Por: Xavier Villar
Las protestas registradas en Irán a finales de 2025 y comienzos de 2026 han sido interpretadas, principalmente como la expresión de tensiones acumuladas en el ámbito económico y social. Esta lectura, centrada en factores domésticos, identifica elementos reales: como por ejemplo, la presión inflacionaria persistente. En muchos análisis, estos factores aparecen como suficientes para explicar tanto la magnitud de las movilizaciones como la respuesta posterior de las autoridades.
El problema de esta interpretación no es lo que afirma, sino lo que deja fuera. En el caso de Irán, aislar las dinámicas internas del entorno estratégico en el que se desarrollan introduce una distorsión analítica relevante. Desde hace décadas, el país opera bajo un régimen de sanciones, amenazas militares recurrentes y una confrontación sostenida con potencias regionales y extrarregionales. En este contexto, lo interno y lo externo rara vez funcionan como esferas separadas. Tratar las protestas como un fenómeno estrictamente doméstico puede resultar descriptivo, pero difícilmente explicativo.
Un reciente análisis, elaborado por el profesor John Mearsheimer, desde la tradición realista en relaciones internacionales propone precisamente esta ampliación del marco. Desde esta perspectiva, las protestas no pueden comprenderse sin referencia al entorno de presión estructural en el que se producen. El realismo no niega la existencia de demandas legítimas; lo sitúa dentro de una lógica más amplia de competencia entre Estados, donde los espacios internos se ven inevitablemente afectados por rivalidades estratégicas prolongadas.
Realismo, anarquía y cálculo de supervivencia
El punto de partida del realismo es bien conocido. El sistema internacional carece de una autoridad central capaz de garantizar la seguridad de los Estados. En este entorno anárquico, la supervivencia se convierte en el objetivo primario, y el poder —militar, económico, tecnológico— en el principal medio para alcanzarla. Las intenciones de otros actores nunca pueden darse por seguras, y la cooperación, aunque posible, es siempre contingente y reversible.
Desde este marco, Irán aparece menos como una anomalía ideológica y más como un actor que responde a incentivos estructurales reconocibles. Su política regional, su inversión en capacidades militares asimétricas y su insistencia en preservar opciones estratégicas se inscriben en una lógica de disuasión frente a un entorno percibido como hostil. Estados Unidos, Israel y algunos actores regionales, por su parte, interpretan estas mismas políticas como una amenaza directa a su posición estratégica en Asia Occidental.
El resultado es una relación marcada profundamente asimétrica. Las sanciones económicas, la presión diplomática y las formas de confrontación indirecta no son respuestas morales a un régimen considerado ilegítimo, sino instrumentos de política de poder orientados a alterar el equilibrio de incentivos del Estado iraní. El realismo no ofrece un juicio normativo sobre esta dinámica; se limita a describirla como una consecuencia previsible de la distribución de poder existente.
Presión económica y fragilidad social
El primer vínculo claro entre las protestas y el entorno internacional es económico. Las sanciones han tenido un impacto profundo y sostenido sobre la economía iraní, restringiendo el acceso a mercados, divisas y tecnología. Aunque los problemas internos desempeñan un papel relevante, la presión externa actúa como un amplificador de tensiones preexistentes.
Desde una perspectiva realista, este efecto no es accidental. Las sanciones forman parte de una estrategia de presión prolongada diseñada para alterar el equilibrio de incentivos del Estado iraní, con efectos secundarios previsibles sobre la estabilidad interna (las recientes palabras del secretario del Tesoro estadounidense en Davos serían una confirmación de esta intención).
El debate sobre su eficacia a largo plazo continúa abierto, pero su impacto distributivo es difícil de negar. Las capas más vulnerables de la población tienden a absorber una parte desproporcionada del coste, creando un entorno social más propenso a la movilización.
Reconocer este vínculo implica poner el foco en la relacion entre interior-exterior, en el que las variables económicas internas están profundamente condicionadas por decisiones externas. En este sentido, las protestas no surgen en el vacío, ni pueden analizarse como si lo hicieran.
Protesta, tecnología y dimensión transnacional
El segundo elemento relevante del análisis realista se refiere al entorno tecnológico y comunicacional en el que se desarrollaron las protestas. En los últimos años, las herramientas digitales han adquirido un papel central en la organización, visibilización y coordinación de movilizaciones sociales. En contextos de alta polarización geopolítica, estas herramientas introducen inevitablemente una dimensión transnacional.
Durante las protestas se observó un uso intensivo de infraestructuras tecnológicas externas, especialmente en materia de conectividad, que permitió sortear restricciones y amplificar la circulación de información. Desde una lectura realista, estas infraestructuras no se consideran neutrales: forman parte del entorno estratégico contemporáneo y afectan al equilibrio entre control estatal y capacidad de movilización social.
Lo que sugiere es que, en un entorno de rivalidad estratégica prolongada, las crisis internas tienden a adquirir una relevancia que trasciende lo puramente doméstico. La tecnología actúa como un multiplicador de efectos, capaz de transformar tensiones localizadas en episodios de alcance nacional.
