Publicada: martes, 24 de marzo de 2026 14:46

La operación conjunta entre Estados Unidos e Israel lanzada contra Irán a finales de febrero de 2026 se concibió bajo la lógica de la decisión: una demostración de superioridad aérea tan abrumadora que, se asumía, forzaría a Teherán a replegarse o, en el mejor de los casos, degradaría de manera decisiva su capacidad para desestabilizar el Golfo Pérsico.

Por Xavier Villar

La hipótesis no era nueva. Descansaba en una lectura acumulativa de conflictos recientes en los que la primacía tecnológica y la intensidad del fuego habían permitido imponer, al menos temporalmente, condiciones favorables sobre el terreno.

Cuatro semanas después, esa premisa no ha sido refutada mediante una derrota militar convencional, sino desplazada por un fenómeno más sutil y, en ciertos sentidos, más definitivo: la paralización funcional del estrecho de Ormuz. No se ha producido un cierre formal, ni existe una línea de bloqueo visible. No hay una declaración que marque el antes y el después. Lo que se ha deshecho no es únicamente un plan de guerra, sino una presunción más profunda: que el poder, en su forma hegemónica, equivale a la capacidad de garantizar la circulación ininterrumpida.

En su punto más angosto, el estrecho se reduce a apenas treinta y tres kilómetros. Los canales de aguas profundas discurren peligrosamente cerca de la costa iraní, haciendo de la proximidad geográfica un factor estructural, no contingente. En 2025, por este pasillo transitaban cerca de veinte millones de barriles diarios. A mediados de marzo de 2026, esa cifra se ha desplomado. La interrupción no ha requerido un bombardeo sistemático de infraestructuras ni una guerra declarada. El mecanismo ha sido otro: la introducción de incertidumbre calibrada como instrumento operativo.

Irán ha desplegado un dispositivo de disuasión que opera no sobre la destrucción efectiva, sino sobre la probabilidad. Drones que despegan desde la isla de Qeshm vigilan, señalan y hacen visible la presencia. Minas navales colocadas en las aproximaciones a Larak no sellan el paso, pero elevan el riesgo hasta niveles incompatibles con el funcionamiento ordinario del comercio. Lanzamientos intermitentes de misiles, lo suficientemente creíbles como para alterar los cálculos de los armadores, completan el cuadro. El resultado es acumulativo, no espectacular. Los petroleros no necesitan ser destruidos de manera sistemática; basta con que su tránsito deje de ser predecible.

La economía global contemporánea depende menos de la mera posibilidad del movimiento que de su previsibilidad. Cuando las aseguradoras —con Lloyd’s de Londres como referente histórico— retiran coberturas de riesgo de guerra o elevan las primas por encima de lo absorbible por el mercado, el tránsito cesa de facto. El estrecho no se cierra mediante la fuerza, sino mediante la revalorización del riesgo. Es en ese desplazamiento donde se produce la transformación más significativa.

Esta distinción marca un punto de inflexión en el ejercicio del poder. Teherán ha renunciado, al menos en este contexto, a controlar el territorio en sentido convencional para intervenir en las condiciones bajo las cuales ocurre la circulación. La gestión de la incertidumbre se convierte en el mecanismo central de dominación. En este entorno, los bombardeos de precisión, por intensos que sean, resultan insuficientes para restaurar la confianza. Pueden destruir infraestructuras, eliminar mandos, degradar capacidades. Pero no logran revertir una situación en la que el coste del movimiento se ha vuelto prohibitivo.

Las declaraciones procedentes de Teherán sugieren que esta estrategia no es improvisada. El estrecho aparece conceptualizado como una palanca para ejercer presión asimétrica, un espacio donde la vulnerabilidad geográfica puede transformarse en capacidad de influencia. La planificación estadounidense, por el contrario, parece haber partido de un supuesto frágil: que la dependencia iraní de sus propias exportaciones petroleras actuaría como un freno estructural. Este cálculo revela una comprensión limitada de la racionalidad económica, una que privilegia el volumen sobre la posición. Ignora hasta qué punto la capacidad de intervenir en los términos de la circulación puede compensar —e incluso superar— las pérdidas temporales en la producción propia.

