Por Mohammad Molaei
En la tarde del 28 de febrero, mientras las primeras nubes oscuras de la agresión militar conjunta israelí-estadounidense se cernían sobre Irán, un polideportivo de la pequeña ciudad sureña de Lamerd —un lugar que alguna vez resonó con el chirrido de las zapatillas y la emoción de la competencia— se transformó en el escenario de una carnicería indescriptible.
Dos misiles estadounidenses de ataque de precisión (PrSM, por sus siglas en inglés), de la variante Incremento Uno y equipados con ojivas de fragmentación, atravesaron el recinto mientras un equipo femenino de voleibol entrenaba en su interior. El ataque, deliberado y atroz, segó numerosas vidas civiles, entre ellas las de decenas de niños, y dejó a muchas más personas heridas y mutiladas.
En un sombrío paralelismo con el ataque previo contra la escuela primaria Shayare Tayebe, en Minab, la maquinaria de guerra estadounidense se negó inicialmente a reconocer su responsabilidad en ambos incidentes, debido a la enorme indignación internacional que suscitaron, especialmente el ocurrido en Minab. En su lugar, funcionarios estadounidenses llegaron incluso a atribuir formal y cínicamente AMBAS tragedias a un supuesto fallo de un misil de crucero iraní Hoveyze, en un descarado intento de eximirse de otro crimen de guerra imperdonable.
La versión oficial de Estados Unidos atribuyó las muertes de civiles en Lamerd a un misil de crucero iraní Hoveyze —derivado del KH-55— que no guarda semejanza alguna con un PrSM estadounidense, pues difiere de manera fundamental en su diseño, trayectoria de vuelo y perfil de descenso terminal.
Esa afirmación resultó particularmente extraña después de que medios iraníes publicaran imágenes de cámaras de seguridad que mostraban patrones de impacto inequívocamente compatibles con ojivas de fragmentación PrSM, junto con secuencias que evidenciaban el descenso de un proyectil balístico de una forma completamente característica de ese sistema de armas estadounidense.
Identificar el probable punto de lanzamiento de este y otros ataques similares fue una cuestión de simple deducción. Estados Unidos emplea el sistema de lanzamiento múltiple de cohetes M270 MLRS, sobre orugas, y el sistema M142 HIMARS, sobre ruedas, para desplegar dos familias distintas de misiles balísticos tácticos de corto alcance: el más reciente PrSM y el veterano MGM-140 ATACMS (Sistemas de Misiles Tácticos del Ejército), con alcances máximos de 500 y 300 kilómetros, respectivamente.
Dado el alcance limitado de estos sistemas y la considerable amenaza operativa que representan para ellos los grupos de resistencia aliados de Irán en Irak, se hizo cada vez más evidente que las monarquías árabes del Golfo Pérsico habían consentido que las fuerzas estadounidenses utilizaran su territorio como plataforma de lanzamiento para la agresión contra Irán y su población civil.
Responsabilidad por los ataques
En las semanas posteriores a la primera oleada de agresión militar estadounidense-israelí contra Irán, se acumuló un importante volumen de pruebas de fuentes abiertas que permitió reconstruir con razonable grado de confianza la arquitectura operativa detrás de los ataques.
Imágenes satelitales analizadas por investigadores independientes, restos de municiones documentados por medios iraníes y corroborados por analistas externos, así como datos de trayectorias de vuelo obtenidos de fuentes públicas de seguimiento, apuntan de forma conjunta a posiciones avanzadas de lanzamiento en Kuwait y Baréin como origen de una serie de ataques con misiles balísticos contra territorio iraní.
Los ATACMS y los PrSM, de mayor alcance, no son misiles de crucero ni municiones lanzadas desde aeronaves. Se trata de sistemas balísticos de lanzamiento terrestre que requieren una infraestructura fija o semipermanente considerable, logística previamente desplegada y plena cooperación del país anfitrión o, como mínimo, su aquiescencia tácita.
En la práctica, este esquema va mucho más allá de conceder derechos de sobrevuelo a aeronaves estadounidenses. El despliegue de regimientos de artillería estadounidenses equipados con misiles balísticos de corto alcance en suelo kuwaití y bareiní no es circunstancial, sino estructural. Ese armamento no habría tenido otro propósito que atacar territorio iraní.
