Por: Sheida Eslami *
Sin embargo, como reconocen los expertos, contrariamente a las ilusiones de Washington y a sus previsiones erróneas, este escenario no puede reproducir los patrones de la invasión de Irak en 2003.
A medida que las tensiones regionales, alimentadas por la agresión estadounidense-israelí contra la República Islámica de Irán, entran en una nueva fase, han surgido informes sobre la preparación de fuerzas especiales iraníes para ejecutar operaciones combinadas contra intereses estadounidenses.
Según un informe publicado por la agencia Mehr, unidades guerrilleras iraníes —incluida la 65.ª Brigada Aerotransportada de Fuerzas Especiales (NOHED) del Ejército y la Brigada de Fuerzas Especiales Saberin de la Fuerza Terrestre del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán— estarían planificando operaciones rápidas y sorpresivas contra fuerzas hostiles.
Estas operaciones tendrían como objetivo infligir un golpe “duro, rápido y doloroso” a las fuerzas e intereses estadounidenses en la región. El informe también menciona escenarios como el secuestro de personal militar estadounidense, funcionarios o incluso empresarios, evocando precedentes de la década de 1980, con un posible alcance geográfico que se extendería desde la región del Kurdistán iraquí hasta Baréin, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait.
Esto ocurre en un contexto en el que vuelve a debatirse en círculos analíticos la posibilidad de que Estados Unidos y sus aliados entren en una nueva fase de confrontación con Irán.
En tales circunstancias, la atención a las experiencias históricas y a los patrones operativos del pasado —en particular la invasión estadounidense de Irak en 2003, considerada uno de los ejemplos más significativos de operaciones combinadas modernas— adquiere una relevancia creciente.
De “shock y pavor” en Bagdad a la cautela frente a Teherán
En 2003, Washington combinó un amplio poder aéreo, unidades blindadas, fuerzas aerotransportadas y operaciones especiales para desmantelar la estructura militar y política de Bagdad en un corto período.
La célebre doctrina de “shock y pavor” se basaba en lograr superioridad aérea absoluta y el colapso rápido del mando iraquí. Las fuerzas blindadas avanzaron desde el sur, divisiones aerotransportadas se desplegaron en profundidad, y las fuerzas especiales dirigieron ataques aéreos, destruyeron infraestructuras críticas y persiguieron a mandos militares iraquíes.
Sin embargo, lo que se presentó como una victoria rápida en las primeras semanas se transformó en una guerra prolongada y costosa. Insurgencias armadas, combates urbanos y la aparición de grupos de resistencia convirtieron Irak en un campo de batalla complejo durante años.
Más de dos décadas después, algunos indicios sugieren que ciertos planificadores militares en Washington intentan replicar un modelo similar contra Irán: presión aérea combinada con operaciones terrestres limitadas y acción de fuerzas especiales.
No obstante, las diferencias estructurales entre Irán hoy e Irak en 2003 hacen que este escenario sea difícilmente replicable.
El corredor sur: de los mapas a la realidad sobre el terreno
Entre los escenarios debatidos figura la creación de un corredor operativo desde Arabia Saudita, Jordania y el sur de Irak hacia Basora y, posteriormente, Juzestán.
Para los planificadores estadounidenses, esta ruta representaría el acceso más corto a la región energética más crítica de Irán, integrando los teatros del Golfo Pérsico y el sur de Irak.
Sin embargo, la brecha entre los mapas y la realidad es considerable. Gran parte de este corredor atraviesa zonas desérticas abiertas, donde las largas líneas de suministro son extremadamente vulnerables.
Columnas blindadas y convoyes logísticos quedarían expuestos a ataques con misiles, drones y emboscadas de fuerzas asimétricas. Las guerras en Irak y Afganistán ya demostraron las dificultades de asegurar líneas de suministro prolongadas en entornos hostiles.
Además, la realidad política de Irak ha cambiado profundamente. La presencia de fuerzas de resistencia y la estructura organizada de las Fuerzas de Movilización Popular (Al-Hashd Al-Shabi) implican que cualquier movimiento masivo de tropas estadounidenses podría derivar en enfrentamientos directos, generando además una crisis política en Bagdad.
