Publicada: domingo, 28 de junio de 2026 16:44

El sábado, el ejército estadounidense llevó a cabo una nueva serie de ataques aéreos en la provincia de Hormozgán, en el sur de Irán, en otra flagrante violación del memorándum que puso fin a la guerra, lo que se suma a un patrón creciente de perfidia estadounidense que no muestra signos de disminuir.

Análisis del día - 28 de junio de 2026

Por el personal del sitio web de HispanTV

Las repetidas oleadas de agresión militar estadounidense contra territorio iraní en los últimos días han dejado al descubierto varias realidades incómodas que Washington había intentado desesperadamente ocultar bajo la elaborada capa de formalidades diplomáticas y sutilezas procedimentales.

A pesar de la firma de un memorando de entendimiento para poner fin a la guerra entre las más altas autoridades de Irán y Estados Unidos, un acuerdo destinado a cerrar el capítulo de una guerra ilegal y no provocada, lo que realmente se ha materializado sobre el terreno no es más que un frágil alto el fuego que Estados Unidos pretende destruir en pos de sus verdaderos objetivos estratégicos.

Por segunda vez en menos de una semana, Estados Unidos demostró que, incluso después de firmar un memorando de entendimiento vinculante, no alberga un compromiso genuino para respetar sus disposiciones, ya que estas entran en conflicto con sus verdaderas ambiciones hegemónicas.

El patrón es inconfundible, la estrategia transparente y lo que está en juego es mucho mayor de lo que cualquier comunicado diplomático, por muy cuidadosamente elaborado que esté, podría sugerir.

El cálculo de los 22 mil millones de dólares: la negociación de Trump

Todo lo que Trump ha buscado se ha centrado, en última instancia, en la reapertura del estrecho de Ormuz, incluso si lograr ese objetivo significaba permitir que aproximadamente 22 000 millones de dólares en activos iraníes congelados llegaran a Irán, incluidos 12 000 millones de dólares de Catar y aproximadamente 10 000 millones de dólares en ingresos petroleros.

En su opinión, se trata sin duda de un acuerdo favorable para Estados Unidos: facilitar aproximadamente 22 000 millones de dólares en ingresos a Irán a cambio de restablecer la navegación sin restricciones a través del punto de estrangulamiento marítimo más vital del mundo.

El cálculo es frío, transaccional y revelador. Desde la perspectiva del megalómano presidente estadounidense, lograr este objetivo justifica no solo la liberación de 22 mil millones de dólares, que él no considera una suma significativa, sino incluso la violación explícita del acuerdo y los repetidos ataques militares contra territorio iraní.

El objetivo final es obligar a Teherán a elegir entre aceptar la normalización de la agresión militar continua o renunciar a su posición en el estrecho. Por lo tanto, la estrategia de la zanahoria y el palo se ha vuelto inequívocamente evidente.

Es probable que Trump crea que el resultado final de este acuerdo se reduce a solo dos logros:aproximadamente 22 mil millones de dólares en ingresos para Irán y, para Estados Unidos, la restauración del estrecho de Ormuz a su estado anterior a la guerra.

Todo lo demás, incluidas las grandilocuentes promesas de alivio de las sanciones, los compromisos ambiciosas de inversión y reparaciones, y el discurso diplomático sobre la estabilidad regional, no son más que fachada. Trump entiende perfectamente que Irán jamás renunciará a sus derechos nucleares fundamentales, lo que significa que es improbable que se materialice un alivio integral de las sanciones.

Por ese motivo, el acuerdo incluye promesas generalizadas de eliminar todas las categorías de sanciones, incluso aquellas que exceden su propia autoridad legal, a sabiendas de que es poco probable que estas promesas sobrevivan a la realidad política de Washington.

En consecuencia, en su opinión, las cláusulas 7 y 8 del acuerdo son disposiciones secundarias que difícilmente llegarán a implementarse.

Trump también sabe que el régimen sionista no permitirá bajo ninguna circunstancia que Estados Unidos influya en sus decisiones estratégicas, ni Washington ni Tel Aviv aceptarán que Irán obligue al ejército de ocupación israelí a retirarse del sur del Líbano y de los territorios ocupados.

La cuestión de la propuesta de inversión de 300 mil millones de dólares también resulta totalmente clara desde la perspectiva de Trump. Ha declarado abiertamente que Estados Unidos no gastará dinero en dicha inversión (a diferencia de compensaciones o reparaciones), lo que significa que su realización o fracaso le supone poca importancia práctica. Toda la estructura diplomática, desde el punto de vista de Washington, se construyó sobre la base de un engaño calculado.

 

El cálculo estratégico de la guerra: lo que Estados Unidos perdió, lo que Irán ganó

En la Tercera Guerra Impuesta, Estados Unidos no solo fracasó en su intento de lograr algún éxito significativo, sino que además incurrió en costos enormes. Cientos de miles de millones de dólares en gastos militares arrojaron escasos resultados estratégicos. Trump y el asediado Partido Republicano sufrieron una fuerte caída en popularidad.

