Por: Arman Shariati
La defensa de Israel frente a las represalias iraníes ha costado miles de millones de dólares a sus aliados —Estados Unidos, Europa y las monarquías del Golfo Pérsico—, ha agotado reservas estratégicas de misiles, dañado infraestructuras militares, aumentado los riesgos para la seguridad e intensificado las presiones económicas.
El espacio aéreo del régimen israelí —el que se extiende sobre los territorios ocupados— está considerado ampliamente como uno de los más protegidos del mundo.
Sin embargo, la magnitud de esa protección no puede explicarse únicamente por la tecnología militar israelí. Rusia, China e incluso Estados Unidos no cuentan con una red equivalente de apoyo de sus aliados destinada a interceptar las amenazas antes de que alcancen sus territorios.
Las propias defensas de Israel son, ciertamente, formidables. El Arrow 3 está diseñado para interceptar misiles balísticos fuera de la atmósfera, mientras que el Arrow 2 hace frente a las amenazas de misiles balísticos dentro de ella. El sistema Honda de David está concebido para contrarrestar amenazas de alcance medio, y Cúpula de Hierro intercepta cohetes y otros proyectiles de corto alcance.
Estos sistemas cuentan con el respaldo de aviones de combate y una extensa red de radares, que conforman múltiples capas de protección frente a los ataques entrantes.
Pero el escudo de defensa aérea de Israel se extiende mucho más allá de su propio arsenal. Desde octubre de 2023, pasando por las operaciones iraníes de represalia con misiles y drones en 2024 y 2025, hasta las de 2026, un grupo de países aliados ha desempeñado un papel activo en la protección del régimen.
Estos países han proporcionado interceptores, capacidades de radar, aviones de combate, bases militares y personal, contribuyendo a que el régimen de Tel Aviv detecte, rastree y contrarreste las amenazas entrantes.
Lo que se configura no es simplemente una red nacional de defensa aérea, sino un paraguas de protección más amplio, sostenido por los recursos y la participación de poderosos aliados, desde Estados Unidos y Europa hasta los países árabes.
Este férreo compromiso de países de la región y de fuera de ella con la protección de Israel ha tenido un coste considerable.
El precio va mucho más allá de los dólares y los séqueles. Incluye reservas de armamento agotadas que podrían tardar años en reponerse, radares y bases militares dañados, soldados muertos o heridos y gobiernos que se enfrentan a reacciones políticas adversas en el ámbito interno por una alianza costosa que gran parte de sus propias poblaciones rechaza enérgicamente y contra la que protesta.
Sin embargo, la carga no se reparte por igual. Estados Unidos ha asumido los mayores costes financieros y de consumo de sus reservas militares. Las monarquías del Golfo Pérsico y Jordania han afrontado intensas exigencias operativas y riesgos directos para su seguridad. Los países europeos han soportado costes más limitados, aunque también significativos, especialmente en municiones y en las repercusiones políticas de una guerra que ha encarecido la energía y agravado las presiones sobre el coste de la vida de sus poblaciones.
La factura israelí
Los costes directos del régimen israelí son los más fáciles de cuantificar, ya que recaen sobre su propio erario público. En abril de 2024, después de que Irán lanzara un gran número de drones y misiles contra los territorios ocupados, el general de brigada Reem Aminoach, asesor económico de un antiguo jefe del Estado Mayor del Ejército israelí, estimó en una entrevista con Ynet que defenderse del ataque de aquella noche había costado entre 4000 y 5000 millones de séqueles, equivalentes a unos 1100-1350 millones de dólares al tipo de cambio de entonces.
Posteriormente, el diario Haaretz cifró en alrededor de 1500 millones de dólares el coste total de defenderse de ese mismo ataque de represalia. Y eso correspondió a una sola noche. Desde entonces, muchos otros ataques de represalia han alcanzado los territorios ocupados.
