Publicada: domingo, 28 de junio de 2026 23:27

El objetivo estadounidense de imponer el “enriquecimiento cero” a Irán terminó sin resultados tras años de presión militar, económica y política.

Por el equipo de la página web de Press TV

Durante años, Estados Unidos y el régimen israelí insistieron en que cualquier acuerdo definitivo con la República Islámica de Irán debía poner fin de manera efectiva a su capacidad de enriquecimiento de uranio.

Esta exigencia fue presentada en todo momento como una línea roja inamovible que no admitía concesiones.

El proyecto de “enriquecimiento cero” —el objetivo estratégico de privar a Irán de su soberanía nuclear— fue perseguido mediante todos los instrumentos de coerción disponibles: severas sanciones económicas, incesantes amenazas militares, operaciones abiertas y encubiertas de sabotaje, una presión política constante y, finalmente, el recurso a la opción militar a gran escala.

Durante las negociaciones que desembocaron en el acuerdo nuclear de 2015 entre Irán y el Grupo 5+1, Teherán aceptó limitar el enriquecimiento de uranio al mínimo indispensable, una concesión que demostraba su disposición a comprometerse con la vía diplomática.

Sin embargo, ni siquiera eso bastó para persuadir a Washington de cumplir sus propios compromisos en virtud del pacto multilateral. Estados Unidos se retiró unilateralmente del acuerdo, restableció sanciones asfixiantes y demostró que su hostilidad hacia Irán nunca fue realmente objeto de negociación.

En febrero de este año, Estados Unidos y su aliado sionista lanzaron una agresión militar a gran escala contra la República Islámica, concebida para completar la tarea inconclusa: la destrucción total del programa nuclear iraní.

Aquella ofensiva constituyó la continuación premeditada de la agresión llevada a cabo en junio del año anterior, cuando tres importantes instalaciones nucleares iraníes fueron bombardeadas por la maquinaria bélica estadounidense en un intento de asestar un golpe mortal a la infraestructura nuclear del país.

Pero cuando también se agotó la opción militar, la posición de Irán emergió más sólida que nunca. Todo el arsenal del enemigo fue desplegado y terminó siendo derrotado. La guerra a gran escala, que se prolongó durante casi 40 días, fracasó en su objetivo de destruir las capacidades nucleares iraníes.

El fracaso de la opción militar —el recurso definitivo del agresor— confirmó lo que Irán siempre había sostenido: sus derechos nucleares no son negociables, su capacidad de resistencia es inquebrantable y su soberanía no está en venta a ningún precio.

El arsenal del fracaso: cómo se probaron y fracasaron todas las herramientas

La campaña hostil contra el programa nuclear iraní fue amplia en su alcance e implacable en su ejecución. Las sanciones económicas, endurecidas sistemáticamente a lo largo de los años, fueron diseñadas para estrangular la economía iraní y forzar la sumisión del país.

Causaron dificultades, pero nunca quebraron la voluntad nacional. Las amenazas de acción militar, repetidas con una regularidad casi teatral, pretendían intimidar a Irán. Lo único que lograron fue reforzar su determinación de seguir adelante.

Las operaciones de sabotaje, incluidos los ciberataques y los asesinatos de científicos nucleares iraníes, buscaban paralizar el programa desde dentro. Provocaron daños, pero no pudieron detener su avance.

La presión política, ejercida a través de instituciones internacionales y mediante el aislamiento diplomático, intentó deslegitimar los derechos nucleares de Irán. Tampoco consiguió alterar la realidad fundamental de sus capacidades.

Cuando todas estas herramientas resultaron insuficientes, Estados Unidos e Israel recurrieron al instrumento de coerción definitivo: una guerra total y no provocada.

La opción militar en toda su magnitud, destinada a obligar a Irán a capitular, fue desplegada con una fuerza devastadora. Sin embargo, incluso esta última apuesta fracasó en la consecución de su principal objetivo político. La capacidad iraní de enriquecimiento sobrevivió y continúa desarrollándose.

La infraestructura nuclear iraní permaneció intacta. Precisamente la capacidad que el enemigo pretendía eliminar fue preservada, fortalecida y convertida en una realidad incuestionable.

El punto de inflexión estratégico: del “enriquecimiento cero” a la aceptación

Al aceptar el memorando de entendimiento que puso fin a la guerra, el enemigo abandonó de hecho su histórica exigencia de “enriquecimiento cero”.

