Por: Evarita Jaafar *
Quizá no haya mejor manera de comenzar a hablar de esta personalidad que con la declaración dirigida al Gobierno libanés: “Cuando se conviertan en un Estado, entonces pídanos que no seamos un Estado dentro del Estado”.
Esta declaración sintetiza la esencia de la crisis que afronta el Líbano. La resistencia popular no fue una elección, sino una consecuencia natural de la ausencia de seguridad y del fracaso de los sucesivos gobiernos a la hora de cumplir con su principal responsabilidad: proteger su territorio y a su pueblo.
Cuando el Estado renuncia a esta responsabilidad, las sociedades se ven obligadas a tomar la iniciativa para protegerse a sí mismas y a su patria. En este contexto, la cuestión del monopolio estatal de las armas queda supeditada a la existencia de un Estado realmente capaz de brindar protección, y no de uno que exista únicamente de nombre.
En el segundo aniversario de su martirio, la historia nos sitúa ante una figura excepcional que dejó una profunda huella en la región durante más de tres décadas.
Seyed Hasan Nasralá no fue simplemente otra figura del panorama político libanés o regional. Fue un líder que combinó carisma popular, capacidad táctica y una presencia que trascendió las fronteras sectarias y nacionales, convirtiéndose en una figura de interés tanto para sus amigos como para sus adversarios en todo el mundo.
Poseía una forma excepcional de carisma político y popular, pocas veces vista en la historia moderna de la región. Sus apariciones públicas estaban marcadas por la claridad y el contacto directo con su audiencia. Se dirigía a la opinión pública con un lenguaje que combinaba elocuencia, sencillez y audacia, creando una relación excepcional de confianza y transparencia entre él y quienes lo seguían.
Esta relación trascendía el ámbito público. Se veía reforzada por las imágenes suyas que ocupaban un lugar destacado en los hogares de la gente, convirtiéndose en un símbolo distintivo de la profundidad del vínculo emocional y popular que lo unía a ellos. De este modo, pasó a estar presente no solo en su vida pública, sino también en sus experiencias cotidianas.
Tanto en el plano organizativo como en el popular, el líder mártir del Movimiento de Resistencia Islámica del Líbano (Hezbolá) se consolidó como una figura que logró gestionar y unificar las distintas alas de Hezbolá, al tiempo que continuaba construyendo una estructura militar y política cohesionada.
Dentro de su entorno social y popular, fue una figura influyente e inspiradora. Se convirtió en un símbolo emocional y cultural cuyo papel trascendió el de secretario general, hasta convertirse en una especie de padre espiritual y referente de liderazgo unificador.
La imponente y majestuosa presencia de Seyed Hasan Nasralá no se limitaba a sus partidarios y admiradores. Se extendía incluso a los círculos de sus adversarios políticos y a las reuniones en las que estos se congregaban.
El grado de atención que suscitaba su presencia quedó patente en sus encuentros directos con algunos de sus más destacados adversarios políticos. En este contexto, resulta significativo el testimonio expresado por el líder de las Fuerzas Libanesas, Samir Geagea, tras uno de esos encuentros. Geagea describió cómo se encontró escuchando atentamente a Seyed Nasralá, absorto en sus palabras y cautivado por la elocuencia de sus argumentos y de su exposición.
Tal interacción reflejaba la capacidad de Seyed Nasralá para infundir respeto incluso como un formidable adversario político, cuya presencia y fuerza de elocuencia y conocimiento obligaban a los demás a escuchar.
Desde el otro lado, los medios israelíes dedicaron una amplia cobertura al análisis de la personalidad polifacética de Seyed Nasralá. En el discurso político y mediático israelí, fue descrito como “la principal figura del eje” y como la mente estratégica detrás de diversas iniciativas.
Se prestó especial atención a la credibilidad que había cultivado en el ámbito de la guerra psicológica, así como a su reconocimiento de los hechos sobre el terreno, aspectos que suscitaron el interés tanto de los responsables de la toma de decisiones como de los círculos intelectuales del régimen israelí.
La profundidad del vínculo popular con él se manifestó de forma más vívida durante su histórico funeral, celebrado hace dos años, que se convirtió en una multitudinaria concentración pública y en una expresión de lealtad emocional hacia él y hacia el movimiento que dirigió durante décadas.
Multitudes ingentes salieron a despedir a un hombre al que consideraban defensor de sus causas y protector de su dignidad. Aquellas escenas demostraron que el lugar que había ocupado en el corazón de millones de personas no podía borrarse ni disminuir fácilmente.
La trayectoria de Seyed Nasralá culminó en su último enfrentamiento, cuando se negó a abandonar los suburbios meridionales de Beirut y optó por permanecer en la sala de operaciones para supervisar, junto a sus combatientes, la guerra que había sido impuesta a su país.
Su vida llegó a su fin en el corazón del campo de batalla, reforzando la imagen de un líder de la Resistencia que eligió mantenerse firme en su posición hasta el último momento. Dejó tras de sí un legado político y militar que seguirá siendo objeto de estudio y debate durante muchos años.
Con su martirio, no fue simplemente un capítulo de la historia del Líbano y Asia Occidental el que llegó a su fin. Más bien, quedó aún más arraigado el legado de un hombre que permaneció comprometido con el campo de batalla hasta sus últimos instantes, un hombre que eligió poner fin a su historia en el lugar que amaba y junto a las personas que habían depositado en él su confianza inquebrantable.
Seyed Hasan Nasralá puede haberse marchado físicamente, pero dejó tras de sí una ecuación resistente al colapso: la dignidad de los pueblos no se les concede, sino que se forja mediante la firmeza y la lealtad.
Y aunque el líder cuya imagen llenaba los hogares y cuya presencia conquistaba el corazón de sus seguidores ya no está, la huella que dejó en la conciencia de sus partidarios y en la memoria de sus adversarios permanece como un testimonio, a los ojos de sus seguidores, del poder perdurable de una idea arraigada en el sacrificio y la lealtad popular.
Es un legado que, en este relato, no puede ser borrado por los ataques aéreos. Y cualquier debate sobre el futuro de la región seguirá acompañado por la sombra de una figura cuya presencia dejó una huella duradera en el Líbano y en la región en su conjunto.
* Evarita Jaafar es una escritora radicada en el Líbano.
Texto recogido de un art'iculo publicado en Press TV