La estructura de costes responde a una lógica clara. Irán emplea drones baratos y misiles fabricados en serie, mientras que Israel recurre a algunos de los interceptores más caros del mundo para defenderse de ellos.
Esta disparidad se encuentra en el centro de la carga financiera de la guerra. La situación presupuestaria general de Israel añade otra dimensión al problema. Las operaciones defensivas sostenidas y de alta intensidad han obligado al régimen a gastar mucho más que antes.
Con un presupuesto neto de unos 60.000 millones de séqueles en 2023, el Ejército israelí no podía mantener repetidas noches de interceptaciones sin importantes aumentos de financiación y un apoyo continuado de Estados Unidos.
Israel ha podido sostener este costoso desequilibrio en gran medida gracias al amplio respaldo financiero de los contribuyentes estadounidenses. Buena parte de la producción de sus interceptores se financia mediante programas estadounidenses o se desarrolla conjuntamente en el marco de estos, y el sistema de defensa antimisiles Arrow se fabrica con participación estadounidense.
El Congreso de Estados Unidos también ha aprobado repetidamente partidas extraordinarias de financiación de emergencia para la defensa antimisiles israelí. Estos vínculos hacen que las cargas financieras de Israel y Estados Unidos estén profundamente interconectadas y sean difíciles de separar, lo que explica la indignación pública en Estados Unidos.
La crisis de reservas militares de Estados Unidos
Ningún país ha gastado más que Estados Unidos en la defensa de Israel, y ningún factor es más determinante que el estado de sus reservas de interceptores. Washington puede estar dispuesto a gastar las decenas de miles de millones de dólares necesarias para proteger a su aliado genocida, pero la voluntad por sí sola no puede resolver el principal desafío del Ejército estadounidense: reponer sus menguantes reservas de interceptores de misiles.
El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), un centro de análisis estadounidense, ha publicado algunas de las estimaciones públicas más citadas sobre las reservas estadounidenses de interceptores de misiles.
Su análisis, actualizado tras la guerra de 40 días contra Irán, concluyó que las reservas estadounidenses de interceptores Patriot y THAAD habían disminuido drásticamente.
Según las estimaciones del CSIS, las reservas estadounidenses de interceptores Patriot cayeron de aproximadamente 2330 unidades antes del inicio de la guerra, el 27 de febrero de 2026, a entre 759 y 827 unidades el 27 de julio de 2026, lo que representa una reducción de alrededor de dos tercios.
Las reservas de THAAD también se redujeron considerablemente: pasaron de unas 452 unidades antes de la guerra a entre 239 y 257 el 27 de julio, lo que supone una disminución aproximada de entre el 43 % y el 47 %.
Muchos expertos militares consideran que las estimaciones del CSIS son demasiado optimistas. Algunos sostienen, por ejemplo, que Estados Unidos podría haber disparado hasta 290 de sus aproximadamente 360 interceptores THAAD durante la fase inicial de la guerra. Eso equivaldría a más del 80 % de sus reservas anteriores al conflicto.
Sean cuales sean las cifras exactas, la decisión de Washington de dar prioridad a la defensa de Israel ha dejado al Ejército estadounidense peligrosamente mal preparado y más vulnerable ante una nueva ronda de enfrentamientos si estalla.
El coste de reponer las reservas
Las cifras del Ejército estadounidense para el ejercicio fiscal de 2027 sitúan el coste unitario de un interceptor PAC-3 MSE en unos 5 millones de dólares y el de un interceptor THAAD en cerca de 12 millones.
Sobre la base de estas cifras, sustituir los interceptores Patriot y THAAD utilizados costaría unos 10 000 millones de dólares. La Oficina Presupuestaria del Congreso ha ofrecido una estimación más elevada y cifra en aproximadamente 13 100 millones de dólares el coste de reponer los interceptores agotados.