La credibilidad internacional se esfumó. Se impusieron costos económicos desorbitados a la economía global. La confianza entre los aliados disminuyó. La guerra fallida puso al descubierto la vulnerabilidad militar y el agotamiento estratégico de Estados Unidos, daños que tardarán años en repararse.

Al mismo tiempo, la guerra produjo importantes ventajas estratégicas para Irán. El surgimiento y la consolidación de un Frente de la Resistencia unificado transformaron el equilibrio de poder regional.

Tras el duro golpe de Estado de enero-febrero, resurgió la cohesión nacional y la unidad interna. Se reforzaron las capacidades militares y defensivas en todos los ámbitos. Y lo que es más importante, Irán adquirió la soberanía total sobre el estrecho de Ormuz, un activo estratégico que le había sido esquivo durante décadas.

Durante toda la guerra impuesta, Irán no perdió su material nuclear ni renunció a sus capacidades de misiles y drones. Los mismos recursos que Estados Unidos había intentado eliminar permanecieron intactos, fortalecidos y más formidables que nunca.

El imperativo de las elecciones de mitad de mandato: la búsqueda desesperada de Trump por una victoria

Ante la proximidad de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos en noviembre, Trump necesitaba urgentemente un logro tangible de la guerra que había impuesto ilegalmente contra Irán. Ni la eliminación del material nuclear iraní ni la destrucción de su capacidad misilística eran objetivos alcanzables.

Continuar la guerra solo agravaría la crisis de Estados Unidos. Por consiguiente, el único éxito político alcanzable parecía ser restaurar el estrecho de Ormuz a su estado anterior a la guerra.

Dada la valoración que hacía Washington de la vulnerabilidad económica de Irán debido a las sanciones y la guerra, creía que un incentivo financiero inmediato de más de 20 000 millones de dólares podría persuadir a Irán para que renunciara al control del estrecho.

Este fue el error de cálculo fundamental: la suposición de que la desesperación económica prevalecería sobre la soberanía estratégica.

La jugada omaní: la estrategia de Estados Unidos por la puerta trasera

Ante la insistencia de Irán en ejercer su soberanía sobre el estrecho, Estados Unidos habría presionado a Omán para que estableciera un corredor marítimo alternativo a través del estrecho de Ormuz sin coordinarse con Irán, dando por sentado que Teherán guardaría silencio a cambio de los incentivos financieros.

Washington calculó que Irán al menos toleraría la medida, ya que el corredor atravesaba aguas territoriales omaníes. Según el escenario estadounidense, una vez que este corredor obtuviera reconocimiento formal, podría ampliarse gradualmente hasta que la reapertura del estrecho se convirtiera en un hecho consumado impuesto a Irán.

La estrategia fue cuidadosamente planificada, gradual y diseñada para evitar la confrontación directa, al tiempo que se intentaba erosionar el control legítimo de Irán sobre la vía fluvial.

Desde la perspectiva de Washington, la reacción política inmediata y contundente de Irán ante el anuncio unilateral de Omán probablemente se limitaría a una protesta diplomática.

Estados Unidos calculó, al parecer, que Irán no se arriesgaría a una confrontación militar debido a su urgente necesidad de los recursos financieros descongelados. Partió de la base de que la necesidad económica prevalecería sobre los principios estratégicos y que Teherán aceptaría una erosión simbólica de su soberanía a cambio de una ayuda financiera tangible.

 

La respuesta asimétrica de Irán: Alterando el escenario estadounidense

La acción militar punitiva de Irán contra varios buques, su interceptación y posterior detención, trastocó por completo el panorama estadounidense, para sorpresa de los halcones en Washington.

Estados Unidos, que provocó la respuesta iraní con sus acciones imprudentes, acabó aceptando el riesgo de una nueva agresión militar, en clara violación tanto del texto del acuerdo como del derecho internacional.

Los cálculos estadounidenses fueron fundamentalmente erróneos. Washington asumió que la imperiosa necesidad de Irán de inversión y recursos financieros, sumada a los reiterados reconocimientos oficiales de los problemas económicos y de subsistencia internos, obligaría a Teherán a aceptar con entusiasmo los incentivos inmediatos en lugar de arriesgarse a otra confrontación militar. El razonamiento era lógico, pero no tuvo en cuenta la cultura estratégica de una nación que ha demostrado repetidamente su disposición a soportar dificultades en defensa de su soberanía.

El escenario estadounidense se basaba en la suposición de que Irán priorizaría la ayuda económica sobre la soberanía estratégica. La respuesta de Irán demostró precisamente lo contrario: que la soberanía sobre el estrecho no es una moneda de cambio que se pueda intercambiar por incentivos financieros, sino un derecho nacional fundamental al que no se puede renunciar bajo ninguna circunstancia.