Las consecuencias económicas inmediatas son visibles, aunque desiguales. El precio del petróleo se ha elevado de forma sostenida, generando rentas extraordinarias para algunos productores mientras impone costes significativos a las economías importadoras. Las empresas energéticas estadounidenses se benefician de este entorno de precios altos, aunque ese beneficio no se traduzca en estabilidad geopolítica. De manera paradójica, la volatilidad refuerza la centralidad estructural de la energía del Golfo Pérsico, exponiendo cómo los intentos de marginar a Irán han profundizado la dependencia sistémica de una región cuya estabilidad está, en parte, mediada por su influencia.

Al mismo tiempo, la situación incrementa el atractivo relativo de tecnologías alternativas, particularmente aquellas producidas a escala en Asia oriental. Sin embargo, la sustitución energética continúa limitada por la infraestructura existente, la geografía y los horizontes temporales de inversión. Estas limitaciones refuerzan los contornos de una realidad incómoda: no es posible sortear el papel de Irán sin reconfigurar profundamente el sistema en su conjunto.

Más significativo que los movimientos de precios es el cambio en la forma de entender el estrecho. Durante décadas, fue tratado como un conducto neutral, un espacio de tránsito asegurado por la supremacía naval estadounidense y abierto, en principio, a todos los participantes del mercado global. Esa neutralidad nunca fue absoluta; dependía de la ausencia de un desafío efectivo. Hoy, esa condición ha desaparecido. Irán no ha sustituido el sistema, pero ha expuesto sus supuestos y demostrado su fragilidad constitutiva.

Circulación, Riesgo y Litoral

La estrategia iraní se inscribe en una doctrina de guerra litoral desarrollada a lo largo de décadas, donde la geografía y la proximidad se convierten en multiplicadores de capacidad frente a un adversario convencionalmente superior. Las aguas someras, los canales confinados y la dispersión insular del Golfo Pérsico favorecen sistemas distribuidos frente a fuerzas concentradas. En este entorno, drones, lanchas rápidas y minas navales no operan como instrumentos de destrucción masiva, sino como vectores de fricción.

El objetivo no es derrotar a la Armada estadounidense en un enfrentamiento directo, sino volver insuficiente su presencia para garantizar el paso seguro. Una armada puede dominar aguas abiertas y, sin embargo, mostrarse incapaz de asegurar corredores estrechos donde el riesgo está distribuido, es difícil de localizar y costoso de eliminar. En tales condiciones, el coste de la garantía se dispara hasta niveles políticamente y económicamente problemáticos.

Los mercados de seguros se convierten así en la arena decisiva donde se materializa ese coste. Las primas para el tránsito han aumentado de manera abrupta, en algunos casos superando el valor de los propios buques. Las tripulaciones —frecuentemente compuestas por trabajadores migrantes— asumen niveles crecientes de exposición sin una compensación equivalente. Los armadores retrasan operaciones, reconfiguran rutas o, cuando es posible, suspenden el tránsito. La infraestructura del comercio global comienza a fallar no porque haya sido destruida, sino porque ha dejado de operar bajo condiciones predecibles.

Esta forma de disrupción es selectiva por diseño. No se trata de imponer un bloqueo total, sino de modular el acceso. Permitir el paso a determinados buques mientras se dificulta el de otros introduce una lógica diferencial en un sistema que históricamente se presentó como homogéneo. Informes apuntan a que ciertos petroleros continúan transitando con menos impedimentos, especialmente aquellos vinculados a relaciones comerciales específicas o denominados en monedas distintas al dólar. Independientemente de su grado de formalización, estas prácticas reconfiguran el acceso como un campo de negociación.

Las implicaciones trascienden el ámbito marítimo. La predominancia del dólar en el comercio energético global ha sido durante décadas un pilar del poder financiero estadounidense, permitiendo que las sanciones funcionen como instrumentos eficaces de coerción. Al vincular el acceso físico al estrecho con arreglos financieros alternativos, Irán no desplaza este sistema, pero sí explora sus límites operativos. Incluso modificaciones incrementales en los mecanismos de liquidación, cuando se articulan con el control de flujos físicos, adquieren una relevancia desproporcionada.

El estrecho emerge, en consecuencia, como algo más que un cuello de botella geográfico. Es un punto de intersección entre logística y finanzas, donde el movimiento de mercancías es inseparable de los sistemas que lo aseguran, lo valoran y lo hacen posible. En este contexto, el control no requiere exclusividad. Requiere la capacidad de influir en el riesgo lo suficiente como para moldear el comportamiento de los actores implicados.

