Por: Xavier Villar
La guerra de Irán ha vuelto a servir de recordatorio de que lo que sucede en Asia Oriental, Meridional o en Rusia afecta a Europa y Estados Unidos de una manera mucho más profunda de lo que occidentales y estadounidenses desearían admitir, especialmente porque ahora perciben que, en algunos aspectos importantes, estas influencias escapan a su control.
Esto pone de manifiesto que este no va a ser el siglo de Occidente, como lo fueron los tres o cuatrocientos años anteriores.
Como apunta el politólogo Charles Kupchan: “El próximo mundo difícilmente será el primero en el que distintas grandes potencias operen de acuerdo con concepciones diferentes del orden. Pero, debido al surgimiento de la interdependencia global, será la primera vez que un conjunto tan diverso de órdenes interactúe entre sí de manera intensa y continua”.
En esta interdependencia surge la centralidad de Eurasia. Como explica Bruno Maçães en su obra The Dawn of Eurasia: “Eurasia resulta ser la mayor masa continental de la Tierra, el lugar donde se desarrollaron la mayoría de las grandes civilizaciones de la historia de la humanidad, donde estas dispusieron tanto del espacio necesario para desarrollar formas autónomas como de una continuidad geográfica que las obligó a entrar en contacto y competir por el poder”.
Por supuesto, este espacio político, que se extiende desde los mares Báltico y Negro hasta el mar de China Meridional y el Pacífico occidental, y hasta el Ártico y el océano Índico, no está organizado. Existen distintos proyectos y diferentes ideas, y ya hay actores activos en la tarea de ordenarlo, pero no existe un orden político único que abarque Europa y Asia. De hecho, fue el desmoronamiento de la hegemonía europea lo que dio lugar al desorden actual, al tiempo que abría el camino hacia una perspectiva más unificada: la de un nuevo supercontinente.
Pero este supercontinente no es una masa geográfica pasiva, un contenedor estático ni una superficie plana sobre la que suceden las cosas; es un producto continuo, performativo y relacional de las interacciones sociales y las prácticas materiales en curso. Esto es fundamental para entender que en este espacio desorganizado se encuentran numerosos proyectos de infraestructura compitiendo entre sí. Estos no constituyen un simple telón de fondo imparcial, sino una fuerza fundamental que produce territorio.
Los corredores que atraviesan Eurasia, esa red de ferrocarriles, puertos, centros logísticos, cables de fibra óptica, oleoductos, gasoductos y sistemas energéticos, son «proyectos espaciales» que encarnan determinadas lógicas políticas, económicas e ideológicas.
La política de las infraestructuras constituye, en realidad, una capacidad de moldear la movilidad, determinando quién y qué puede desplazarse, y bajo qué condiciones. El control de las infraestructuras implica el control de la circulación, lo que a su vez determina las jerarquías globales de inclusión y exclusión. Aplicado a Eurasia, la construcción de ferrocarriles transcontinentales y redes digitales refleja la política material del control espacial. Estos proyectos posibilitan el desarrollo, pero al mismo tiempo generan relaciones de dependencia, lo que se denomina “entrelazamientos infraestructurales”. Conectan economías y sociedades, pero instauran jerarquías. Al analizar el comportamiento de los Estados a través del prisma de la geopolítica de los corredores, se puede rastrear cómo la conectividad configura la gobernanza global y define la lógica del espacio en el siglo XXI.
Hoy, el paisaje infraestructural de Eurasia está definido por corredores superpuestos, cada uno bajo la influencia de una gran potencia y cada uno incorporando una determinada visión de la conectividad. La Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) de China, el Global Gateway de la UE, el Corredor India-Oriente Medio-Europa (IMEC) y el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC) —puesto en marcha en el año 2000 por Rusia, India e Irán— configuran en conjunto esta nueva lógica. Todos estos proyectos reflejan diferentes sistemas de valores y motivaciones; no son neutrales, sino que responden a cálculos estratégicos que influyen en las dinámicas de poder, la seguridad y el acceso.
¿Cuál es el papel de Irán en este espacio? Esta es una cuestión fundamental para el futuro a medio y largo plazo de la República Islámica, porque la mera centralidad geográfica, indudable en este caso, no es suficiente para garantizar la integración en estos proyectos. El mapa es importante, pero no basta para asegurar que Irán mantenga esa relevancia estratégica.
Irán se enfrenta al siguiente problema: la dinámica estratégica de la última década ha estado marcada por la construcción de al menos seis corredores que eluden su territorio. Pero este análisis, sin dejar de ser cierto, necesita tener en cuenta la situación actual en el contexto post-guerra.
La mayor parte de esas rutas alternativas que buscaban evitar a Irán se diseñaron pensando en un Irán debilitado, algo que no se ha producido. Irán salió del conflicto convertido en uno de los núcleos centrales regionales y, por lo tanto, todo parece indicar que las redes logísticas globales terminarán adaptándose a su nueva centralidad.
Hay que recordar que los corredores, y en general toda la conectividad en Eurasia, necesitan un entorno de estabilidad para operar; e Irán ha dejado claro que si su seguridad está cuestionada, lo estará la de toda la región.