El camino a seguir: la disuasión mediante la firmeza diplomática

Si Estados Unidos continúa con sus ataques provocadores e Irán sigue respondiendo con contundencia a la agresión militar estadounidense y a las reiteradas violaciones del acuerdo para poner fin a la guerra, se prevé que Estados Unidos vuelva a imponer restricciones al libre paso de buques iraníes en aguas internacionales y reanude los actos de piratería marítima.

Tal como están las cosas, la escalada es predecible. Estados Unidos intentará presionar a Irán por todos los medios a su alcance, incluyendo la coerción económica, las amenazas militares y el aislamiento diplomático, como ya lo ha hecho en el pasado.

Por el contrario, si Irán complementa su respuesta militar con un enfoque diplomático aún más firme —por ejemplo, condicionando a que no se celebren negociaciones de ningún tipo, ni siquiera al nivel técnico más bajo, hasta que el régimen sionista se retire por completo del Líbano o al menos comience su retirada—, podría lograr disuadir nuevas agresiones militares estadounidenses y repetidos actos de hostigamiento.

La conexión entre la situación en el Líbano y el estrecho de Ormuz no es casual. Ambos representan aspectos de la estrategia iraní en general. Ceder en uno de ellos envalentonaría al enemigo para presionar por concesiones en el otro.

 

La trampa de los 22 000 millones de dólares y la claridad estratégica de Irán

Si todo el acuerdo para poner fin a la guerra resulta ser una estrategia fundamentalmente engañosa, una estratagema calculada diseñada no para terminar con las hostilidades, sino para arrebatarle a Irán el control del estrecho de Ormuz, entonces Teherán deberá reajustar su enfoque en consecuencia.

En esta interpretación de los hechos, la flexibilización temporal de las exportaciones de petróleo de Irán, la reanudación del comercio marítimo y la liberación de más de 20 000 millones de dólares en activos congelados sirven simplemente como incentivo. Los recurrentes ataques militares contra territorio iraní, lanzados en flagrante violación del acuerdo, constituyen la represalia.

Ambos son componentes inseparables de una misma campaña coercitiva.

Además, ninguno de los demás objetivos declarados en el acuerdo parece alcanzable de forma realista. Es improbable que Washington acepte la plena autonomía nuclear de Irán. Es improbable que se materialice un levantamiento integral de las sanciones. Los cientos de miles de millones de dólares en inversiones prometidos nunca llegarán. E Israel no se verá obligado a retirarse del sur del Líbano ni de los territorios ocupados únicamente mediante llamamientos diplomáticos.

Si estas premisas se confirman, Irán debería concentrar todo el peso de su estrategia —tanto diplomática como militar— en el estrecho de Ormuz. Este es el único tema en el que Irán tiene una influencia innegable, donde la presión estadounidense ha demostrado ser ineficaz y donde una acción decisiva puede neutralizar las sanciones sin esperar a que se levanten formalmente.

La claridad de esta evaluación debería guiar la estrategia iraní. Estados Unidos ha revelado sus intenciones. Los 22 000 millones de dólares nunca fueron un regalo, sino el precio que Washington estaba dispuesto a pagar por el control del estrecho. Los ataques militares son tácticas de presión diseñadas para forzar la sumisión, y los compromisos diplomáticos constituyen una cobertura estratégica para una campaña de coerción.

La reiterada demanda del Líder de la Revolución Islámica de Irán, el ayatolá Seyed Moytaba Jamenei, y las aspiraciones del pueblo iraní se cumplirían mediante una política de soberanía inquebrantable sobre el estrecho.

Al mismo tiempo, los beneficios materiales de dicha política podrían convertirse en una fuente sostenible de fortaleza nacional para la República Islámica de Irán y su resiliente pueblo. Mediante el ejercicio inteligente y decidido de la soberanía sobre el estrecho de Ormuz, muchas sanciones podrían neutralizarse eficazmente sin necesidad de ser levantadas formalmente.

Como siempre aconsejó el Líder mártir, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, el objetivo debe ser neutralizar las sanciones, incluso si el enemigo nunca acepta levantarlas. Esto no es solo un principio estratégico, sino una vía probada hacia la resiliencia.

Irán ha demostrado a lo largo de su historia que puede superar la presión mediante el ingenio, la unidad y un compromiso inquebrantable con sus principios. El estrecho de Ormuz no es una vía fluvial cualquiera, sino la poderosa expresión de la soberanía de Irán, la garantía de su seguridad y el fundamento de su futura prosperidad.

Ninguna agresión militar estadounidense, ningún incentivo financiero ni ningún engaño diplomático cambiarán esa realidad. Estados Unidos haría bien en reconocerlo antes de que sus errores de cálculo tengan consecuencias que no pueda controlar.