En el plano diplomático, Teherán transmitió a Manama y Kuwait una exigencia explícita y con plazo definido: dejar de facilitar la guerra de agresión, expulsar a las fuerzas militares estadounidenses y sus medios o afrontar las consecuencias.
La respuesta inicial de Baréin y Kuwait fue, en una palabra, el silencio, interrumpido únicamente por declaraciones protocolarias reafirmando sus compromisos de alianza, mientras evitaban confirmar o desmentir los detalles operativos que las pruebas de fuentes abiertas ya habían establecido.
No fue una postura neutral, sino una decisión consciente y controvertida de tomar partido en una guerra en curso, con las consecuencias inevitables que ello implica.
La negación y lo que vino después
Tanto Kuwait como Baréin se apresuraron a desmentir las informaciones. Los comunicados oficiales emitidos desde Kuwait y Manama calificaron las pruebas de fuentes abiertas de fabricadas o erróneamente atribuidas; funcionarios kuwaitíes llegaron a sostener que las imágenes satelitales y la documentación sobre los restos de municiones formaban parte de una operación iraní de desinformación.
Las autoridades bareiníes, por su parte, se negaron a comentar detalles operativos concretos alegando motivos de seguridad.
Las negativas fueron categóricas, pero no sobrevivieron al fin de las hostilidades activas.
En las semanas posteriores al cese de la fase inicial de los combates, surgió un panorama probatorio mucho más completo que situó a Kuwait en el epicentro de la campaña de misiles balísticos contra Irán.
El Comando Central de Estados Unidos (Centcom) publicó imágenes desclasificadas de los ataques que confirmaban operaciones con misiles balísticos lanzados desde tierra. Analistas independientes cotejaron esas imágenes con referencias geográficas compatibles con territorio kuwaití.
La publicación, presentada por funcionarios estadounidenses como una demostración de eficacia operativa, produjo un efecto secundario no deseado: contradecir directamente las negativas categóricas emitidas por Kuwait.
Más comprometedor aún fue el hallazgo posterior de contenedores vacíos de misiles ATACMS en el desierto kuwaití, una prueba física que ningún comunicado oficial podía explicar de forma convincente.
Esos contenedores confirmaban no solo la presencia de los sistemas de lanzamiento, sino también la magnitud e intensidad de su utilización operativa.
Kuwait como centro operativo
Con la reanudación de las operaciones militares activas en las últimas semanas, tras los intentos estadounidenses de establecer un corredor marítimo ilegal en el sector omaní del estrecho de Ormuz, en abierta violación del memorando de entendimiento firmado entre ambas partes, el papel de Kuwait se ha intensificado considerablemente.
La frecuencia de los lanzamientos de misiles balísticos desde territorio kuwaití ha aumentado de forma notable, un patrón plenamente coherente con los informes occidentales que indican que las reservas estadounidenses de misiles PrSM prácticamente se han agotado.
Con la disponibilidad de los PrSM severamente restringida, el peso operativo de los ataques balísticos estadounidenses ha recaído por completo sobre la plataforma más antigua ATACMS, y Kuwait ha emergido como el principal centro de lanzamiento para esa capacidad.
La lógica geográfica resulta evidente. La proximidad de Kuwait al oeste de Irán, y particularmente a la provincia meridional de Juzestán, lo convierte en la posición avanzada más eficiente para atacar la infraestructura militar, económica y energética concentrada en esa región.
Juzestán alberga una parte sustancial de la producción petrolera, la capacidad de refinación y la industria petroquímica de Irán, razón por la cual se ha convertido en uno de los principales focos de la agresión militar estadounidense.
El volumen de lanzamientos procedentes de Kuwait refleja esa prioridad estratégica con absoluta claridad.
Las luces que los incriminan
Las monarquías árabes del Golfo Pérsico han hecho todo lo posible por impedir que sus ciudadanos documenten la actividad militar, imponiendo restricciones en las redes sociales y medidas punitivas para limitar la difusión de imágenes que pudieran poner en entredicho sus desmentidos oficiales.