Narrativas, percepción y legitimidad
Un tercer componente importante es el tratamiento mediático internacional de los acontecimientos. En gran parte de los medios occidentales, la cobertura tendió a privilegiar marcos interpretativos centrados casi exclusivamente en la respuesta estatal, con una atención limitada a los factores estructurales externos. Esta selección no necesariamente responde a una coordinación deliberada, sino a una combinación de sesgos informativos, dependencia de fuentes oficiales y marcos normativos consolidados.
El efecto, sin embargo, es significativo. Al presentar la crisis como una confrontación binaria entre un Estado y una sociedad civil homogénea, se reduce el espacio para análisis más complejos y se refuerza la legitimidad de políticas de presión adicionales. Desde el punto de vista iraní, esta dinámica contribuye a la percepción de que el conflicto no se limita al ámbito interno, sino que forma parte de una disputa más amplia por la legitimidad y la soberanía.
La respuesta del Estado y la lógica de la contención
Frente a este escenario, la respuesta del Estado iraní puede interpretarse como un ejercicio clásico de contención. Ante una situación percibida como potencialmente desestabilizadora, las autoridades priorizaron el restablecimiento del control sobre los flujos de información y la limitación de focos de violencia. Desde una perspectiva realista, es coherente con el comportamiento de Estados que enfrentan escenarios de presión acumulada.
Al reducir la capacidad de coordinación y escalada, el Estado, en esta narrativa, logró evitar una crisis prolongada. Sin una dinámica de desestabilización sostenida, el episodio perdió parte de su relevancia estratégica externa. La opción de una intervención directa, siempre costosa e incierta, dejó de ser una alternativa viable en el corto plazo.
Este desenlace ilustra una de las intuiciones centrales del realismo: los Estados, incluso bajo presión intensa, suelen mostrar una capacidad de resiliencia mayor de la que anticipan sus adversarios. La estabilidad, en este sentido, no implica ausencia de tensiones, sino capacidad para gestionarlas dentro de ciertos límites.
Relectura de la confrontación de 2025
El análisis de las protestas se vincula inevitablemente con la confrontación militar abierta de junio de 2025, un episodio que marcó un punto de inflexión en la dinámica de disuasión regional. En gran parte del discurso occidental, el enfrentamiento fue presentado como una demostración concluyente de superioridad militar por parte de Estados Unidos e Israel, centrada en la capacidad de proyectar fuerza y en los ataques dirigidos contra infraestructuras estratégicas iraníes.
Una lectura más sobria y estructural sugiere, sin embargo, un balance menos categórico. Más que un desenlace decisivo, el conflicto puso de relieve los límites del poder militar convencional frente a un Estado que ha construido su estrategia precisamente en torno a la resiliencia, la dispersión de capacidades y la gestión del riesgo a largo plazo. Lejos de producir un colapso estratégico, la confrontación confirmó que Irán conserva márgenes significativos de maniobra incluso bajo presión directa.
Desde esta perspectiva, la capacidad iraní para absorber el impacto inicial, mantener la cohesión institucional y responder de forma calibrada alteró los cálculos de escalada de todas las partes involucradas. El conflicto evidenció que, aunque la asimetría tecnológica persiste, los costes potenciales de una escalada prolongada resultan suficientemente elevados como para reforzar una lógica de contención mutua. La disuasión, más que desaparecer, se reconfiguró.
En este contexto, las afirmaciones sobre una neutralización definitiva de las capacidades estratégicas iraníes resultan difíciles de sostener. Más allá de los comunicados oficiales, la ausencia de cambios estructurales en el equilibrio regional y la continuidad de las políticas de presión sugieren que los objetivos estratégicos de fondo permanecen abiertos. Si el propósito hubiera sido eliminar de forma concluyente las opciones estratégicas de Irán, la necesidad de recurrir posteriormente a instrumentos indirectos y a la presión política sostenida sería difícil de explicar.
Desde un punto de vista realista, una de las consecuencias más relevantes de la confrontación fue la reafirmación de la racionalidad estratégica iraní. Frente a incentivos que empujaban a la escalada, Teherán optó por limitar el conflicto y evitar una dinámica que habría incrementado exponencialmente los riesgos regionales. Esta elección no refleja debilidad, sino una lectura prudente de los costes sistémicos asociados a una guerra abierta.
En última instancia, la confrontación de 2025 no resolvió la disputa central, pero sí reforzó una conclusión incómoda para muchos observadores externos: Irán sigue siendo un actor capaz de resistir, adaptarse y calcular estratégicamente bajo presión extrema. Cualquier análisis de los acontecimientos posteriores, incluidas las protestas internas, difícilmente puede desligarse de esta demostración de resiliencia estatal.
Conclusión
Desde esta perspectiva, las protestas recientes en Irán no pueden entenderse únicamente como un fenómeno interno. Son el resultado de una interacción compleja entre tensiones domésticas y un entorno estratégico marcado por décadas de presión y rivalidad. El realismo no ofrece consuelo ni soluciones normativas. Tampoco pretende absolver ni condenar a los actores involucrados.
Su aportación es más limitada, pero esencial: recordar que, en un sistema internacional sin garantías, los Estados interpretan los acontecimientos internos a la luz de amenazas externas percibidas, y actúan en consecuencia. Mientras estas dinámicas estructurales permanezcan sin resolver, las tensiones internas en Irán —como en otros Estados sometidos a presión prolongada— seguirán interactuando con rivalidades externas de un modo que desafía lecturas simplificadas y exige marcos analíticos más amplios.
