una personificación de lo que Kipling llamó “La carga del hombre blanco”; las obvias connotaciones racistas disimuladamente vestidas con ropas de nuevas políticas. Los franceses también llamaron a esto la misión civilizadora. No importa si se hace en nombre de la expansión del cristianismo o en el de un ídolo más moderno: la “democracia”, sigue siendo tan peligroso, arrogante y desestabilizadora como sus traicioneros orígenes racistas. Y no importa su pretexto, el imperialismo cultural no exporta paz a orillas de nadie, sino la guerra. La idea de que los movimientos militares y la agresión de EE. UU. por la “democracia” restauren la seguridad es la gran mentira de nuestro tiempo. Es la única que debe ser severamente desafiada al mismo tiempo que se revisan las estructuras actuales del conocimiento. La retórica del poder y la supremacía cultural deben ser derrocadas, para que podamos ser libres para conseguir al fin la comprensión intercultural y la paz entre las civilizaciones. Ymc Harry J. Bentham es un especialista británico en asuntos políticos. En la actualidad, es parte del consejo asesor de laboratorio de ideas, Lifeboat Foundation. Sus obras se pueden encontrar en las editoriales en línea como el boletín radical, Dissident Voice, transhumanist y h + Magazine. Su obra, que ha sido acogida favorablemente por los lectores, resalta las desigualdades económicas en el mundo y los beneficios de los cambios sociales impulsados por la tecnología.