Los Límites de la Fuerza y la Reconfiguración del Orden

La respuesta estadounidense ha puesto de relieve las limitaciones de una estrategia centrada en la superioridad militar. Los grupos de portaaviones permanecen desplegados, y las operaciones aéreas continúan. Sin embargo, el objetivo fundamental —restaurar un tránsito seguro y predecible— no se ha alcanzado. Los intentos de organizar una operación de escolta multinacional han tropezado con intereses divergentes y con el temor a una escalada difícil de controlar.

Los aliados europeos han mostrado escaso apetito por una implicación directa. Los estados del Golfo Pérsico, aunque afectados por la interrupción, se mantienen cautelosos ante la posibilidad de agravar la inestabilidad regional. China, principal importador de energía del Golfo Pérsico, carece de incentivos para comprometer arreglos bilaterales que considera estratégicos. La ausencia de una coalición coherente revela la fragmentación de un sistema de seguridad marítima que durante décadas se asumió como relativamente integrado.

En Washington, las señales políticas han sido inconsistentes. Las amenazas de intensificación conviven con medidas orientadas a mitigar el impacto económico interno, como la liberación de reservas estratégicas. Esta oscilación refleja una incertidumbre más profunda, tanto en los objetivos como en los medios. Restaurar la circulación no depende únicamente de neutralizar amenazas inmediatas, sino de reconstruir la confianza entre actores comerciales. Esa tarea excede las capacidades de la fuerza militar.

Irán, por su parte, continúa operando bajo restricciones significativas, pero demuestra una notable capacidad para convertirlas en influencia. Sus exportaciones han disminuido, pero no se han detenido. Rutas alternativas, intermediarios y precios elevados amortiguan las pérdidas. Más importante aún, la disrupción subraya hasta qué punto la estabilidad regional no puede sostenerse sin su participación. La exclusión resulta costosa no solo para Irán, sino para el sistema en su conjunto.

Las consecuencias sistémicas comienzan a hacerse visibles. Las economías asiáticas, altamente dependientes de la energía del Golfo Pérsico, enfrentan una volatilidad renovada. En Europa, resurgen preocupaciones estructurales sobre la dependencia energética. Los productores del Golfo Pérsico aceleran proyectos de infraestructura para diversificar rutas, aunque la geografía impone límites claros a estas iniciativas. Paralelamente, se intensifican contactos diplomáticos discretos con Teherán, reflejando el reconocimiento implícito de que la configuración actual es insostenible.

A nivel perceptivo, el cambio puede ser aún más profundo. La imagen de un Golfo Pérsico abierto, garantizado por la supremacía estadounidense e integrado en un mercado global estable, ha sido un pilar del orden de posguerra. La disrupción actual no desmantela ese orden, pero expone su carácter contingente. El control de la circulación aparece ahora como parcial, negociado y vulnerable a la interrupción.

Las acciones de Irán ilustran una forma de poder que opera mediante la modulación de los flujos más que a través de su negación absoluta. Al introducir incertidumbre en un sistema que depende de la previsibilidad, ha alterado la relación entre capacidad militar y efecto económico. El estrecho de Ormuz, tradicionalmente descrito como una vulnerabilidad, emerge como un espacio de influencia donde geografía, infraestructura y estrategia convergen.

Para Estados Unidos, la lección trasciende el episodio inmediato. La fuerza militar puede determinar resultados en enfrentamientos delimitados, pero es menos eficaz a la hora de asegurar las condiciones que sostienen la circulación global. Cuando esas condiciones —infraestructuras, expectativas, mecanismos de aseguramiento— se vuelven inestables, el poder se difumina y se disputa.

El Golfo Pérsico no es simplemente un teatro de confrontación. Es un espacio donde logística, finanzas y soberanía se entrelazan, y donde los términos del movimiento se negocian de manera constante. En ese espacio, Irán ha demostrado no solo capacidad de resistencia, sino también de intervención estructural: la facultad de redefinir las condiciones bajo las cuales opera el sistema.

Lo que se erosiona no es un orden en sentido absoluto, ni mucho menos su arquitectura material inmediata. Lo que se desvanece es algo más difícil de recuperar: la ilusión de fluidez perpetua. Una ilusión sobre la que, durante décadas, se ha sostenido una parte sustancial del poder global.