Por el equipo de análisis estratégico de Press TV
El objetivo era claro: imponer un bloqueo naval, estrangular la economía iraní y esperar a que Teherán capitulara, es decir, que renunciara tanto al control de la vía marítima como a su capacidad de negociación.
Pero hace dos noches, Washington cambió de rumbo abruptamente. El presidente Donald Trump anunció el llamado ‘Proyecto Libertad’, una nueva aventura militar para reabrir por la fuerza la estratégica vía fluvial, presentada como un esfuerzo “humanitario” para liberar a los buques mercantes varados.
El anuncio, como demuestra sobradamente la realidad sobre el terreno, no fue una señal de fortaleza. Fue un reconocimiento de que el bloqueo había fracasado.
Este fracaso revela un error de cálculo fundamental: Estados Unidos sobreestimó su propia capacidad de resistencia estratégica y subestimó la de Irán.
Washington se ha visto obligado a reconocer que prolongar el bloqueo causa mayor daño a Estados Unidos —político, económico y temporal— que a Irán.
El tiempo, que en su día se consideraba un arma estadounidense, se ha convertido en un lastre.
Un bloqueo que resultó contraproducente
El plan original de Estados Unidos tenía una lógica brutal pero errónea: cortar los ingresos petroleros de Irán, estrangular su economía y dejar que la presión interna hiciera el resto.
Se partía de la base de que la capacidad de resistencia iraní era limitada: que semanas o meses de dificultades económicas obligarían a Teherán a reabrir el estrecho y, posteriormente, a ceder dócilmente a las exigencias maximalistas de Estados Unidos en materia nuclear y regional.
Esa suposición se derrumbó y el sonido fue fuerte.
Irán demostró una paciencia estratégica y una capacidad de adaptación económica que Washington jamás anticipó. Con rutas comerciales alternativas, acuerdos de trueque con China y Rusia, y una economía de guerra fortalecida por décadas de sanciones ilegales e injustas, Irán demostró su capacidad para resistir un bloqueo, que en esencia consistía en bandidaje marítimo y piratería.
Y lo que es más importante, Teherán calculó correctamente que Estados Unidos opera bajo severas limitaciones de tiempo que Irán no comparte.
Ahora, Estados Unidos se encuentra bajo una intensa presión, no solo económica, sino también política y global. Con cada día que continúa el bloqueo, los aliados estadounidenses se inquietan más. Los mercados energéticos mundiales siguen siendo volátiles. Los socios europeos, ya afectados por la guerra de Ucrania, se irritan ante las interrupciones en el transporte marítimo del Golfo Pérsico.
En Estados Unidos, la cuenta atrás para las elecciones de mitad de mandato de noviembre avanza a pasos agigantados. El gobierno de Trump necesita una victoria para demostrar algo, aunque sea una victoria superficial. Irán, en cambio, domina la estrategia a largo plazo, utilizando la paciencia estratégica como arma.
Consolidación, no colapso
He aquí el detalle que más preocupa a Washington: cada día que Irán mantiene el control del estrecho, su dominio se fortalece. Se trata de una consolidación dinámica.
Las capacidades ofensivas y defensivas de Irán en esta vía marítima estratégica se están volviendo más sofisticadas. Nuevas tácticas navales, sistemas de defensa costera mejorados y herramientas asimétricas —que incluyen drones y lanchas de ataque rápido— se están integrando en una doctrina de defensa del país, adaptativa y por capas.
Simultáneamente, aumenta la cohesión nacional entre los iraníes en torno a la defensa del canal. Ya sea por orgullo patriótico, lealtad o simple desafío a la presión extranjera, el bloqueo ha resultado contraproducente al unir a los iraníes en torno a una causa común. Los intentos de dividir a Teherán mediante la guerra económica han provocado, en cambio, un efecto de unidad nacional.
Más allá de las fronteras de Irán, las grandes potencias están reajustando sus estrategias. China y Rusia no tienen ningún interés en que Estados Unidos dicte el paso por una vía marítima crucial para su seguridad energética e influencia estratégica.
Tanto Pekín como Moscú están construyendo discretamente nuevas relaciones con Teherán, relaciones que inclinan decisivamente la balanza estratégica a favor de Irán.
Por qué Estados Unidos necesita una “victoria”, cualquier victoria
Paralelamente al bloqueo, Washington y Teherán han intercambiado propuestas para poner fin a la guerra de desgaste. El problema para Estados Unidos es que el equilibrio de poder sobre el terreno no ha cambiado. No ha habido avances decisivos. No ha habido un colapso iraní. No ha habido deserciones.
Esto explica el repentino giro hacia el llamado ‘Proyecto Libertad’. Estados Unidos no necesita una victoria aplastante; necesita obtener alguna, por mínima que sea, antes de entablar negociaciones serias con Irán.