Jark y Bushehr: ¿objetivos simbólicos o trampas operativas?
Algunos análisis señalan la isla de Jark y la central nuclear de Bushehr como posibles objetivos. Jark tiene un valor estratégico por su papel en las exportaciones petroleras iraníes.
No obstante, su ocupación sería extremadamente difícil sin el control total de las costas circundantes y de las líneas de abastecimiento marítimas y aéreas.
Cualquier fuerza desplegada allí estaría expuesta a misiles costeros, drones suicidas y ataques con lanchas rápidas, lo que convertiría su control prolongado en una misión costosa.
En cuanto a Bushehr, su destrucción total implicaría riesgos ambientales y políticos considerables, con posibles reacciones internacionales e incluso la implicación de actores como Rusia.
La defensa en mosaico de Irán y el desafío a la superioridad aérea
Una diferencia clave respecto a Irak en 2003 es la estructura defensiva iraní. En las últimas dos décadas, Irán ha desarrollado un sistema basado en defensa aérea escalonada, un amplio arsenal de misiles y una red de fuerzas asimétricas, conocida como “defensa en mosaico”.
Este modelo dispersa las unidades defensivas, evitando que la destrucción de un centro de mando provoque el colapso total del sistema.
Además, Irán cuenta con una red regional de aliados capaces de presionar las líneas de suministro estadounidenses en múltiples frentes, desde Irak y Siria hasta Yemen.
Los avances en defensa aérea y la proliferación de drones han complejizado el dominio aéreo, obligando a la fuerza aérea estadounidense a operar a mayor distancia, lo que dificulta el apoyo cercano a tropas terrestres.
Guerra combinada y la variable interna decisiva
En conjunto, estos factores indican que replicar el escenario de 2003 contra Irán enfrenta serios obstáculos. La vasta geografía del país, su compleja orografía, su estructura defensiva multinivel y la posibilidad de que la guerra se expanda a múltiples frentes regionales convierten cualquier operación terrestre en una empresa extremadamente costosa.
Por esta razón, muchos analistas consideran poco probable una invasión terrestre a gran escala contra Irán; en caso de una escalada de tensiones, es más probable que Washington opte por una estrategia de guerra combinada, basada en ataques limitados, operaciones especiales, presión económica, guerra cibernética y acciones de inteligencia.
Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que el resultado de las guerras no se determina exclusivamente en el campo de batalla. El comportamiento de la sociedad y el grado de cohesión interna durante una crisis pueden desempeñar un papel decisivo en el desenlace de tales confrontaciones. Si una sociedad alcanza un nivel elevado de unidad frente a la presión externa, muchos escenarios militares pierden, en la práctica, su eficacia.
En estas circunstancias, la ecuación del conflicto no se resuelve únicamente en el aire, en el mar o en los desiertos fronterizos: la comprensión compartida de la seguridad nacional y de los intereses colectivos también pasa a formar parte del campo de batalla.
Por ello, numerosos analistas sostienen que cualquier intento de replicar el modelo de la invasión de Irak contra Irán terminará enfrentándose a una realidad distinta, capaz de transformar una operación de corto plazo en una guerra prolongada y extenuante, cuyos resultados y consecuencias no pueden preverse de antemano.
Más aún, dado el aumento de la cohesión nacional en Irán, evidenciado durante la guerra en curso —y en contraste con las expectativas erróneas de los líderes en Washington—, a través de la presencia sostenida de la población en las calles de la capital y de diversas ciudades del país, su elevada resiliencia frente a los ataques, la preservación del espíritu colectivo y la defensa del nuevo liderazgo tras el asesinato del ayatolá Seyed Ali Jamenei, el plan del Pentágono de doblegar a Irán no ha logrado materializarse hasta ahora.
Una evaluación racional dentro del aparato militar estadounidense probablemente reconoce que, en caso de una invasión terrestre de Irán, las fuerzas estadounidenses tendrían que enfrentarse a un ejército de millones de efectivos, con el resultado de pérdidas catastróficas para Estados Unidos y sus aliados.
* Sheida Islami es una escritora, asesora de medios y crítica cultural radicada en Teherán.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
