Publicada: sábado, 11 de abril de 2026 16:51

Las cruciales negociaciones que se desarrollan en Islamabad entre las delegaciones iraní y estadounidense no tienen precedentes diplomáticos entre ambas partes en décadas. En esta ocasión, el equilibrio de poder ha cambiado radicalmente tras la guerra de 40 días contra la República Islámica.

Por el equipo de análisis estratégico de Press TV

Las negociaciones ya no se centran en gestionar las tensiones ni en evitar la confrontación. Se trata de consolidar el poder militar y político de Irán tras la aplastante victoria en la reciente guerra, que concluyó con la aceptación por parte de Estados Unidos de la propuesta iraní de 10 puntos.

Las conversaciones, mediadas por Pakistán en Islamabad, tienen como objetivo cosechar los frutos de la resistencia popular y el creciente poder e influencia del país en múltiples ámbitos, incluidos la seguridad, la estrategia y la economía.

Desde la perspectiva de Teherán, el resultado de estas conversaciones debe incluir la consolidación de la autoridad legítima de Irán sobre el estrecho de Ormuz, la recepción de reparaciones de guerra, la liberación de sus activos congelados y el levantamiento de las sanciones primarias y secundarias ilegales.

Estas no son posiciones de negociación. Son los frutos de la resistencia que ahora deben cosecharse en la mesa de negociaciones, cuando ambas partes se reúnan nuevamente en la capital pakistaní.

Washington se vio obligado a unirse a las negociaciones.

Estados Unidos se vio obligado a entablar estas negociaciones tras la aplastante derrota militar y estratégica sufrida en la guerra de 40 días. Las opciones que Washington había mantenido sobre Irán durante décadas —amenazas militares, estrangulamiento económico, aislamiento político— han perdido su eficacia. Se han intentado, pero no han dado resultado.

Además, la evolución de las relaciones en la región y en el mundo sigue empeorando para Estados Unidos. Si Irán hubiera continuado sus ataques de represalia contra la infraestructura petrolera y energética de la región, la consiguiente crisis energética mundial habría generado graves problemas para Washington y sus aliados más cercanos.

En otras palabras, los estadounidenses no eligieron hablar. No les quedó otra opción.

La postura del vencedor

Irán decidió participar en estas negociaciones como el bando vencedor. El enemigo no logró ninguno de sus objetivos declarados. Irán no se derrumbó. No fue desmembrado. Al contrario, emergió más fuerte y decidido, con una victoria militar y el apoyo abrumador del pueblo.

El enemigo no logró acceder al uranio iraní. No pudo destruir la capacidad misilística de Irán. No se produjo ninguna ruptura entre el pueblo y el gobierno. Y el enemigo no consiguió orquestar un golpe de Estado interno, como el de enero.

Por el contrario, se impusieron nuevos costos a la maquinaria bélica estadounidense. Estos incluyen la profundización de las divisiones con Europa, la creciente desconfianza entre los países árabes aliados de Washington, una crisis de opinión pública dentro de Estados Unidos, una amplia oposición global a Estados Unidos y una grave derrota para la reputación del autodenominado “ejército más poderoso del mundo” a manos de Irán.

El cierre del estrecho de Ormuz a los buques estadounidenses y aliados, junto con una mayor cohesión dentro del Eje de la Resistencia en la región, agrava aún más los problemas del enemigo.

Dos fallos concretos destacan por encima de los demás. El primero fue el grave y humillante fracaso de la operación de infiltración en Isfahán, cuyo objetivo era acceder a las instalaciones y materiales nucleares de Irán y que acabó repitiéndose el tristemente célebre desastre de Tabas de 1980.

La segunda fue la importante derrota en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde una resolución antiraní impulsada por Baréin para forzar la apertura del estrecho de Ormuz fue vetada de facto por Rusia y China.

Irán no solo no fue derrotado en el campo de batalla, sino que demostró su alta capacidad para un enfrentamiento militar sostenido y exitoso, y al añadir capacidades nuevas y más efectivas, inclinó el campo de batalla militar a su favor.

Al demostrar la solidaridad popular con el gobierno, el Líder de la Revolución Islámica y las fuerzas armadas, al ejercer autoridad y control sobre el estrecho de Ormuz y al gestionar con éxito la opinión pública tanto a nivel nacional como internacional, Irán emergió como el bando victorioso a ojos de todos los observadores internacionales.

