Publicada: lunes, 19 de octubre de 2026 19:47

Desde el 7 de octubre de 2023 se ha hecho evidente que la política de seguridad de Israel, en la práctica, no está dirigida por la doctrina no escrita que se había forjado durante décadas, sino por un nuevo concepto de seguridad.

Por Xavier Villar

Este concepto no ha sido formulado oficialmente ni presentado al público, ni tampoco se ha definido de manera vinculante dentro de la estructura de defensa. Sin embargo, en la práctica, sus principios han moldeado las decisiones y dictan el enfoque de Israel hacia la seguridad.

En un artículo publicado este lunes por el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS), un centro de análisis adscrito a la Universidad de Tel Aviv, Tamir Hayman, general retirado, expuso los principios que, según afirmó, pueden inferirse de la política que se aplica actualmente.

El documento deja claro que la “identidad judía” debe prevalecer sobre “su sistema de gobierno democrático”. Esta primacía se concibe para garantizar la supervivencia de Israel como Estado judío, incluso a costa de la erosión de sus “valores democráticos”.

Esto no es ninguna novedad. El sionismo moderno nació entre las corrientes liberal-nacionalistas del siglo XIX europeo. Pero, a diferencia de los nacionalismos emancipatorios que buscaban integrarse en Europa, el sionismo organizó una colonización hacia fuera: un traslado de población que se articuló más como ingeniería demográfica que como “retorno ancestral”. La historia lo muestra: Theodor Herzl contempló fundar un Estado judío en Argentina o África Oriental. Palestina fue finalmente elegida, pero la lógica era la misma: edificar un espacio homogéneo para una diáspora. La narrativa del “retorno” disfrazaba un proyecto colonial de asentamiento, es decir, no solo ocupar una tierra, sino desplazar y sustituir a quienes la habitaban. La premisa se volvió explícita con Vladimir Jabotinsky en El muro de hierro (1923), donde se enunciaba un diagnóstico lapidario: ningún pueblo árabe aceptaría ser colonizado voluntariamente; la única vía era imponer la fuerza. Allí se anticipa el núcleo del “Gran Israel”: un proyecto que no concibe la coexistencia, sino la subordinación definitiva del otro.

La “democracia” en Israel se estableció para los judíos después de que los sionistas expulsaran al 90 por ciento de la población palestina. Por ello no tiene sentido hablar de “degradación democrática”: las bases sobre las que se funda y se mantiene hoy Israel son raciales, y siempre han estado ahí para quien quisiera verlas.

Hayman vinculó a esto otro principio, según el cual la seguridad se persigue mediante el establecimiento de “comunidades y puestos avanzados en todas las zonas de fricción con la población árabe, en la Cisjordania ocupada y en las zonas de seguridad de Siria, Líbano y Gaza”.

Bajo este nuevo enfoque, aspirar a la paz se considera una repetición del error de la “conceptzia”, término hebreo que hace referencia al conjunto de supuestos estratégicos predominantes a los que se atribuye ampliamente el fracaso de Israel a la hora de prever el ataque del 7 de octubre. Un acuerdo de paz significativo en Asia Occidental es inalcanzable, porque los acuerdos de paz son meras disposiciones técnicas y temporales que requieren una reevaluación constante. Desde esta perspectiva, la paz no es un valor intrínseco que genere seguridad, sino un instrumento para alcanzar otros objetivos políticos.

“La guerra es necesaria, y la guerra preventiva es preferible porque permite lograr un avance significativo desde el principio. Su intensidad puede variar según las circunstancias, pero su presencia constante constituye un activo para la seguridad nacional”, escribió Hayman. En este sentido, los ataques por sorpresa se consideran el único camino para alcanzar la victoria, y se otorga prioridad a la ofensiva frente a la defensa. Si Israel no puede resistir un ataque por sorpresa ni garantizar una alerta temprana fiable, la única conclusión es que debe seguir una política de ataques y guerras preventivas. Esta doctrina ya no es hipotética: Israel la aplicó en los ataques contra Irán de junio de 2025, y deja la puerta abierta a acciones unilaterales futuras.

El documento también señala que este enfoque considera a Estados Unidos una “potencia en declive” que “abandonará pronto a Israel en cualquier caso”, y sostiene que romper los vínculos con Washington es “esencial para la independencia de Israel”. El texto añade que, dadas las actuales transformaciones sociales y políticas en Estados Unidos, en particular el rechazo mayoritario de la población al genocidio en Gaza, Washington acabará abandonando a Israel de todos modos en breve.

Respecto a los países árabes, el documento los trata no como naciones auténticas, sino como “conjuntos de tribus y grupos étnicos carentes de una historia común y de una perspectiva nacional fundacional”. En consecuencia, el debilitamiento de su estabilidad se considera un proceso natural; uno que Israel puede gestionar con mucha más eficacia de la que supondría enfrentarse a Estados-nación poderosos, e incluso un proceso que debería fomentar.

Como se desprende de este documento, el objetivo de Israel siempre ha sido destruir la soberanía de los países de la región, uno tras otro. Su fracaso en Irán ha hecho a sus estrategas darse cuenta de que no pueden imponer sus deseos políticos en la región y, por lo tanto, se han visto obligados a reevaluar su estrategia.

El documento es explícito también respecto a lo que Israel llama la “cuestión palestina”: la solución pasa una vez más por el despliegue de la ideología sionista y su búsqueda de la colonización total del territorio. Esto conduce a una oposición de principio a cualquier separación política, geográfica o de seguridad entre Israel y una entidad palestina, así como al establecimiento de un Estado palestino.

Entre las otras prioridades que enumera figuran la producción nacional de armamento, la inteligencia artificial, la computación cuántica y la expansión de los asentamientos ilegales en los territorios ocupados.

La nueva doctrina securitaria de Israel está marcada por la actual situación regional, por el recuerdo de la operación de HAMAS del 7 de octubre de 2023 y por la presencia de Irán y su capacidad militar, que funciona como símbolo del límite del poder israelí.

Por último, conviene recordar las raíces del sionismo: contrariamente a lo que sostienen algunos de sus defensores más obstinados e ignorantes, nunca ha sido otra cosa que una ideología y un movimiento de carácter colonial.