Publicada: jueves, 2 de abril de 2026 15:11

El discurso televisado que Donald Trump pronunció el miércoles ante la nación no fue un análisis de la guerra contra Irán. Fue un ejercicio de autoafirmación en el vacío.

Por Xavier Villar

Ante una operación militar sin rumbo claro, sin objetivos estables y con consecuencias económicas que ya empiezan a sentirse en los hogares estadounidenses, el presidente optó por el único recurso disponible cuando la realidad no acompaña: la intensificación retórica. Prometió enviar a Irán “de vuelta a la edad de piedra”. La frase no fue un desliz. Fue un síntoma diagnóstico.

Para quienes han seguido la historia del discurso imperial occidental sobre el mundo no-occidental, la formulación resulta reconocible en su estructura, aunque inusual en su desnudez. Durante décadas, las intervenciones militares de Estados Unidos se presentaron envueltas en el lenguaje de la liberación: llevar la democracia, proteger poblaciones civiles, modernizar sociedades descritas como atrapadas en el pasado. Afganistán fue una operación de rescate. Irak, una misión de estabilización. El vocabulario humanitario funcionaba como dispositivo de legitimación sobre decisiones que respondían a lógicas estratégicas y económicas de naturaleza distinta. Lo que el discurso del miércoles revela es que ese dispositivo ya no se considera necesario. Su abandono no es accidental: es el índice de una frustración que el lenguaje civilizatorio ya no puede contener.

La amenaza de destruir las infraestructuras eléctricas iraníes se presentó sin el habitual envoltorio de preocupación humanitaria. No hubo referencias a la población que sufriría esas consecuencias. No hubo apelación a valores universales. Hubo una aritmética sin mediación: si no hay acuerdo, las plantas eléctricas caen. Esta brutalidad no es una ruptura con la tradición discursiva occidental; es su continuación bajo condiciones en las que la capa de legitimación se ha vuelto operativamente inútil. El lenguaje colonial no desaparece cuando fracasa: se recalibra, y cuando la recalibración humanitaria deja de ser sostenible, regresa a su forma más directa. Lo que muta no es la lógica sino su envoltura.

El repertorio y su momento

Salman Sayyid ha descrito el discurso occidental sobre el mundo islámico como un repertorio que no se repite sino que itera: los mismos tropos reactivados para servir objetivos estratégicos distintos en distintos momentos históricos. Esa iteración no es aleatoria; responde a una gramática de poder que organiza la diferencia cultural en una jerarquía donde lo no-occidental es permanentemente situado como objeto de gestión, tutela o corrección. La idea de que ciertas sociedades “pertenecen a la edad de piedra” —o que deben ser enviadas de regreso a ella— no introduce ninguna novedad conceptual. Actualiza la vieja tesis de que algunas poblaciones habitan un tiempo anacrónico, situadas fuera de la historia que avanza hacia el progreso occidental: un espacio regresivo que contrasta con el tiempo panóptico y lineal de la modernidad occidental. En esa gramática, Irán no es un Estado con una racionalidad estratégica propia; es una anomalía que debe ser corregida, normalizada o, si la corrección falla, destruida.

La diferencia respecto a formulaciones anteriores no es de contenido sino de forma: la violencia epistémica que antes operaba mediante el lenguaje de la tutela y la liberación opera ahora sin esa mediación. Y lo que resulta analíticamente relevante es precisamente el momento en que ese lenguaje reaparece en su forma más descarnada. La retórica de la liberación requiere una narrativa de avance, de progreso visible, de una población que responde según el guión previsto. Cuando ninguno de esos elementos está disponible, el discurso humanitario se vuelve insostenible como instrumento de legitimación. Lo que queda es la amenaza directa: el lenguaje del castigo, la promesa de destrucción presentada no como un medio sino casi como un fin en sí mismo. Trump declaró estar “muy cerca” de “terminar el trabajo” y simultáneamente prometió destruir infraestructuras civiles si no hay rendición. Las dos afirmaciones coexisten sin tensión aparente: ya ganamos y, si no se rinden, los destruiremos. La contradicción no es un error lógico. Es la marca de un poder que ha perdido la capacidad de narrar su propio proceso de forma coherente, y que por eso recurre a los elementos más primarios de su repertorio.

La guerra que no siguió el guión

La operación fue concebida como una intervención de corta duración con efectos rápidos y visibles. Cuatro semanas después, los portaaviones siguen desplegados, las operaciones aéreas continúan, y el objetivo inicial —sea cual fuera exactamente— no se ha alcanzado. Miles de misiles de crucero lanzados, decenas de miles de objetivos declarados. Y sin embargo, Irán sigue operando, sigue controlando el Estrecho de Ormuz bajo sus propias condiciones, sigue generando una incertidumbre en los mercados de seguros y en los flujos de transporte marítimo que ningún despliegue naval ha logrado despejar.