Al reabrir el estrecho por la fuerza, aunque sea temporalmente, Washington espera desmantelar la percepción de control físico y estratégico iraní. Esta victoria simbólica le permitiría a Estados Unidos entablar negociaciones con una posición mucho más ventajosa, aprovechando la reapertura del estrecho para obtener concesiones no solo en materia nuclear, sino también en el programa de misiles de Irán y otros asuntos.
Pero esta lógica tiene un fallo fatal. Irán ya ha dejado claro, de forma pública, que responderá con dureza a cualquier acto de aventurismo de este tipo. Un intento estadounidense de abrir el estrecho mediante explosiones no será recibido con pasividad. Se enfrentará a minas, misiles, enjambres de drones y al riesgo muy real de una nueva confrontación militar entre Estados Unidos e Irán.
El reloj político se le está acabando a Trump
Más allá de los cálculos militares, el presidente estadounidense se enfrenta a un calendario político implacable.
La presión sobre Trump —por parte del Congreso, los medios de comunicación y los aliados internacionales— aumenta día a día. Un bloqueo naval prolongado sin un final claro a la vista es una derrota política. Los votantes no se movilizan en torno a enfrentamientos indefinidos, sino en torno a victorias decisivas o retiradas convincentes.
El resto del mundo se niega a detenerse mientras Estados Unidos desarrolla su estrategia naval. Los acontecimientos se aceleran en otros lugares: tensiones europeas con Washington por el comercio y la seguridad, nuevas maniobras en la guerra entre Ucrania y Rusia, creciente tensión en torno a China y Taiwán, y cambios en las alianzas diplomáticas entre Irán y los estados árabes del Golfo Pérsico.
En Estados Unidos, la campaña para las elecciones de mitad de mandato ya ha comenzado.
En resumen, el tiempo corre en contra de Trump. Cada semana que el estrecho de Ormuz permanece cerrado, sin una victoria contundente de Estados Unidos, su posición política se ve mermada. Por eso, la administración ha abandonado su postura de “no hay prisa”. Ahora sí que tienen prisa.
La estratagema de la bandera falsa
Hay una última pieza peligrosa en este rompecabezas. Según se informa, los asesores de Trump han discutido la posibilidad de reanudar la guerra abierta de agresión contra Irán.
Pero ni siquiera un presidente estadounidense puede justificar unilateralmente una nueva guerra en el Golfo Pérsico ante el público estadounidense, ni ante el mundo en general, sin una justificación plausible.
Aquí entra en juego el enfoque “humanitario” del ‘Proyecto Libertad’. Al presentar la operación para romper el estrecho como una misión “humanitaria” para proteger el transporte marítimo y el suministro energético mundial, Washington espera construir una narrativa de falsa bandera: si Irán responde militarmente, Irán parecerá el agresor. Teherán cargaría con la culpa de reiniciar la guerra.
Irán, sin embargo, conoce bien las reglas del juego. Sabe que se avecina una dura respuesta, independientemente de cómo Estados Unidos presente su nueva aventura militar. La cuestión no es si Irán reaccionará, sino cómo calibrará esa respuesta con precisión para desenmascarar la operación de falsa bandera.
Interpretación errónea de los debates internos de Teherán
Un último error de cálculo influye en la postura estadounidense. Informes que llegan a Trump sugieren desacuerdos entre funcionarios iraníes sobre las negociaciones, la estrategia de guerra y la conveniencia de continuar la confrontación actual con el agresor.
Washington parece creer que estos debates internos son una señal de debilidad: que Irán está dividido, agotado y dispuesto a ofrecer importantes concesiones para poner fin a la guerra.
Esta es una interpretación errónea y peligrosa. Todos los gobiernos debaten su estrategia. La cuestión es qué surge de esos debates. Lejos de indicar un sistema en decadencia, las discusiones internas de Irán han generado consistentemente una postura externa unificada: ninguna rendición en el estrecho, ninguna concesión fácil y ningún temor a un enfrentamiento prolongado.
En todo caso, la creencia estadounidense en unas “concesiones” iraníes inminentes podría empujar a Washington hacia una postura más agresiva y, por lo tanto, hacia una guerra que no está preparado para ganar.
El estrecho como espejo
El estrecho de Ormuz se ha convertido en un espejo que refleja el verdadero equilibrio de la resistencia estratégica.
Estados Unidos, a pesar de su poderío militar, ha descubierto que la fuerza bruta no puede desalojar fácilmente a un adversario decidido, adaptable y paciente, especialmente a uno que cuenta con ventajas geográficas y temporales.
El cambio de postura de Estados Unidos, que pasa del bloqueo al llamado ‘Proyecto Libertad’, no es un giro hacia la fortaleza, sino un reconocimiento velado de que el bandidaje marítimo ha fracasado.
