Por: Dr. Ezzideen Shehab *
Ayer vi Naza. No fui a descubrir lo que había ocurrido en Gaza. Soy de allí. Soy una de las víctimas de esta guerra, uno de sus testigos y una de las personas que han pagado un precio que no dejará de cobrarse cuando termine la guerra.
No necesitaba una película para que me contara cómo barrios enteros fueron borrados del mapa, cómo se bombardearon edificios residenciales mientras sus habitantes seguían dentro o cómo se obligó a familias a abandonar sus hogares sin saber adónde se suponía que debían ir.
Tampoco necesitaba que nadie me hablara de la hambruna. La viví dos veces, con todas sus humillaciones, hasta en el más mínimo detalle. Ni de las personas hambrientas que fueron asesinadas cuando intentaban llegar a lo que, de manera tan absurda, se denominaba “centros de distribución de alimentos”.
Lo sé todo. Estuve allí. Fui con otra pregunta en mente.
¿Cómo es posible que personas que han heredado la memoria del Holocausto encuentren tantas maneras de justificar la comisión de atrocidades contra otro pueblo? ¿Cómo puede alguien que ha heredado la memoria de haber sido víctima llegar a defender las acciones de quienes infligen sufrimiento?
¿Sienten alguna vez un remordimiento auténtico? ¿Comprenden lo que han hecho? ¿Se avergüenzan cuando hablan de ello? Y si algún día me encontrara con uno de ellos, ¿se atrevería a mirarme a los ojos? ¿Cómo pueden dormir por las noches?
¿Cómo logra una persona acallar por completo su conciencia? Y, para mí, ahí reside la importancia de esta película.
El mundo lleva mucho tiempo escuchando los testimonios de los palestinos. Yo mismo he dedicado buena parte de esta guerra a contar a otras personas lo que presencié. Pero esta vez escuchamos a quienes formaban parte del propio sistema militar. Hablan de sus decisiones, de sus actos y de la manera en que consideraban nuestras vidas y nuestras muertes.
Por eso discrepo de quienes critican la película por conceder más espacio a las voces israelíes que a las palestinas. No necesito que un soldado israelí me diga que lo que viví fue real. Sé que lo fue. Estuve allí.
Pero quiero escuchar cómo explica lo que hizo. Quiero comprender cómo consigue justificárselo a sí mismo. El testimonio del perpetrador no adquiere más importancia que el de la víctima por el mero hecho de proceder de él.
Sin embargo, puede revelar algo que la víctima nunca habría podido ver: lo que ocurría al otro lado mientras nosotros intentábamos seguir con vida.
Desde que salí de Gaza, he intentado aprender a vivir con los recuerdos que me traje conmigo. Intento llevar una vida normal. Intento aprender a dormir sin encontrarme de nuevo allí, a sentarme entre la gente sin ver los rostros de quienes ya no están ni los lugares que han dejado de existir.
Pero, mientras veía la película, comprendí hasta qué punto me había equivocado al creer que abandonar Gaza quizá también me permitiría dejar atrás aquellos recuerdos.
En diciembre de 2023, el ejército israelí nos ordenó evacuar la zona donde nos alojábamos. No se trataba simplemente de un mensaje o una advertencia. Los proyectiles estaban impactando contra las paredes de nuestra casa. Después comenzaron a caer en la calle que teníamos delante mientras mi madre y yo intentábamos huir.
Sabíamos que teníamos que marcharnos. Lo que no sabíamos era adónde podíamos ir. Parecía que el ejército estaba en todas partes. No había ninguna ruta segura ni nadie que nos indicara hacia dónde debíamos dirigirnos.
Empezamos a correr. Cada pocos metros, las balas impactaban contra la pared que teníamos delante y comprendíamos que no podíamos avanzar más. Aprendíamos por dónde nos estaba permitido caminar a partir de las balas que nos disparaban.
Nadie nos explicó nada. No había señales ni líneas trazadas en el suelo. Teníamos que comprenderlo rápidamente, porque un solo error podía costarnos la vida.
Recordé aquel día con absoluta claridad cuando uno de los soldados de la película afirmó que no había pasado ni un solo día sin que alguien muriera. Habló de una “línea imaginaria” establecida de común acuerdo. Cualquiera que la cruzara sería asesinado.
Yuval Abraham le preguntó cómo se suponía que la gente debía saber dónde estaba esa línea. El soldado respondió que lo “aprendían por las malas”. Que tenían que aprender a través de la sangre. ¡A través de la sangre! Esas palabras se me quedaron grabadas. Porque ese era exactamente el lenguaje que habían utilizado con nosotros.
Por primera vez, comprendí desde el otro lado lo que nos había ocurrido aquel día. Nosotros corríamos por las calles intentando salvar la vida, mientras en algún lugar había personas que consideraban perfectamente aceptable dispararnos para enseñarnos dónde se nos permitía estar.