El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Seyed Abás Araqchi, señaló recientemente que Estados Unidos había gastado unos 11 000 millones de dólares en la defensa antimisiles de Israel durante tres años. En una publicación en X, en la que citó un tuit de un antiguo funcionario de la Administración Obama, afirmó que las fuerzas estadounidenses habían disparado 609 interceptores en defensa del régimen israelí entre octubre de 2023 y junio de 2026, incluidos misiles SM-2, SM-3, SM-6, Patriot y THAAD.
La situación de las reservas navales
Las reservas de interceptores de misiles de la Armada estadounidense también están sometidas a una presión considerable. Los SM-3 y SM-6 figuran entre las principales armas navales utilizadas para contrarrestar misiles balísticos y otras amenazas de alta velocidad.
Las estimaciones públicas varían considerablemente, y algunos informes sitúan las reservas navales combinadas en unos pocos cientos de unidades. Una cifra de entre 150 y 200 interceptores de ambos tipos en conjunto resulta plausible como orden de magnitud aproximado, pero no existe un recuento público preciso.
La preocupación más amplia es que los interceptores navales son caros y lentos de fabricar, mientras que la Armada debe conservar reservas suficientes para hacer frente a otras amenazas potenciales, incluidas las de China y Rusia. Por tanto, cada interceptor utilizado para defender a Israel es uno menos disponible para otras contingencias hasta que pueda ser sustituido.
No todas las defensas estadounidenses y aliadas frente a Irán dependieron de interceptores terrestres o navales. Los aviones de combate también atacaron drones iraníes utilizando misiles aire-aire, entre ellos los AIM-9X y AIM-120. Según los informes, cada misil AIM-9X cuesta varios cientos de miles de dólares, mientras que el AIM-120 AMRAAM supera el millón de dólares por unidad.
Utilizar armas tan caras para destruir drones que cuestan apenas unos miles de dólares agrava el desequilibrio económico, incluso cuando se alcanza el objetivo táctico inmediato.
El dilema estratégico
En la fase final de la guerra impuesta de 40 días, tras el alto el fuego inicial, quedó claro que los mandos estadounidenses estaban reservando los interceptores específicos SM-3 y THAAD, en lugar de gastarlos para proteger las bases estadounidenses en Jordania y otros lugares.
Las imágenes de lanzamientos nocturnos de misiles defensivos parecían mostrar casi exclusivamente interceptores Patriot, con una sola excepción. La implicación era contundente: las reservas habían disminuido hasta tal punto que los mandos estadounidenses ya no podían permitirse utilizar libremente estos misiles.
La lógica aparente consistía en preservar los interceptores restantes para una guerra de mayor envergadura, dando prioridad a la futura defensa de Israel frente a la protección inmediata de los militares estadounidenses.
Esa decisión tuvo sus propios costes. Algunos aviones estacionados en tierra fueron alcanzados y hubo militares estadounidenses muertos en determinados ataques de represalia. Esto es importante porque ilustra el coste total de gestionar unas reservas agotadas. La escasez de interceptores debilitó la capacidad defensiva del Ejército estadounidense en múltiples teatros de operaciones y dejó al personal estadounidense expuesto a ataques que unas defensas más sólidas podrían haber contribuido a repeler, todo ello en el empeño por proteger al régimen israelí.
Sin embargo, el coste es solo una parte del problema. La capacidad de producción constituye la limitación más determinante en una campaña prolongada.
Los interceptores Patriot y THAAD se fabrican en cantidades limitadas, y aumentar la producción lleva tiempo.
El CSIS estima que recuperar los niveles de reservas de Patriot y THAAD anteriores a la guerra llevará al menos tres años. No se espera que los interceptores encargados en el ejercicio fiscal de 2027 lleguen hasta 2029, lo que dejará una prolongada brecha entre el consumo y la reposición.
La dimensión de China y Asia-Pacífico
El coste más grave a largo plazo para Estados Unidos podría hacerse sentir lejos de Asia Occidental. A medida que se agotan las reservas estadounidenses de interceptores en la región, el Pacífico queda más expuesto.
