• Orientando - La casa de Saud
sábado, 15 de agosto de 2015 7:53

El documento Nº 242073, enviado por la Secretaria de Estado Hillary Clinton a sus Embajadas de Riad, Abu Dabi, Doha, Kuwait e Islamabad, el año 2010, confirmó lo que era un secreto a voces: Los donantes de Arabia Saudita constituyen la mayor fuente de financiación de los grupos terroristas en todo el mundo.

Washington comprobó que recobraba importancia un amigo incondicional de los movimientos takfiríes, el Príncipe Jalid bin Bandar bin Abdul Aziz al-Saud, relevado del cargo a petición del Secretario de Estado estadounidense John Kerry. El regreso de Bandar no gustó a Washington que no quiere vinculaciones visibles con los grupos terroristas.

Para terminar con las especulaciones tras la muerte del nonagenario Rey Saudí, Abdolá bin Abdulaziz al Saud, el círculo gobernante nombró deprisa a Abdolá, hermanastro del fallecido monarca y miembro del estrecho círculo conocido como clan Sudairi.

El nuevo Rey Salman bin Abdulaziz, para estabilizar una casa real con múltiples ambiciones personales, nombró a sus sucesores: el primero es su medio hermano el príncipe Muqrin, de 69 años. El segundo, su sobrino Mohamed Bin Nayef, de 55 años, ministro del Interior. Quedó claro que la gerontocracia real seguirá siendo la norma en Arabia Saudita.

El fallecido Rey Abdolá trasladó las incursiones de Al Qaeda a Yemen y llevó los tanques saudíes a reprimir a la población de Baréin, de mayoría chií.

Salman bin Abdulaziz puede intensificar las tibias reformas de su antecesor o refugiarse en el caparazón que ofrece el Wahabismo, manteniendo un rigor legal desmesurado en materia religiosa y financiando madrasas  (escuelas) en países como Yemen, Paquistán, Afganistán, Egipto, Marruecos entre otros, para extender desde esa vía y con el flujo de generosos aportes en dinero, la influencia del wahabismo.

Cortar ese suministro a las bandas takfiríes es una de las tareas que el gobierno de Washington le exige al nuevo Rey, algo difícil por la simpatía que este monarca siente por estos grupos salafistas y por la creciente influencia de los miembros más radicales de su corte.

Pero esto podría provocar la ruptura de Washington con los Saud. Algún síntoma se ha podido percibir. El orientalista británico Bernard Lewis, el estadounidense Samuel Huntington y el consultor francés Laurent Murawiec de la Rand Corporation (laboratorio de ideas norteamericano que forma a las fuerzas armadas de ese país) ya presentaron un proyecto para el cambio de régimen en Arabia Saudita: los Saud tienen a la vez el petróleo, los petrodólares y la custodia de los lugares sagrados.

Deshaciéndose de ellos, Estados Unidos puede controlar el petróleo, recuperar el dinero proveniente del petróleo que cometió el error de pagar en el pasado, y sobre todo de los lugares sagrados, y por consiguiente del control de la religión musulmana. Y cuando el Islam se haya desmoronado, Israel podrá anexarse Egipto. En esencia, este plan se resume en tres frases: Irak es el eje táctico, Arabia Saudita es el eje estratégico y Egipto sería la recompensa.

akm/mrk