Para él, era una línea imaginaria de seguridad. Para nosotros, era la diferencia entre vivir y morir, entre dar un paso más y no volver a dar ninguno.
Después, el mismo soldado habló de 140 personas que habían muerto. Dijo que todas eran civiles. El cineasta volvió a preguntárselo, casi como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. ¿Ninguna llevaba un arma? No, respondió el soldado. Ninguna iba armada. Ciento cuarenta seres humanos.
No dejaba de pensar en todas las veces que, después de un bombardeo, habíamos oído que el ejército había atacado una “amenaza”, un “sospechoso” o una “zona de operaciones”. ¿Cuántas personas pueden desaparecer detrás de esas palabras? ¿Cuántas vidas pueden reducirse a algo que parece no tener importancia alguna?
Entonces llegó la historia del niño. El soldado contó que habían visto a un niño a través de sus cámaras, caminando hacia la zona prohibida. No sabían por qué había ido allí. No estaba haciendo nada. Simplemente se encontraba allí. Y le dispararon.
Un niño fue asesinado porque no sabía que unos hombres armados habían trazado una línea imaginaria y decidido que cualquiera que la cruzara merecía morir. No lo mataron por algo que hubiera hecho, sino por algo que ignoraba.
He pensado en ese niño desde que vi la película. ¿Estaría buscando a sus padres? ¿Se habría perdido? ¿Intentaría encontrar su casa? ¿Sabía siquiera que alguien lo estaba vigilando, que en algún lugar una persona podía acabar con su vida apretando un botón?
Nadie lo sabe. Pero conozco a los niños de Gaza. Sé cómo caminan entre las ruinas de las casas, cómo salen en busca de agua, de comida o de alguien a quien han perdido.
Y cuando pienso en un niño asesinado simplemente por encontrarse en el lugar equivocado, no encuentro otra palabra para describirlo que barbarie.
Después, Yuval preguntó por los cadáveres. Los cuerpos de los civiles asesinados en aquellas zonas. Los cuerpos de personas que no sabían dónde terminaba la calle por la que tenían permitido caminar.
El soldado guardó silencio durante un momento. Luego dijo que los perros se los estaban comiendo. Explicó que él mismo no había podido presenciarlo, pero que otros compañeros que habían estado allí sí habían visto a los perros devorando los cadáveres.
El cineasta le preguntó si no podría haber dicho algo al respecto. El soldado respondió que no era asunto suyo. Su responsabilidad era exclusivamente técnica. No se suponía que debiera expresar una opinión moral. Imagínense.
Saber que están matando a personas, que sus cuerpos quedan abandonados para que los devoren los perros, y creer que oponerse a algo así queda fuera de las propias responsabilidades profesionales.
No podía dejar de pensar en su respuesta. ¿Desde cuándo necesita una persona el permiso de un superior para tener conciencia? Pensé en los juicios de Núremberg y en las palabras que el mundo escuchó después de los crímenes de los nazis: “Solo seguíamos órdenes”.
Aquellas palabras no bastaron para eximir de responsabilidad a quienes las pronunciaron. Y, sin embargo, ahora escuchamos algo todavía más frío: yo me encargo de la parte técnica; la dimensión moral no es asunto mío. Como si un crimen dejara de serlo cuando se divide en tareas más pequeñas.
Una persona observa. Otra elige el objetivo. Una tercera da su autorización. Una cuarta aprieta el botón. Y, al final, alguien muere. Después, cada una de ellas vuelve a casa, quizá convencida de que no ha hecho más que cumplir la pequeña parte que le habían encomendado.
Pero esa persona sigue muerta. Y no puedo evitar preguntarme: ¿quién es entonces responsable de su muerte?
Había otra cosa que esperaba encontrar en sus testimonios.
Quería saber qué había ocurrido en su interior después. ¿Pensaban en las personas que habían matado? ¿Volvían alguna vez a sus mentes aquellos rostros? ¿Llevaban esos recuerdos consigo en su vida cotidiana? ¿Había cambiado algo en ellos?
Uno de los soldados contó que, en una ocasión, había visitado Polonia y se había preguntado cómo había logrado la sociedad alemana seguir viviendo después de lo que había hecho. Más tarde, dijo, descubrió lo sencillo que podía resultar. Una persona podía bombardear un lugar y, esa misma noche, volver a preocuparse por una cita personal.
Otro dijo algo que creo que nunca olvidaré: “Derribé el edificio y luego salí a tomar unas cervezas con mis amigos aquella noche”.
No sé cómo expresar lo que sentí al oírlo. Todavía no he aprendido a dormir una sola noche entera sin regresar a la guerra. Y allí estaba él, hablando de derribar un edificio residencial y salir después a pasar una velada normal con sus amigos.