El Indopacífico es el escenario en el que Washington se enfrenta a su rival estratégico más formidable. La defensa de Taiwán depende, en parte, de las defensas aéreas y antimisiles estadounidenses, mientras que los planes de guerra del Pentágono para un posible conflicto con China parten de la premisa de que las fuerzas estadounidenses pueden resistir y responder a ataques con misiles a gran escala.
Si las reservas de SM-3, SM-6 y Patriot caen a una fracción de sus niveles anteriores, el margen para absorber un ataque de esa magnitud se reduce considerablemente. Unos pocos cientos de interceptores serían insuficientes para sostener siquiera varios días de combates de alta intensidad en Asia Oriental.
Todavía no es posible cuantificar hasta qué punto se han debilitado las capacidades militares estadounidenses en el mar de China Meridional y en el conjunto de Asia Oriental.
No obstante, los analistas de defensa reconocen ampliamente la preocupación de fondo: la escasez de interceptores en un teatro de operaciones afecta a la capacidad del Ejército para responder en todos los demás, y reforzar rápidamente las fuerzas en el Pacífico resulta especialmente difícil.
Los países del Golfo Pérsico y la red de alerta temprana
Las monarquías del Golfo Pérsico y Jordania contribuyeron a la defensa de Israel de una manera distinta, pero igualmente determinante.
Su función no consistió principalmente en suministrar interceptores, sino en proporcionar sensores, acceso a su espacio aéreo, bases militares y la autorización política necesaria para utilizar estos recursos.
La defensa antimisiles depende de la alerta temprana. Una batería THAAD no puede interceptar un misil que no ha detectado, y la detección depende de radares capaces de identificar y seguir las amenazas con suficiente alcance y rapidez. El radar AN/TPY-2 utilizado por el sistema THAAD es un equipo de gran tamaño y transportable. El presupuesto de 2025 de la Agencia de Defensa contra Misiles de Estados Unidos sitúa el coste de cada unidad en aproximadamente 500 millones de dólares.
En marzo de 2026, durante los primeros días de la guerra de agresión impuesta de 40 días, el radar THAAD estadounidense situado en la base aérea de Muwaffaq Salti, en Jordania, fue alcanzado y destruido. Las imágenes mostraron cráteres alrededor de las instalaciones, lo que sugiere que podrían haberse producido varios ataques.
También fueron alcanzados edificios que albergaban sistemas de radar similares en dos emplazamientos de Emiratos Árabes Unidos. Otro radar THAAD, situado en la base aérea Príncipe Sultán, en Arabia Saudí, también fue destruido.
Irán también atacó y alcanzó el radar de alerta temprana AN/FPS-132 en Catar, utilizado para rastrear los lanzamientos de misiles iraníes.
En conjunto, estos incidentes apuntan a un patrón más amplio de ataques iraníes de represalia contra radares de alerta temprana y emplazamientos THAAD vinculados a Estados Unidos en toda la región.
Esta interpretación concuerda con las imágenes satelitales disponibles, que indican que la campaña fue más allá de instalaciones militares aisladas y se extendió a la red de sensores que sustenta la defensa antimisiles regional al servicio de Estados Unidos y del régimen israelí.
Estos radares son caros y extraordinariamente difíciles de sustituir. Su valor no reside únicamente en el propio equipo, sino también en su integración con las baterías de interceptores y en los enlaces de datos que los conectan con otros sensores.
Destruir un solo radar puede comprometer la capacidad de toda una red de interceptores para detectar y seguir amenazas que se aproximen desde una dirección determinada. La sustitución de estos sistemas puede llevar meses o incluso años, y reconstruirlos no garantiza necesariamente recuperar la cobertura que proporcionaban anteriormente.
Por tanto, la pérdida de radares tiene un coste estratégico, además de financiero. Una vez destruido un radar, los países que dependen de él deben decidir si lo reconstruyen en una ubicación expuesta, lo trasladan o aceptan una brecha en su cobertura defensiva.
