Por Xavier Villar
La enmienda, aprobada el mes pasado, evita prohibir explícitamente el velo islámico, pero veta en las escuelas la vestimenta que, según el Gobierno, vulnera el “principio de secularidad”.
Desde una perspectiva occidental, a menudo vinculada al secularismo, el hiyab se aborda con un enfoque excluyente: valida determinadas sensibilidades mientras margina otras. Se convierte así en un símbolo de falta de agencia, un marcador que sitúa a las mujeres que lo llevan como sujetos carentes de autonomía o capacidad de decisión. Sin embargo, esta percepción no refleja necesariamente la experiencia de quienes eligen llevarlo, sino que responde a una lógica discursiva que privilegia valores como la visibilidad y la libertad individual, entendidos desde un marco occidental.
El velo, al erigirse como barrera entre el cuerpo de la mujer oriental y la mirada occidental, parece situar ese cuerpo fuera del alcance del deseo y de la observación de Occidente. Este velo opaco y envolvente construye una figura enigmática que frustra el deseo occidental al hacerla invisible e inaccesible. La negativa de la figura velada a ser observada genera una sensación de desilusión en la mirada occidental, que frustrada somete a esta figura esquiva a un escrutinio constante.
La representación de Oriente y de sus mujeres como “el desvelamiento de un enigma que hace visible lo que permanece oculto” convierte al velo en protagonista de un proceso decisivo. El velo es uno de esos tropos mediante los cuales se materializan las fantasías occidentales de penetrar los secretos de Oriente y acceder a la interioridad del otro. Esta fantasía del desvelamiento no solo busca disipar lo que envuelve a la mujer oriental, sino también establecer una relación de poder en la que el sujeto occidental, al retirar el velo, accede a un conocimiento que hasta entonces le estaba vedado.
Se podría esperar que Azerbaiyán, un país de mayoría chií, fuese inmune a este tipo de discursos. Pero los hechos demuestran lo contrario.
Que Azerbaiyán sea un país mayoritariamente chií tiene una importancia cultural innegable, pero la forma en que ese Islam es articulado por el Gobierno de Bakú lo reduce a lo que puede llamarse “islamización”: la mera concesión de cierta visibilidad al Islam en los espacios culturales, sin que ello se traduzca en la articulación del Islam como lenguaje en las relaciones internacionales o las políticas públicas.
Además, la islamización hay que entenderla dentro de una política de modernidad que trata todas las manifestaciones públicas del Islam como rémoras de una tradición que hay que eliminar o, en la medida de lo posible, relegar a espacios designados a tal fin. Fuera de ellos, el hiyab representa opresión y atraso. En la mayoría de los países europeos, el apoyo a la prohibición del velo se basó en una percepción que lo consideraba el “símbolo definitivo de la resistencia del Islam a la modernidad” y un desafío a la democracia secular. Una percepción similar de los signos visibles del Islam existe también en espacios occidentalizados de países musulmanes, como Azerbaiyán hoy o como lo fue Turquía hace unas décadas.
Esta distinción entre ciudadanos modernos y quienes resisten públicamente ese proceso, que se da en el interior de la nación, funciona como un marcador de raza. La nación como comunidad política se concibe como una “sustancia invariable”: un pasado estable, transmitido a lo largo de los siglos, asentado sobre un territorio relativamente estable y orientado por un destino que se proyecta sobre el presente y el futuro. Aunque los Estados-nación se han constituido en fechas relativamente recientes y sus características han cambiado constantemente, se presentan a sí mismos como entidades eternas.
Todo ello presupone la existencia de un pueblo que constituye ese núcleo: una «comunidad natural, dotada de una identidad propia de orígenes, cultura e intereses», que trasciende a los individuos y las condiciones sociales. En otras palabras, los Estados-nación presuponen lo que comúnmente se entiende como “unidad étnica”.
Sin embargo, ningún Estado-nación posee realmente una base étnica preexistente. Esto significa que el nacionalismo requiere crear y reproducir constantemente lo que se denomina etnicidad ficticia, con el fin de atribuir a la nación “los orígenes más naturales” y construir un mito de homogeneidad.
Y esa homogeneidad produce una división racial en el interior de la nación: un mecanismo de exclusión que favorece la supremacía del discurso de la modernidad y separa a los sujetos modernos de quienes se les considera ajenos a ella, culpables de impedir el cierre de la nación y su homogenización. Estos últimos se convierten, por eso mismo, en sujetos sospechosos, en recordatorios vivientes de lo que se ha dejado atrás y amenaza con volver.
El caso de Azerbaiyán, donde las protestas contra la prohibición del hiyab han puesto en la calle a estudiantes y docentes, representa ese intento por utilizar el secularismo como un discurso disciplinador: una modalidad política que valora unas sensibilidades como legítimas mientras trata otras como una amenaza.