Como si no hubiera ocurrido nada. Como si no hubiera habido nadie allí.
Y, de repente, me vino a la mente una pregunta de la que no pude desprenderme. ¿Podría haber sido la casa de mi familia el edificio del que hablaba? ¿La vivienda que fue bombardeada el 12 de octubre de 2023, donde murieron 42 miembros de mi familia? ¿Podría ser que, mientras buscábamos a nuestros seres queridos bajo los escombros y llorábamos a quienes habíamos perdido, la persona que los había matado estuviera sentada en algún lugar, bebiendo cerveza con sus amigos?
No sé quién bombardeó la casa de mi familia. No sé qué hizo después. Pero pensar que aquello podría haber sucedido me revolvió el estómago. ¿Pensó siquiera por un instante en lo que había dejado tras de sí? ¿Se imaginó alguna vez que había familias condenadas a pasar el resto de sus vidas intentando convivir con las consecuencias de lo que él había hecho en apenas unos minutos?
Mi abuela estaba en aquella casa. También mis tíos por ambas ramas de la familia, sus hijos e hijas y los hijos de estos. Eran personas a las que conocía. Personas a las que quería. Personas con las que había compartido años de mi vida.
Todavía recuerdo sus voces y sus rostros. Recuerdo las pequeñas cosas, los momentos cotidianos que compartimos, los detalles que quizá no signifiquen nada para nadie más, pero que yo no puedo olvidar.
Para quien bombardeó la casa, quizá no fuera más que otro edificio derribado. Otra misión cumplida con éxito.
Pero, para mí, una parte de mi vida terminó con aquella casa. Han pasado tres años y sigo regresando a ese día. Sigo intentando aprender a vivir con su ausencia.
Sin embargo, hubo algo que me enfureció todavía más que su capacidad para retomar una vida normal. Algunos no hablaban de matar como si hubiera sido algo que se hubieran visto obligados a hacer. Hablaban de ello como si fuera algo que podían disfrutar.
Uno de los participantes contó que los soldados solían hablar de lo bien que se lo pasaban cada vez que se producía una escalada. Que era «divertido, muy divertido». Permanecí mucho tiempo dándole vueltas a aquellas palabras.
He visto suficiente muerte durante mi trabajo en los hospitales de Gaza. He visto morir a niños ante mis ojos. He visto desaparecer familias y he visto a personas a las que intentamos salvar desesperadamente sin conseguirlo. He presenciado más sufrimiento del que jamás creí que un ser humano pudiera llegar a ver.
Pero nunca he podido comprender cómo alguien puede encontrar placer en ello. Matar a otro ser humano ya es algo terrible. ¿Pero disfrutar matándolo? Es una forma de crueldad que no sé cómo comprender.
Lo que me perturbó aún más fue escuchar a uno de los participantes afirmar que muchos de quienes habían cometido esos actos no pertenecían a la extrema derecha. Eran personas de Tel Aviv, personas vinculadas a la izquierda moderada.
No dejaba de pensar en ello. A veces imaginamos que quienes son capaces de cometer semejantes actos deben haber sido extremistas desde el principio. Pero ¿y si son personas corrientes?
Personas con las que podríamos coincidir en la universidad o en una cafetería. Personas que podrían sentarse frente a nosotros y hablar de paz, de justicia y de derechos humanos.
¿Cómo puede alguien mostrarse amable con sus amigos, querer a su familia y creer en los derechos humanos y, aun así, aceptar que se mate a un niño por cruzar una línea que ni siquiera podía ver?
¿Qué le sucede a la conciencia de una persona cuando la humanidad de otra se convierte en algo que puede dejar de lado sin más?
Salí de la película con una rabia que no había sentido desde hacía mucho tiempo. No había ido a descubrir lo que había ocurrido en Gaza. Yo estuve allí. Había visto suficiente. Fui porque quería comprender cómo podían seguir viviendo consigo mismas las personas que habían cometido aquellos actos.
¿Cómo podían justificar los asesinatos? ¿Cómo conseguían convencerse de que lo que hacían era normal? ¿Y cómo podían algunos incluso disfrutar de ello?
Creo que buscaba remordimiento. Quizá quería oír a alguno de ellos decir que por fin había comprendido, aunque hubiera tardado demasiado, lo que había hecho.
Pero no encontré la respuesta que buscaba. En cambio, salí de allí con preguntas que me inspiraban aún más temor.
* El Dr. Ezzideen Shehab es un sanitario palestino que trabajó en el Hospital Indonesio, en Deir al-Balah, al norte de la Franja de Gaza.
El artículo se publicó originalmente en su cuenta de Twitter.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