Al proporcionar a Israel y Estados Unidos datos de seguimiento de los proyectiles iraníes, las monarquías árabes se expusieron a represalias iraníes y corrieron el riesgo de convertirse en objetivos directos de una guerra que habían contribuido a configurar.
Estas pérdidas también suscitaron interrogantes sobre la vulnerabilidad de Arabia Saudí, a medida que la confrontación regional más amplia se extendía a otros frentes.
Yemen constituye un ejemplo destacado. Los daños sufridos por los radares y los sistemas de defensa aérea en todo el Golfo Pérsico podrían haber complicado aún más la posición de Arabia Saudí en su prolongada guerra contra Yemen.
Aunque las fuerzas militares yemeníes dirigidas por Ansarolá disponen de capacidades propias, y las dificultades de Arabia Saudí en Yemen obedecen a numerosos factores militares, políticos y estratégicos, la decisión de contribuir a la defensa de Israel añadió otra capa de riesgo para las monarquías del Golfo Pérsico.
Su participación expuso infraestructuras militares críticas a posibles represalias y pudo debilitar su capacidad para responder a amenazas que fueran más allá del enfrentamiento inmediato con Irán.
La posición expuesta de Jordania
El caso de Jordania quizá sea el más llamativo debido a sus reducidas capacidades militares y a su frágil economía. El país alberga fuerzas de ocupación estadounidenses, incluida una batería THAAD en la base aérea de Muwaffaq Salti, y se encuentra bajo las trayectorias de vuelo de misiles y drones que viajan entre Irán y los territorios ocupados por Israel.
Durante los ataques iraníes de represalia de 2024, se informó de que la fuerza aérea jordana había interceptado numerosos drones y misiles iraníes que atravesaban su espacio aéreo. El gobierno jordano defendió estas acciones alegando que eran necesarias para proteger su territorio y a sus ciudadanos: una justificación poco convincente.
Sin embargo, para un país con recursos militares limitados, el coste fue considerable: cada interceptor disparado y cada avión de combate movilizado impusieron exigencias adicionales a un presupuesto de defensa que ya estaba sometido a fuertes restricciones.
El coste político fue aún mayor. Jordania tiene una numerosa población de origen palestino, y la opinión pública simpatiza firmemente con los palestinos de Gaza y de la Cisjordania ocupada, así como con el Eje de la Resistencia.
La decisión jordana de interceptar los proyectiles iraníes lanzados en represalia por los ataques israelíes generó controversia en el ámbito interno, y los jordanos criticaron duramente a su gobierno por contribuir a proteger al régimen israelí.
Jordania tomó esta decisión pese a sus propias preocupaciones por las ambiciones regionales de Israel. Miembros del régimen gobernante israelí han defendido abiertamente la anexión de la Cisjordania ocupada, mientras que algunos han promovido propuestas para desplazar a los palestinos a Jordania.
Este contexto hace especialmente delicada la participación de Amán en la defensa antimisiles regional. El país afronta el doble riesgo de sufrir represalias iraníes contra los activos militares estadounidenses presentes en su territorio y de que aumente el descontento interno por su papel en la protección de Israel.
Las vulnerabilidades económicas de Jordania agravan estas presiones. La deuda pública, los costes energéticos y la carga que supone acoger a refugiados ya tensan sus finanzas. En este contexto, incluso un gasto militar adicional relativamente modesto puede tener consecuencias importantes.
La experiencia jordana ilustra cómo la participación en la defensa antimisiles regional puede acarrear no solo costes militares y financieros, sino también graves riesgos políticos internos.
El precio para Europa
Los países europeos pagaron un precio distinto. La mayoría no gastó grandes cantidades de interceptores contra los drones iraníes, pero su participación tuvo costes en tres ámbitos principales: las municiones, las operaciones militares y el impacto económico de la guerra impuesta a Irán.
Francia desplegó medios aéreos en la región para interceptar drones y misiles sobre el Mediterráneo oriental y el Levante. Algunos informes apuntaron a que las reservas francesas de misiles aire-aire, incluidos los MICA, comenzaron a verse sometidas a presión.
