Publicada: miércoles, 7 de octubre de 2026 12:23

La operación militar lanzada por las fuerzas palestinas contra Israel el 7 de octubre de 2023, denominada «Tormenta de Al-Aqsa», y el posterior genocidio israelí, extendido después al conjunto de la región, han marcado una ruptura profunda y fundacional en la arquitectura de seguridad de Asia Occidental.

Por Xavier Villar

Este acontecimiento se ha convertido en un hecho transformador que ha reconfigurado el equilibrio regional y quedará registrado en la historia contemporánea como un punto de inflexión decisivo.

Con el ataque de las fuerzas palestinas, la primera gran crisis desde 1967, la entidad colonial israelí puso en marcha dos estrategias diferenciadas. Una estaba dirigida contra los palestinos y consistía en desencadenar un genocidio con el objetivo de eliminar a la población nativa; la otra tenía una dimensión regional. Antes del 7 de octubre, parecía que Israel se encaminaba hacia la normalización de sus relaciones con los Estados del Golfo Pérsico. Pero el genocidio de Palestina ha despertado la indignación entre los jóvenes árabes, y los gobiernos que en su día veían a Israel como un posible socio ahora consideran que su agresividad y aventurerismo no conocen límites. Mohamed bin Salman, que quiere consolidar al reino saudí como líder del mundo árabe, difícilmente se arriesgará a alienar a los jóvenes saudíes horrorizados por las masacres de Gaza normalizando las relaciones con Israel. Otra cosa es que pueda seguir manteniendo una colaboración en términos de inteligencia y cooperación en materia de seguridad sin pagar el precio que implicaría la normalización.

Como expliqué en un artículo anterior, el genocidio tuvo una repercusión clara a escala mundial. Cada vez más países consideran a Israel un Estado paria, similar a la Sudáfrica del apartheid, completamente deslegitimado. Es cierto que la protección de Estados Unidos ha impedido la imposición de sanciones económicas, pero esa protección no ha podido moldear la percepción que la entidad colonial genera actualmente entre los propios estadounidenses. Aunque esta tendencia ya se había hecho evidente en los últimos años, ahora puede observarse un deterioro adicional del apoyo a Israel a nivel global.

Además del colapso de los Acuerdos de Abrahám, ocurrieron más cosas en la región que explican dónde nos encontramos: Israel expandió sus ataques al Líbano para intentar destruir a Hezbolá, después de que el grupo se involucrase en intentar frenar el genocidio en Palestina abriendo un nuevo frente. Israel asesinó a varios altos dirigentes de Hezbolá, incluido su secretario general, Seyed Hasan Nasaralá. El grupo, sin duda debilitado por estos ataques, no ha sido derrotado y continúa siendo una pieza fundamental en la nueva configuración política regional post-7 de octubre.

Quizá los acontecimientos del 7 de octubre hayan tenido su impacto más profundo en Siria, donde el sistema político colapsó por completo ante la nueva situación. Israel ocupó parte del territorio sirio y en el país se producen ocasionalmente enfrentamientos armados. Con el cambio de régimen en Siria quedó destruido el puente de comunicación del Eje de la Resistencia.

Los grupos de la resistencia iraquí también llevaron a cabo acciones puntuales, como ataques con drones. Estados Unidos ejerció una fuerte presión sobre Bagdad para que desmantelara y actuara contra los grupos integrados en las Fuerzas de Movilización Popular, sin conseguirlo. Estados Unidos ha abandonado Irak, en un movimiento visto como una victoria por parte de Irán. Pero la influencia económica de Washington continúa siendo una amenaza presente para la soberanía de Bagdad.