Lo que ha quedado al descubierto es la brecha entre la superioridad militar convencional y la capacidad de producir efectos políticos estables. Irán no ha necesitado ganar en términos convencionales. Le ha bastado con no perder de la manera que Washington esperaba. La estrategia iraní de defensa en mosaico —frecuentemente reducida en los análisis occidentales a un inventario de misiles y drones, desvinculada del marco político que le otorga coherencia— ha demostrado una resiliencia que la doctrina de los centros de gravedad no sabe procesar. Esa doctrina presupone que toda arquitectura de poder tiene un centro cuya destrucción produce el colapso del conjunto. Es una lectura que reproduce, en el plano militar, el mismo sesgo que organiza el discurso político occidental sobre las sociedades no-europeas: la incapacidad de concebir formas de organización que no repliquen la estructura centralizada y jerárquica que el pensamiento occidental considera universal.

La gestión política del conflicto ha revelado además una estructura de toma de decisiones que resulta difícil de calificar de otra manera que como errática. Los objetivos han mutado con una frecuencia que hace imposible evaluar el éxito o el fracaso: primero el cambio de “régimen”, luego descartado, luego proclamado como conseguido “por accidente”. El discurso del miércoles incluyó la afirmación de que ya existe un “nuevo régimen” en Teherán con el que Washington está en contacto, seguida de la amenaza de destruir sus infraestructuras si no hay acuerdo. La incoherencia no es retórica: refleja una incapacidad real para definir qué resultado político se persigue y por qué medios podría alcanzarse.

Las relaciones con los aliados han sufrido un deterioro que trasciende este conflicto. Las negativas europeas a participar en el aseguramiento del Estrecho de Ormuz generaron la amenaza más explícita pronunciada jamás por un alto funcionario estadounidense contra la propia existencia de la Alianza Atlántica: si los aliados no permiten el uso de sus bases para defender los intereses de Washington, la OTAN se convierte en una calle de sentido único. Los países del Golfo Pérsico, tratados en foros recientes con una mezcla de desprecio y transaccionalismo sin disimulo, tienen pocos incentivos para comprometer capital político en una operación cuya lógica no comparten. China observa con cautela táctica cómo el arsenal occidental se vacía a un ritmo que tardará años en recuperarse.

Lo que la desnudez del lenguaje revela

“Mandarlos de vuelta a la edad de piedra” no es solo una amenaza. Es el colapso visible de un sistema de legitimación que llevaba décadas operando mediante la separación discursiva entre el “régimen” y la población iraní. Esa estructura cumplía una función precisa dentro del repertorio colonial: presentar la presión sobre el Estado como una forma de protección de la sociedad, introducir una cuña entre el gobierno y sus gobernados, legitimar la intervención como liberación. La distinción entre el “régimen” y el pueblo no es una descripción de la realidad política iraní; es un dispositivo discursivo que hace posible la violencia sobre una sociedad presentándola como dirigida exclusivamente contra sus opresores. La capa humanitaria no era decorativa: era el mecanismo mediante el cual la violencia epistémica y material del proyecto occidental se hacía aceptable para audiencias domésticas e internacionales, y mediante el cual se negaba a Irán la condición de sujeto político con una racionalidad propia.

La amenaza de destruir infraestructuras eléctricas no distingue entre el “régimen” y la población. Afecta a ambos por igual, y la ausencia de cualquier reconocimiento de ese hecho en el discurso presidencial señala que la separación ya no se considera operativamente útil. No es que Washington haya decidido abandonar el lenguaje humanitario por principio. Es que la situación en el terreno ya no lo hace sostenible. Un poder que avanza puede permitirse el lujo de la retórica de la liberación. Un poder frustrado habla en los términos que siempre estuvieron debajo: control, castigo, sometimiento. Y al hacerlo, revela que la gramática colonial no era un exceso ni una aberración del orden liberal, sino uno de sus registros constitutivos, disponible siempre que las condiciones lo requieran.

Irán lleva décadas leyendo ese lenguaje desde sus propias categorías históricas, sin la mediación del discurso que lo envuelve. El golpe de 1953, la guerra de los ochenta sostenida desde el exterior, las sanciones, los sabotajes, los asesinatos selectivos con componentes tecnológicos de precisión: la experiencia iraní del poder occidental no está mediada por sus declaraciones humanitarias, sino por sus efectos materiales. Que ese discurso caiga ahora no produce en Teherán el efecto de revelación que quizás se esperaba en Washington. Confirma, simplemente, lo que la experiencia histórica ya había establecido: que el lenguaje de la civilización y el lenguaje de la destrucción no son opuestos, sino dos registros del mismo repertorio, activados según las condiciones del momento.

La edad de piedra a la que Trump amenaza con devolver a Irán no es una descripción geográfica ni temporal. Es la posición que el imaginario colonial lleva siglos reservando a quienes se niegan a ser gestionados.