Sin embargo, esos esfuerzos han resultado cada vez menos eficaces.
A medida que la guerra se ha prolongado, ha surgido desde Kuwait un flujo constante y creciente de vídeos y fotografías tomados por residentes que documentan lanzamientos de misiles balísticos con una frecuencia prácticamente nocturna.
Las imágenes, que muestran las estelas de los misiles elevándose sobre Kuwait y dirigiéndose hacia el noreste, atravesando o bordeando el espacio aéreo iraquí antes de continuar hacia territorio iraní, circulan ampliamente en plataformas como Telegram.
Múltiples fotografías y vídeos captados desde distintos puntos de observación confirman las trayectorias de vuelo, la frecuencia de los lanzamientos y la inconfundible firma de sistemas balísticos de lanzamiento terrestre operando desde suelo kuwaití.
Los lanzamientos nocturnos se han convertido, en un sentido sombrío, en una cuestión de dominio público, documentados por ciudadanos kuwaitíes e iraquíes cuyos teléfonos móviles han captado aquello que los gobiernos continúan negando oficialmente.
La brecha entre la versión oficial y la realidad visible se ha ampliado hasta el punto de que esa negación funciona menos como una postura creíble que como una ficción formal mantenida por todas las partes por conveniencia diplomática.
El historial de represalias iraníes
Irán no ha permanecido pasivo ante esta campaña.
En las semanas posteriores a la intensificación de los lanzamientos desde territorio kuwaití, las fuerzas iraníes han llevado a cabo ataques de represalia contra la infraestructura avanzada de lanzamiento utilizada por las fuerzas militares estadounidenses.
El creciente conjunto de pruebas reunidas a partir de imágenes de fuentes abiertas presenta un llamativo patrón visual consistente en lo que parecen ser grandes explosiones secundarias tras el impacto inicial, caracterizadas por el intenso y rápido perfil de combustión propio del combustible sólido para misiles.
Las detonaciones secundarias visibles en los vídeos difundidos no son compatibles con depósitos convencionales de municiones, pero sí con la ignición de combustible sólido para cohetes —del tipo utilizado por los ATACMS— procedente de lanzadores ya abastecidos o de misiles almacenados a la espera de su despliegue.
En varias grabaciones se observan incendios persistentes tras el impacto inicial, con la característica columna de llamas blanco-anaranjadas producida por la combustión del propelente, lo que distingue claramente estos episodios del humo negro típico de incendios de combustible o de explosivos convencionales.
Supervivencia y los límites del alineamiento
Los Estados pequeños toman decisiones difíciles bajo presión, atrapados entre las exigencias operativas de un poderoso aliado y las legítimas preocupaciones de seguridad de un gran vecino.
Los expertos reconocen que las limitaciones a la soberanía de Baréin y Kuwait, derivadas de su profunda dependencia de Estados Unidos, son reales y sustanciales.
Pero insisten en que reconocer esas limitaciones no equivale a eximirlos de responsabilidad.
Los gobiernos tienen una obligación hacia sus poblaciones que está por encima de las lealtades de alianza: evaluar, sin ilusiones, los riesgos que generan sus decisiones.
La postura actual de los Estados del Golfo Pérsico que albergan bases militares estadounidenses y sirven como plataforma para operaciones con misiles balísticos contra Irán resulta profundamente problemática.
Según diversos analistas, refleja una combinación peligrosa de dependencia estructural, inercia institucional y una grave subestimación de la indignación, la determinación y la capacidad militar de Irán.
Como señaló un experto militar al sitio web de Press TV, estos microestados no están en condiciones de soportar las consecuencias de una campaña sostenida de represalias iraníes.
“Su reducido territorio, la concentración de sus infraestructuras y su limitada profundidad estratégica los hacen extraordinariamente vulnerables de una manera que no ocurre con su gran aliado. Al apostar su supervivencia nacional a la suposición de que las líneas rojas de Irán son meras amenazas vacías y de que la protección estadounidense será eterna, están haciendo una apuesta extraordinariamente equivocada, una que la historia rara vez ha recompensado”.
Texto recogido de un art'iculo publicado en Press TV