Tras el 7 de octubre y en apoyo al pueblo palestino, Ansarolá, en Yemen, anunció que atacaría los buques pertenecientes a empresas israelíes o aquellos que se dirigieran hacia o desde puertos israelíes. Los analistas consideran que Yemen entró en la operación a partir de un análisis similar al de Hezbolá. Yemen amplió después sus ataques y, durante los últimos dos años, ha llevado a cabo numerosas acciones con misiles y drones contra Israel, con el aeropuerto Ben Gurion afectado en repetidas ocasiones. Israel también ha llevado a cabo ataques aéreos contra infraestructuras de Yemen, así como contra sus dirigentes políticos. Ansarolá mantiene en la actualidad una campaña militar contra Arabia Saudí, con el consiguiente cierre del estrecho de Bab el-Mandeb y, con ello, influencia sobre los flujos de hidrocarburos a nivel global.

Por último, la región post-7 de octubre trajo la guerra contra Irán. Estados Unidos e Israel pensaron que el país estaba debilitado y que era el momento para intentar un cambio de régimen en Siria. La confrontación indirecta, librada por intermediarios y en el ámbito de la inteligencia entre la República Islámica de Irán e Israel, se transformó, después del 7 de octubre, en una confrontación directa, cuyo punto álgido fue la guerra de 12 días de 2025. Israel ya había llevado a cabo asesinatos selectivos de comandantes militares iraníes en Siria, pero el ataque contra el consulado iraní el 1 de abril de 2024 marcó un umbral en esta confrontación. Después de este ataque, Irán atacó por primera vez de manera oficial y directa a Israel, en una operación denominada «Promesa Verdadera 1».

A partir de entonces, la confrontación entre Teherán y Tel Aviv fue aumentando progresivamente. Israel asesinó a Ismail Haniya, jefe del buró político de Hamás, en Teherán, en la madrugada del 31 de julio, un día después de la toma de posesión del nuevo presidente de Irán. Tras el asesinato de Haniya y los de Seyed Hasan Nasralá y del general Abás Nilforushan, subcomandante de operaciones del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, en Beirut el 27 de septiembre, Irán llevó a cabo la operación «Promesa Verdadera 2», el 1 de octubre.

Israel también llevó a cabo, el 26 de octubre, un ataque aéreo limitado contra determinados puntos industriales y sistemas de defensa aérea iraníes. Irán no respondió a este ataque, lo que generó una fuerte presión interna para llevar a cabo la operación «Promesa Verdadera 3». Finalmente, en la madrugada del 13 de junio, comenzó el ataque sorpresa de Israel contra Irán, cuya primera oleada se centró en el asesinato de altos mandos militares y científicos vinculados a los sectores de defensa y nuclear. Irán, apenas unas horas después, inició también la operación «Promesa Verdadera 3». Durante esta guerra de 12 días, la principal herramienta utilizada por Israel fueron los asesinatos selectivos y los ataques contra zonas militares y civiles; Irán, por su parte, utilizó misiles y drones. La guerra terminó después de que los ataques recíprocos se intensificaran y, finalmente, Estados Unidos entrara directamente en la confrontación y bombardeara las instalaciones nucleares iraníes. Irán respondió destruyendo las bases estadounidenses en la región, un golpe que lo consolidó como actor central.

Asia Occidental después del 7 de octubre parece radicalmente diferente: más fragmentada, multipolar y marcada por la competencia entre actores locales cada vez más capaces. La hegemonía estadounidense y el proceso de normalización árabe-israelí han perdido centralidad, mientras Irán mantiene su papel como uno de los principales actores de disuasión de la región. El desafío de Teherán consiste en equilibrar opciones avanzadas de disuasión y promover la estabilidad económica y diplomática, una tensión que define su posición en esta nueva etapa. La futura configuración de la seguridad regional dependerá de la capacidad de Irán para equilibrar influencia, disuasión y diplomacia. El tablero regional ha sido rediseñado: la era de la normalización bajo la hegemonía estadounidense ha dado paso a una multipolaridad competitiva, en la que la resistencia, la disuasión y una diplomacia calculada marcarán la trayectoria de Asia Occidental.