No se trató de una concesión voluntaria, sino de una admisión impuesta por la realidad estratégica tras la guerra de 40 días y sus consecuencias inmediatas. La otra parte pasó de exigir la rendición nuclear de Irán a aceptar las capacidades nucleares iraníes como un hecho consumado. Esto representa una ganancia estratégica de enorme trascendencia para Irán.

Conviene considerar lo que esto significa. Durante años, la exigencia central de Estados Unidos y del régimen israelí —aquella de la que dependían todas las demás— fue la eliminación completa de la capacidad iraní de enriquecimiento.

Ese era el objetivo irrenunciable, la línea roja que no podía cruzarse.

Todas las sanciones, amenazas, actos de sabotaje y ataques militares estuvieron dirigidos, en última instancia, a alcanzar ese único objetivo. La opción militar, el instrumento de coerción más extremo disponible, no logró aquello que las sanciones y las amenazas habían sido incapaces de conseguir.

Una vez que también se recurrió a la guerra y esta fracasó, la posición de Irán se volvió inexpugnable, y al enemigo no le quedó otra alternativa que abandonar una empresa estéril.

El memorando de entendimiento representa, entre otras cosas, el reconocimiento por parte del adversario de la realidad nuclear iraní. La firma estampada en ese documento constituye una admisión implícita de que el proyecto de “enriquecimiento cero” ha muerto, pues produjo exactamente cero resultados.

El camino por delante: negociar desde una posición de fuerza

Las futuras negociaciones deben basarse en esta realidad incuestionable. La capacidad iraní de enriquecimiento permanece intacta, no ha sufrido menoscabo y es cada vez más sofisticada. La otra parte ya no puede negociar desde una posición de negación.

No puede seguir fingiendo que el programa nuclear iraní es una anomalía temporal susceptible de revertirse mediante la presión. Tampoco puede asumir que la próxima amenaza, la próxima sanción o el próximo ataque militar lograrán finalmente lo que todos los intentos anteriores no consiguieron.

Irán, por el contrario, negocia desde una posición de fuerza demostrada. La preservación y protección de su capacidad de enriquecimiento no es fruto de maniobras diplomáticas, sino una realidad consolidada a través de años de resistencia y confirmada por el fracaso de la guerra.

Esto no significa que las futuras negociaciones estén exentas de desafíos. Pero esos desafíos deberán abordarse sobre la base del reconocimiento mutuo. La otra parte ha aprendido —o debería haber aprendido— que Irán no puede ser obligado a renunciar a sus derechos nucleares.

 

El fracaso integral de la coerción

El mensaje es claro y categórico. Fracasaron las sanciones, fracasaron las amenazas, fracasaron los actos de sabotaje, fracasó la campaña de asesinatos y fracasó la guerra total impuesta al país en su objetivo de destruir el programa nuclear iraní.

El programa nuclear pacífico de Irán sobrevivió a todas las formas de presión, desde el estrangulamiento económico hasta la agresión militar ilegal y no provocada.

Cada uno de los fracasos del enemigo fue significativo por sí mismo. Pero, considerados en conjunto, constituyen un rechazo definitivo de toda la estrategia de “máxima presión. El arsenal del adversario se ha agotado. Se probó cada opción y todos los instrumentos terminaron estrellándose contra la resiliencia del programa nuclear iraní.

El memorando de entendimiento es el documento que registra esta realidad, no porque el enemigo decidiera aceptarla voluntariamente, sino porque no tenía otra alternativa.

El memorando de entendimiento como reconocimiento, no como concesión

El memorando que puso fin a la guerra representa, por tanto, mucho más que un simple arreglo diplomático. Constituye el reconocimiento por parte de la otra parte de la fortaleza de Irán y de la realidad de su programa nuclear, una realidad sustentada en el derecho internacional y en los derechos que corresponden a Irán como Estado signatario del Tratado de No Proliferación (TNP) nuclear.

Esto no implica que el memorando esté exento de desafíos o riesgos. Cualquier acuerdo con un adversario que ha demostrado tal disposición a incumplir sus compromisos debe ser abordado con cautela.

Sin embargo, la importancia estratégica fundamental del memorando radica en lo que reconoce implícitamente: las capacidades nucleares de Irán son irreversibles.

El enemigo se vio obligado a aceptar, aunque de mala gana, que Irán continuará desarrollando su programa nuclear pacífico. La exigencia de «enriquecimiento cero» ha sido abandonada en la práctica.

Las futuras negociaciones deberán reflejar la realidad de que la capacidad iraní de enriquecimiento no es una moneda de cambio susceptible de ser negociada, sino un derecho soberano que ha sido defendido a través de años de esfuerzos incansables y con la sangre sagrada de los mártires.