El silencio en el campo de batalla

Mientras tanto, la guerra continúa. Lo que ha ocurrido, en palabras del Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Moytaba Jamenei, es que, por ahora, el silencio ha prevalecido en el campo de batalla. Pero el silencio no es paz. Y un alto el fuego no es el final.

Para Irán, como vencedor de la guerra, la negociación representa una continuación del conflicto por otros medios, concretamente, para consolidar sus logros. Ninguna guerra puede prolongarse indefinidamente, pues es costosa y daña la infraestructura. Sin embargo, la evaluación establece una línea roja clara: si los logros de la guerra no se materializan mediante negociaciones, no quedará más remedio que continuar el conflicto.

¿Qué hace que estas charlas sean diferentes?

La diferencia entre estas negociaciones en Islamabad y las de años anteriores en Omán, Ginebra y otros lugares con los estadounidenses radica enteramente en la aplastante victoria de Irán.

En el pasado, si las negociaciones fracasaban, era por la constante amenaza de la opción militar. Los estadounidenses siempre podían recurrir a la amenaza del uso de la fuerza. Pero ahora, esa opción ha quedado desacreditada. Prácticamente ha sido descartada.

El enemigo se ha dado cuenta de dos cosas simultáneamente. Primero, su última opción —la militar— ya no es creíble. Segundo, ha reconocido la fuerza popular de la República Islámica, manifestada diariamente en multitudinarias protestas en todo el país. Estas dos constatizaciones han alterado radicalmente la naturaleza del encuentro diplomático.

Si no se aceptan las condiciones

La pregunta es: ¿qué ocurriría si las condiciones de Irán no se aceptaran en las conversaciones de Islamabad? En ese caso, Irán tendría mayor libertad para perseguir sus objetivos.

Dada la superioridad de Irán en el campo de batalla, es natural que, si se reanuda la agresión, Irán pueda infligir golpes más duros al enemigo y aumentar sus costes, como ya lo hizo en las últimas seis semanas de maneras que el enemigo no había previsto.

Dado que Estados Unidos ha agotado todas sus opciones, continuar la guerra significaría aumentar la influencia de Irán en futuras negociaciones y obtener mayores concesiones.

En otras palabras, un fracaso en la mesa de negociaciones no debilitaría la posición de Irán, sino que la fortalecería.

La cuestión del Líbano

Mientras las conversaciones están a punto de comenzar en Islamabad, el régimen israelí continúa bombardeando el Líbano, en flagrante violación del acuerdo de alto el fuego, tal como se describe claramente en la propuesta de 10 puntos.

Entonces, ¿por qué Irán no ataca a Israel mientras continúa su agresión contra el Líbano?

La respuesta es doble. En primer lugar, la condición previa para iniciar las negociaciones es el cese de los ataques israelíes contra el Líbano, y hasta ahora, dado que esta condición no se ha cumplido por completo, las conversaciones aún no han comenzado. Las negociaciones mismas han estado condicionadas al cese de las acciones militares israelíes contra el pueblo y la resistencia en el Líbano.

En segundo lugar, y desde un punto de vista más estratégico, lograr un cese duradero de los ataques del régimen contra el Líbano tiene mayor valor que un ataque con misiles iraníes.

Por muy poderoso que sea un solo golpe militar, no puede igualar el peso estratégico de un alto el fuego duradero que proteja al Líbano y consolide la posición de la resistencia.

Así pues, mientras las dos delegaciones se reúnen en Islamabad, la evaluación iraní ofrece una imagen clara de cómo percibe estas conversaciones, en las que la destacada delegación iraní está encabezada por el presidente del Parlamento, Mohamad Baqer Qalibaf, e incluye, entre otros, al ministro de Asuntos Exteriores, Abás Araqchi.

No se trata de una negociación entre iguales que buscan un compromiso. Es una negociación en la que una de las partes sale victoriosa, buscando consolidar las ganancias de una guerra que ha ganado.

Se han establecido las condiciones previas. Se han trazado las líneas rojas. Y si no se obtienen los frutos de la resistencia en la mesa de negociaciones, la guerra continuará, una vez más en los términos iraníes.