Publicada: sábado, 3 de octubre de 2026 13:09

La salida de las últimas fuerzas militares estadounidenses de Irak marca un punto de inflexión trascendental en la historia contemporánea de Asia Occidental.

Por: Iqbal Jassat *

Durante más de dos décadas, el discurso sobre la intervención extranjera impuso la idea de que la estabilidad regional era imposible sin la supervisión de Washington. Hoy, ese relato se ha desmoronado.

El fin de la misión militar liderada por EE.UU. no es el resultado de una concesión diplomática benevolente ni de un cambio de política calculado por el Pentágono. Es, sin lugar a dudas, una victoria conquistada tras una ardua lucha, gracias a la inquebrantable determinación de la Resistencia Islámica de Irak y a la perseverancia de su pueblo.

Es fundamental destacar que la retirada de las fuerzas estadounidenses asesta un duro golpe a los cálculos estratégicos de la entidad sionista. Durante décadas, las ambiciones expansionistas de Israel y su campaña desestabilizadora de agresiones en toda la región —desde Palestina y Líbano hasta Siria— han dependido por completo de la garantía fundamental que representa el respaldo militar de Estados Unidos.

La presencia militar ilegal de Washington en Irak constituía un importante elemento de contención y un corredor logístico destinado a fracturar el Eje de la Resistencia y proyectar el poder en nombre de Israel. Con la retirada del escudo estadounidense de Irak, se desmorona rápidamente la profundidad estratégica regional que Tel Aviv aprovechaba para imponer su hegemonía.

El fin de la ocupación estadounidense limita considerablemente la capacidad de aislar a las facciones de la Resistencia regional y deja al descubierto los límites fundamentales del expansionismo sionista cuando carece de la protección imperial directa.

El equilibrio de poder ha cambiado radicalmente, lo que demuestra que la era de la agresión impune en Asia Occidental está llegando a su fin.

Durante 23 años, Irak fue el escenario central de un fallido experimento de seguridad impuesta. La invasión de 2003 prometió democracia y estabilidad, pero dejó como legado la fragmentación institucional, la explotación económica y un vacío que alimentó el terrorismo regional.

Al trazar este camino hacia la liberación plena, nadie puede negar que el modelo de verdadera soberanía sigue teniendo como referente el logro histórico de Irán: la independencia absoluta.

 

Al expulsar a las fuerzas militares extranjeras y desmantelar el control externo sobre su riqueza nacional, Irán demostró que un país puede desarrollar desde dentro capacidades defensivas y científicas formidables.

Este modelo de autosuficiencia contrasta directamente con el de los emiratos árabes del Golfo Pérsico, que durante mucho tiempo han supeditado su supervivencia a la protección estadounidense, intercambiando, en la práctica, su autonomía estratégica por un frágil paraguas de seguridad.

Mientras estas monarquías vecinas siguen dependiendo de bases extranjeras y garantías externas, la victoria de Irak demuestra que la verdadera seguridad no puede importarse ni comprarse.

La realidad de las últimas dos décadas, desde el repentino colapso de Kabul hasta la progresiva expulsión de las fuerzas estadounidenses de Bagdad, demuestra que depender de las superpotencias extranjeras constituye una estrategia intrínsecamente frágil.

Cuando las fuerzas extranjeras ocupan bases bajo el pretexto de ofrecer “protección”, anteponen los intereses geopolíticos externos a la seguridad de la nación anfitriona. La presencia de estas instalaciones militares suele agravar la polarización regional y convertir a los países que las albergan en posibles focos de conflictos más amplios que no pueden controlar.

La transición de Irak hacia una nueva era demuestra que existe una alternativa fundamental: la seguridad es más duradera cuando emana de manera natural de la unidad nacional, las capacidades de defensa propias y la cooperación regional. La infraestructura de Resistencia que se mantuvo firme frente a la ocupación ha demostrado que una población regional organizada y altamente motivada puede resistir más que la voluntad política de una superpotencia extranjera.

Este momento constituye una seria advertencia para los regímenes árabes tentados por la ilusión de los Acuerdos de Abraham. Normalizar las relaciones con la entidad sionista bajo el pretexto de obtener beneficios económicos o garantizar la disuasión estratégica es un error de cálculo fatal.

 

Vincular el destino de una nación a una estructura de ocupación en decadencia no garantizará su seguridad ni la protegerá de las realidades regionales.

Para las capitales que todavía albergan bases militares estadounidenses o buscan un acercamiento con Tel Aviv, el mensaje de Bagdad es claro: la verdadera estabilidad se construye mediante la integración regional, la resistencia al imperialismo y la autosuficiencia, no mediante la presencia permanente de fuerzas militares extranjeras ni a través de pactos traicioneros que traicionan las causas fundamentales del mundo islámico.

Más importante aún, este hito histórico proyecta un poderoso rayo de esperanza para el pueblo palestino, que ha soportado décadas de crueldad devastadora y brutal sometimiento desde la creación de Israel.

Para una población que resiste el despojo de sus tierras, el apartheid y los incesantes ataques militares, la liberación de Irak ofrece una prueba irrefutable de que ni siquiera la ocupación más generosamente financiada es permanente. Demuestra que, cuando un pueblo se niega a doblegarse, las estructuras de la opresión pueden desmantelarse pieza por pieza.

La firmeza de la Resistencia iraquí transmite un mensaje directo a la lucha palestina: el camino de las concesiones no conduce a ninguna parte, mientras que la resistencia inquebrantable acaba rompiendo las cadenas de la tiranía.

* Iqbal Jassat es miembro de la junta directiva de la Media Review Network (Red de Revisión de Medios), con sede en Johannesburgo, Sudáfrica.


Texto recogido del artículo publicado en Press TV.