Prípiat, la idílica ciudad cerca de Chernóbil en la que vivían los trabajadores de la central nuclear se ha convertido en un funesto bosque fantasma, centenares de vidas se han visto truncadas por los efectos de la radiactividad y las instalaciones de la central siguen repletas de operarios que trabajan en acorazar el reactor que explotó en la madrugada del 26 de abril de 1986 provocando el siniestro nuclear más grave de la historia.
Anna was 6 when the Chernobyl nuclear accident occurred and now her children are suffering https://t.co/eL1553Fz3m pic.twitter.com/GwmlcbtRTm
— Chernobyl Children (@Chernobyl) April 22, 2016
En Chernóbil, el paso de los años, las ruinas mohosas en las que han quedado convertidas las casas de sus antiguos trabajadores y los problemas financieros de un país en permanente conflicto con Rusia hace que los ucranianos recuerden su desastre con otro tipo de resignación.
Curiosamente, la central nuclear sigue dando empleo a 1500 personas de la zona que trabajan en la fase de desconexión total de las instalaciones que se inició en 2015. Cuando ésta concluya, esos trabajadores —muchos de ellos familiares y víctimas de la catástrofe— se quedarán sin su única fuente de ingresos.
El daño medioambiental que provocó este siniestro y las muertes incalculables por cáncer que todavía sigue causando han quedado bien recogidos en los reportajes, escritos en la zona cero de la central ucraniana.
El tiempo pasa, pero la radiactividad permanece. Según los actuales responsables de Chernóbil, la central seguirá siendo un lugar peligroso hasta 2065. Y la radiación de la zona no volverá a un nivel completamente seguro hasta dentro de nada menos que 24.000 años.
El drama humano y ecológico causado por la explosión de los reactores en Ucrania y Japón no sólo no debe caer en el olvido sino que tiene que seguir sirviendo de advertencia para que los Estados y organizaciones supranacionales extremen al máximo los controles y actualicen la seguridad de las centrales nucleares en activo.
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