Estas posibles carencias serían importantes, dadas las demás obligaciones militares de Francia. Su fuerza aérea y sus arsenales ya están sometidos a una presión considerable por el apoyo a Ucrania, las operaciones en el Sahel y el mantenimiento de su propia capacidad de disuasión estratégica. Cada despliegue adicional reduce los recursos disponibles para otras misiones.
Reino Unido utilizó sus bases en Chipre, incluida la base de la Real Fuerza Aérea británica (RAF) en Akrotiri, así como su presencia militar en el Golfo Pérsico, para apoyar las operaciones contra Irán. Según los informes, aviones de la RAF interceptaron drones y misiles. Las Fuerzas Armadas británicas son considerablemente más reducidas que en el apogeo del poderío militar del país, y las operaciones sostenidas de este tipo consumen una cantidad considerable de horas de vuelo, piezas de repuesto y capacidad de personal.
Sin embargo, la mayor carga para Europa ha sido económica y política. El cierre del estrecho de Ormuz y el desplome de las exportaciones energéticas del Golfo Pérsico dispararon los precios del petróleo, el gas y el diésel.
La dependencia europea de la energía importada hizo que el impacto se trasladara rápidamente a las facturas de los hogares, los costes del transporte y los precios de los alimentos. Muchos gobiernos europeos ya afrontaban el descontento ciudadano por el coste de la vida antes de la guerra de 40 días. El conflicto intensificó esas presiones, como evidencian las protestas que se extienden actualmente por distintos países europeos.
Los gobiernos europeos que destinaron recursos militares a la defensa de Israel y a las operaciones ofensivas se enfrentan ahora a una pregunta difícil: ¿considerarán sus propios ciudadanos ese compromiso una medida de seguridad basada en principios o una complicidad con políticas que han contribuido al deterioro de las condiciones económicas?
No hay una respuesta sencilla, pero la cuestión ya forma parte del debate político interno en Europa. Los costes de defender a Israel han trascendido ampliamente el campo de batalla y afectan a los presupuestos, la seguridad energética y la confianza pública en las políticas gubernamentales.
Defender lo indefendible
Los costes de proteger a Israel han sido considerables, aunque se han distribuido de manera desigual entre los países implicados.
Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares y ha agotado una parte significativa de sus reservas de interceptores avanzados, cuya reposición podría llevar años. Los países del Golfo Pérsico y Jordania han sufrido daños en sus radares y sistemas de defensa aérea, al tiempo que han asumido riesgos adicionales para su seguridad.
Los países europeos han soportado los costes de las municiones y las operaciones militares, además de un impacto energético que ha intensificado el descontento público por el coste de la vida.
Sin embargo, las cifras financieras solo cuentan una parte de la historia. La cuestión más fundamental es si las políticas que impulsan estos gastos responden a los intereses de los gobiernos y las poblaciones que soportan sus costes.
Los costes son reales y siguen aumentando: gasto público, reservas de interceptores agotadas, radares y bases militares dañados y un mayor riesgo de represalias contra los países arrastrados a una guerra que trasciende sus fronteras. Mientras tanto, el encarecimiento de los combustibles, los alimentos y la vivienda ha añadido presión a los hogares comunes y ha profundizado la frustración pública ante las decisiones gubernamentales.
La campaña militar regional de Israel ha arrastrado aún más a sus socios a una confrontación cuyas consecuencias van mucho más allá del campo de batalla inmediato. Para estos gobiernos, el desafío ya no consiste únicamente en cómo mantener su apoyo a Israel, sino también en cómo justificar sus costes crecientes ante sus propias poblaciones.
La cuestión es cuánto más están dispuestos a gastar, cuánto riesgo adicional están preparados para asumir y durante cuánto tiempo sus ciudadanos seguirán respaldando una política cuyas cargas resultan cada vez más difíciles de ignorar.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
